Capítulo 2.
Elvis
En algún punto de mi estadía en este nuevo lugar reconocí de qué se trataba. Un hospital. Me lo confirmó la llegada de un doctor, aclarándome la situación y haciendo una pregunta que oprimió mi pecho.
—¿Algún familiar al que llamar?
¿Existía? Mentiría al decir que no; el problema no era la respuesta, es que estaban lanzando la pregunta equivocada.
No era ¿Algún familiar al que llamar?
Sino ¿Tiene alguien a quien le importe su salud, usted o su existencia?
A la revelación de que estaba en un hospital, en un estado delicado y a punto de perder una pierna, le llegó otra: estuve siete días malherido y nadie notó mi ausencia. La respuesta a la pregunta del doctor debería salir sola y casi evidente.
Mantengo la mirada fija en la blancura de las paredes. He visto salir y entrar a diversos doctores y enfermeras; hablan de mí como si yo no estuviera allí, como si siguiera siendo invisible a sus ojos.
Las imágenes de mi asalto empiezan a tener forma en mi cabeza. Son tan claras que las uno con otras, como cuando fui a la mansión Tomasevic y me negaron ver a Marcela.
—Elvis —la voz de Enrico me llega lejana.
No giro hacia esa voz. Una parte de mí entiende que es otra ilusión más de mi mente. Elvis Yilmaz no le importa a nadie, solo a las autoridades, y porque lo creen culpable de un delito.
—Elvis, soy yo, Enrico —vuelve a insistir—, el que golpeaste con una roca la primera vez que me viste.
El recuerdo de ese encuentro llega nítido. Estaba con Dean en las inmediaciones del bosque de la mansión de los Tomasevic. Lanzaba rocas a los árboles, sin precisión alguna, solo como una forma de pasar el tiempo cuando él apareció.
—Calentaste mis manos en ese bosque cuando decidimos explorar los terrenos que rodeaban la casa de papá.
Yo no quise explorar, fue él, y nos perdimos. Quiso decirlo, pero lo aclara rápidamente. Nos perdimos y fuimos rescatados por la seguridad de su padre. Ante el inminente castigo, dije ser yo el de la idea.
—Papá dijo que eras una mala influencia —su voz hace sincronía con mis recuerdos—. La mala influencia era mi padre, porque yo jugaba con ustedes a policías y ladrones, recreando sus juegos...
Kurn Tomasevic tenía una sola forma de adiestrar a su hijo: jugaba con él a policías y ladrones, creaba escenarios difíciles en medio de juegos. De esa manera, Enrico aprendió a protegerse en medio de juegos.
Juegos que luego recreaba con Dean y conmigo. A mí me divertía; a Dean, no tanto. Lo siento inspirar fuerte y tomar mis manos antes de seguir.
—Sé que hay una explicación. Tú no quisiste dañar a Marcela; sabías cuánto la amaba.
Encontrar a alguien que crea en mí resulta una novedad, y que se trate de alguien tan importante eleva la dicha en mi pecho, por lo que aprieto sus manos y alzo mis ojos para verle. Encuentro en ellos tranquilidad y la certeza de que sus palabras son ciertas; no son dichas por estar yo al borde de la muerte.
—Sé que no eres culpable... solo díselo —ruega, y una lágrima sale de mis ojos.
—¿Te quedarás conmigo hasta que me vaya?
Porque de pronto no me importa ser señalado como culpable tanto como morir solo. Él guarda silencio y, mientras lo hace, empiezo a recordar todos nuestros momentos juntos, desde la adolescencia hasta la adultez.
—Te haré una promesa más grande —su voz me trae de vuelta a la realidad—. Marcela está aquí porque necesita operarse; de aquí saldremos los cuatro. Sebastián tampoco piensa irse y, si no te importa soportar su compañía, él me ayudará a cuidarte.
Observo nuestras manos juntas y luego alzo la mirada hacia él. ¿Qué me mantiene vivo? Busco momentos o personas a las que aferrarme y no hay ninguna. Ni siquiera Beyhan, mi hija. Ella estaría mejor conmigo muerto; así se evita la vergüenza de cargar con un padre con desviaciones sexuales extrañas.
—Él me dijo que ella se había ido con su ex —empiezo a decir—. Todo lo que dije fue porque me lo contó.
Porque ver llegar a la muerte me hizo unir hilos, entender cosas.
Yo había pedido vacaciones; ese día no era mi turno. Yo ni siquiera debería haber estado allí, solo hice lo que consideré un favor.
