Capítulo 8
Semanas después...
Sebastián
Los días siguientes fueron turbulentos. Si bien la aparición de aquellos dos personajes griegos nos liberó de toda culpa sobre el supuesto secuestro de Aydey, su presencia seguía resultando, perturbadora. Continuaban rondando a los Tomasevic y esa cercanía constante no dejaba de inquietarme.
Sin embargo, no era lo único que me mantenía en tensión. El silencio de Elvis, las llamadas misteriosas, los mensajes a horas poco habituales y su ausencia prolongada, sin explicaciones claras, también me afectaban. Nunca fui bueno para los interrogatorios emocionales y, por mi propia paz mental, opté por fingir que no veía lo extraño en su comportamiento. Aun así, había momentos en los que la realidad se colaba sin permiso, susurrándome al oído y sacándome de esa comodidad artificial que yo mismo había construido.
El asalto a Marcela, el ataque a Elvis y el asesinato de aquel hombre en los terrenos de la mansión parecían estar relacionados. Por ahora, todo eran especulaciones sostenidas por las declaraciones de un individuo que había cambiado su versión demasiadas veces, un detalle que volvía la historia difícil de creer. En cada relato aparecía el mismo nombre: Brax, el esposo de Dean, señalado como uno de los culpables, junto a Murat, quien más tarde resultó ser su hermano.
Y Dean... ¿dónde quedaba Dean en todo aquello? Hasta ese momento figuraba únicamente como una víctima, una condición que lo mantenía en libertad. No podía evitar preguntarme si Elvis, al verlo libre de culpa, terminaría regresando a su lado. Las relaciones largas no mueren con facilidad; yo lo sabía mejor que nadie, porque ya lo había vivido.
—¿Te encuentras bien? —la voz femenina me sacó del letargo.
Alcé el rostro y encontré a Constans observándome con gesto preocupado y una media sonrisa. Sostenía un folio con varios documentos y había reducido la distancia sin que me diera cuenta. La experiencia de haberla mezclado antes en mis dudas me impulsó a guardar silencio; el hecho de que pareciera gustarle tampoco ayudaba a que quisiera abrir esa puerta.
—Todo perfecto —respondí tras un breve silencio.
Asintió sin insistir y dejó los folios sobre el escritorio.
—Parecías perdido en tus recuerdos —comentó con suavidad—. Un poco nostálgico... incluso preocupado. ¿Tiene que ver con Elvis y esa acusación que pesa sobre él?
—Su inocencia ya fue demostrada —dije distraído—. Existe una prueba que lo libera.
—Entonces —sonrió—, ¿de qué te preocupas?
De todo. De la inminente libertad de Dean, de esa relación adolescente que aún parecía envolverlos, de haber entregado mi corazón por segunda vez y de la certeza incómoda de que podía volver a salir herido. El comportamiento retraído de Elvis y sus llamadas injustificadas alimentaban esas sospechas que me negaba a enfrentar.
—Tienes razón —admití—. No hay nada de qué preocuparse. Supongo que sobre pensar es parte de lo humano.
—Y errar también —añadió—, pero aceptar la culpa y seguir adelante suele liberarnos. Ya hice los cambios en estos expedientes; solo falta que los revises y firmes.
Recuperó su tono profesional, esa voz elegante y medida que explicaba por qué seguía trabajando conmigo. Constans sabía ser eficiente sin dejar de ser cercana. Observé su salida discreta de la oficina y miré la hora. En pocos minutos, en la mansión Tomasevic se proyectarían esas dos horas que habían sido eliminadas, las mismas que limpiaban el nombre de Elvis, pero que también dejaban libre a Dean.
El móvil vibró sobre el escritorio, llamando mi atención como si se negara a pasar desapercibido. Sabía de quién era el mensaje incluso antes de leerlo, y aun así tardé en tomar el teléfono. El Sebastián de antes habría puesto distancia ante la primera señal extraña, habría interpretado esos silencios y llamadas insistentes como advertencias suficientes para hacerse a un lado. Ahora, en cambio, no podía hacerlo. Algo en mí se resistía.
