Capítulo 4
Elvis
Sebastián volvió siete días después de haberlo echado. Volvió trayendo con él la risa, la resistencia y la valentía. Entendí que las tenía; las encontré gracias a él, a sus bromas, a la forma que tenía de ver la vida.
Me dijo que era abogado, que administraba un bufete y que, gracias a su labor, se le dio la oportunidad de hacer un posgrado en otro país. Sus jefes sabían de su condición, una que él no negaba, pero que tampoco iba por la vida "lanzando sus plumas", como decía de sí mismo de forma jocosa.
Pero no fue solo eso lo que volvió con Sebastián.
También vino con él la verdad sobre mi asalto, o al menos parte de ella. Gracias a Kurn, mi jefe, las autoridades habían unido esfuerzos para esclarecerlo. Quizás por creer que este estaba ligado a la muerte de ese hombre en los terrenos de la mansión.
Davison renunció de manera sospechosa cuando su nombre empezó a sonar con más fuerza y mis vecinos comenzaron a hablar. Durante mis vacaciones con mi familia, habían visto, días previos al asalto, a dos hombres en una moto negra, con las placas cubiertas; incluso hubo reportes de llamadas a la policía, pues se creía que rondaban mi casa, que era la única sola en la zona.
—¿Tiene algún objeto de valor en casa?
Aquella fue la pregunta que develó un detalle que había permanecido oculto en mi mente. Dos obsequios dados por Kurn Tomasevic el día de mi graduación. Lo hizo luego de que ayudara a su hijo en una situación difícil de *bullying*.
—Unos gemelos y un reloj. Tengo una colección bastante considerable de ambos, pero solo dos tienen un valor suficiente como para causar un asalto.
Recordé, además, que tras mi renuncia retiré dinero del banco. Planeaba hacer un viaje en auto por varios pueblos de mi país. Sin destino fijo y con poca ropa. Ni el dinero, ni los gemelos, ni el reloj aparecían.
—El supuesto inquilino que vieron no era otro más que uno de los ladrones —le explico a Sebastián, que me escucha atento—. Tomaron todo lo de valor y lo subieron al segundo piso.
—Y atinaron en sacarlo cuando las autoridades te buscaban —continúa por mí—. Es increíble ver a Davison en ese plan.
—También a mí —admito, y él sonríe.
—¿Tenías algo con él?
Niego, y entorna los ojos.
—No tienes que mentir, se dice que le explicabas los controles, que eras atento.
—Era solo amistad —le aclaro, serio—. No voy por la vida diciendo lo que soy. Tengo vergüenza.
—¿Insinúas que yo no? —resoplo ante su rostro de falsa indignación—. Es un alivio que no seas coqueto o tendríamos problemas.
Finjo no escucharlo, porque admito que esa revelación causa estragos en mi sistema. Con él siento cosas extrañas, una de ellas la certeza de no estar a su altura ni ser suficiente, pero aun así quiero arriesgarme.
Siento que lo vale.
—¿Quién sabía de esa colección? —me pregunta luego de una pausa larga.
—Los Tomasevic y un grupo pequeño de amigos —respondo tras pensarlo.
—¿Qué tan valioso era ese reloj? —insiste.
—Algunas de esas joyas fueron regalos de Dean y de los Tomasevic —le explico—. Diseños exclusivos de la joyería Tomasevic.
La persona que me asaltó sabía de mi relación con Dean, de una colección que solo un grupo cerrado conocía y de que la casa estaba sola.
—Enrico y Marcela se fueron de la mansión —me dice luego de un silencio bastante cómodo, y me sorprende esa revelación—. Tuvieron una enorme discusión con su padre.
—No me sorprende.
—Lo que hizo su padre sí lo hará —su sonrisa me hace entornar los ojos y a él sonreír—. ¿Adivina quién es el nuevo jefe de seguridad Tomasevic?
Niego.
—¿Quién pasó de ser un alto ejecutivo a ocupar esa silla?
—¿Enrico? —pregunto en un hilo de voz—. ¿Puso a su hijo en fuego cruzado?
