Capítulo 1
Elvis
La muerte viste de amarillo, no de negro. Su rostro es dismorfo, el cabello largo y la piel etérea. Ha llegado a mí en varias ocasiones; se cuela por la ventana, la trae el viento que la atraviesa.
Permanece estática, con su largo vestido amarillo traslúcido haciendo un lento vaivén; por momentos es como si hiciera sintonía con mi respiración, que se hace cada vez más lenta.
Me acecha, en espera de que mi corazón deje de latir, y una parte de mí también lo espera para darle fin a esta agonía. La única persona que me motiva a vivir estaría mejor sin mí. No es cobardía, es aceptar que mi destino ya fue marcado por terceros.
Mis intentos por soltarme de la silla en la que estoy atado solo han logrado tensar las cuerdas. La herida en mi pierna dificultaba mis movimientos; hoy son nulos y, de alguna manera, han logrado contaminar a la otra.
¿Qué ocurrió? Tengo ideas contradictorias en mi cabeza. Preparaba el auto para salir a hablar con mi jefe. Un ruido llamó mi atención, dos figuras negras a mi alrededor y, de pronto, todo oscuro.
En adelante, todo lo revivo en lapsus de imágenes, pequeños flashes de recuerdos. Dos individuos, una lucha intensa que destruyó todo a su paso y un solo diálogo.
—Debe estar por aquí.
Mis intentos por mantenerme despierto y alerta son tan difíciles como soltarme. Veo el día pasar a través del vestido de la muerte. He contado tres noches y sus días, aunque puede que sean más o simplemente mi mente lo repita. En ese tiempo todo está en silencio: el teléfono, el timbre... es como estar invisible para el mundo.
Mi último instante de lucidez me llega con esa revelación.
—Señor Yilmaz —escucho una voz lejana—. ¿Puede escucharme?
Me cuesta abrir los ojos, tanto como respirar. Mi posición ha cambiado, pero sigo sintiendo el mismo dolor. La muerte sigue en pie, aunque más difusa y menos tétrica.
—Siete días y nadie notó su ausencia.
—Debe ser un mal vecino.
El siguiente despertar es distinto. No hay rastros de mi amiga, pero el aire olía diferente, una mezcla de alcohol y plástico estéril. La luz ciega mis ojos al intentar abrirlos y vuelvo a cerrarlos.
En donde sea que estoy, alguien me acompaña, porque cada vez que abro los ojos lo escucho decir:
—Señor Yilmaz, soy el oficial...
Regreso a la oscuridad y mi mente recuerda una vieja canción infantil. La canción me lleva a un viejo parque, en donde dos niños juegan. Uno de ellos me sonríe y agita las manos como saludo; el otro me observa con las cejas juntas y las manos empuñadas.
Doy un paso hacia él y me detengo al detallar sus facciones. Yo conozco al niño de comportamiento enojado. Me gustaría pedirle perdón, también decirle que esa amistad lo llevará a morir a los treinta y cuatro años.
La lealtad no se mide en el tiempo compartido, sino en los actos. Doy un segundo y hasta tercer paso, pero unas manos en mis hombros me detienen.
—Señor Yilmaz, soy el oficial —repite la voz, y esta vez abro los ojos para ver de quién se trata—. Necesito hacerle unas preguntas.
—Debería irse; si lo ve ella, se lo llevará también.
—Señor Yilmaz, ¿qué hacía usted la mañana...?
Regreso al sitio seguro, a los dos niños en ese parque y a la paz que transmiten. Los siguientes despertares son con los dos olores y aquella voz insistente. Ignorar la voz es fácil; son los olores los del problema.
Al final de mis días descubrí que la muerte no viste de negro, sino de amarillo; que no es huesuda, sino etérea; no es agónica, sino calmada, y huele a alcohol y a plástico sintético.
Sebastián
Todos hemos tenido el infortunio de conocer en algún momento de nuestra existencia a esos amigos con relaciones tóxicas. Esas cuya vida miserable les dice día a tras día que no es el correcto, pero que ellas insisten en que sí lo es y que tú como amigo no tienes de otra más que aceptar.
Si no hallas una amiga así en tu vida, es porque probablemente tú seas la de la relación tóxica. Así que, a ti te hablo en este instante.
"¡Madura! No seas como Marcela Demir, que acabó atada en un auto en una vía equis y después en silla de ruedas."
Todo porque creyó que podía ayudar a Murat y siguió después de cortar con él siendo amiga ¿Quién se hace amiga de su victimario? ¿Qué clase de desorden mental tiene una mujer que lo hace?
Probablemente, una que no ve el fracaso como opción.
El que todo haya ocurrido durante ese año de posgrado, hace que una nube gris empañe la felicidad que me embarga al aterrizar en el avión. He leído el mensaje de Enrico un sinfín de veces y en todas, el rostro de Murat apareció.
