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Capítulo 7

Elvis

Esa noche no hubo tiempo para dramas ni celos. La vida me enseñó a filtrar; esos siete días en soledad, sin que a nadie pareciera importarle, me hicieron entender el valor de las cosas. También estaba aprendiendo a comprender con quién había decidido vivir el resto de mis días. Sebastián era un ser de luz: divertido, alegre y espontáneo. ¿Cómo enojarme por la misma condición que fue la que me atrajo desde el inicio?

No hicimos planes; decidimos que el destino y cada día marcaran el ritmo. Lo único que empañó un poco la felicidad fue Dean. Y no por su llegada, sino por las llamadas que insistió en hacer luego de irse, y durante toda la noche cuando quedé solo con Sebastián.

Al día siguiente acudí a dos entrevistas de trabajo. La vida continuaría lejos de la mansión, y era lo mejor para todos. Sebastián no estaría cómodo teniéndome cerca de Dean, y yo tampoco. Dividí mi tiempo porque también debía ir a la mansión. Kurn Tomasevic, mi exjefe, me había pedido ayuda con dos horas perdidas en el registro de las cámaras. Nadie parecía poder solucionar ese misterio. Acepté ayudar, pero primero necesitaba encaminar mi vida.

Además, debía apoyar a Marcela y Enrico. Él estaba fuera y me había pedido ayudar a su prometida con las compras para la casa. Así que sí, tenía el tiempo contado y una agenda ocupada que me permitía no pensar demasiado en los detalles de mi asalto.

—Señor Yilmas —dijo el hombre frente a mí, leyendo mi currículo—. Tiene buenas referencias. ¿Por qué renunció a su trabajo en la mansión Tomasevic?

—Problemas personales —respondí sosteniéndole la mirada—. No quise que interfirieran con mi labor.

—¿Y qué nos garantiza que no vuelva a renunciar ante otro problema? —preguntó, cerrando el currículo. En su rostro ya estaba la respuesta. —O que su condición reciente afecte su desempeño. Le recuerdo que el puesto requiere concentración.

La forma despectiva en que lo dijo, la indiferencia con la que me miraba, y el poco interés en escucharme lo decían todo. Intenté sonar seguro, aunque yo mismo a veces dudaba.

—Soy consciente de la importancia del cargo —respondí—. En la mansión Tomasevic asumí responsabilidades similares. Si revisa el currículo verá que incluso fui enviado a varias sedes y en todas...

—Lo leí —me interrumpió—. Lo sorprendente es que alguien tan valioso haya sido "dejado ir —arqueó una ceja—. Supongo que el señor Tomasevic no quiso ese tipo de publicidad en su industria.

—Mi relación con ellos es buena —dije, controlando a duras penas mi enojo—. La prensa tergiversó muchas cosas. Si tuviera un mínimo de culpa, ¿cree que estaría libre?

—Su amistad con el CEO debe influir —insistió—. Su perfil no es lo que buscamos, señor Yilmas. Necesitamos a alguien... más bajo perfil.

—Gracias por la oportunidad —respondí, incorporándome con algo de dificultad. Noté que eso lo incomodó.

Maldije internamente que la torpeza me traicionara justo en ese momento. Recibí el currículo que me devolvió y esperé hasta el pasillo para guardarlo en el maletín. Un gesto simple, pero que ahora requería más esfuerzo, uno de tantos que vendrían. Abrí el morral, guardé el documento junto a los otros y lo cargué nuevamente al hombro. Mientras caminaba tenía que acomodarlo varias veces; se deslizaba y daba la impresión de que tenía un tic nervioso. Terminaba por cansarme y avergonzarme.

Saqué el móvil al sentir la vibración y resoplé al ver mensajes y llamadas de Dean, otros de la mansión recordándome que debía pasar, y uno de Xila. Ese fue el que abrí.

Le había pedido ver a mi hija. Sabía la respuesta: la misma de siempre, solo que ahora tenía un motivo "perfecto" para negarse. Incluso antes del accidente no le gustaba que la viera. Decía que podía confundirla. Llevarla ante un juez era exponer a Dean, y él me pedía prudencia. Yo no tuve el valor de enfrentar al mundo y terminé ganándome únicamente a su abuela, la madre de Xila; gracias a ella podía ver a mi hija.

Pero la anciana murió, y luego vino el accidente, el escándalo, todo. Quise mantener a Beyhan lejos del ruido mediático, y su madre se estaba aprovechando. Como la niña no tenía móvil, la única forma de saber de ella era a través de Xila. Podía esperarla afuera del colegio, pero eso me convertiría en un acosador y arruinaría cualquier futura solicitud de custodia.