—Sí.
—Espero que no le salga caro —murmuro, y él suspira.
—March piensa lo mismo.
El sonido de su móvil lo hace mirar la pantalla, y lo que lee lo tensa.
—¿Qué sucede? —pregunto—. ¿Sebas?
Alza el rostro.
—Es Davison. Se declaró culpable de la muerte de Harry —me dice—. También te dejó limpio de todo cargo.
—Eso es imposible —respondo, y al notar su interrogante explico—. Es imposible que él hiciera todo esto solo.
—¿A quién protege?
No tengo idea, pero los interrogantes crecen día a día. La pérdida de ese reloj causa intriga y el recuerdo de lo único que decían en medio de sus destrozos me asalta.
«—Debe estar por aquí».
Si bien los gemelos eran costosos, el reloj lo era aún más. Quienes sabían de su existencia lo sabían; venderlo significaba salir de un par de apuros económicos, pero su valor sentimental superaba cualquier cifra.
Era el recuerdo de una amistad que ni el tiempo, ni el dinero, ni la violencia habían logrado quebrar.
Sebastián
Esa tarde terminaba de revisar los últimos litigios pendientes. Era viernes, ya entrada la tarde. Elvis y Marcela llevaban dos meses en recuperación; a mi amiga le había ido mucho mejor que a él.
Elvis, con treinta y cuatro años y toda la vida por delante, estaba sumido en una depresión profunda.
La vida no siempre es perra; en muchas ocasiones somos nosotros quienes la complicamos. Ese era el caso de Elvis. Tenía motivos para agradecer estar vivo, había logrado demostrar su inocencia y alejarse de un mal ser humano, pero no lo veía así. Para él, sin Dean no había continuidad posible. Abrigaba la esperanza de que regresara, de que se diera cuenta de que él era su verdadero amor.
Al enterarse de la operación, ese sueño se vino abajo. Como si el amor necesitara vernos perfectos, ilustres, impolutos. Cuando ese sentimiento toca tu puerta, arrasa con cualquier pensamiento coherente; por algo dicen que el amor es ciego. Amamos pese a todo, a los defectos y a las imperfecciones.
Dividía mi tiempo libre entre Marcela y Elvis. A mi amiga la visitaba con frecuencia, pero a Elvis le dedicaba más tiempo, quizás porque nadie más lo hacía. Solo Enrico y sus hermanos lo visitaban con regularidad. De sus excompañeros de trabajo, únicamente Noah y Brax aparecieron alguna vez, de casi cuarenta personas con las que trabajó durante más de ocho años.
Su exnovio, ni una llamada.
¿Qué tan malo había sido como para no merecer siquiera un mensaje?
—Señor Çelik, son las seis de la tarde. ¿Necesita algo más? —pregunta la mujer desde la puerta.
Niego con la cabeza. Apoyado en la silla del escritorio, su voz me devuelve a mi lugar de trabajo. Ese por el que tanto luché y que no tengo con quién compartir ni restregar diciendo: "Lo hice yo solo."
—Puedes irte, Constans. Yo también voy de salida.
Alzo la vista y ella me observa en silencio. Tiene los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas; no hay que ser muy audaz para entender lo evidente. Le gusto. Y es una pena, porque no puedo corresponder.
Nunca he negado mi orientación en la empresa, pero tampoco la exhibo. Mi trato es cordial, serio. Jamás voy a integraciones, y si asisto, me retiro temprano. Evito cualquier gesto que pueda malinterpretarse.
Sí, Sebastián Çelik podía ser serio cuando debía.
—Que tenga un buen fin de semana, señor. Espero que su amigo se recupere —dice al fin.
—Gracias, Constans. Aunque la terquedad es lo suyo. No quiere dejarse instalar la prótesis.
Ella parece apenada.
—Necesito toda la fuerza de voluntad para ayudarle... o para lanzarlo por la ventana.
Mi comentario la hace reír. Me quedo observándola un instante: rostro redondeado, cabello negro a la altura de las orejas, ojos de un azul intenso. Es hermosa, por dentro y por fuera, pero las mujeres... solo como amigas.
—La mejor ayuda debe venir de él —responde—. No podemos agotarnos intentando salvar a quien no quiere salvarse. No es un niño. Tiene treinta y cuatro años, usted veintiocho. Es muy joven para estancarse así.
Quizás tenía razón, pero darle la espalda no me parecía correcto. Me sentía en deuda con la vida. Nunca pude estar con Jack en sus últimos días; su familia no me lo permitió.
Tomo la chaqueta de cuero, las llaves y salgo con ella. No la considero mi asistente; somos colegas, solo que ella acaba de egresar. La veo escribir y reír mirando su móvil de reojo mientras bajamos.
—¿Tiene planes para el fin de semana? —pregunta guardando el teléfono en su enorme bolso.
Jamás entenderé por qué cargan tantas cosas innecesarias.
—Ayudaré a una amiga a vender algunas cosas —respondo—. ¿Y tú?
—Saldré con amigos. Uno tiene un yate... ¿Se anima?
Lo pienso apenas unos segundos. No quiero dar falsas esperanzas ni convertirme en tema de conversación.
—Gracias, en otra ocasión.
Las puertas se abren justo cuando iba a responder.
—Feliz fin de semana, Constans.
No miro atrás. Camino hacia mi motocicleta. Los viernes solía usarla; la velocidad me hacía sentir libre. Ese viernes era distinto. Era el aniversario de la muerte de Jack.
Conduzco fuera de la ciudad hasta llegar a un claro. No bajo de inmediato. Me veo con él, ocho años atrás: yo con diecinueve, él con veintiocho, casado, con dos hijos. Una situación imposible.
Nos separamos porque quiso ser un buen padre. Yo entendí. Cambié todo: número, universidad, ciudad. Para su familia yo era un oportunista.
Este lugar era nuestro refugio. Una cabaña escondida, un estanque artificial. Allí podía ser él mismo.
Jack volvió a mi vida seis años atrás, enfermo, consumido. VIH positivo. No hubo reproches. Solo miedo. Permanecimos juntos tres meses. Mis resultados fueron negativos. Prometí no abandonarlo.
Su familia me sacó de la clínica cuando empeoró. Murió solo.
No pude despedirme.
Bajo de la moto y coloco la rosa en el pequeño altar que mantengo intacto.
—Otro año, Jack —murmuro—. Aquí se te extraña.
[...]
Ya había oscurecido por completo cuando salí del lugar. La luna apenas iluminaba tramos irregulares de la vía y el viento frío chocaba de frente contra mi rostro. Me había quitado el casco; necesitaba que el aire me atravesara, como si pudiera arrancarme de encima los pensamientos que pesaban más que el cuerpo.
Los otros 364 días del año era feliz, o al menos me esforzaba por serlo. Tal como se lo prometí. Pero en el aniversario de su muerte todo se venía abajo, sin aviso, como un castillo de arena golpeado por la marea.
Cuando llegué al hospital seguía afectado. Demasiado. No me sentía capaz de lidiar con Elvis esa noche. Me repetí que solo lo visitaría un momento y luego regresaría a mi refugio, ese lugar donde no tenía que sostener a nadie.
—Buenas noches —le digo al entrar.
Elvis me observa en silencio.
—¿Todo bien? —pregunto, más por costumbre que por interés real.
—Yo tendría que preguntarlo —responde—. No te ves bien.
Sonrío apenas. Era extraño que hablara tanto, y por un instante pensé que quizá Marcela había estado allí antes que yo.
—¿Has visto a Marcela?
—No, desde ayer que estuviste aquí —dice sin apartar la mirada—. ¿No me dirás qué te ocurre?
—¿Usarás la prótesis?
—¿Me estás sobornando?
—Negociando —corrijo, cruzándome de brazos—. ¿Y bien?
Niega.
—¿Me dirás qué tienes?
Niego también. Resopla.
—No es tu problema —contesto.
