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Capítulo 3

Elvis

En mi semana número tres dentro del hospital, mis ideas estaban cada vez más claras. Los eventos del asalto y el verdadero peso que tenía cada uno de quienes, durante años, consideré amigos.

Y hablo específicamente de Dean.

Mucho antes de ser pareja fuimos amigos. Nuestra amistad creció de la mano de la revelación de que nos gustaban los hombres y, más adelante, de la atracción mutua.

Con todo, Dean no había venido a verme ni una sola vez. Dolía. No voy a negarlo. Pero no tanto como la noticia que acababa de recibir.

Iba a perder la pierna.

Supe que algo andaba mal cuando la doctora llegó acompañada de otros médicos y una enfermera. No eran demasiados, pero sí más de los habituales. Unos minutos antes habían estado Enrico y Sebastián; solo este último permanecía. Enrico se despidió diciéndome que el chico ruidoso volvería a ser mi compañía, una vez más.

Desconozco si la cantidad de personas era protocolo, una medida preventiva o algún tipo de ritual para alguien como yo. Escucho los tecnicismos en silencio, intentando ignorar la mirada de Sebastián, peligrosamente callado.

Y eso no es normal en él. Para Sebastián, el silencio es casi un pecado.

—Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance —dice la doctora.

No respondo.

—Lo siento mucho.

—¿Hay algún consentimiento que firmar? —pregunto.

Sin dramas. Sin rabietas.

Porque entre los presentes no está el culpable de mi desgracia, y la idea de ser víctima no me agrada. La doctora me dedica una sonrisa condescendiente, de esas que deben entrenar para ofrecerlas a todos los infelices que, como yo, se quedaron sin suerte.

Una enfermera da un paso al frente y, con manos temblorosas, me extiende la carpeta y el bolígrafo.

Sebastián se adelanta y los toma.

—Yo se lo entrego —dice en voz baja—. Aún no tiene buen control de la rabia.

Hace una pausa mínima.

—Sigue siendo peligroso.

Guiña un ojo.

Y, de pronto, todos sonríen.

Como si hubiera entrado una corriente de aire fresco en una tarde sofocante.

Lo recuerdo en una noche de discoteca, durante el cumpleaños de los trillizos de Enrico. Marcela fue invitada y decidió llevarlo. Me llamó la atención su manera de divertirse, de reír, de no parecerle importar ser el único sin pareja en la mesa.

Bromeó con los trillizos. Bailó con todos: de a uno y juntos. Los trillizos: dos hombres y una mujer.

A ninguno de los cuatro les importó cómo los miraban.

Los Tomasevic estaban acostumbrados a ser el centro de atención. Sebastián no.

¿Entonces por qué no le afectaba?

—Tendrá acompañamiento psicológico —continúa la doctora.

—No la necesito —la interrumpo.

El silencio cae como un telón.

—Es protocolo, señor —se excusa la doctora.

—¡Dije que no!

—No es opcional —dice Sebastián, y lo busco entre los presentes.

Esperaba encontrar una mirada molesta, fastidiada, incluso una cargada de risa, del tipo que me insinuara que estoy siendo inmaduro. La que encontré fue difícil de describir. Me miraba en silencio, manos en su regazo y rostro neutral.

—No te están diciendo que estás loco —me aclara—, te están diciendo: "Estamos para ti".

—El señor Çelik tiene razón —añade la doctora.

—¿Qué sabes tú de perder? —le reclamo, ignorando la voz de la doctora.

—Mucho —dice, y alzo una ceja—. He perdido mi dignidad al venir aquí día tras día cuando me has dejado claro que no me quieres como compañía.

De nuevo, risas en todos menos en él, quien parece esperar una réplica de mi parte. Tiene —y no sé si llamarlo poder o defecto— la capacidad de tener una respuesta ingeniosa para todo; probablemente ser abogado ayude a su extensa labia.

—Está bien —digo al fin—. ¿Dónde firmo?

El silencio que sigue a mi firma es tenso. La doctora continúa explicando lo que vendrá: habla de protocolo, terapias y hasta de prótesis. Me tenso al escuchar ese nombre por primera vez, "prótesis", un recordatorio de que nada volverá a ser como antes.

En adelante, vivir será difícil; necesitaré de voluntad, de resistencia. Dos cosas con las que sé que no cuento.

—Quiero estar solo —le digo a Sebastián cuando el grupo se ha ido.

—Elvis...

—¡Largo! —alzo la voz, sosteniendo su mirada—. No quiero tu voz perfecta ni tus sermones. No necesito nada, ni de ti ni de nadie.

Durante unos minutos, que se convierten en una eternidad, espero que se niegue a irse. Si lo hace, sería propio de él. Pero lo que ocurre me desestabiliza. Se incorpora y sale de la habitación, sin despedirse ni decir nada.

[...]

Con Marcela recuperándose exitosamente y yo siendo el fracasado del año, veo pasar los días. Dentro de unos días Marcela se irá y, eventualmente, yo también lo haré, pero me invade la duda.

