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Capítulo 9

Elvis

Los días siguieron en una aparente calma. Los Tomasevic continuaban buscando un donante para Enrico, quien permanecía en observación constante en el hospital, a la espera de un milagro que no terminaba de llegar. Sobre el estado de su hígado se sabía poco; existía la sospecha de un consumo prolongado de cianuro, aunque nadie lograba precisar en qué ni cómo. Sus padres habían tomado el control absoluto de la información desde hacía tiempo.

—¿Qué harás hoy? —la voz de Sebastián me sacó de mi letargo.

Suspiré antes de cerrar el correo que acababa de leer por tercera vez.

—Intentaré tener suerte con un par de entrevistas —mentí, y el peso de esa mentira me cayó de inmediato sobre los hombros.

Persistía el temor a ser juzgado.

¿Cómo no iba a serlo? Había algo de mí que aún no había nombrado, algo que llevaba semanas esquivando como si el silencio pudiera protegerlo. Tenía una hija. Y no se lo había dicho.

¿Qué tipo de padre hace eso?

La única defensa —triste y mezquina— era mi antigua relación. Dean nunca se sintió cómodo cuando Beyhan o Xila aparecían en una conversación; el tema siempre se diluía, se postergaba, se escondía... hasta que yo mismo terminé haciendo lo mismo.

—¿Y la oferta de Kurn? —insistió Sebastián, deteniéndose a mitad de la estancia—. Creí que eso estaba cerrado.

—Lo estaba —me encogí de hombros—, pero con todo lo que ha pasado dudo que siga sobre la mesa.

—Lo dudo —me interrumpió—. Ese hombre no construyó un imperio por casualidad.

—Aun así, necesito dinero —admití—. La venta de la casa cubre algunas deudas, pero no durará para siempre. No puedo vivir a costa tuya eternamente.

Alzó una ceja y negó con la cabeza.

—No te estoy manteniendo —dijo con suavidad—. Entiendo tu situación.

Estaba de espaldas, limpiando el buró con una dedicación excesiva. El mármol brillaba tanto que podía reflejarse en él, y aun así lo frotaba una y otra vez.

Y yo que creía ser obsesivo con el orden.

—Quiero hacerlo —dije, acercándome—. Esta relación es de dos. Un poco disfuncional, quizá, pero de dos.

Suspiró antes de mirarme.

—Como quieras. Solo no aceptes migajas. Recuerda lo que vales.

Asentí sin saber qué responder. Desde mi confesión de sentimientos, el tema del matrimonio no había vuelto a surgir. Quizá me apresuré. Quizá activé ese mecanismo suyo de supervivencia que lo llevaba a poner distancia cuando algo se volvía demasiado real.

—¿Todo bien? —pregunté, observándolo con atención.

—No lo sé —replicó—. Dímelo tú.

Sonrió.

Y fue suficiente para que el nudo en mi pecho aflojara un poco. Sin importar cómo terminara el día o cuán nublado se presentara, al final siempre estaba Sebastián. El hombre que me había elegido incluso con mis sombras.

—¿Quieres que te acerque a algún sitio? —ofreció.

Negué.

—¿Seguro? —insistió—. No me gusta tanto silencio, Yilmas.

—Solo pensaba en lo feliz que soy... y en lo efímero que puede ser —confesé.

Me observó en silencio mientras se colocaba el saco.

—¿Sabes por qué lo sientes así? —dijo al fin—. Porque te rodeaste demasiado tiempo de personas equivocadas. La felicidad no es un sitio ni un estado mental.

—Entonces, ¿qué es?

—Un movimiento, no un destino —respondió—. Algo que se practica. En mi caso, es estar aquí, contigo, y por primera vez tener a alguien con quien compartir lo que construyo.

—Sigue sonando a un sitio —insistí, más por terquedad que por desacuerdo—. Para mí, la felicidad tiene nombre y se llama Sebastián Çelik.

Sonrió de medio lado.

—Más te vale.

—¿Almorzamos?

—Estaré fuera de la ciudad —me miró un instante—. ¿Cenamos en casa?

—Yo me encargo —prometí.

Se fue no sin antes dejarme un beso rápido, casi tímido.

Mi sonrisa se desvaneció cuando cerró la puerta. Volví al correo abierto en la pantalla. En una hora debía presentarme allí. Y todavía no sabía cómo decirle a Sebastián que, además de todo, también era padre.

[...]

Recibir la notificación de que un juez de familia requería mi presencia fue un golpe seco que me dejó sin aliento. Siempre estuve convencido de que Xila usaría mi desgracia para apartarme definitivamente de la vida de mi hija, aunque, siendo honesto, no creí que ocurriría tan pronto.