"No es un buen momento, Elvis. El escándalo está en su punto máximo. ¡Tú lo pediste!"

Sentí rabia. Detuve un taxi. Tenía que enfocarme en recuperar esas dos horas perdidas en el sistema. La investigación avanzaba y apuntaba a Brax, el esposo de Dean.

Había detalles oscuros: hijo de un hombre asesinado hace años por la seguridad de los Tomasevic, luego de participar en el secuestro de Enrico y su madre embarazada. Todo parecía relacionado con mi asalto. No buscaban mis joyas; buscaban mi móvil. Desde ahí podía controlarse todo el sistema de cámaras. Y solo alguien cercano sabía eso.

Alguien como Dean.

No sé si lo dijo sin intención o con toda la intención del mundo, pero lo cierto era que debía limpiar mi nombre y mantenerme lejos de él. No quería que Sebastián pensara que lo estaba traicionando. Ya había visto cómo se tensaba cada vez que el móvil vibraba o sonaba.

Y no lo culpo. Yo también lo haría.

[...]

Recuperar esas dos horas no fue el problema; evadir el acoso de Dean sí lo fue. Supongo que descubrir que su castillo era de papel lo hizo buscar refugio en cualquier lugar que le resultara familiar. Todo parecía recaer sobre su esposo. Solo faltaba una pieza pequeña en el puzle, y al parecer estaba justamente en esas dos horas.

—Aquí tiene —le digo a mi exjefe, mientras toma el dispositivo entre sus manos.

—¿Lo viste?

—No. —alza una ceja, divertido.

—¿Por qué?

—Porque usted no soporta ser el segundo —respondo, y mi honestidad le saca una sonrisa—. En nada.

—Lamento que todo haya terminado así para ti —dice, y esta vez suena sincero, lo cual me sorprende—. Mi esposa me dijo que estabas buscando empleo.

—Sé que mi confianza en este sector se vio afectada —confieso, y él asiente—. No quiero volver aquí. Lo siento.

—Marcela está preocupada. Mi hijo también —suspira—. Tengo un sitio perfecto para ti, solo necesito tiempo. —alza la pieza entre sus manos—. Esto me ocupa todos los días.

—No hay problema —respondo, sin poder ocultar mi felicidad—. Yo también necesito tiempo para adaptarme a... esta cosa. —alzo la prótesis, y él sonríe.

—Necesito que varias personas vean lo que hay aquí —añade—. ¿Puedes ayudarme?

—¿Cuándo?

—Lo antes posible. —Hace una pausa—. ¿Sabes qué me gusta de ti? Que no haces preguntas, solo actúas.

—Odio las entrevistas, señor —bromeo—. Ser amigo de su hijo me ayuda.

—Me asusta imaginar lo que hablan de mí ustedes tres —dice. No respondo. Es mejor así.

Recibo sus indicaciones y me alejo de la mansión. Durante varios días hice de chofer —o más bien de dama de compañía— de Marcela. La acompañé a elegir muebles, pintura, cortinas, a convertir aquel espacio en un hogar. Entregué mi puesto en cuanto regresó su prometido y seguí repartiendo currículos, pero las respuestas empezaron a pesarme.

Marcela, con sus ojos agudos, notó mi tribulación. Terminé confesándole mis miedos. Prometió ayudarme, aunque pensé que era solo una promesa amable para que no me quebrara delante de ella.

Miro la pantalla del móvil. Otra llamada de Dean. Intento ubicarlo en la mansión, pero no hay rastro suyo.

—Si llamas para lo mismo...

—Aydey Müller ha desaparecido —me interrumpe—, y su esposo te culpa a ti, al que ahora llamas novio, a Marcela y a Enrico de secuestro.

—¿Qué? —pregunto sin poder creerlo—. ¿Qué tenemos que ver nosotros? Tal vez simplemente se dio cuenta de que era un imbécil, tal como lo vio Marcela.

Cuelgo, furioso, y salgo a buscarla. Por Sebastián no me preocupo, y no porque sea abogado, sino porque seguramente ya está con ella. Se tomó muy en serio eso de ayudar a Enrico a aprender a ser un buen esposo.

Una tarea imposible. Se lo he dicho más de una vez, pero él insiste en creer que se puede.

[...]

Terminamos decidiendo ir a la estación a rendir declaración. Me quedé al lado de Marcela mientras Enrico se acercaba a un oficial. Vi la pantalla del móvil encenderse una y otra vez: el nombre de Deán volvía a iluminarse como una mala broma. Lo guardé de nuevo, pero demasiado tarde, Marcela ya lo había visto.

