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Capítulo 18

Sebastián

Cuando Beyhan dijo «quiero ver a mi mamá», lo tomé de la forma más literal posible. En mis pensamientos —siempre propensos a suavizar las aristas— aquello no era más que el deseo de una conversación de chica a chica, algo natural en alguien que empieza a descubrir el amor y también las hieles que suele traer consigo. Nada más. Nada que no se curara con tiempo.

Elvis habló con Xila esa misma noche. Puso el altavoz y yo me preparé para escuchar reproches, una mujer molesta exigiendo explicaciones por el cambio repentino de su hija. No ocurrió así. Al otro lado había una madre tan preocupada como el padre por ese viraje brusco, por una tristeza que ninguno lograba explicar del todo.

Xila prometió hablar con ella y se ofreció a llevarla al colegio al día siguiente. En mi cabeza, su madre lograría que Beyhan dijera lo que la estaba atormentando y todo volvería a su cauce. Me equivoqué. Otra vez.

Esa tarde siguió la rutina con nosotros al llegar a la oficina, pero algo estaba roto. No hubo bromas, ni sonrisas, ni esa forma suya de teclear el móvil como si cada mensaje fuera un concierto privado. No estaba pegada a la pantalla. No se reía. Era como si hubiese perdido, de pronto, la facultad de hacerlo.

Por la noche, al verla preparar el equipaje con su padre encerrado en la habitación, entendí que se iría. Y la impotencia de no poder ayudarla me golpeó con una fuerza que no supe dónde colocar. Beyhan tomaba cada prenda y la sostenía unos segundos antes de doblarla, como si en ese gesto buscara el recuerdo exacto de cuándo la había usado, o con quién había sido feliz llevándola puesta.

El timbre anunció la llegada de Xila. Beyhan alzó la vista apenas un segundo, me miró, luego volvió a la maleta y continuó en silencio.

—Podemos seguir viéndonos cuando quieras —le dije—. Hay rutinas que podemos conservar.

—¿Tú crees? —susurró, con la voz áspera.

—No será igual —admití—, pero lo haremos llevadero. Incluso divertido.

—Bien —respondió, sin convicción.

—Beyhan —añadí, obligándola a mirarme—. Si necesitas algo, lo que sea, a cualquier hora, me llamas.

—Lo haré —dijo después de una pausa larga, pensada—. Es mamá.

Asentí.

—Tu padre abrirá —le indiqué.

Antes de cerrar la maleta dejó un par de cosas en el armario. Un gesto pequeño, pero suficiente para darme una ilusión absurda de consuelo. Tomé la primera maleta y salí a la sala, deseando con una ingenuidad que me avergonzó que Xila hubiese venido sola.

No fue así.

El hombre estaba de pie detrás de ella. Silencioso. Observando. Sus ojos recorrieron el espacio, luego a mí, con una atención que parecía buscar una falla, un error mínimo que justificara algo que aún no sabía nombrar. Había en él algo más que superioridad: una tensión desagradable, como si midiera el terreno antes de pisarlo.

—Buenas noches —saludé, dejando la maleta a un costado—. Está terminando de arreglarse.

—Iré por el resto —dijo Kal.

Elvis y yo le cortamos el paso sin necesidad de palabras. Nos sostuvo la mirada un instante y retrocedió. Xila no ocultó su incomodidad, pero no me importó.

—Lo bajaré yo —concedió tras un silencio espeso.

—No hacía falta todo esto —dijo Xila cuando quedamos solos—. Kal está tan preocupado como nosotros. Sabe lo delicado de la situación.

—Justamente por eso estamos atentos —respondió Elvis. Ella apretó los labios.

—Estoy lista.

Beyhan apareció arrastrando la segunda maleta. Se acercó a su padre, la soltó y lo abrazó con una fuerza que me partió en dos. Elvis le susurró algo al oído; ella sonrió apenas, y él le limpió las mejillas con los pulgares como si quisiera borrar la tristeza a fuerza de caricias.

—Esta es tu casa —le dijo—. Puedes volver cuando quieras, quemar la cocina o dejarme sordo con tu música.

Ella sonrió de nuevo, y ese gesto pareció darle un poco de paz.

