Capítulo 11
Sebastián y yo nos casamos en una ceremonia sencilla, y tuve la oportunidad de conocer a su familia y comprobar que él tenía razón: lo querían. Era la adoración de sus tíos y de sus sobrinos, y a mí me recibieron como si llevara años de relación con él, acogiéndome de inmediato como uno de los suyos. Al principio fue incómodo; ver cómo lo trataban con tanto cariño y escucharlos hablar de nuestra relación con tanta naturalidad me dejó desarmado, como si me hubieran arrancado la costumbre de esconderme. Luego el temor fue cediendo, aunque el miedo seguía clavado en un punto específico: Beyhan. Tenía que decirle a Sebastián que existía, pero no había encontrado el momento, o quizá lo que no encontraba era el valor.
El regreso a Estambul nos recibió con la muerte de Deán, y dolió. No por lo que yo sintiera aún por él —ese sentimiento ya no existía—, sino porque no se odia con facilidad a quien se llegó a amar tanto. Por lo menos yo no podía.
Fue inevitable pensar en todos los momentos vividos mientras el féretro era conducido a su última morada: las risas de la niñez, los juegos, el sudor en las manos, los latidos acelerados cuando estábamos cerca uno del otro; esa sensación extraña, distinta a lo que yo sentía por los demás, que no supe nombrar hasta que fue demasiado tarde. El despertar del amor y el descubrimiento de mi sexualidad llegaron al mismo tiempo, y fueron acompañados por la revelación de que me gustaban los chicos y de que yo amaba a Deán. Estuve una sola vez con una mujer, y fue suficiente para entenderlo.
—Basta una sola vez para tener un hijo... —pensé con una sonrisa mínima, amarga por lo precisa.
Allí, en el cementerio, en el último lugar en el que imaginé despedirme de él y tan pronto, decidí enterrar no solo su cuerpo, sino también todo lo vivido, lo bueno y lo malo, porque yo tenía a alguien que me acompañaría en este viaje. Fui hasta allí porque a quien se quiso tanto no se borra fácilmente, y eso Sebastián lo entendía mejor que yo. Fue curioso, incluso irónico, que los padres de Deán nunca pudieran verme como su pareja por razones que no venían al caso, pero sí permitieran que Sebastián y yo estuviéramos en la ceremonia privada que realizaron en su honor.
Tomasevic impidió que se supieran los detalles de su muerte, las implicaciones que tuvo Deán dentro de esta historia y todo lo demás. Lo hizo por la hermandad que existía entre él y sus padres, y porque, según él, hablar de los errores de Deán era como hablar de los errores de un hijo. Deán era visto como un hijo y como un hermano dentro del grupo Tomasevic, tanto así que Kurn pensó en él para administrar la empresa que William Ivánov y Ángelo Vryzas habían comprado. Ahora la propuesta estaba sobre mi mesa, en la casa en la que vivía con Sebastián, y yo todavía no daba una respuesta, porque la duda de pertenecer —aunque fuera como empleado— a la gente de Vryzas me asustaba. Yo no era un delincuente, aunque Tomasevic me asegurara que no lo sería; decía que la empresa era legal y que el dinero con el que se compró también.
Fácil de decir, difícil de creer.
Enrico salió de la operación con éxito y se recuperó en la clínica. Marcela aprovechó esos momentos para apretar los dientes y no soltar la mano de su prometido; ella continuó con las terapias y con el tratamiento del coágulo en su cabeza, y repitió, con una terquedad que le admiré, que de allí saldrían ambos sanos y tomados de la mano. Y así fue. Se casarían en un mes, se irían de luna de miel por cuatro meses y, al regresar, tomarían de a poco el control de la empresa de su padre, quien había decidido quedarse en Estambul; en adelante serían su hijo y su esposa quienes viajaran.
Ocho personas asistieron a la despedida: Olivia, Deán, Chloe —su hermana—, Kurn y Dilcia, el sacerdote, Sebastián y yo. Las lágrimas desconsoladas de su madre, abrazada a Chloe y a Dilcia, me partían el alma, como le romperían el alma a cualquiera que la viera. No fui capaz de estar más cerca. De alguna manera me sentía culpable, porque yo les arrebaté a su hijo. Todos decían que no tuve opción, pero aun así me veía muchas noches soñando lo mismo con un resultado distinto: en mi sueño, Deán bajaba el arma, le pedía a Marcela perdón y todo terminaba ahí, sin sangre. Me despertaba con una sensación de alivio que duraba apenas un segundo, hasta que la realidad me recordaba que solo era producto de mi mente y de mi deseo absurdo de que mi amigo de infancia tuviera otro final.
Kurn estaba al lado de su mejor amigo de juventud y su compañero en el ejército. Vestidos de negro y con gafas oscuras, intentábamos ocultar el dolor que todos llevábamos en la cara, porque, aunque Deán no hubiera sido un buen ser humano, se estaba despidiendo un hijo, un amigo y un hermano.
