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Capítulo 5

Elvis

La alegría de ver a Dean fue, quizás, malinterpretada por Sebastián y por todos. En Dean resultaba evidente lo que pensaba; yo esperaba verlo llegar y, al hacerlo, era feliz.

Nada más lejos de la verdad.

Esa sonrisa era el reconocimiento de una prueba superada y la certeza de que mi vida, tal como la había vivido hasta ese día, cambiaría. Sebastián Çelik era, para mí, cambio; uno maravilloso, y eran vientos nuevos.

—Lamento no haber llegado antes —se excusa—. He tenido un par de problemas.

—Todos los tenemos —le digo, viendo la puerta.

—Sebastián el ruidoso —la voz de Dean me hace apartar la mirada de la puerta, porque una parte de mí espera verlo regresar.

Y lo hará, pero no hoy, sino en unos días, como si nada.

—Así le dijiste en la disco —continúa diciendo, quizás por mi silencio o por la forma interrogante en que lo miro.

—No recuerdo haberle dado ese nombre —admito, regresando la atención a la puerta—. En mis recuerdos, fuiste tú quien lo hizo; no te agradó lo que llamaste "exceso de felicidad".

¿Por qué su indiferencia pesaba tanto?

—Te estaba coqueteando —sonrío con ironía ante esa confesión—. Y no te era indiferente.

—Estás equivocado —digo, regresando la atención a él—. En ambas —le aclaro—. No coqueteaba; simplemente era él, sin tapujos.

Mi atención se debía justo a eso. No había visto a alguien a quien no le afectara ser quien es, ni las miradas molestas, burlonas y demás.

—Eso es lo mejor de ti: no eres consciente de tu aura —señala la puerta y sigo el rumbo de su dedo—. La vida le dio una buena oportunidad para llegar a ti... o eres su cuota de piedad.

—¿A eso llegaste? —la acusación lo deja incómodo.

—¿Te olvidas quién soy?

—¿Y tú olvidaste quién soy? —replico con calma, una calma que parece sorprenderle—. Creo que, al llegar hasta aquí, lo hiciste —continúo—. Te conozco desde niños, Dean. Esta visita no es gratis.

—Creo que lo mejor será irme —comenta, incorporándose.

No le respondo, porque hay silencios que son las mejores respuestas y el mío, sin dudas, le decía que la silla que ocupaba había dejado de pertenecerle. Sin embargo, admito que su regreso fue justo y necesario para darle sentido al conflicto de mi mente y claridad a mi corazón.

Gracias a Enrico supe que la relación entre Dean y Brax estaba bastante mal. Habían tenido una acalorada discusión la tarde en que decidió que yo existía. El problema era que yo había dejado de ser quien esperaba; me había vuelto un hombre exigente y apuntaba a un punto más alto.

Sebastián Çelik era ese punto.

En los días siguientes, Sebastián no llegó. Su ausencia pesaba y se sentía. Ninguna de las visitas parecía llenar el vacío que él había dejado. Me avergonzaba preguntar por él. El número de teléfono que me había dado no respondía; el de la oficina, jamás estaba disponible.

Así que al dato de que no quería verme se le sumó que tampoco quería hablarme.

Esos días me sirvieron para entender que existía una sola forma de proceder: buscarlo, pero no como el hombre limitante, cargado de prejuicios, miedos y enojos. No.

Elvis Yilmas deseaba ser tan fuerte como él y estar a su altura. Los médicos y enfermeras celebraron que pidiera las terapias y aceptara el uso de la prótesis. Yo tenía una sola misión: buscar a Sebastián y aclarar lo sucedido.

En cuanto a Dean, llegó un par de veces más, coincidiendo siempre sus visitas con Enrico, quien —hay que decirlo— no disimulaba el desagrado que le producía mi amabilidad hacia él.

Una vez más fui malinterpretado, porque cada llegada suya venía cargada no solo de silencios incómodos, sino también de la revelación de que algo había cambiado. No sé si en Dean, no sé si en mí, con la ausencia de mi pierna, esos días en soledad, o fue Sebastián quien me hizo reaccionar.

Como fuera, Dean hacía parte de un pasado que deseaba enterrar. Y, en el fondo, existía la sospecha de que esas visitas tenían un trasfondo. Fue en la tercera o cuarta —no recuerdo cuántas, solo que fueron suficientes para entender mis sentimientos hacia Sebas— cuando todo se reveló.

No disimulé mi decepción al ver que quien entraba era Dean y no Sebastián. Seguía sin contestar el móvil, ni el personal ni el de la oficina.

Por fortuna, mi salida estaba cada vez más cerca.

—¿Esperabas a alguien más?

No le respondo, porque no se pregunta lo evidente. Ocupa la silla vacía y, de nuevo, tengo la sensación de que no le pertenece ese lugar. Los minutos que siguen están llenos de conversaciones banales y silencios incómodos.

Hoy más que nunca tengo la sensación de que busca algo. Su comportamiento nervioso, la manera de mirar el móvil. Dean parece una bomba de tiempo.

—¿Todo bien? —me escucho preguntar, más por cortesía que por interés.

—¿Tan obvio soy? —responde—. Estoy teniendo problemas con Brax. —Empieza a explicar—. Él cree que entre los dos hay algo; insiste en que no se cree que una relación de años se acabe así.

—Venir a verme no ayuda a su temor —le recuerdo—. Lo mejor sería que fortalezcas tu relación; visitarme no va encaminado a eso.

—Necesito tu ayuda —dice en un hilo de voz.

