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Capítulo 10

Sebastián

Dean no había fallecido, sin embargo, su estado de salud era delicado. La prensa conocía muy poco o casi nada los detalles, gracias a la intervención de Tomasevic, quien no quiso triplicar la tortura del padre de Dean —su antiguo jefe de seguridad y amigo de juventud.

Dejo la prensa sobre el escritorio y sacudo las ideas de mi cabeza. Elvis la está pasando mal; la decisión que tomó no es fácil. Odio a Dean por orillarlo a hacerlo. Se niega a salir del apartamento, a hablar con alguien o recibir ayuda. La culpa legal le fue quitada —él actuó en defensa de Marcela—, es la moral la que lo atormenta.

El hombre que destrozó a alguien que aseguró amar en algún momento. Un ser egoísta que solo pensaba en sus intereses. Un hipócrita que mostró una amistad falsa a Enrico y a su padre.

—Sebastián.

Sin darme cuenta me he quedado viendo la prensa, justo en el pedazo que tiene el rostro de Dean.

—Lo siento —me excuso—. ¿Qué decías?

Constans me mira preocupada y me extiende unos documentos.

—La junta le envió un portafolio de unos posibles nuevos clientes —me explica, y recibo los documentos—. Le pide estudiarlos.

—Angelo Vryzas y William Ivánov —leo en voz alta—. ¿Por qué me son familiares esos nombres?

—Son griegos —me explica ella—. Bueno, por lo menos el señor Vryzas lo es. Su socio no lo sé; su apellido no lo parece, ni su porte.

La imagen del perro de pelea en la estación me llega: el tipo de estatura descomunal y cuerpo repleto de tinta. El nuevo esposo de Aydey Müller. Al pensar en ella, no puedo evitar dudar de su estado mental. Ninguna mujer que se ame a sí misma busca dos relaciones tan peligrosas y en tan corto tiempo.

—Gracias, Constans —le digo tras cerrar el folio—. ¿Quieren algo en particular? —le pregunto y alzo la mirada hacia ella.

—¿Se encuentra bien? —me pregunta con clara preocupación—. ¿Está mal con él?

Desde que sabe de mi relación con Elvis, a Constans se le dificulta decirle el nombre. Desconozco si es prejuicio o celos, pero suele referirse a él con adjetivos o pronombres.

—Estamos bien —la calmo—. Son problemas alternos. He solicitado unos días de permiso; lo llevaré a casa. El cambio de ambiente le ayudará.

Aunque aún no me han respondido, ni tengo claro si lo harán. Los últimos escenarios me han puesto en un sitio delicado, del que no sé si voy a salir. No es Elvis, es la sociedad y sus prejuicios.

—Entiendo —susurra—. Supongo que no debe ser fácil una relación así... es decir, es Estambul. —Señala a su alrededor y sonríe, como si ese gesto y la mención de la ciudad lo dijeran todo—. Lo siento, no quise ofenderlo.

Y sí, es legalmente justificable lo que ella intenta decirme, aunque le avergüence.

—No lo hiciste —afirmo con un gesto que me saca una sonrisa—. Tampoco tienes que excusarte por dar tu opinión.

—Eres mi jefe, y puedo estar cruzando una línea no permitida —razona.

—Constans —le señalo la silla, y la ocupa con movimientos lentos—. No soy solo tu jefe, sino tu colega y tu amigo.

—Bueno, lo de colega aún estoy lejos —comenta divertida—. Y lo de amiga es debatible. He tenido pensamientos dañinos hacia su relación —confiesa bajando el rostro—. Imaginando escenarios en donde usted... —calla—. A veces siento que yo le envié la mala vibra.

Sonrío, y lo hago con ganas, por lo inocente que es al pensar esas cosas. Ella alza el rostro y me observa confundida.

—Constans, si el universo actuara de esa forma, tú estarías felizmente casada y ocupando el cargo directivo que mereces —mi comentario le hace teñir su mejilla de un hermoso color carmesí—. Te subestimas. Te aseguro que estás mucho más en alto que yo.