—Creo que es mejor si nos vamos —dije cuando por fin encontré voz—. Este no es mi lugar.
Sebastián tomó mi mano y la sostuvo con firmeza antes de hablar. Ha sido paciente conmigo; no ha hecho escenas ni ha sentido celos, me ha permitido mi luto y asegura que me entiende más que nadie. En medio de la tragedia que fue quedarme solo, me topé con el mejor ser humano que la vida me pudo enviar.
—No es tu culpa —dijo, acercándose a mí en un gesto de cariño que antes me incomodaba y que ahora sentía tan natural—. Que te dejaran estar hoy aquí es una muestra de que no te guardan rencor... No tuviste la culpa —insistió.
—Aun así, no me siento cómodo... Vámonos, por favor —le rogué, y él sonrió con esa tristeza serena que se le quedó instalada desde que me vio disparar.
Dimos media vuelta y nadie notó que nos alejábamos; todos estaban sumidos en sus pensamientos, porque es ahí, en ese instante, cuando más duele la partida de alguien a quien jamás volverás a ver. Tener la certeza de que, una vez el féretro baje, solo lo verás en imágenes cargadas de nostalgia y recuerdos. La partida de un ser querido abraza también el sentimiento de frustración por todas las cosas que quedaron pendientes: perdones, conversaciones, sueños.
—¿Me dirás qué sucede? —exigió saber, y sonreí, porque entre nosotros ya existía un vínculo tan cerrado que era imposible ocultarnos cosas.
Era un mal momento para decirle que yo era padre de una adolescente a quien su madre me había negado por ser gay y, según ella, por ser una mala influencia... tal como pensaban, en el fondo, los padres de Deán.
—Tengo una hija —le solté mientras avanzábamos hacia la salida—. Lo siento. Sé que debí decirlo antes.
Él no se detuvo; apenas me miró y asintió, y esa calma suya me golpeó más fuerte que cualquier reclamo. Pero mi mente gritaba lo que aún faltaba: no era solo tener una hija, era tener una hija en rebeldía, una hija que había ido a la escuela, que habló con una psicóloga y contó su situación, una hija que llevaba más de un año sin verme y que exigía su derecho.
—¿Seré papá? —preguntó sonriendo—. ¿Qué edad tiene nuestra hija?
—Dieciséis —respondí, y entonces sí se detuvo, alzó los ojos un instante y supe que estaba haciendo cuentas.
—¿La embarazaste en tu primera relación? —rio, esta vez con ganas—. ¿No te enseñaron a usar protección? Mis tíos lo hicieron con un banano... —calló un segundo, como si se arrepintiera de la imagen—. No para no salir embarazado, sino por una enfermedad.
—¿Jamás has estado con una mujer?
—No —respondió entre risas—. Sería casi un acto lésbico. ¿Cuántas veces tú?
—Una. La necesaria para saber que no me gustaban... y para que Xila me odiara.
Sonrió al verme de reojo, y ya que estaba confesando, seguí.
—Meses después supe de su estado; estuve con ella, la apoyé. Al final, cuando Beyhan nació, le dije la verdad.
—Y te odió —concluyó, y yo hice una mueca de disgusto—. ¿Por qué la ocultas?
—No la oculto. Es su madre quien no me deja verla y, cuando lo hacía, era a escondidas. No la he visto hace más de un año, desde antes de irme de vacaciones —resumí, sin entrar aún en el silencio enorme que me dio "la oportunidad perfecta" para no dañarla, y cómo su madre aprovechó esa ausencia para convencerla de que la había olvidado—. Hoy tengo la oportunidad de verla. Me envió un mensaje por redes. ¿Quieres acompañarme?
—¿Bromeas? ¿Perderme semejante acontecimiento? Ni loco.
Salimos del lugar y le di la dirección.
Xila aceptó que la viera en la casa, y pensé que sería un buen momento para decirle a mi hija que no tendría madrastra; tendría algo peor: a Sebastián. Él insistió en llevarle un obsequio porque, según él, no se llega con las manos vacías, y además "accesorios", porque "las chicas aman esas cosas".
—Ese móvil es muy costoso —le dije cuando me lo mostró—. A Xila no le gustará. Pensará que la estoy comprando.
En respuesta se encogió de hombros, como si la opinión del mundo fuera un ruido lejano.
—Tenemos que amoblar la otra habitación; ella necesita su espacio en casa —recordó, y la palabra casa me pinchó algo por dentro. Nos habíamos mudado para mi casa porque era más amplia y estaba mejor ubicada, Marcela nos dio cosas de su apartamento, pero aún no las sacábamos—. Imagino que querrá quedarse unos días... y ya que empezarás a trabajar...
—Aún no acepto —repliqué—. No olvido que esa empresa es de Ángelo Vryzas y que sus dineros son de dudosa procedencia.
No respondió. Solo sonrió, como si supiera que tarde o temprano yo cedería, porque el puesto era atractivo: manejar una empresa como si fuera mía y solo rendir informes semestrales. Aun así, estaba el tema latente, esa idea de "negocios turbios" y de tener que rodearme de individuos peligrosos. Aunque también sería cierto que mi cliente principal sería Ind. Tomasevic y todas sus sedes.
—¿Es aquí? —preguntó, y yo asentí.
—Guau... es hermosa. ¿Tiene dinero? Eso no lo dijiste...
—Su esposo lo tiene, aunque a ella mal no le ha ido —respondí, bajándome del vehículo.
Habíamos avanzado unos diez metros cuando escuché los gritos de mi hija llamándome, y supe lo que venía. Ella aún desconocía mi accidente y la ausencia de una pierna, y me era imposible prepararla para eso, porque corrió hacia mí, tomó impulso como si fuera atleta olímpica y se colgó de mi cuerpo con las piernas alrededor de mi cintura, como cuando era niña. Solo que ya no era una niña, yo no tenía la misma destreza, y caímos al suelo entre las risas de Sebastián y las suyas.
—Lo siento, es que te extrañé —me dijo pegada a mí, con las manos en mi cuello y besándome el rostro—. ¿Quince meses, papá? —preguntó indignada.
No supe qué responder. Pude haberla buscado desde el hospital, pero habría tenido que usar intermediarios, alertar a gente, exponerla, y cuando era el señalado de todo no quise manchar su nombre ni el de su familia. Entonces ella se apartó, me permitió incorporarme y, al notar la prótesis, se quedó quieta.
—Un accidente —expliqué—. No pudieron salvarla. Por eso no te pude ver, y por eso hay otras cosas que debo contarte.
Su rostro palideció, sus ojos miel se empañaron y me abrazó otra vez, esta vez de pie, como si necesitara comprobar que yo estaba entero. Intenté que no doliera verla así, escucharla pedir perdón por creer que yo era un mal padre, por haber renegado de mí. Imaginé lo que su madre tuvo que hacer para que ella no se enterara, y, por primera vez en mucho tiempo, no pude odiarla por eso; se lo agradecí en silencio.
Entonces Beyhan reparó en la presencia de Sebastián, que hasta ese instante había sido un espectador silencioso, con los ojos humedecidos.
—Hola —le dijo sin dejar de llorar.
Sebastián alzó la mano.
—Hola —respondió—. Creo que esos accesorios no fueron buena idea.
Lo dijo como una broma, pero su mirada se quedó anclada un segundo más de la cuenta en la ropa de Beyhan. Pantalones dos tallas más grandes, un suéter de un equipo de béisbol y una gorra al revés, como si su cuerpo no quisiera ser visto por nadie, como si cada centímetro de tela fuera una pared levantada con prisa. Jamás la había visto vestida así, y el pensamiento me llegó con una punzada seca: esa no era una moda... era un escudo.
—Pudiste morir...
—Pero no lo hizo —corrigió Sebastián—. Lo cuidé bastante bien.
Lo dijo con orgullo, y mi hija lo miró como si esa seguridad la tranquilizara.
—¿Mamá lo sabía? —preguntó indignada.
Antes de que el tema tomara un tinte de reclamo, intenté calmarla.
—No es tan sencillo. Te cuento y luego lanzas acusaciones.
Con un "ya vuelvo", se alejó.
No preguntó quién era Sebastián, y me alivió notar que le sonrió. Xila salió a recibirnos en la puerta, y ella sí ignoró a Sebastián, dirigiéndose directamente a mí. Me extendió un documento que revisé sin entender; se lo pasé a Sebastián y lo leyó en silencio.
—Un juez ordenó que Beyhan Yilmas conviva con su padre, Elvis Yilmas —resumió—. Excelente noticia.
Cerró el documento y sonrió, pero Xila lo miró con un reproche frío.
—Espero que sepas lo que estás haciendo, porque esto es una abominación...
—¡Por Dios, mamá! Vives en el siglo pasado, y tú has cometido errores mucho peores —dijo Beyhan detrás de ella—. Debí hablar contigo antes de ver a ese juez... pero sé que tú me quieres contigo.
Se quebró, y yo no tuve más que abrir los brazos.
—No he sido un buen padre —le dije, besándole el rostro—, pero prometo cuidarte, y podrás ver a tu madre las veces que quieras.
—¿Tú eres mi otro papá? —le preguntó a Sebastián, y él sonrió, asintiendo.
—Sebastián Çelik —se presentó.
—Beyhan Yilmas —respondió, acomodándose la gorra y estrechándole la mano.