El mensaje era escueto, casi indescifrable, no sabía si por ignorancia legal o por el nerviosismo que me atenazó al leerlo. Lo único claro era que un juez necesitaba escucharme, que Beyhan estaba involucrada y que mi ausencia en su vida sería puesta sobre la mesa.

Me removí incómodo en la elegante oficina, observando el lugar con un interés fingido. Había escuchado la pregunta y la había comprendido; el problema no era entenderla, sino aceptar que la respuesta podía condenarme más que absolverme.

—Esto no es un juicio, señor Yilmas —me aclaró el hombre frente a mí—. Por ahora, mi único interés es conocer su versión de los hechos. Siéntase libre de ser honesto; le aseguro que es lo mejor.

—Discrepo —respondí sin rodeos—. Mi verdad no siempre resulta cómoda.

—Inténtelo —replicó con calma—. ¿Desea que repita la pregunta?

—No es necesario, su señoría. Fue claro.

¿Por qué no he estado presente en la vida de mi hija? ¿Por omisión... o por cobardía?

—Xila es una buena madre —empecé a decir, y él asintió—. De eso no tengo dudas.

—Pero no estamos aquí para evaluar su maternidad —me interrumpió—. Continúe.

—Tiene que ver con lo que vino después —expliqué—. Xila considera que mis preferencias pueden confundir a Beyhan. Si soy honesto... yo también lo temí.

—Cuando habla de preferencias, ¿a qué se refiere exactamente? —preguntó—. Sea preciso.

—Soy gay —respondí en un tono bajo, casi íntimo—. Me gustan los hombres.

—Sé lo que significa ser gay, joven —me corrigió con severidad contenida—. Y sigo sin ver el conflicto.

Revisó el expediente frente a él.

—Aquí consta que veía a su hija a escondidas, con la mediación de terceros.

—Su abuela —aclaré—. Pero ella falleció. Después de eso, Xila se negó a que la viera, salvo encuentros breves y controlados: cumpleaños, visitas en su casa, siempre rodeados de su familia. No me sentía cómodo... y la niña tampoco.

—Eso quedó claro en su declaración —respondió—. Tiene una hija muy inteligente, señor Yilmas. No comparto su orientación, pero eso no lo exime de su responsabilidad como padre. Y es evidente que, durante un tiempo, usted la relegó.

—¡Amo a mi hija! —repliqué sin poder contenerme—. La amo... pero bastaba con leer la prensa para entender por qué me alejé. El escándalo, los Tomasevic, las acusaciones...

—Fue declarado inocente.

—Después de haber sido señalado como sospechoso —interrumpí—. Antes de eso estuve entre la vida y la muerte, perdí una pierna, quedé expuesto públicamente. No quise arrastrarla conmigo en esa caída.

Guardé silencio. Sabía que las pruebas hablaban mejor que yo.

Saqué el móvil, lo desbloqueé y le mostré la conversación con Xila. Decenas de mensajes bastaban para comprender la dinámica: yo suplicando ver a mi hija; ella negándose, recordándome mi orientación, el escándalo, el qué dirán.

Al salir de la oficina lo hice con una calma extraña, con la sensación de haber hecho, por fin, lo correcto. Quizá no obtendría todo, pero tal vez —solo tal vez— podría ver a Beyhan algunos fines de semana.

Pasé por el mercado, hice las compras para la cena y regresé al apartamento. Esa noche pensaba decirle a Sebastián la verdad. Toda.

Dejé las bolsas sobre el buró y me senté frente al televisor, sin prestar atención real a lo que emitía, cambiando canales mientras ensayaba mentalmente cada palabra. Bajé el volumen cuando reconocí el sonido inconfundible del andar de Marcela por el pasillo: derecha, izquierda, bastón... y repetir.

Sonreí al mirar la hora. No tardaría mucho en irse, así que descarté salir a saludarla.

Me acerqué a la ventana. El automóvil con el emblema de Ind. Tomasevic seguía estacionado frente al edificio, pero no había rastro de escoltas, algo que me resultó extraño. No escuché pasos adicionales; Marcela había llegado sola.

No la juzgué. Después de la traición de su escolta, cualquiera habría actuado igual.

Regresé al sofá e intenté distraerme. Había decidido no planear nada, dejar que la noche fluyera y enfrentar la verdad con Sebastián cuando regresara.

Aún no sabía cuán breve sería esa calma.

Marcela vivía en el apartamento contiguo, y eso hacía inevitable que algunos ruidos se filtraran de vez en cuando. En su caso eran pocos: algún traste que caía al suelo, sillones arrastrados en raras ocasiones, sonidos aislados que jamás se repetían con insistencia. Esta vez no fue así.

Apagué el televisor al escuchar el tercer golpe. El sonido del móvil me distrajo apenas un segundo y me relajó ver el nombre de Marcela en la pantalla, aunque esa calma se quebró de inmediato cuando la voz que respondió al otro lado fue la de Enrico.