El ingreso de dos personas me hace alzar el rostro y a Constans levantarse de la silla. Alisa la falda de manera nerviosa y mira a los recién llegados con rostro asustado. Pocas veces el dueño de la firma llega a la oficina; en el tiempo que llevo aquí, lo he visto tres veces, y llevo seis años. Siempre trato con su mano derecha, una mujer bastante hermosa y con pensamientos abiertos.

Gracias a ella y la buena gestión de Marcela, conseguí el empleo aquí. Mi constancia me mantiene y me ha permitido ascender. Sin embargo, no es ella la que lo acompaña, sino el subdirector, el hombre a quien le gané en el concurso para la silla directiva.

—Señor —digo incorporándome y estrechando su mano rápidamente—. ¡Qué agradable sorpresa!

—Señor Çelik, lamento decirle que mi visita no es nada agradable.

Empieza a decir, luego de retirar la mano que empuña y abre, como si mi contacto le hubiera quemado de alguna manera. El hombre a su lado sonríe en un gesto de suficiencia y superioridad.

—Los dejo solos —anuncia Constans en tono bajo, pero el jefe la detiene.

—No es necesario. No voy a tardar, y necesitaremos de sus buenos oficios.

Constans asiente y me mira preocupada. Yo le lanzo una sonrisa que debería calmarla, pero no lo hace.

—Siéntese, por favor. ¿Quiere algo de tomar?

—No —responde y alza la mano.

El hombre detrás le entrega un grupo de documentos rápidamente. Acto seguido, lo deja sobre la mesa, no sin antes extenderlos como si fuera un tarotista en una lectura de cartas.

—Cuando ocupó la silla directiva, lo hizo con ciertas reglas que espero aún recuerde —explica viéndome fijamente.

—Lo tengo presente —admito—. Y creo que no he faltado a ellas.

—¿Cree? —repite, y el hombre detrás sonríe—. Hay siete querellas hacia usted. —Señala los documentos—. De clientes que no quieren que alguien de moral dudosa les represente.

—Mi moral está intacta...

—¡Vive con un hombre! —dice en tono áspero—. ¿Va a negarlo?

—¡No! Pero mi vida personal no tiene por qué interferir en la laboral —le digo en calma, porque no es la primera vez que tengo esta clase de altercado, aunque sí la primera en el trabajo.

—Lo es cuando enloda el buen nombre de la firma —protesta—. Me veo obligado a tomar medidas. —Empieza a decir, y veo a Constans, que tiene la vista empañada—. A partir de este instante, la silla será ocupada por el señor Berk, y usted pasará a la subdirección.

—No es necesario —le digo—. Constans —la llamo, y alza la mirada—. El documento.

Los hombres ante mí guardan silencio: uno intrigado, el otro molesto. El jefe toma los documentos de los griegos, los lee en silencio y sacude la cabeza.

—Unos clientes de esta naturaleza jamás querrán hacer negocios con nosotros si tú estás al mando.

Hay tanta certeza en sus palabras que siento pena por él. Intento controlar mis emociones, porque no deseo salir por la puerta trasera, sino por la grande, por la correcta.

—Señor...

—Por favor —le digo, y asiente con desgana, dando media vuelta.

Constans regresa un par de minutos después, con dos documentos en mano, que deja en mis manos y se aleja hasta la puerta desde allí ve todo con una mezcla de asombro tristeza y rabia.

—Lamento que tus decisiones sean tan radicales —me dice el dueño del circo. El payaso sigue sonriendo tras leer el documento.

—Siempre creí que sería Constans, y no... otro, quien me reemplazara —admito.

—Bastaría con ser más discreto, señor Çelik —aconseja—. ¿Por qué dañar su reputación de esta manera?

—Mi integridad me impide mantener una imagen falsa, señor —digo al fin—. Intento que lo visto sea lo que exista. No voy a encajar en una sociedad hipócrita, ni a convivir entre hombres que creen que pueden tapar la realidad casándose y teniendo hijos.

Berk se remueve incómodo. El jefe nota el gesto y lo mira por encima del hombro, pero no dice nada. Sigue siendo heterosexual. Tras bambalinas, desprende plumas y se deja coger por jovencitos. Pero ante la sociedad —que al final es lo que parece importar— es un hombre de familia.

—Desocuparé el espacio en unas horas —les digo—. Gracias por la oportunidad.

Firmo la renuncia con una calma que me sorprende. No es la primera vez que pierdo algo por amar a quien amo. La primera vez perdí a Jack, y con él, la ilusión de que el amor podía ser suficiente. Esta vez pierdo un empleo, pero conservo mi verdad. Quizás sea el único progreso real que he hecho en ocho años.

Constans tiene los ojos empañados, pero no de lástima. De rabia. La veo apretar los puños, como si por primera vez entendiera que la injusticia no es algo abstracto que les pasa a otros, sino algo concreto que le está pasando a alguien que quiere. En ese instante, deja de ser mi asistente enamorada para convertirse en mi cómplice.

Cuando ocupé este cargo, lo hice con la certeza de que podía con él, pero también con la conciencia de que mi forma de amar sería mal vista. Eso me hizo elaborar una carta de renuncia con fecha en blanco, lista para ser usada.

En realidad, no pensé que ocuparía dos años la silla; siempre creí que serían meses. Constans lo dijo bastante bien: "Es Estambul". Pero ahora, mientras recojo mis cosas, miro el portafolio de los griegos que ella dejó sobre el escritorio.

Tal vez esta no sea una despedida, sino el principio de algo que ni siquiera ellos pueden controlar.

—¿Qué harás ahora? —pregunta Constans en voz baja, mientras el dueño y su títere salen del despacho.

—Lo que siempre he hecho —respondo, guardando el portafolio griego en mi maletín—. Encontrar otra salida. Y esta vez, quizás dejar de pedir permiso.

Ella asiente, y en sus ojos veo algo nuevo: no admiración, sino respeto. Finalmente me ve no como el jefe que pudo haber sido, sino como el hombre que decidió ser.

[...]

Encontré a Elvis junto a la ventana, con las cortinas corridas. Lo abracé y cerró los ojos, apoyando su rostro en mi mejilla. Su cuerpo ya no tenía la rigidez de los días posteriores al disparo; se fundía contra el mío como alguien que, por fin, ha dejado de luchar contra su propio peso. Nuestra relación era así: detrás de las cortinas, en silencio y discreta, porque la sociedad no permitía otra cosa.

—Llegas temprano —dijo después de un largo silencio.

—¿Qué hiciste hoy?

Una pregunta cuya respuesta ya conocía. Se apartó de la ventana, tomó un documento y avanzó hacia mí.

—¿Te dieron el permiso? —preguntó, moviendo la hoja.

—Indefinido —respondí escuetamente.

Asintió con una sonrisa leve.

—¿Quieres ir a casa?

—Tu casa —corrigió.

Negué.

—Nuestra —insistí—. Te darás cuenta cuando lleguemos. ¿Qué es eso? —señalé el documento.

—Una oferta —dijo, mirando la hoja y luego a mí—. ¿Podemos hacer una parada antes?

La palabra casa me hizo reír mientras asentía.

—¿A dónde?

—A un sitio donde amarnos sea tan legal que pueda documentarse.

Lo miré, confundido, y él sonrió al entregarme el documento.

—Iremos a casarnos.

Entonces no vi al Elvis de treinta y cuatro años, sino al niño de once que una vez me contó, en voz baja, cómo sus padres se habían casado en secreto porque su madre estaba embarazada. El amor siempre encuentra una ventana, me dijo entonces. Veintitrés años después, él estaba abriendo la nuestra.

Mi sonrisa no pudo disimularse. Y no era solo por convertirnos en esposos, sino por lo que estaba leyendo.

La oferta de Elvis.

Dirigir la empresa de seguridad de Angelo Vryzas.

Reí al imaginar el rostro de Berk cuando se enterara. No era solo schadenfreude; era la liberación de seis años de mordaza profesional, de sonrisas falsas, de firmar documentos que negaban mi existencia. Elvis no me ofrecía solo un trabajo: me devolvía la voz, amplificada por un megáfono griego.

Mi esposo.

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