—Te trajimos esto. Si no te gusta, lo cambiamos por otra cosa... ¿Por qué vistes tan horrible? —añadió, entregándole el paquete.
Xila resopló, y el aire se tensó.
—Para hacerme enojar —se quejó ella—. Ha decidido vestirse como hombre solo porque le digo que no estoy de acuerdo con la orientación sexual de su padre.
—Y no tienes que estarlo —le recordé—. Es mi vida y no la tuya. A ti solo debe importarte que yo ame a nuestra hija y sea un buen ejemplo...
—¿Acostándote con otro hombre es dar un buen ejemplo? —escupió, más enojada aún—. Te dejaré ir con él para que entiendas la vergüenza que te libré al mantenerte lejos de su vida. Aquí te espero cuando la sociedad te rechace por tener dos papás y vivir con ellos como una familia antinatural.
No se despidió. Solo dio media vuelta y cerró la puerta en nuestras narices.
Beyhan miró la madera unos segundos, como si esperara que se abriera y su madre se arrepintiera, pero no ocurrió. Giró hacia nosotros, empezó a gritar... y a reír, como si esa mezcla fuera su forma de no llorar.
—No tan rápido. No eres libre solo por vivir conmigo —la detuve—. Tendrás reglas y te exigiré cumplirlas.
—Cariño, apenas llevas unos minutos con tu papá y ya te está exigiendo... —dijo Sebastián, y Beyhan se abrazó a mí.
—Acataré todo lo que digas. Solo quiero estar contigo.
Por un momento no supe qué decir, y ella añadió:
—No debe ser más malo que vivir allí.
—¿Qué hay de malo en vivir allí? —exigió saber Sebastián, y ella negó con una media sonrisa.
—No es nada. ¿Ya se casaron? —preguntó, curiosa, cambiando de tema con una agilidad sospechosa.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Era muy obvio, papá —se encogió de hombros y miró a Sebastián sonriendo—. No me han respondido.
—Ya nos casamos, pero no aquí —le dije, y ella asintió—. ¿Te molesta?
—No. Me parece cool.
Sebastián rio y yo puse los ojos en blanco.
—Dios, solo con eso ya te amo, cielo. Ahora deseo que dejes de vestir tan asquerosamente horrible y sin clase.
—Me gusta y es cómoda —dijo, encogiéndose de hombros—. Mantengo alejados a los chicos, que es la idea...
—En ese caso, hay que comprarte más de esas —intervine, y los tres reímos.
—Vamos a casa. Dejamos tu equipaje y luego compramos todo para tu cuarto.
—¿Lo podré decorar con lo que desee?
—Sin desnudos —dijimos al tiempo, y ella sonrió, iluminándole los ojos.
—Después iré a ver a Tomasevic. Tengo que ponerme de acuerdo con lo que desea que haga.
Sebastián alzó una mano en señal de victoria, le abrió la puerta a Beyhan y yo acomodé sus maletas en el baúl. Entonces la escuché gritar de júbilo al destapar el móvil; dijo que era el último que salió, que sería la envidia de sus amigas y de la esnob de Freya, y yo negué divertido. Luego la oí mirarlo a él con una seriedad repentina, como si eligiera con cuidado una palabra que no fuera broma.
—Eres el mejor Mapas del mundo.
Ignoré lo que eso significaba en su jerga, pero Sebastián no se rio como antes; se quedó quieto un segundo, sorprendido de una forma íntima, como si acabaran de darle un lugar en una vida donde no sabía si lo querían.
—Entonces voy a aprender a serlo desde hoy —respondió al fin, y mi hija asintió, satisfecha, como si hubiera dejado marcada una frontera.
Nadie sabe lo que la vida le tiene deparado. Jamás me imaginé en esta situación, ni siquiera con Deán: vivir con mi hija, casado, y que el hombre a mi lado no se avergonzara de tomar mi mano en la calle o de besarme delante de sus amigos. Una desgracia destapó máscaras y develó rostros, sí, pero también me trajo a alguien mejor.
Subí al auto, escuchándola hablar sin parar, y a Sebastián prometerle que había un apartamento que podíamos desocupar para que ella sacara de allí lo que necesitara. Ella quedó en medio de los dos, riéndose con el móvil en la mano mientras nos oía decirle que había en el apartamento de Marcela y qué podíamos rescatar.
Se sentía tremendamente bien. Lo pensé esa tarde y lo confirmé después, cuando, luego de hacer el trasteo, la ayudamos a decorar su habitación.
—Solo espero no defraudarlos —les confesé a ambos.
—Sé que no —respondió Sebastián, ayudándola a pegar un póster—, y si lo intentas nos vengamos, ¿verdad, querida?
Beyhan asintió, puso dos dedos cerca de sus ojos y luego me señaló haciendo un mohín.
Suspiré, entre feliz y aterrado. Sé que esto será toda una aventura.
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