No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
Hoy, con veintiocho años, Sebastián Çelik, había dejado atrás la capa de víctima y el deseo de agradar. Entendí —a las patadas —que a la única persona que debo rendirle adoración es mi, nadie va a quererme si yo no lo hago y demás.
Nadie, absolutamente nadie, me ama tanto como yo me amo.
Suena egocentrista, pero les aseguro que la única forma de subsistir siendo quien soy en un mundo netamente machista.
—Señor Çelik, bienvenido. —Dice Constans, mi asistente en tono jovial —Se le extrañó por estos lados.
—Gracias Constans, me gustaría decir lo mismo, pero la hipocresía no me calza.
Y las mujeres tampoco, pienso al ver el rostro de varias.
Mi comentario la hace reír, pero no continuo con esa conversación. Ingreso a la oficina con Constans siguiendo mis pasos y leyendo los pendientes. Intento ignorar su rostro sonrojado y ojos brillantes, pero me es difícil.
Ella me ve con adoración, cuando soy un simple mortal con gustos exóticos a la hora del sexo.
—Aún no me abras agenda Constas —le pido tomando el grupo de documentos e ingresándolo a mi maletín —tengo una visita que hacer en el hospital.
—¿Su amiga? —me pregunta y al alzar mi rostro se muestra apenada —la prensa no habla sino es de eso, señor —se excusa y toma la prensa del escritorio y me lo entrega —y del empleado de los Tomasevic que fue hallado malherido en su casa.
—¿Empleado? —pregunto tomando el grupo de hojas que conforman la prensa.
—Elvis Yilmas, sus vecinos no lo vieron en siete días —sigue diciendo la chica —Si está vivo es porque es señalado como sospechoso en una investigación.
—Una peor que otra —digo viendo la foto del tal Elvis.
Creo que lo vi un par de veces, era el de los controles de la mansión y el novio tras bambalinas de Dean, el hijo del jefe de seguridad del gran Kurn Tomasevic.
—Nos vemos mañana —me despido de ella y alzo la prensa —¿Puedo quedármela?
—La compré para usted, —me sonríe —Me imaginé que quería detalles, y le abrí agenda para la próxima semana.
—Gracias Constans, haces que mi regreso valga la pena, solo por trabajar contigo.
Le digo y no espero una respuesta, pues ya voy de salida a ver a mi amiga y lanzarle un par de "Te lo dije".
[...]
La encontré con su prometido, porque sí, la muy testaruda lo tenía y no cualquier prometido. Era hijo de uno de los hombres más ricos del país; aun así, ella insistía en seguir siendo amiga de su ex.
Fue gracias a la disponibilidad monetaria de su prometido que iba a ser operada por uno de los neurólogos más importantes del continente. Un londinense, amigo de su prometido, que llegaría a Estambul para operarla y lograr que volviera a caminar.
Enrico se había ido para intentar ayudar a la policía con Elvis. El hombre se negaba a hablar, haciendo difícil la investigación en su contra. Fue en esa soledad lo que nos permitió hablar sin tapujos ni intervención de terceros.
—Tienes que aceptarlo, fuiste muy... inocente —le digo a March, acomodándola en la cama.
El término correcto sería tonta, masoquista, pero no quería hacerla sentir peor de lo que ya estaba. ¿A quién se le ocurre hacerse amiga de su secuestrador? Porque eso era Murat: la tuvo sujeta a su voluntad y capricho, la opacó; su orgullo machista no soportaba la idea de que ella tuviera un empleo mejor que el suyo.
Apostaría mi vida a que todo cuanto hacía estaba motivado por la envidia y el ego herido. Ella tenía el empleo que él soñaba y una vida próspera, asegurada. El acostarse siempre con sus mejores amigas era simplemente para alejarla de todos. La única familia con la que contaba no gustaba de ella; en cuanto a mi persona, por mucho tiempo se cansó de buscarme defectos. Sin embargo, sus quejas y mentiras hacia mí nunca hicieron eco en Marcela, para su martirio.
—Haces que todas mis acciones fueran tontas y poco inteligentes —reclama, y abro las manos, tipo ¿qué no es obvio? —. Ahora lo ves todo claro, hasta yo me di cuenta cuando fui recordando...
—Si algo no te queda, te lo quitas —interrumpo y la abrazo—. Aplica para ropa, zapatos, sentimientos y personas. Lo veías claro: te era infiel, pues lo dejas y punto. ¿Qué, no puedes vivir sin él? —bufo—. Cariño no es oxígeno; no puedes dejar en manos de terceros tu felicidad cuando esta depende solo de ti.
Suspira y se limita a abrazarme. Estábamos en la cama; Enrico aún no regresaba de hablar con Elvis, lo que hacía que ella se preocupara. El chico era uno de los mejores amigos de su novio y que esté implicado en todo este caos le afecta a su novio y, por ende, a ella.
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