Me llamaron en la tarde para decirme que debía ir a un turno urgente. Davison, el escolta de Marcela, estaba de turno esa noche; me contó lo sucedido en la mañana. Marcela y Enrico habían tenido una fuerte discusión porque ella había tenido una aventura con su ex. También porque ella filtró información privada a la prensa.
La discusión había escalado tanto que Enrico les pidió no dejarla ingresar mientras él estuviera en casa.
—¿Estás seguro? —le pregunté ante lo absurdo de esa acusación.
—Ella no lo negó —me dijo—, y lo aceptó en medio de gritos; todos lo escuchamos.
Al recibir el turno hallé fallas en los sensores. Todo estaba tranquilo, la casa estaba vacía. Los trillizos estaban por fuera, Marcela se había ido enojada; horas después le siguió Enrico, y los dueños estaban en otras sedes fuera del país.
Regular los sensores debería ser una rutina sencilla; sin nadie en la casa a quien vigilar, solo el lujo de la misma, y de eso se encargaba el grupo que estaba de apoyo el fin de semana. Yo solo debía controlar las cámaras y verificar que todo funcionara.
Fue lo que hice esa noche y tuve bastante éxito hasta que llegué a la última y escuchamos el disparo. Davison sugirió dividirnos; allí hallamos el cuerpo de un hombre.
Harry.
Lo reconocí como un tipo que acosaba a Enrico. Eran amigos desde niños, de la época en que Enrico vivía en América. El tipo se hacía llamar su novio y estaba causando problemas en la vida de Enrico.
Nos dividimos buscando al agresor. Segundos después volvió; me dijo que Enrico estaba en la casa. El cadáver de ese hombre y Enrico en la casa... fue fácil entender qué había sucedido.
El tipo cruzó límites y se molestó. El resultado saltaba a la vista.
—¿Cómo entró?
—¿Qué importa ahora? Le dije a Enrico que se marchara, que nosotros nos encargábamos.
—¿Cómo le pides que se vaya? ¡Nuestro deber es protegerlo!
—¿Es que no lo ves? Hay un jodido cadáver y solo él por aquí...
Su protesta quedó a media voz al captar la presencia de Marcela. Davison me pidió hablar con ella; lo mejor era sacarla de la mansión, el peligro era evidente.
Él peinaría la zona para buscar al agresor y que yo le dijera a ella que se fuera.
—No la quiere cerca, nos lo advirtió —me dijo viéndome fijamente—. Tú lo conoces mejor que yo.
—Me mintió... —solté al entender todo y con la evidencia revelada.
Entendí que fui estúpido al creer en corrillos y chismes de zona, pero en mi defensa, Enrico y Marcela estaban teniendo problemas. Ambos se acusaban de infidelidad. Marcela acusaba a Enrico de andar con una nueva empleada.
Con quien sí tuvo algo antes que, con ella, tal como Marcela estuvo con Murat.
Regresé tras hablar con Marcela; le dije lo que había escuchado. Enrico no la quería cerca y era mejor marcar distancia, por lo menos esa noche. Yo solo deseaba mantenerla alejada de todo ese lío, nada más. No creí que ella sería secuestrada y dejada malherida a cientos de kilómetros de casa.
—¿Cómo iba a saber que lo que buscaban era sacarla de casa?
Era el escolta; estaba todo el tiempo con ella, sabía los detalles de la relación, sus conflictos. Tan cerca que pudo ser él quien pasó información a la prensa. Davison dijo que se encargaría de todo. Yo regresé a los controles. Media hora después volvió diciendo que había desaparecido el cuerpo. Se había comunicado con Marcela, quien le había dicho que se iría con Murat. Él se encargaría de cuidarla mientras todo se calmaba, que la boda no se efectuaría.
En adelante intenté hablar con Enrico en muchas ocasiones, pero me fue imposible. Pocas veces estaba en casa; las razones las dejaba con Davison, quien estaba reacio a permitirme el acceso. Según él, su jefe se encontraba mal y no era bueno que supiera la muerte de Harry ni confirmar que su mujer se fue con otro.
Entonces me dieron vacaciones. Mi comportamiento distraído llevó a mi jefe a pensar que era por el noviazgo de Deán y, aunque confesaba que tuvo que ver, seguía preocupado por saber quién mató a ese hombre en los terrenos.
Entré en crisis nerviosa; el médico recomendó alejarme un tiempo, por lo que pedí todas las vacaciones acumuladas, los tres meses que supuestamente usaría para irme con Deán.