—Te he contado toda mi vida... —dice—. Las penas, cuando se comparten, pesan menos.
Sonrío, pero no respondo de inmediato.
Era brillante, un experto en informática con una inteligencia admirable, pero como paciente —y como ser humano— podía ser un verdadero cólico. Se dejó tomar las medidas para la prótesis, aunque dejó claro que eso no significaba que fuera a usarla.
Empiezo a contarle por qué ese día era para mí como un viernes 13 permanente. Hablo sin dramatizar, lo más objetivo posible. Le digo que, al menos, él vive con la certeza de que su amor es feliz. Yo no tenía ni siquiera eso.
—El amor no es egoísta —le digo—, sin importar las razones que tenga para no venir. No está obligado a amarte. Tú mismo dijiste que la relación no era buena en los últimos meses.
Asiente. Me observa un segundo ante de hablar.
—¿Te has vuelto a enamorar?
—No —niego, con una risa breve—. He querido. Mucho o poco. Tuve noches locas... pero como a Jack no se vuelve a amar.
Me encojo de hombros y le hago un guiño.
—Él siguió sin ti, tal como Jack lo hizo en su momento. Y yo también. Hazlo tú igual.
—Disculpen.
La voz nos hace girar. Es un hombre alto, de cabello oscuro y ojos verdes. No necesitó presentarse. El cambio en el rostro de Elvis fue inmediato: dejó de verme para mirarlo a él.
Pido disculpas y me alejo. Ninguno de los dos repara en mí. Antes de cerrar la puerta, miro una última vez la cama: los veo abrazados.
Niego, confundido. El amor nunca ha tenido sentido común. ¿Quién era yo para juzgar? Yo perdoné a Jack. Pese a todo. Lo amé hasta el último suspiro.
Camino hacia la habitación de Marcela y decido darles tiempo. Aprovecho para pedir documentos, precios, posibles compradores. Les entrego fotos de apartamentos acordes a su economía. El pago a los Doyle los había dejado con la mitad de su capital, pero aun así sonreían, felices con su nueva vida.
Su padre no iba a verlos. Solo llamaba a la clínica. Los trillizos sacaron sus cosas de la casa.
—¿Elvis te echó de la habitación otra vez? —pregunta Marcela—. ¿Estás bien?
—Lo estoy —respondo—. Y no me pidió que me fuera... Llegó Deán.
Me encojo de hombros. Enrico me observa, preocupado.
—Es el aniversario de la muerte de Jack —añado—. Un mal día para mí.
—¿Te irás a encerrarte a casa? No es buena idea, Sebastián...
—Es lo que suelo hacer —respondo sin emoción—. Además, Elvis ya no me va a necesitar hoy. Solo vine a verlo. Mañana me pondré con esto. —les señalo los documentos de sus bienes — Ustedes terminen aquí; yo les garantizo un hogar. Con decorado incluido.
—Eres un ángel —dice Marcela, abrazándome. Luego estrecho la mano de Enrico.
—Me despediré de Elvis y me iré a casa...
—Ten cuidado en esa moto.
No respondo. Alzo los dedos índice y corazón y doy media vuelta.
Regreso a la habitación. Lo encuentro hablando animado con Dean. Se callan al verme. Tomo la chaqueta y les doy una última mirada. Elvis me presenta a Deán, emocionado. Intento encontrar algo atractivo en él, pero no puedo. Quizá me resulta desagradable saber que dejó solo y al borde de la muerte a su novio de toda la vida.
—Creo que sería hipócrita decir que es un placer conocerlo —digo, con una amargura que no intento ocultar—. Te dejo en buena compañía. Buenas noches.
—Mañana empezaré con las terapias —dice Elvis cuando estoy en la puerta.
—Bien por ti —respondo sin mirar atrás.
Ya lo he dicho: ese no es mi día favorito. Es el único en el que no soy un buen ser humano. El único en el que necesito estar lejos de todos.
Llegué a mi apartamento, tomé una botella del bar y salí a la terraza. Allí me embriagué hasta caer en la inconsciencia.
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