—¿Llevas todo?

—Sí.

—¿PC, tablet, móvil?

—No sé dónde dejé la tablet —admitió, avergonzada.

—Yo sé —intervine—. Está en nuestra habitación.

Cuando regresé con ella en brazos, Kal ya estaba de vuelta. Tomó la maleta y nos miró a Elvis y a mí con algo que no era solo desprecio. Había asco. Y también esa pregunta muda que a veces esconde la homofobia: si no será envidia de una libertad que no se permite.

—Ya te extraño —le dije a Beyhan.

—Te acompaño al auto. Tus padres necesitan hablar.

Asintió en silencio. Se aferró a la Tablet contra el pecho y se recostó en mí cuando pasé el brazo por sus hombros.

—Dentro de unos meses estarás enamorada de otro chico —le dije—, viéndole defectos a este.

Alzó el rostro, confundida.

—Confía en mí —añadí, guiñándole un ojo.

Hizo un mohín leve. Tan breve como la felicidad que su presencia había dejado en la casa.

Narrador

Odiaba ese gesto en el rostro de Elvis. Esa expresión que parecía decir que estaba entregando a Beyhan a una desconocida. ¡Era su madre! La mujer que la había cuidado durante quince años. ¿Dónde había estado él entonces? —pensaba Xila—. Detrás de ese afeminado, arrastrando su nombre por el suelo, dañando su reputación.

—Actúan como si Kal y yo fuéramos proxenetas —acabó diciendo, con la voz cargada de defensa—. Te recuerdo que nuestra vida es normal. Si la tuya fuera tan perfecta, Beyhan no estaría pidiendo volver con nosotros. Piénsalo antes de acusarnos.

—¿Podemos actuar, por primera vez, como padres responsables?

No hubo reproche en su tono. Tampoco exigencia. Ni siquiera culpa. Ese fue el detalle que desarmó a Xila que acabó bajando la guardia.

—Gracias —dijo Elvis, como si pudiera reconocer en su silencio que estaba dispuesta a una tregua—. Antes de lanzar acusaciones, revisemos los hechos.

—Es normal que una adolescente busque a su madre después de una pena de amor —insistió ella—. Eres su padre. El otro... tú mismo lo admites: no interviene en su crianza.

Xila se había repetido esa idea tantas veces que terminó creyéndola. Hasta que algo empezó a no encajar. No. Beyhan no había sufrido una pena de amor. Ese hombre le había hecho algo. Y ella iba a descubrirlo.

No volvería con su padre. Al menos no de inmediato. Haría que lo creyera. Elvis no le había puesto límites, había desdibujado quince años de crianza, y ese —estaba segura— era el origen del colapso.

—Un mes —mintió, sosteniéndole la mirada—. En un mes estará de vuelta. Está acostumbrada al desorden que llamas vida. Odiará las reglas.

—Ese "desorden", como tú lo llamas, mejoró sus notas, la ayudó a adaptarse, a crear amigos —replicó Elvis—. Quiero a mi hija tal como te la entrego, Xila. Y te aseguro que pagarás si sufre algún daño.

Alzó el mentón y tomó el maletín. No sabía hasta qué punto Elvis era culpable, pero sí tenía claro algo: la única manera de descubrir la verdad era volviéndose aliada de su hija.

Y, quizá, también de él. Aunque eso le doliera y sintiera que se traicionaba a sí misma al hacerlo.

Cuando la puerta se cerró, Elvis miró la casa como si ya no le perteneciera.
El silencio que dejó la partida de Beyhan no trajo alivio, solo una ausencia que pesaba demasiado.

Entró a la habitación. Los posters. El armario entreabierto. Los cajones sin cerrar.

Se sentó en la esquina de la cama, sacó el móvil, comprobó que no había mensajes y volvió a guardarlo. Ese silencio —el verdadero— lo aterraba. Beyhan se había ido. Y tal vez fuera para siempre. No había logrado que confiara en él.

Solo le quedaba esperar que su madre abriera una grieta lo suficientemente amplia para que ambas se encontraran sin miedo. Para que se hablaran con verdad. Era lo único que le quedaba.

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