Lo sucedido con Deán me dejó desanimado y le había dicho a mi jefe, el padre de Enrico, que renunciaría al regresar. Durante ese tiempo estuve pendiente de la prensa y de saber si decían algo de Harry, pero solo leía sobre Marcela y su fuga con Murat, y lo creí.
El día de reintegrarme vi a Marcela en silla de ruedas; dijeron que había sufrido un accidente el mismo día de su desaparición. Pero de nuevo Davison se negó a dejarme hablar con Enrico. Kurn había prohibido cualquier tipo de acercamiento.
Decidí renunciar. Envié el documento por correo, pero deseaba despedirme y agradecer; a eso fui esa mañana. También a hablar sobre lo que vi.
Una semana después fui llamado a hacer entrega formal de mi puesto y, al preguntar por Enrico, me dijeron que no estaba en el país, pero que Kurn estaba otra vez a cargo.
Era la oportunidad perfecta. Sabía que en Tomasevic me dejarían entrar. Me fui de la mansión con la firme intención de hablar con el jefe, pero primero fui a mi casa.
Allí me impidieron cumplir, porque fui asaltado.
—Hábleme del asalto —me pide el oficial.
—No vi quién me disparó —confieso—. Dos hombres en pasamontañas me tomaron desprevenido cuando me disponía a salir a Ind. Tomasevic.
Salieron de la nada por el garaje y me amordazaron. Jamás hablaron ni amenazaron, pero parecían buscar algo dentro de mis cosas.
—Tu inquilino asegura que te vio una semana atrás —me recuerda el oficial, y los miro a ambos confundido.
—¿Cuál inquilino? —pregunto.
—El del mismo segundo piso. Asegura que le dijiste que renunciarías porque no soportabas ver a tu novio con otro...
—Nadie sabe en el barrio que Deán y yo teníamos algo, y vivo solo... ninguno vive allí...
El oficial sale apresurado y me deja con Enrico. Cierro los ojos porque el cansancio me ha vencido o es el peso de la verdad.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que escucho la voz de protesta de Enrico.
—¿Con quién dejaste a Marcela, gran bestia? —abro los ojos y observo al hombre en la puerta.
¿De dónde lo conozco? Es joven, cabello castaño, ojos claros y una chispa extraña en su mirada.
—Shhh... Jarper llegó y quiere hablar contigo, sobre ese cianuro que no te mató —le dice, y parece una broma personal—. Yo lo cuido y tú ve.
Miro a uno y a otro sin mucho interés. No me molesta estar solo; me siento bastante bien en mi compañía. Así no tengo necesidad de fingir que estoy bien para no dañar susceptibilidades.
—Volveré en cuanto pueda —le dice al hombre mientras intercambian silencios tensos.
—Si no vienes no hay problema, últimamente todos me dan la espalda —le digo con honestidad—. No necesito tu lástima, puedes largarte —le digo al recién llegado, que me observa sin decir nada.
—Le prometí a Marcela cuidarte, y Sebastián Çelik cumple su palabra —replica.
Encuentro en esa respuesta y en su nombre el recuerdo que necesitaba para ubicarlo en mi universo.
Sebastián Çelik era el amigo ruidoso de Marcela.
—Regreso en cuanto pueda —nos dice saliendo de la habitación, y yo decido que, si lo ignoro lo suficiente, se aburrirá y se largará.
Sebastián
Yo había llegado a esa habitación por dos razones: la primera, porque el sexy neurólogo deseaba hablar con Enrico; la segunda, por una promesa hecha a March.
—Cuida de Elvis, sabes que de su mejoría depende mucho —me dijo.
Asentí sin responder. Sabía perfectamente lo que quería decir.
Cuando crucé el umbral de esa habitación lo hice con el recuerdo de Jack revoloteando en mi cabeza. Aquel neurólogo malditamente atractivo me lo había traído de vuelta, y eran pocos los hombres capaces de hacerlo. Lo que no esperaba, bajo ninguna circunstancia, era que Elvis también lo hiciera.
Entré sin tocar.
Los encontré tomados de la mano.
El hombre en la cama tenía un aspecto que yo conocía demasiado bien. Pequeñas imágenes comenzaron a colarse en mi mente, recuerdos dolorosos y difíciles de borrar, de hasta dónde puede llegar la ignorancia humana. Solo que Jack jamás dejó de reír. Este hombre, en cambio, parecía haber renunciado incluso a eso.
—Deberías irte —dice por quinta vez.
Lo observo sin responder.
No habla mucho. Respira con dificultad. Su estado es precario. Los labios cuarteados, la piel con un tono casi verdoso de lo pálida que está. Haber pasado tanto tiempo solo allí lo empeoró todo: perdió mucha sangre, la herida es delicada, y ya hablan de amputarle la pierna porque pescó una bacteria en ese lugar.