—¿Qué sucede con él? ¿Y por qué te llama tanto? —preguntó—. No estoy dispuesta a que lastimes a Sebastián.

—No es lo que parece —murmuré, y ella soltó aire con fastidio.

—Es bastante claro para todos —continuó—. He visto cómo se pone Sebastián cuando mencionas a Deán, sea el padre o el hijo. ¿Qué está pasando, Elvis? Ten cuidado, porque Sebas es de los que, una vez te da la espalda, no mira atrás.

Me quedé en silencio. Agradecí que me diera el espacio para explicarme sin atacarme.

—Deán encontró uno de los gemelos entre las cosas de Brax... y también un reloj —confesé, bajando la mirada al suelo porque me costaba sostener la suya.

—¿Dónde los compraste? ¿Hay más? —preguntó—. ¿O son especiales?

—El reloj y los gemelos fueron un regalo del señor Tomasevic y su esposa —respondí—. Una vez nos fuimos de campamento. Enrico tenía quince años. Deán no fue, no recuerdo por qué. Nos dividieron en grupos de dos para hacer pruebas, escalar y esas cosas... pero el líder no quiso ponerme con Enrico. Yo no era de su curso y casi incendiamos el lugar el primer día.

Marcela rio, y yo hice lo mismo, perdiéndome un momento en ese recuerdo.

—¿Qué pasó?

—El chico con el que lo emparejaron era el hijo del dueño del lugar. Todo aquello era un lujo, no tienes idea de lo impresionante que era. Los instructores y el entrenador tenían preferencia con él y no lo dejaban solo nunca. Eso creó resentimiento. Además, ya se sabía que Enrico iría a la Fuerza Aérea, y no era precisamente popular. —Ella asintió, así que seguí—. El muchacho que estaba con él decidió que era el momento perfecto para vengarse de "el favorito". Él había intentado entrar a la Armada y lo rechazaron.

Todos se pusieron de acuerdo para darle una lección al hijo del magnate por tanta sobreprotección. Eran más de treinta chicos entre catorce y diecisiete años. Yo ni siquiera tendría que haber estado ahí, pero Enrico insistió con su padre para que yo conociera el lugar.

A Enrico lo dejaron en medio del bosque y volvieron a decir que se había ido a dormir. El tipo entregó las pruebas por él y dijo que Enrico le había pedido hacerlo porque se sentía mal.

—Era el hijo del dueño —dije con una mezcla de ironía y asombro—. Pagó la excursión, dio equipos a todos, llenó mochilas con lo que cada uno pidió, solo para complacer a su hijo... y sí, era millonario y bastante insufrible —me encogí de hombros—, pero yo sabía que algo no cuadraba. Enrico no se iría así sin presumirme algo, era rarísimo.

—¿Lo buscaste?

—Por supuesto. Era invierno, la nieve ya empezaba a caer. Me sentía en deuda, yo la había pasado increíble, ese era el penúltimo día. Fui a agradecerle y de paso ver qué pasaba, pero se había ordenado no molestarlo. Golpeé la puerta del profesor... nada. Estaba ocupado con una instructora. Y con todo lo que le habíamos hecho en esos diez días, si yo decía que Enrico no estaba no me iba a creer.

—¡El lobo! —soltó Marcela riendo.

—Exacto. Al final busqué al chico y le hice decirme dónde lo dejó... a los golpes —admití—. Le quité las cosas de campamento y me fui a buscar a Enrico. Lo encontré dos horas después, tiritando, avanzando a duras penas y decidido a moler a golpes al tal Kevin... creo que así se llamaba.

—¿Esas dos cosas fueron el obsequio? —asentí, con cierta nostalgia.

—Jamás he tenido algo tan costoso. Ni trabajando toda mi vida. Enrico llegó a casa y le contó a sus padres lo que hice. Ellos ya sabían algo porque el campamento los alertó, pero él exageró la historia. El señor Tomasevic me ayudó con el padre del chico al que golpeé, diciendo que era el escolta de su hijo y que lo que pasó fue por protegerlo. Los gemelos me los regaló para mi grado de ingeniería; el reloj tiene una inscripción.

—¿Qué tienen de especial?

—Los gemelos son de oro de veinticuatro quilates. El reloj tiene incrustaciones de diamante. No hay otros iguales, los diseñó el joyero de la familia, directamente de su joyería. —Tragué saliva—. Para mí valen más que cualquier cosa. Son mi historia con ellos.

