Capítulo 12
Sebastián
Elvis todavía desconoce que renuncié. Los detalles de la empresa que probablemente recibirá lo mantienen ocupado, y esa distracción, aunque injusta, me ha servido de escondite; aun así, sé que debo contárselo, porque los secretos, incluso los pequeños, terminan olfateándose como humo en una casa cerrada.
—¿Cómo te fue? —le pregunto a Beyhan cuando entra al auto.
—Bien —responde, y me entrega una hoja con una naturalidad insolente—. Fue la mejor nota de la clase.
El número resalta a la vista y sonrío, imaginando el rostro de su padre cuando lo vea; Beyhan tiene esa clase de inteligencia que no pide permiso para brillar. Elvis detesta que use transporte público, un hábito que ella tenía con su madre y que le fue negado con él, así que la llevamos y la recogemos siempre, como si el trayecto fuera también una forma de cuidar el tiempo que no tuvo.
—¡Felicidades! —le digo devolviéndole la hoja—. ¿Era esto en lo que te iba mal?
—Papá me ayudó —contesta con orgullo, como si esa frase fuera un trofeo—. Resultó ser más fácil. Explica diferente.
—Debe ser la química padre-hija —comento, y ella sonríe afirmando, como si me concediera la razón solo porque hoy está de buen humor.
Beyhan se adaptó rápido al ritmo de la casa. Compartía con su padre el orden en sus cosas, un punto a favor y una preocupación menos para mí, aunque su vestimenta seguía incomodándome por razones que no eran las que el mundo asumiría. No era hipocresía ni miedo a su orientación sexual; si algo, bastaba ver esos ojos miel —tan parecidos a los de Elvis— brillar cada vez que en los doramas aparecía el típico actor perfecto con mirada trágica. Lo que me inquietaba era otra cosa: la ropa no se sentía como estilo, se sentía como muralla, como si su cuerpo fuera un secreto del que hubiera que protegerse.
—¿Viste el final? —me pregunta, sacándome de mis pensamientos.
—Sí —respondo.
—Es una historia hermosa, ¿no?
—Tenías razón —admito—. Aunque a tu padre no le gustan tanto esos programas.
Lo cual es mentira a medias, porque yo ya me había contagiado de esas historias con asiáticos bellos, millonarios y mujeres de tez perfecta que lloraban con elegancia incluso cuando el mundo se les caía encima.
—¿Te gustan las historias de amor? —le pregunto, y ella se ruboriza, lo mínimo, como si odiara que alguien lo notara.
—Me gusta ver fantasía —responde bajando la voz—. Siento que eso es. Fantasía... donde el mal es vencido y el amor gana.
—En la vida real puede ser así —le digo, y ella enarca una ceja con esa mueca exacta de su padre, la que dice "no me vendas humo"—. ¿No lo crees?
—Algunas veces no —admite.
—Tengo pruebas que respaldan mi teoría.
—Tú y papá —contesta sin mirarme.
—Marcela y Enrico —corrijo. —Ellos sí.
—. Tú y papá... también,
—Tu padre y yo aun somos una historia que todavía no nos dejan terminar.
No lo digo con tristeza; lo digo con lucidez incómoda de quien ya entendió cómo funciona el mundo.
—Por la sociedad, lo sé —añade mirando por la ventana—. Pero si es una historia real, hay más amor y más hogar en casa que con mamá.
La manera en que lo suelta —con los ojos bajos, la sonrisa mínima y la mirada perdida en la acera— me tensa los dedos en el volante. No presiono, no pregunto de golpe, pero tomo aire como quien se prepara para una conversación difícil.
—Sabes que puedes confiar en tu padre —le digo—. No te voy a pedir que confíes en mí. Soy un desconocido en tu vida, por más que viva en tu casa.
—Eres la pareja de papá —responde como si eso lo resolviera todo.
—Eso no te obliga a obedecerme ni a quererme —aclaro—. Si hago algo que te ofende, si algo te parece mal, tienes la obligación de decírselo a tu padre.
Y no lo digo por protocolo; lo digo porque necesito que entienda una verdad básica: nadie está obligado a respetar a un adulto solo porque un papel lo dice, y menos si ese adulto cruza límites. Yo jamás le haría daño a alguien que Elvis adora, pero el mundo no está lleno de "jamases", y yo no pienso ser el ciego que mira hacia otro lado.
Beyhan me mira un instante, como si fuera a decir algo importante, algo que no quiere cargar sola; sin embargo, cambia el gesto y me regala una sonrisa de esas que aprendí que usa para desarmar discusiones.
—Mereces todo —dice—. Nunca he visto a mi padre tan feliz.
Esa frase debería calmarme, pero me deja una punzada rara, porque suena a consuelo, no a certeza.