¿Nadie notó su ausencia?
¿No tenía amigos, familia, alguien que se preguntara dónde estaba?
Me mira con rabia.
Resoplo.
—Para ser alguien a punto de morir eres muy amargado —reclamo mientras acomodo mi jersey—. Deberías perdonarte.
—¿No te molestan en casa por eso? —dice, ignorando mi comentario y señalando mi tatuaje.
—No vivo con ellos e igual, saben lo que soy y me apoyan...
—¿Por eso no vives con ellos?
Está débil. Su voz es apenas un murmullo. Y aun así, le queda fuerza para molestar.
—No vivo en mi pueblo porque allá no puedo ejercer —le explico—, y acá me va bien. Puedo enviar dinero a mis papás. Les dije a los quince que me gustaban los chicos y me apoyaron.
—Qué suerte tuviste...
Sonrío.
Le cuento que no todos lo tomaron tan bien. Que mis tíos insistieron en "enderezarme", como si lo mío fuera una enfermedad. Que me enviaron a un pastor. Que oraron por mí porque decían que tenía el demonio de la homosexualidad.
Río al recordarlo.
Por primera vez, Elvis sonríe.
—¿Cómo supiste que lo eras?
—Aparte del hecho de que usaba las faldas de mamá o las zapatillas de la tía... ya mi tío Giuseppe sospechaba. Trabaja en una constructora y le dijo a mamá que me necesitaba... No, no es lo que crees —me apresuro al ver cómo se tensan sus cejas—. Fui con él y me dijo: "Sebas, trae esos bloques y déjalos acá, hoy te enseñaré a levantar un muro".
Río fuerte al imitar su voz. Elvis me observa serio.
—Eran como mil bloques. Logré mover doscientos... o menos. Hasta que tuve compañía. No eran ratas, eran conejos. Ahí salió lo gay que se ocultaba en mí: grité, salté... no fui nada masculino.
Vuelvo a reír, más fuerte.
—Me dije: Sebas... no hay nada que hacer. Eres gay.
—¿Cómo lo tomó tu familia?
No me molesta hablar de mí. Mientras él hable, todo vale. Además, si juntara todas mis desgracias, podría escribir un libro: *Datos estúpidos que solo le pasan a Sebastián*. Una versión moderna de *Trágame tierra*, pero más cruel y divertida.
—De diez, ocho me apoyaron. El tío Giuseppe también, después de reírse mucho de mí. Solo dos tíos y sus esposas fueron más crueles. Estaban en el ejército, eso ayudó a su pensamiento arcaico. Insistieron en que eran locuras de adolescentes o cosas del diablo. Desde oraciones por mi alma hasta aprender a usar pistola o defensa personal.
Me encojo de hombros.
—Al final aceptaron que soy gay y hoy me aman. Deberías conocerlos, son divertidísimos. ¿Y tú? ¿Cómo lo supiste o cómo se lo dijiste a los tuyos?
Suelta el aire. Mira hacia otro lado.
No quiere hablar.
Y lo entiendo.
Lo que dije antes es verdad: para que los demás te acepten, primero tienes que aceptarte tú. Sé lo que le hizo el novio de toda la vida. Sé que fueron pareja desde adolescentes. Él debería ser quien lo extrañara... y ni siquiera ha venido a verlo.
—Pedí vacaciones por salud, tres meses —empieza a decir sin mirarme—. Como tú, vivo lejos de ellos, pero por razones distintas. Estar lejos me facilitaba ser yo sin fingir. Fui con la intención de decirles... pero no tuve valor.
Hace una pausa.
—Lo dije el último día. Dijeron que lo mejor era que hiciera como si no tuviera padres ni familia.
Guarda silencio. Luego me mira.
—No sabes la suerte que tienes. Lo peor de estar solo no es no tener a nadie... es saber que, aun teniéndolos, estás solo.
—¿Nadie te extrañó?
Niega.
—Estuviste siete días ahí y nadie dijo: "Elvis no ha regado las plantas", o "Elvis no ha puesto a Michael Jackson a todo volumen". A mí, mi vecino me extrañaría. En dos horas de silencio ya me hago notar.
—No lo dudo.
—Cuando mejores iremos a casa —le digo—. Te presentaré a los míos. Vas a sentir lo que es sentirse amado.
Guarda silencio.
Cierra los ojos.
Sigue con esa actitud oscura... pero al menos, ahora, ya no me pide que me vaya.
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