La segunda vibración me obligó a ceder.
"Deberías estar aquí, te estarías divirtiendo con las imágenes. Acabo de declararme oficialmente un hombre inocente."
Sonreí al leerlo.
"Brax y Harry eran amantes. ¿No es hermoso el amor?"
Leí el mensaje una segunda vez, incrédulo. Harry. El acosador de Enrico. El hombre que había terminado asesinado en los terrenos de la mansión. Un sudor frío me recorrió el cuerpo. Aquello convertía a Dean en una víctima más y abría la posibilidad de que Elvis quisiera acercarse a consolarlo.
Mi lado racional intentó imponerse, advirtiéndome que lo mejor sería mantener distancia, pero aun así mis manos golpearon el móvil con nerviosismo mientras pensaba qué responder. Cuando la idea estuvo clara, escribí y envié el mensaje.
"Tienes el camino libre. Enhorabuena."
La respuesta no tardó en llegar y mi corazón reaccionó como el de un adolescente, no como el de un adulto que se suponía capaz de controlar sus emociones.
"Para casarme con el verdadero amor de mi vida. ¿Quieres casarte conmigo? Me respondes esta noche."
Desapareció de línea y me quedé con la sensación vertiginosa de haber subido a una montaña rusa. Me costaba respirar, el pulso me temblaba y el corazón golpeaba con fuerza. Aquello no era un juego.
Media hora después llegó otro mensaje, distinto, seco, cargado de una urgencia que se sentía incluso a través de la pantalla.
"Hubo un tiroteo al finalizar ese video. Enrico resultó herido. El pronóstico no es bueno. ¿Puedes venir?"
Respondí de inmediato, tomando el saco y saliendo de la oficina.
"En media hora estoy allí."
Constans alzó el rostro al verme pasar, algo en mi expresión debió alertarla porque se puso de pie.
—Cancela todas las citas —le pedí.
—Sí, señor.
No escuché lo que dijo después. Mis pasos ya se dirigían, apresurados, hacia los ascensores.
[...]
El ambiente en el hospital era pesado, y no solo por lo delicado de la situación. Había algo más, una tensión latente que se arrastraba desde antes, un error que todos esperaban y que Kurn estaba a punto de pagar caro. Esperaba que no fuera así. Poner a su hijo como jefe de seguridad, rebajarlo a escolta personal, había sido ubicarlo en medio de un fuego cruzado. Y eso fue exactamente lo que ocurrió en la mansión, tras revelarse el video.
Nadie supo cómo se enteraron. Pocos conocían el verdadero motivo de aquella reunión en la mansión Tomasevic. Lo cierto es que, al salir y antes de que la policía llegara, los sospechosos dejaron de serlo cuando abrieron fuego contra el magnate. El resultado fue inmediato: Enrico protegió a su padre.
No se sabía si había sido un impulso filial o simplemente el cumplimiento de su labor como escolta. Lo único indiscutible era que la familia estaba destrozada.
Había perdido mucha sangre y se necesitaban donantes. Elvis y yo hicimos varias llamadas, con resultados rápidos. Ser hijo de un millonario que da empleo a medio Estambul ayuda, y mucho. Observo el cuerpo tembloroso de Marcela y me incorporo.
—¿A dónde vas? —pregunta Elvis al notar que me alejo.
—Traeré algo para ella —le indico con un gesto hacia Marcela, que abraza un grupo de libretas como si su vida dependiera de ello, mientras llora—. No tardo.
Asiente sin decir nada y regresa la atención a los Tomasevic.
La familia está sentada junta. Los miro una última vez antes de girar y, sin darme cuenta, choco con la familia de Dean. Él y los suyos escoltan a los Tomasevic, pero los ojos de Dean están lejos de estar con ellos. Mira insistentemente a Elvis, que no parece advertir el tormento que cubre el rostro de su antiguo amor. ¿Antiguo? Quiero creer que sí.
Lanzo un largo suspiro y doy media vuelta, alejándome a pasos rápidos por el pasillo. Mientras pido el té, mi mente no encuentra descanso. La alegría por la propuesta de matrimonio se hace añicos, y no solo por la salud de Enrico.
Dean no quitaría el dedo del renglón, y no sabía hasta qué punto Elvis era capaz de imponer límites.
Regreso minutos después y la escena no ha cambiado. Esta vez, Elvis sostiene la mirada de Dean. Es difícil descifrar lo que piensa.
—Toma esto —le digo a Marcela, que sigue aferrada a aquella libreta extraña.
—¿No han dicho nada? —pregunto a Elvis.
—Sigue en cirugía —responde, distraído.
—¿Y del resto?
—Brax fue herido de gravedad. Los demás se rindieron.
Mi mirada se desliza hasta Dean. Al notar que lo observo, no la aparta; al contrario, la sostiene y esboza una sonrisa.
No se ríe conmigo. Se burla de mí.
Vuelvo a sentir la impotencia de no poder alejarme de una historia que sé que terminará mal para mí.
La llegada del médico me obliga a apartar la vista de Dean y centrarme en lo importante. Nos informa que lograron extraer la bala con éxito. Enrico permanecería en cuidados intensivos; retirar la bala solo era el primer paso. En cuanto se recuperara, tendría que iniciar un tratamiento que llevaba tiempo postergando.
Necesitaba un trasplante de riñón. No habían encontrado donante y él lo sabía. No había dicho nada a nadie.
—¿Desde cuándo lo sabe? —pregunta Marcela, con la voz quebrada.
—Un mes, aproximadamente —responde el médico—. Solicito discreción, señor Tomasevic. De todas formas, no era algo que ustedes pudieran solucionar. El problema es que este atentado complica las cosas.
El silencio que sigue es denso. Todos procesan la información. Es su padre quien lo rompe.
—¿Hay algo que se pueda hacer?
—Por ahora, esperar. Su condición hace que suba en la lista de espera.
El médico regresa a su puesto y nos deja sumidos en un mutismo incómodo. La presencia de Dean se vuelve insoportable. Siento que no hay nada más que pueda hacer allí y decido tomar distancia.
Los recuerdos de la pérdida sufrida en ese hospital me vuelven vulnerable. Tal vez por eso estoy siendo irracional.
—Debo irme —le digo a Elvis, que me observa con gesto interrogante—. Tengo cosas que dejar listas para mañana.
—Te acompaño...
—No es necesario —lo interrumpo, señalando a Marcela—. Ella puede necesitarte.
Asiente sin discutir y me dirijo hacia los ascensores.
Siento los pies pesados y una opresión en el pecho que creí enterrada hacía años. No soy un muchacho de veinte al que le rompieron el corazón. Soy un hombre responsable, con una carrera sólida y una vida que debería estar disfrutando. Aun así, duele. Y duele demasiado.
Pulso el botón del ascensor y observo el pasillo casi vacío. Salvo por la voz metálica de los parlantes anunciando algún llamado médico, no hay ruido. Las puertas se abren. Entro despacio, cierro los ojos y giro el rostro.
—Sebastián.
Abro los ojos. Elvis está en el pasillo, serio, firme.
—Si algo me han enseñado estos días —dice, antes de que las puertas se cierren— es a saber dónde quedarme.
Entonces lo dice.
—Te amo.
Las puertas se cierran.
Lo último que veo es su figura dándome la espalda y alejándose. En mi garganta queda atrapado un yo también te amo. El orgullo enjuaga mis lágrimas y me arrastra de regreso a ese lugar seguro en el que no me hacen daño.
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