—Si algo te pasa... ¿me lo dirás? —insisto, midiendo la voz.
—¿Algo como qué? —pregunta con curiosidad auténtica.
—En la escuela, en la calle... lo que sea.
—Lo diré —contesta, y su tono es tan casual que casi me desespera.
Llegamos a casa, ella se baja rápido y cruza el lobby entre risas, ligera, como un pájaro cuando le abren una jaula. Yo la sigo con la mirada hasta que desaparece, y me quedo con ese sabor amargo de una preocupación que no encuentra forma de nombrarse.
Al entrar, encontramos a Elvis en el comedor, con varios documentos esparcidos sobre la mesa. Beyhan le da un beso fugaz y se pierde en su habitación; durante las siguientes dos horas se evaporará del mundo, y reaparecerá a la hora de preparar la cena, porque su padre insiste en conservar ese ritual con ella.
Elvis recoge los papeles con brusquedad y camina hacia la habitación.
—Sígueme.
No hay sonrisa, ni "¿cómo les fue?", ni un abrazo, ni esa ternura tímida que a veces se le escapa incluso cuando está triste. Todo eso me dice que algo pasa, y me desestabiliza porque no hemos discutido como pareja. Entro en silencio y cierro la puerta, aunque no la aseguro para no alertar a Beyhan.
—¿Cuándo esperabas decírmelo? —me dispara apenas giro.
Frunzo el ceño, no por la pregunta, sino por el modo en que ya trae la respuesta en la garganta.
—¿Decirte qué?
—Que te sacaron de la firma.
Suelto el aire despacio.
—Renuncié, no es lo mismo.
—¡No me mientas, Sebas! —me riñe, con una mezcla de rabia y miedo que me hace reír—. ¿Qué es tan divertido?
No es divertido. Es... inevitable. Su furia siempre viene disfrazada de control, como si lo que no puede controlar lo asustara.
—Nada —resoplo, caminando hacia la ventana—. ¿Cómo lo sabes?
—¿Qué importa? —replica, fastidiado—. El punto es que no me lo dijiste. ¿Qué pasa si yo no hubiera aceptado la oferta?
—El "hubiera" no existe, Elvis...
—Sebastián —gruñe mi nombre como si fuera una orden.
—Me dijeron que pasaría a subdirección —explico, sin dramatizar—. No quise esa humillación y renuncié. Estoy haciendo planes para abrir mi propia oficina... o seré amo de casa.
—¡No! —me interrumpe, indignado—. ¡De ninguna manera te dejaré hacer eso!
—Estás haciendo una tormenta en un vaso de agua...
—¡Hemos vivido en tu casa! Hemos gastado dinero, Sebastián —escupe, dolido—. ¿Cómo pudiste ocultarlo? Somos un matrimonio...
—Exacto: son un matrimonio.
La voz nos hace girar.
Beyhan está sentada en la cama con una manzana en la mano, mordiendo con calma, como si hubiera pagado entrada para ver el show. Su postura es tan relajada que me dan ganas de reír y llorar al tiempo.
—¿Qué haces aquí? —le riñe Elvis.
—Vivo aquí —responde ella sin inmutarse.
Elvis señala el cuarto, desesperado.
—No aquí... aquí —y nos señala a él y a mí, como si estuviéramos protagonizando un delito.
—Son mis padres —dice Beyhan sonriendo—, y este melodrama está más interesante que el de la tele.
Me muerdo el interior de la mejilla para no reír, y Elvis suelta un sonido ininteligible, mitad gruñido, mitad lamento.
—No veo el conflicto, ¿sabes? —continúa ella, mirando a su padre como si le explicara algo obvio—. Papá no tiene trabajo y tú eres el CEO de una empresa. Eso se arregla con lógica, no con drama. Además, necesitarás un abogado en caso de que ese Vryzas y el otro... Ivánov... sean criminales.
Elvis se queda helado.
—¿Cómo... cómo sabes eso? —pregunta cerrando los ojos, como si el universo se burlara de él.
—Cultura general —dice Beyhan, incorporándose, y le planta un beso en los labios con total naturalidad, como si el mundo no tuviera derecho a opinar—. Ah, y gané. —deja la prueba en la mano de Elvis—. Todos perdieron, menos yo.
Luego me mira, como quien lanza el remate.
—Puedes ser peor, papá. Podrías ser el papá de Freya, la fácil del salón.
Y sale de la habitación como si nada, masticando su manzana, dejándonos a nosotros dos con el eco de su descaro en el aire, a Elvis mudo con la hoja en la mano y a mí con la certeza peligrosa de que esa niña, por absurda que parezca, ve demasiado.
Elvis baja la vista a la nota, traga saliva y me mira.