¿Podré continuar así? ¿De qué voy a vivir? El escándalo de la muerte de Harry y las sospechas sobre mí han quedado flotando en el ambiente. Si bien todo cuanto dije coincidió con los hechos, en la gente quedó mi nombre como uno de los sospechosos, y de ahí será difícil salir.

Unos toques en la puerta apartan mi mirada del muñón que ahora es mi pierna y me centro en el recién llegado. Esperaba que fuera Sebastián, aunque la última vez que se fue le pedí que no volviera.

Pero quien ingresa es Xila, con un ramo de rosas que carga de manera despreocupada y deja —no sé si a propósito— en el espacio donde estuvo mi pierna.

Xila Alhur, mi primera y única novia, en la época en que obedecí las órdenes de la sociedad y creí poder pertenecer a ella. La única mujer con la que tuve sexo; me bastó una sola vez para entender que, si esa era la realidad, no deseaba pertenecer a ella.

El conflicto —o lo bueno, a decir verdad— ocurrió cuando Xila quedó embarazada. Mis padres estaban felices —el pánico de tener un hijo gay había pasado—; los de Xila, furiosos. La respuesta debía ser casarnos y lo intenté, pero no pude hacerle eso a la única mujer que pude amar.

Ella no me perdona, pero en el fondo sabe que le hice un favor.

—Beyhan pregunta por ti —empieza—. Ya no sé qué decirle, Elvis.

—Sabes que es lo mejor —le digo, y asiente en silencio.

—Es como tú, Elvis. Llegará a la verdad —dice, y sonrío—. O tomará medidas drásticas.

—Espera a que todo se aclare —no es un pedido, es un ruego—. Por favor, Xila, ella no debe salir salpicada de esto.

—Es lo que estoy intentando, Elvis —me aclara—. Pero en su mente yo soy la mala y tú el culpable.

—Dile que no quiero verla —le digo, sosteniendo su mirada—. O que soy un mal padre —añado—. No te saldrá forzado.

Da media vuelta y sale de la habitación, como si mi respuesta fuera lo que esperaba. Y quizá así sea. Xila solo deseaba que le dijera que no quería ver a mi hija, para justificar no traerla.

—Señor Yilmas —una voz femenina me hace abrir los ojos—. Soy su terapeuta —dice, presentándose con su nombre.

—Tengo una sola pierna. ¿En serio cree que la necesito? —pregunto. Ella sonríe, imperturbable, y se acerca a mí.

—No siempre estará en una cama. Hay un mundo ahí afuera por explorar.

—Ya lo vi y no me gusta —respondo, cerrando los ojos—. Lárguese, no la necesito.

—Usted necesita ejercitarse. El uso de la prótesis...

—¡Fuera! —la interrumpo.

Porque ese nombre, "prótesis", lo veo como la evocación de todas mis desgracias.

Sebastián

Divido mi tiempo entre mi trabajo, March y Elvis. A este último he dejado de verlo en cinco días; la última vez fue el día que firmó lo de la amputación. Me había echado de la habitación. ¿Cómo podía volver?

Había pasado muchas horas regañando a March por su falta de dignidad como para caer en lo mismo. Así que, tras visitarla y corroborar que estaba bien, me disponía a abandonar el hospital. Me ganaban las ganas de ir a verlo, pero el recuerdo de su rechazo me impedía hacerlo.

—Señor Çelik —la pronunciación de mi apellido me hace frenar, y me encuentro con una doctora simpática—. ¿Es usted el señor Sebastián Çelik?

—Sí, lo soy —respondo, devolviéndole la sonrisa—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Se trata de su amigo —empieza a decir, y suspiro—. El señor Yilmas —se aclara la garganta con nerviosismo—. Me han dicho que usted y el señor Tomasevic son sus únicas visitas.

—Nadie más lo soporta —bromeo, y ella sonríe.

—Él tiene motivos para estar así.

—Tiene más motivos para salir de ese foso, pero no los ve —insisto, y la doctora asiente.

—Se niega a hacer terapias, a tomarse las medidas para la prótesis y cada vez que se la mencionan recurre a la violencia —continúa—. Nos gustaría que nos diera una mano.

—Bueno, lo que él necesita es una pierna —respondo—. Dudo mucho que una mano le sirva ahí.

La mujer ríe durante largo tiempo; es de esas risas intensas y contagiosas.

—Lo siento —dice entre risas—. Sé que no debería.

—Hay que agradecer que la fiera no esté cerca, o la historia sería distinta.

La mención de Elvis hace que su risa se apague lo suficiente como para continuar el diálogo.

—Él necesita a más personas como usted.

—Ahí tendrá un pequeño problema —admito con suficiencia—. Soy único.

—Y él lo sabe. Por eso creo que anda amargado —susurra—. Las enfermeras dicen que está así desde que usted no viene.

—¿Y Enrico? —pregunto.

Ella niega.

—Unos quince minutos y luego se va.

Asiento en silencio y resoplo, mirando la hora.

—Prometo llegar mañana —le digo—. Hoy tengo planes.

Miento.

La realidad es que no tengo nada, solo que deseo darle una lección.

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