—Elvis, ¿estás en casa?

—Sí —respondí con una serenidad que no sentía al percibir su agitación.

—Marcela vino a buscar unas cosas.

—La escuché hace unos minutos —añadí, y en ese instante supe que algo no estaba bien.

Enrico hablaba atropelladamente. Estaba nervioso, alterado; de fondo se escuchaban los sollozos de su madre pidiéndole que se calmara. Mientras lo oía, avancé hacia el morral, extraje el arma y retiré el seguro con un movimiento mecánico, casi automático, sin apartar la atención de su voz.

Caminé por el pasillo aferrándome a una fe ciega: la de no tener que usarla. Incluso cuando el velo que durante semanas me había negado a levantar se desmoronaba ante mis pies y todo aquello que no quise ver quedaba expuesto con brutal claridad.

La puerta del apartamento estaba abierta. La voz de Dean resonaba en desvaríos inconexos. No fue difícil localizarlo: estaba de pie, bloqueando la única salida de la cocina. Marcela yacía en el suelo frente a él, y Dean le apuntaba con el arma. Había determinación en su postura, en la firmeza de su brazo, en la manera en que se aferraba al gatillo. No había margen para el error si decidía disparar. Lo sabía porque no era la primera vez que lo veía así, aunque antes siempre había sido para proteger a los Tomasevic, no para volverse contra ellos.

—Baja esa arma —ordené.

Sus hombros se tensaron al escuchar mi voz. Fue apenas un gesto fugaz, un segundo de vacilación, antes de recomponerse.

—Baja el arma, Dean —repetí.

No cedió. Mantuvo la mirada fija en Marcela, que lo observaba con los ojos húmedos, temblando de pies a cabeza.

—No te dolerá —le susurró—. Nunca dispararás, Elvis. No a mí.

—Tira el arma y alza las manos, Dean. Aléjate de ella... en ese orden —insistí.

Negó con una sonrisa irónica, y al mismo tiempo apretó el gatillo.

—No me obligues a hacerlo —advertí—. Sabes que no te dejaré dañarla.

—No vas a disparar...

Entonces ocurrió. Su dedo terminó de presionar el gatillo. El sonido no fue un estallido, fue un suspiro seco que partió el aire en un antes y un después. Y en el silencio que siguió, lo único que escuché fue el eco de su risa de adolescente, la que teníamos cuando creíamos que la amistad era indestructible

Mi mundo se detuvo al verlo caer sobre Marcela, ambos inmóviles sobre el suelo. En un parpadeo todo se vino abajo. Avancé hacia ellos y aparté a Dean del cuerpo de Marcela, que, milagrosamente, había salido ilesa. Mi disparo había desviado el suyo.

—Calma, preciosa —le dije al verla romper en llanto, mientras la rodeaba con mis brazos.

[...]

En la estación todo fue un caos: declaraciones, interrogatorios, repetir los hechos una y otra vez hasta que las palabras empezaron a perder sentido. Fue Marcela quien llamó a su suegro y jefe para narrarle lo sucedido, y gracias a eso las autoridades comenzaron a bajar la guardia.

Intenté mantenerme firme, ser valiente, sostenerme en pie sin quebrarme, aunque en el fondo sabía que no lo estaba logrando. Cada vez que cerraba los ojos veía dos imágenes superpuestas: la de Dean sonriendo en el bosque a los quince años, y la de Dean desplomándose con mi bala en el pecho. La misma persona, destrozada por el tiempo y por mí.

La llegada de los abogados de Industrias Tomasevic atravesando la estación detuvo más de un exceso y ordenó el descontrol. Aun así, me advirtieron que seguiría vinculado a la investigación, que no debía abandonar la ciudad ni el país.

No importaba a dónde pudiera ir. No había forma de huir de la realidad: le había disparado a Dean, mi amigo de juventud. Intenté mantenerme firme, ser valiente, sostenerme en pie sin quebrarme, aunque en el fondo sabía que no lo estaba logrando. Marcela no debía verme flaquear.

Pudo haberse marchado hacía rato con su prometido, pero decidió quedarse, y ese gesto debía corresponderse.

—Vamos al hospital —le digo al tomarle las manos.

Salimos abrazados. Doy apenas unos pasos cuando mi mirada se detiene en la figura de Sebastián, de pie cerca del auto, observándonos en silencio. Ninguno dice nada. Aunque lo deseara, no sabría cómo hacerlo.

—Lo siento —me dice al rodearme con sus brazos.


Y en ese instante dejo de cuidar las formas. Me importa muy poco la sociedad y sus prejuicios, porque en medio del desastre, del miedo y de la culpa, él sigue siendo mi puerto seguro. Y supe, con una certeza que me heló la sangre, que pronto tendría que contarle mi último secreto. Y que ese secreto podría ser el que finalmente nos separara.

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