Marcela me miró con tristeza.

—¿Qué quiere de ti?

—Solo Deán sabía de esas dos cosas y de su valor —expliqué—. Pero lo que significan para mí no se puede medir en dinero. Quiere que retire la denuncia contra Brax, pero no puedo hacerlo. Me he negado de todas las formas posibles, y no deja de insistir.

—Por supuesto que no es posible —dijo—. Estuviste a punto de morir. ¿Desde cuándo lo sabe?

—Desde que volvió a mi vida —respondí—. Me dijo hace poco que nunca tuvo problemas con Brax... y también porque supo que estaba recuperando esas dos horas borradas. ¿Por qué tendría tanto interés en que nadie sepa qué hay en esas dos horas, si es inocente?

—¿Se lo dijiste a alguien?

Asentí y miré hacia Enrico, que venía hacia nosotros.

—A Tomasevic. Él tiene esas dos horas. No dormí durante noches por eso. Confieso que no vi todo, solo las recuperé y se las entregué.

Por un momento, el ruido de la estación dejó de existir. ¿Había una palabra para describir a Deán? Sí: un maldito miserable. Estuvo a punto de destruirme... y de arrastrar consigo a Marcela y quizá a Enrico.

—¿Cómo te fue? —preguntó Enrico, pasándose la mano por el cabello, mientras un oficial nos observaba con sospecha.

—Murat nos denunció a los cuatro —dijo—. Nos acusa de secuestrar a su esposa y al bebé que lleva en el vientre.

El oficial nos llamó con el dedo.

—Necesito hablar con ustedes. ¿Quién falta?

—Sebastián Çelik —gruñó Enrico.

Nos pidió que lo llamáramos. Nadie se movió. Enrico contactó al abogado de su padre. Marcela se representó sola. No podían probar nada. Igual que no pudieron encontrarme cuando estaba muriendo en la casa.

—Nuestro deber es investigar a todos los posibles sospechosos —dijo el oficial ante nuestras quejas—. El señor Özdemir afirma que su exmujer lo odia lo suficiente como para hacerle daño a su esposa y al bebé.

Quise reírme en su cara.

Y entonces una voz se escuchó detrás:

—Buenos días. Busco al capitán Özturk.

Cuando nos giramos, lo vi. El supuesto abogado... y el hombre que venía con él. Alto, tatuado, con cara de perro al que jamás conviene provocar.

—¿El señor es? —pregunta el oficial.

—¿Es usted el capitán Özturk? —responde el desconocido. Cuando el oficial asiente, se sienta frente a él con absoluta calma—. Soy el abogado de la señora Aydey Müller y vengo a radicar una denuncia.

El oficial lo mira levantando una ceja, pero yo ya no estoy mirando al escritorio. Estoy mirando al hombre detrás de él.

El verdadero peligro es el que no habla.

Era mucho más inquietante que el supuesto abogado. Alto, demasiado alto, más que Enrico y más que yo; ancho de hombros, cuerpo trabajado y una serenidad tensa que parecía contener algo que no debía soltarse. Los tatuajes le trepaban por el cuello, antebrazos, manos e incluso los dedos entrelazados a la altura del cinturón. Quieto. Rígido. Con una mirada que no se posaba en nadie en particular porque, en el fondo, nos estaba midiendo a todos.

Un perro de pelea al que solo le falta que suelten la cadena.

—Querrá decir Aydey Özdemir —corrige el oficial.

El hombre tatuado alza una ceja con una ironía que no necesita palabras.

—Tengo una denuncia por secuestro...

—La señora no fue secuestrada —lo interrumpe el abogado con una calma que corta el aire—. Se mantiene a salvo porque su vida corre peligro.

Deposita sobre el escritorio documentos, varias cintas y un pendrive.

—Está dispuesta a declarar desde el país en el que se encuentra. Hace unos días, ella y su exesposo decidieron poner fin a su matrimonio por causas irreconciliables. Ahora bien... —se aclara la garganta—. Vengo a instaurar denuncia por violación, secuestro, coacción, maltrato e intento de asesinato en contra del señor Özdemir, en perjuicio de mi apoderada y del hijo que lleva en su vientre.

El silencio fue total.

—El niño —prosigue— será reconocido legalmente cuando nazca. La prueba de ADN demostrará que es hijo del señor Ángelo Vryzas Savvidis, también mi representado.

Nadie respiró durante unos segundos.
Ni siquiera yo.

Y todavía no sabíamos que aquello no era el final del escándalo... sino el inicio del derrumbe.

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