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Capítulo 6

Sebastián

Una sala pequeña, dos habitaciones, cocina, comedor y dos baños. Eso era el apartamento de Enrico y Marcela. Estaba lejos de ser el lujoso chalet de su padre, pero eran felices; algo que no pudieron obtener en la opulencia.

-Es nuestra primera casa... nuestra -dice ella, abrazándolo.

Sonrío al verlos tan felices, al fin.

-No hubo dinero de tu padre y es el lugar perfecto para vivir.

Él le rodea el abrazo. Lleva tres meses de tratamiento; ya da pasos sola y se apoya en un caminador. Aun así, tiene la energía suficiente para llevar con una sonrisa todo lo que le ha sucedido.

-No es tan malo, y están a dos apartamentos del mío -les digo, para que recuerden que sigo aquí.

Les ayudé a vender la casa, me encargué de las deudas pendientes y lo usado lo dispuse para buscar un hogar: cómodo, tranquilo y que se adaptara a su economía. Hallar un apartamento en el mismo piso en que estaba el mío fue una suerte.

Yo podía estar con ella y hacerle compañía las veces que él tuviera que viajar, porque su padre insistía en dejarlo como jefe de seguridad.

-Eso es lo más pésimo de todo -responde Enrico.

Me encojo de hombros.

He dejado de ver a Elvis, decidiendo por mi salud mental marcar distancia. Gracias a Enrico sé que Dean va a verlo; bien por él. Eso y el cambio en su actitud al volver a caminar me dicen que se han reconciliado, aunque desconozco dónde queda Brax en todo esto.

No sé las razones de mi ausencia; por lo menos, como amigos, debí visitarlo.

El caso se cerró al encontrar el cuerpo de Harry y con la confesión de Davison. Enrico seguía con la sensación de que algo estaban pasando por alto, pero la policía dijo que todo concordaba.

-Eres un pesado, sabes que Sebas es una gran compañía y que en unos días tienes que empezar a trabajar -se queja Marcela, recibiendo un abrazo conciliador de su esposo.

-Gracias por todo, hermano.

Avanza en mi dirección y pasa una mano por mis hombros. La ausencia de cosas en el apartamento me hizo ofrecer el mío para la comida. Era un almuerzo: una manera de darles la bienvenida y de que ella se sintiera cómoda en su nueva casa.

-¿En qué te podemos ayudar? -pregunta Enrico.

Lo miro confundido.

-Sé hacer la mesa o lavar trastes; no sé cocinar -aclara, y no puedo evitar reírme-. Lo digo para evitar malos entendidos.

-Eres un fraude -le señalo, y miro a Marcela-. Deberías reconsiderar ese matrimonio.

Corro cuando, tras dejarla sentada, va por mí y me refugio en el baño.

Salgo minutos después, sin chaqueta y con la camisa recogida, dispuesto a hacer ese almuerzo. Nadie tiene por qué saber que tengo problemas; a la mayoría no le importa y al resto solo le interesa para burlarse de tus desgracias.

-Mira y aprende -le digo a Enrico, que no deja de observarme en silencio, quizá esperando que llore o me lamente-. Si deseas ganar puntos con ella, el desayuno en la cama con un tulipán rojo es perfecto.

-¿Por qué no rosas?

-Porque es muy típico -resoplo y pongo los ojos en blanco mientras pelo, zanahorias-. Además, las ama.

-¿Invitaste a Elvis? -pregunta cuando Marcela no nos escucha.

Cortaba una zanahoria justo en ese instante, y lo hice con tanta fuerza que la mitad del vegetal salió volando. Le sonrío a Marcela, que nos mira con curiosidad, pero no pregunta nada.

-Sí, y preguntó si podía venir con Dean -susurro al volver a su lado.

-Y le dijiste que no.

No respondo. Mi silencio es suficiente.

-Le colgué -admito luego de unos segundos-. Simplifico mi vida: si no me quiere en la suya, yo no lo quiero en la mía.

Asiente.

-Necesito bebidas, iré por ellas.

-Yo voy -se ofrece Enrico, tomando las llaves del auto-. Eso sí lo sé hacer.

-¿Te encuentras bien? -pregunta Marcela cuando quedamos solos.

Afirmo con mi mejor sonrisa.

-Yo voy, debe ser Enrico -dice al escuchar el timbre-. Seguro olvidó algo.

-Quietita ahí -le señalo con el cuchillo mientras cruzo la estancia.

Ella abre los brazos, divertida.

-Deben ser las chicas.

No miro hacia la puerta, solo a ella, que regresa al sillón de forma torpe.

-Llegaron justo a tiempo para ayudarme con la comida...

Me detengo al ver de quién se trata. Es Elvis, en muletas, sin rastro de barba y visiblemente de buen humor. No hay rastro de Dean por ningún lado, aunque eso no significa que no sigan juntos.

-Ah... eres tú -digo, haciéndome a un lado-. Marcela, él es Elvis.

Dejo la puerta abierta, esperando que entre o se largue.

Me da igual.

[...]

Dentro de mi casa, Marcela recibía a las amigas de ambas fundaciones y leía algo en el móvil. El ambiente era relajado; me reía con todas, como si no cargara nada encima. Ni siquiera la llegada de Elvis incomodó a nadie. Todo lo contrario: el grupo lo recibió como si siempre hubiera sido parte de esto.

-Creo que lo mejor es esperar a Enrico -les digo a todas-. ¿Ya te dijo dónde carajos fue a buscar ese licor?

-Lo irá a robar de la licorera de su padre -responde Elvis entre risas-. No sería la primera vez. Solía tomar prestadas las botellas y luego las llenábamos de agua.

Las risas estallan. Marcela y yo nos miramos; es evidente que su actitud ha cambiado. Asumimos lo mismo sin decirlo: la llegada de Dean.

-Delincuentes -murmuro mientras camino a la cocina-. De ti lo espero, pero de Enrico...

-No te dejes llevar por ese rostro.

La voz llega demasiado cerca. Al girar, lo veo en muletas, detenido en la puerta.

-Te he estado llamando.

-He estado ocupado -respondo sin mirarlo, concentrado en mi obra maestra. Sonrío: está perfecta.

Elvis me observa sonreír. Sus ojos brillan casi todo el tiempo y me cuesta creer que alguien así cargue tanto dolor. Se queda justo en medio de la puerta, bloqueándome la salida. No estoy nervioso. Sé que bastaría con golpear su muleta para que caiga como fruta madura... y no dudaría en hacerlo si se pasa de listo.

-Me entendiste mal -empieza.

Las risas de las chicas llegan desde la sala, lejanas. Yo no entiendo por qué vino solo, si pidió traer a su amor.

-No sé de qué hablas y necesito atender a las chicas...

-No son tus invitadas, son las de Marcela -señala hacia la sala-. Y parece que no te necesitan.

Suspira y entra con dificultad.

Aprieto los puños. Me muerdo los labios. No lo ayudo. No puedo. Me hizo a un lado en cuanto Dean volvió a su vida, sin vergüenza, sin amor propio.

-Necesitaba cerrar ese ciclo -dice sentándose frente a la cocina, en una banca demasiado alta-. No te niego que me alegró verlo, pero sabía a qué venía.

-¿Qué quieres que te diga? -pregunto molesto-. No tuviste dignidad. Te sacó de su vida como basura, no se preocupó por ti, y él llega... y corres. Te rogué que usaras la prótesis y te negaste.

-Acepté usar esta cosa -dice señalando su pierna.

-Porque él llegó... -murmuro entre dientes.

-Porque quería ser valiente como tú -me interrumpe-. ¿Crees que no sé por qué se acercó? Estaba mal con su pareja. No soy como él, Sebas. No tengo el corazón para hacerlo a un lado cuando fue tan importante en mi vida.

-Bien por tu hermoso corazón -respondo con ironía-. ¿Qué quieres de mí, Elvis?

-No me hables con fastidio -reclama-, como si fuera una molestia. Me has dejado a un lado. Te he llamado, fui a buscarte a la oficina y te negaste.

-Tú no fuiste a mi oficina -respondo-. Yo solo te di vía libre para que estuvieras con...

Me detengo. Nombrarlo me da náuseas.

-No tengo por costumbre mentir -dice-. Tu asistente me dijo, textualmente: "El señor Çelik lamenta mucho que llegara hasta aquí, pero no puede atenderle".

No sé qué responder. Entonces lo recuerdo. Constans. El día que me preguntó por qué ya no salía temprano. Yo, idiota, le dije que Elvis se había reconciliado con su ex.

-Ese día me dijiste que Dean había hecho su vida y que yo hiciera la mía -continúa-. Eso intenté. Pero tú te alejaste. Dean vino solo a excusarse por no visitarme. Brax sentía celos y no quería que creyera que entre nosotros aún había algo. Quería que lo llamara.

-¿Lo hiciste? -pregunto.

Niega divertido.

-Que se joda. Le dije que yo tenía una relación contigo y que no quería que tú pensaras lo mismo. Que no me buscara más. Lo hice la tercera vez que vino. Después supe que tenía problemas con Brax.

-No sé, Elvis... -me levanto-. No estoy dispuesto a ser tu paño de lágrimas. Valgo más que eso.

Toma mi mano.

-Lo sé -dice, y saca algo de su camisa-. Me lo has demostrado estos meses. Vales tanto que no puedo dejarte ir sin luchar por un lugar en tu corazón.

Es un anillo sencillo. No es de compromiso... aunque lo será. Deja la muleta a un lado e intenta arrodillarse.

-No -digo, tomándolo de las manos.

Las voces de la sala estallan.

-¡Chicos, tenemos hambre! -grita Temis.

-¡Ya dile que sí! ¡Quiero comer! -grita Doris-. ¡Se casan el mismo día que Marcela!

-Sebastián... fue mi idea -dice Marcela-. Espero que no te niegues.

Sonrío.

-He sido un idiota -dice Elvis-. Te dije lo de Dean para ver tu reacción. Lo siento.

-¿No estás con Dean?

-Dean es casado.

-Pero Enrico dice que te visita...

-Porque fueron las únicas tres veces que lo vi y coincidieron -responde-. Si estoy en terapia es para llegar hasta ti. Y tu secretaria no me dejó verte.

-Hablaré con ella.

-Perfecto -ríe-. Y dile que tu prometido es celoso y que puedo hackear sus redes fácilmente.

Recibo el anillo.

Salimos de la cocina tomados de la mano. En la puerta están Enrico y Dean. Dean mira nuestras manos, las risas, las felicitaciones. Algo en su rostro se rompe.

-¿Te quedarás a comer? -le pregunta Marcela.

Niega.

-Solo traje los uniformes... felicidades.

Se va.

El silencio dura segundos, hasta que empiezo a preguntar por la demora. Enrico responde con una excusa vaga. Marcela asiente. Ambos sonríen.

Y yo también.

[...]

La reunión sencilla terminó convirtiéndose en una improvisada fiesta de compromiso que se alargó hasta casi las once de la noche. Ver a Elvis tan feliz -y verme a mí reflejado en esa felicidad- me produjo un placer extraño, casi íntimo.

-Tomasevic, no has tomado nada -le reclamo a Enrico al notar que él y Marcela fueron los únicos sobrios del grupo.

En su caso, porque no quería perder el control; en Marcela, por razones obvias. Él se excusó diciendo que ella estaba convaleciente, que no pensaba permitir que por una alegría de unas horas terminara lastimándose. Pasó toda la noche atento a todos, riendo, escuchando historias. Cada quien parecía tener una anécdota que contar, de adolescencia o de adultez, y por primera vez en mucho tiempo sentí algo parecido a una normalidad tibia.

-Soy el conductor designado -respondió Enrico, recogiendo algunas botellas.

El apartamento terminó hecho un caos. Las visitas se fueron marchando de a poco hasta que quedamos solo los cuatro. Enrico y Elvis en la sala; Marcela y yo en la cocina, lidiando con los trastes.

-¿No se supone que vives a dos apartamentos de aquí? -dice Elvis, sonriendo-. Es de los que ponen el licor y no lo consumen. Seguro tendrás historias memorables de todos borrachos.

-¿Enrico? -preguntó con curiosidad.

La sonrisa de Elvis fue respuesta suficiente. He escuchado muchas historias de su adolescencia, y esa noche no fue la excepción. Me sorprendió notar que no me molestaba escuchar el nombre de Dean; incluso reí con las travesuras de los tres.

-Fue nuestra mascota -dice, medio en broma-. Era menor que nosotros, pero tenía un ingenio único para las travesuras. Cortesía de su padre... él nos contaba historias de Londres y luego Enrico las recreaba con nosotros.

-No puedes demostrar nada de lo que has dicho hoy -replicó Enrico con fingida seriedad-. Es una campaña de desprestigio.

-¿Eso dirás cuando te demanden por difamación? -le respondí.

Elvis soltó una carcajada. Se chocaron los puños. Marcela y yo nos miramos divertidos. Ella me confesó en voz baja que le gustaba este nuevo Elvis. Enrico aseguraba que era el de antes, el auténtico, no el que había estado consumido por la depresión y el abandono.

El teléfono de Elvis comenzó a vibrar sobre la mesa. Miré la hora: casi la una de la mañana. Él lo rechazó sin mirar y lo dejó boca abajo. Tomé una bolsa de basura y se la pasé a Enrico mientras recogía.

Desde la cocina, a través de la ventanilla que solía permanecer cerrada, veía la sala con claridad. El móvil volvió a iluminarse. Y sentí algo incómodo, una presión breve en el pecho que no quise nombrar.

-Es egoísta -murmuré sin pensar-. Lo dejó solo cuando más lo necesitaba y ahora...

No terminé la frase. Marcela apoyó su mano sobre la mía.

-No va a pasar lo mismo contigo -me dijo con seguridad-. Elvis te quiere. Dean es pasado.

Quise creerle. De verdad quise.

-Imagínate amar a alguien que un día te diga: "No te amo y creo que nunca lo hice" -me dice en voz baja-. Y que, en el mismo movimiento, haga algo que jamás se atrevió a hacer por miedo: decir quién es... y anunciar su boda.

Miré a Elvis en ese instante. Me estaba observando, sonriendo, como si no existiera nada más alrededor. Y ahí entendí que mis celos no eran desconfianza: eran miedo.

Miedo de no estar preparado para algo tan real.

-No seas gallina, Sebastián -me reprendió Marcela en susurros-. Esto es serio. Y él está dispuesto a pelear por ti.

-Lo que le hizo fue horrible... con razón me cae como una patada en los huevos -admití.

No es simplemente que encontró un amor y ya. Fue algo más complejo: una relación que se fue deteriorando con el tiempo. Elvis se desgastó intentando solucionarla, y Marcela lo entendía; hizo lo mismo con Murat. Cuando luchas solo por una relación, no llegas a buen puerto.

Marcela estaba segura de que la relación entre Dean y Brax venía mal desde hacía tiempo; esa era la razón del distanciamiento. Era consciente de que nadie entra donde no le dan acceso.

-Le costó tiempo y dolor, pero entendió que Dean no lo amaba.

-Le terminó y, a los días, les dijo a sus padres su orientación... llegó con Brax. Ellos creían que te llevaría a ti -confiesa-, pero no fue así. Igual aceptaron a su novio. Es consciente de que se descuidó en el trabajo y en lo personal; se sintió usado, herido. Se culpa por lo sucedido. Cree que, de haber estado más atento, jamás se habría ido esa noche.

-A él le gustaba Davison, o eso escuché -digo, sonriendo mientras niego.

-Davison le enviaba mensajes, en las mañanas y en las noches. Sabía que estaba pasando un mal momento y lo ayudó en gran parte, pero Elvis solo lo veía como un amigo.

Le habló de su sueño de aprender sobre cámaras y sensores; empezó a darle clases sencillas. Era su manera de no pensar en su ex pareja, a quien veía salir por las noches tomado de la mano con otro. Enrico se alejó de él y, en su momento, Elvis se sintió abandonado por sus mejores amigos.

Con lo sucedido aquella terrible noche, confirmó lo que rondaba su cabeza desde hacía mucho tiempo: ya no era productivo y corrían riesgo los Tomasevic. Habló con su jefe y pidió un descanso.

-Su familia lo rechaza, lo asaltan y es dejado herido por más de una semana -concluyo, y Marcela asiente-. Lo abandonaron a su suerte. Si no es porque lo creen culpable, se muere.

-Lo que quiero decirte es que está seguro de lo que ya no siente por Dean... y de lo que siente por ti -me aclara. Por un instante quiero creerle-. Está seguro de que te quiere y no está dispuesto a dejarte ir, al menos no sin pelear. ¡No seas gallina, Sebastián!

-Una cosa es una noche loca, relaciones efímeras -le muestro el anillo-. No hay sentimientos de por medio, todo es físico. Pero este anillo... son palabras mayores.

-¿Pretendes quedarte solo? -se queja-. ¿Ser el tío sexy y soltero?

-¿Por qué no? -pregunto acercándome a ella.

Reímos ante el recuerdo.

-Sería un desperdicio.

Mi reacción la hace reír y, al mismo tiempo, quedarse quieta cuando mis manos enmarcan su rostro y nuestros labios se rozan. Reímos. No es la primera vez; es mi manera de ganar una discusión.

Pero no estamos solos.

-¿Qué pasa aquí? -la voz de Elvis llegó tensa.

-¿Qué tanto tomaste, Sebastián? -añadió Enrico-. Será mejor que me lleve a mi mujer. Tu lívido está peligrosamente alta.

Las palabras cayeron como un baldazo. Vi el gesto en el rostro de Elvis: no furia abierta, no reclamo... algo peor.

Inseguridad.

Celos.

Marcela me lanzó una mirada que lo decía todo: te toca lidiar con esto.

Enrico, en cambio, parecía disfrutarlo más de la cuenta.

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