—¿Qué puedo hacer yo? —pregunto y, al girar, me encuentro con su rostro descompuesto—. Tu relación está mal y, en lugar de cuidarla, la dañas visitándome. ¿Es que no has aprendido nada?

—Estás a la defensiva...

—¿Qué deseas de mí, Dean?

Porque algo desea. Él no ha venido hasta aquí gratis.

—Solo basta una llamada —me pide—. A Brax, aclarando que entre tú y yo no hay nada desde hace meses.

—¿A eso llegaste? —la acusación lo deja incómodo—. ¿A dañar la vida de otros porque la tuya es una mierda?

—Te estoy pidiendo un favor. Mi matrimonio depende de que aclares eso...

—¿Y mi relación, Dean? —le acuso—. Sebastián piensa que tenemos algo.

—Me acabas de dar la solución —dice, y no puede ocultar la sonrisa en sus labios.

—Es lo que estoy intentando hacer, Dean —le digo.

—Elvis... —susurra, llevando una mano al bolsillo, y lo que muestra me hace tensar—. Lo encontré en el apartamento.

Mis ojos se clavan en los gemelos.

—Creo que debí llevármelos alguna vez por error.

—Entiendo...

—¿Puedes decirle al policía que no están dentro del inventario? —sugiere—. Que los tenías en otro lugar.

—Largo, Dean, y no vuelvas —le digo, sosteniendo su mirada.

Por largo tiempo ninguno de los dos dice nada. Yo porque no tengo nada que decir; él, porque espera que acepte esa propuesta absurda. Acaba por rendirse y largarse, en esta ocasión esperaba que tuviera vergüenza y no regresara.

Semanas después

No sé qué era peor: si las muletas, la incomodidad de la prótesis o que a Sebastián se lo hubiera tragado la tierra. Fui dado de alta y lo primero que hice fue ir a su oficina. Allí, la voz que siempre lo negaba tuvo un rostro.

—El señor Çelik lamenta mucho que llegara hasta aquí, pero no puede atenderle.

Esta vez me lo dijo de frente, con rostro sereno y una media sonrisa. No había duda de que me estaba negando. La pregunta que me hacía era si obedecía órdenes o si lo hacía de manera espontánea.

El taxi se detuvo en la entrada de mi casa. El chofer, que me había llevado hasta la oficina de Sebastián y esperado, dejó el equipaje junto a la puerta.

—Las mujeres son difíciles, hijo —me dijo al ayudarme a entrar—. Te piden tiempo y espacio, pero se enojan si no las buscas.

Sonreí, pero no lo saqué de su error. Yo le había dicho, cuando le pedí el desvío, que iba a rescatar mi corazón. Dejó mi morral a un costado de la estancia, me aconsejó buscar apoyo en mis amistades y se fue.

Me quedé allí, contemplando la sala, y los recuerdos del asalto empezaron a llegar. Aquellos clics de memoria los busqué en medio del salón. Los Tomasevic habían enviado personal para limpiar mi hogar; reemplazaron algunos muebles. Imaginé los que cayeron durante el destrozo.

Detuve la inspección en la silla junto a la ventana y avancé hacia ella. El sonido de mi móvil me obligó a buscar dónde sentarme antes de descolgar. La llamada se perdió porque tardé en contestar y, al mirar el identificador, mi corazón se detuvo.

Era Sebastián.

Maldiciendo mi mala suerte y observando la silla, vi llegar el segundo intento.

—Buenas tardes —lo saludé.

—¿Qué tal? —respondió con tono seco. Sonreí—. Enrico y Marcela quieren inaugurar su nuevo hogar. Me han pedido que te invite.

—¿Puedo llevar a Dean?

No sé por qué formulé la pregunta, pero obtuve el resultado que merecía.

Colgó sin decir nada.

Y, por primera vez, una sonrisa se asomó a mis labios. Por fin tendría la oportunidad de decirle lo que sentía y no pensaba desaprovecharla.

Cerré los ojos, sintiendo por primera vez en meses que la vida me sonreía. Al abrirlos, mi mirada chocó con la ventana entreabierta y las cortinas, que se mecían lentamente con el aire que se colaba entre ellas.

Mi sonrisa regresó y se mezcló con la certeza de haber encontrado un amor real y con la revelación de que la muerte jamás me acompañó en aquellos días.

Ni siquiera ella quiso hacerlo.

Lo pensé con una sonrisa en los labios.

Minutos después recordé que, en mi búsqueda por darle celos, no pedí la dirección. Si lo conozco bien, no va a contestarme, porque su orgullo se lo impedirá. Las palabras del taxista me llegan de golpe.

Es un buen momento para buscar a una aliada.

—Buenas tardes, Marcela —la saludo—. Espero no incomodar.

—Jamás lo haces —me tranquiliza—. Me dijeron que te dieron de alta. ¿Cómo te sientes?

—Es incómodo —acepto—, pero no te llamé para eso.

—Tú dirás —responde.

—Se trata de Sebastián —empiezo a decir y suelto un suspiro—. ¿Puedes darme una mano?

—¿Qué deseas de él exactamente? —pregunta sin rodeos—. Porque debajo de ese chico risueño hay mucho dolor, Elvis. No quiero verlo herido.

—No voy a defraudarte —le prometo—. Esto va en serio.

—¿Qué tan serio?

—Compraré un anillo —respondo—. Y estoy dispuesto a hacer el ridículo.

Ella sonríe, y durante largos segundos no dice nada.

—Espero no arrepentirme de esto —dice al fin—. Te ayudaré.

Dos palabras bastaron para darle el último toque a un día perfecto.

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