—¿Ves? —digo por fin, suave—. Ella cree que el drama es absurdo... porque para sobrevivir aquí, lo más fácil es actuar como si lo fuera.
El silencio que dejó Beyhan al cerrar la puerta fue más elocuente que cualquier reproche. Elvis seguía de pie, con la hoja en la mano, mirándola como si acabara de descubrir que su hija era mucho más peligrosa de lo que había calculado.
—¿Acaba de llamarte inútil? —pregunto, apoyándome en el marco de la puerta.
—Me comparó con el padre de Freya —responde sin mirarme—. Eso es peor.
—Coincido.
Dejo escapar una sonrisa leve. Él no la devuelve. Camina de un lado a otro de la habitación, pasa la mano por su cabello y su respiración se vuelve irregular, como si aún estuviera discutiendo conmigo en su cabeza.
—No me gusta no tener control —dice al fin—. No me gusta no saber qué va a pasar contigo, con el trabajo, con nosotros.
—No estás perdiendo el control —le respondo—. Estás aprendiendo a no tenerlo todo bajo llave.
Se detiene frente a mí y me observa con frustración, esa que usaba cuando recién inició con la pretesis.
—Renunciaste sin decírmelo.
—Porque no estaba pidiendo permiso —aclaro—. Estaba tomando una decisión.
—Eso se hace en pareja.
—Y se habla después —digo con calma—. No antes, cuando sabes que el otro va a intentar salvarte de ti mismo.
Aprieta los labios. No discute. Eso, viniendo de Elvis, ya es una concesión.
—No quiero que cargues con todo —murmura—. Ya lo hiciste demasiados años.
—No lo hago —le aseguro—. Estoy eligiendo. Y sí, tengo miedo, pero no es el miedo de antes. Es uno nuevo, más limpio.
Se sienta al borde de la cama, deja la hoja a un lado y se cubre el rostro con ambas manos. Me acerco despacio, sin invadir, y me siento a su lado.
—No me estás perdiendo —le digo—. No me estoy yendo. Solo estoy dejando un lugar donde nunca terminé de caber.
Suspira. Largo. Cansado.
—Te odio un poco cuando eres así de razonable.
—Lo sé —respondo—. Es una de mis virtudes más irritantes.
Un ruido metálico nos saca del momento. Algo cae en la cocina, seguido de un juramento en voz alta.
—¡No pasa nada! —grita Beyhan—. Solo estoy reorganizando el universo.
Elvis se pone de pie de inmediato.
—¿Qué está haciendo ahora?
—Cocinando —digo—. O intentándolo.
—No sabe cocinar.
—Sabe sobrevivir —corrijo—. Es suficiente para hoy.
Caminamos hacia la cocina. Beyhan está de espaldas a nosotros, subida en una silla, alcanzando algo del estante más alto. Lleva puestos los audífonos, canta en un idioma que no reconozco y se balancea como si el mundo fuera un escenario privado.
—Beyhan —dice Elvis.
Ella se gira, se quita un audífono y nos mira.
—¿Ya terminaron de pelear?
—No estábamos peleando —responde él.
—Claro que sí —replica—. Pero fue una pelea aburrida, muy adulta. Les falta ritmo.
—Bájate de ahí —ordena.
—En un segundo.
Toma lo que buscaba, baja de la silla y nos muestra una caja.
—Decidí hacer panqueques para cenar —anuncia—. No porque quiera, sino porque hoy necesito carbohidratos emocionales.
—Es de noche —dice Elvis.
—Exacto. Drama nocturno, comida de desayuno. Es simbólico.
Me muerdo el labio para no reír. Elvis la observa, derrotado.
—¿Algo más que debamos saber? —pregunto.
—Sí —dice ella, como si hablara del clima—. Mañana tengo reunión con la orientadora del colegio. Quiere hablar sobre mi "estructura familiar".
Elvis se tensa.
—¿Qué significa eso?
—Nada grave —responde encogiéndose de hombros—. Solo que ahora tengo dos papás, uno desempleado pero brillante y otro CEO con cara de villano sexy. Les da curiosidad.
—Beyhan...
—Relájate, papá —le interrumpe—. Ya sobreviví a mamá. Puedo con un colegio.
Nos mira a ambos y sonríe, esa sonrisa suya que no pide permiso.
—Además —añade—, si el mundo va a juzgarnos, al menos que lo haga con el estómago lleno.
Se gira hacia la estufa y empieza a batir algo con demasiada energía.
Elvis me mira. Yo me encojo de hombros.
—Te lo dije —murmuro—. No necesitamos controlarlo todo.
Suspira, pero esta vez no suena derrotado.
—Vamos a quemar la cocina, ¿verdad?
—Probablemente —respondo—. Pero juntos.
Y por primera vez en días, Elvis sonríe sin culpa.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro