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Capítulo 17

Elvis

Llegó escoltada por cinco hombres. Uno más inquietante que el otro. Todos compartían el mismo porte de mi jefe y ese aire de violencia contenida que resulta imposible ignorar.

En la rendición de cuentas vi a una mujer agradable, cercana, casi tan abierta como su esposo. Bastaron quince minutos para entenderlo... y también para confirmar que mi relación con Sebastián no le incomodaba en absoluto.

Si estaba fingiendo disfrutar el momento, entonces era una actriz impecable, porque la química que se generó entre los tres me dejó claro que, al menos en el plano de los negocios, podríamos trabajar bien juntos.

Sebastián rindió cuentas en la jornada de la mañana; yo lo hice en la tarde. En ese intercambio de roles le ofrecí ir a almorzar y aceptó sin reparos. Fue durante el almuerzo que nos confesó, casi con culpa, que era la primera vez que se separaba su hijo. Tal vez por eso la reunión fue breve, precisa, hecha en tiempo récord.

Por desgracia, la presencia de sus escoltas hacía imposible que pasaran desapercibidos. Eran, quizá, la nube gris de nuestro encuentro, Aydey, en cambio, no parecía encajar en ese ambiente de mafia y silencios peligrosos.

Interrumpía diálogos solo para observarlos, un gesto que no pasó desapercibido para ninguno de nosotros.

¿Qué lleva a una mujer como ella a vincularse con alguien como Vryzas?

En apariencia —y de cara al mundo— Angelo es uno de los cinco herederos de un imperio de restaurantes y hoteles que llevan su apellido. Un chef prestigioso que vive en Moscú. La realidad es otra, más turbia, de esas que no se cuentan en voz alta si uno aprecia su vida.

Aydey, alemana afincada en Turquía, hija de dueños de una aerolínea, hermosa, luminosa, del tipo de mujer que atrae miradas sin proponérselo. Entiendo por qué él se enamoró de ella. Lo que sigo sin comprender es qué vio ella en el griego.

¿Protección?

Kurn y los suyos aseguran era eso. Un puerto seguro. Un lugar donde su ex esposo no pudiera alcanzarla.

¿Quién se atrevería a tocarte si tu pareja mide más de dos metros, está tatuado hasta donde la ropa impone límites y tiene una mirada capaz de doblegar demonios?

—Gracias por todo —me dijo cuando anunciaron su vuelo a Atenas—. La próxima vez vengo con Anker.

—Gracias a ti por la confianza —respondí, cubriendo su mano con las mías.

El gesto no pasó inadvertido. Sus hombres no dejaron de observarnos. Ella también lo notó y apretó los labios antes de sonreír.

—Hacen su trabajo —se excusó—. Es la parte complicada de todo esto.

—Ser amada tiene sus desventajas —bromeé, logrando que riera—. La vida sería aburrida sin un poco de peligro.

—Si lo dices tú, te creo —respondió, tomando su equipaje.

—Te esperaremos —le dije, despidiéndome con la mano en alto —. Marcela me pidió que te lo preguntara. He buscado el mejor momento. ¿Eres feliz?

—Sí —respondió sin dudar—. Sé que Angelo puede ser intimidante, pero te aseguro que es solo una capa. Jamás me he sentido tan feliz, amada y protegida, todo al mismo tiempo.

Y debía ser cierto, porque sus ojos se iluminaron al decirlo.

—Nos vemos en seis meses.

—Te esperaremos —le dije, agitando la mano.

Con la empresa a punto de cerrar por ese día, decidí regresar a casa. Sebastián había pasado por Beyhan al colegio; hoy les dirían qué papel ocuparía en la obra.

En el camino pensé en preparar una cena especial para celebrarlo. Porque estaba seguro de que le darían uno de los papeles principales. La habíamos visto ensayar durante horas. No sé nada de actuación, pero ella lo hacía increíble... o quizá era mi lado paterno el que la volvía perfecta a mis ojos.

Una hora después estaba rodeado de vegetales, con la música preferida de Sebastián ambientando la cocina, cuando las puertas se abrieron. Mi concentración quedó relegada a un segundo plano. Salí a la sala con una sonrisa que se deshizo al ver los rostros de Sebas y Beyhan.

—Hola, papá —saludó, acercándose a mí dejando un beso en mi mejilla, frío fugaz, distante.

Tenía los hombros caídos, la mirada baja, envuelta en una tristeza que jamás le había visto. Pasó de largo sin siquiera husmear la cocina, un gesto que siempre hacía. Sebastián me lanzó un guiño, pidiéndome silencio.

Observé, inquieto, cómo cerraba la puerta de su habitación y hasta pasaba el pestillo, dos cosas que no solía hacer.

—¿Qué sucedió? —le pregunté a Sebas—. ¿Te dijo algo?

—No estará en la obra —respondió, metiendo una mano en el bolsillo, fingiendo una relajación que no cuadraba con la tensión de sus hombros.

Me invitó a volver a la cocina, y los siguientes diálogos los mantuvimos como quien comparte secretos inconfesables. En algún punto esperé verla aparecer, con una sonrisa, diciendo que todo estaba bien, que había sido una broma.

—Me ofrecí a hablar con la persona a cargo, a revisar opciones.

—¡Estaba entusiasmada!

—Me dijo que no quería intentarlo, que no valía la pena —cerró los ojos mientras tomaba el cuchillo para cortar los vegetales—. Creo que es un mal de amor.

—¿Qué? —pregunté, aterrado—. Repite eso.

No es que no lo hubiera escuchado. Es que no era algo que entrara en mis planes. Ni ahora. Ni nunca.

—Nuestra pequeña tiene su primer mal de amor —dijo en voz baja—. La he visto abrazada a un chico; siempre sale con él y un grupo de cuatro. Hoy lo hizo sola, caminando rápido, con el grupo detrás.

—Si le hizo algo... —intenté avanzar, pero las manos de Sebastián me detuvieron.

—Son adolescentes, ¿lo olvidaste?

Cerré los ojos y, al abrirlos, negué despacio.

—Fui padre a esa edad, Sebas —gruñí, y eso le arrancó una risa suave—. No es tu mejor forma de calmarme.

—Déjala sola unas horas —propuso—. Si de aquí a que terminemos la cena el olor y las risas no la hacen salir, iremos por ella.

—Hecho —acepté.

Retomamos la labor, pero su ausencia se sentía como un hueco en la casa. De vez en cuando me detenía y avanzaba hacia la puerta, que seguía cerrada. Inspiraba hondo y regresaba a la cocina.

El cerebro femenino sigue siendo un enigma para mí, incluso para Sebastián, y ahora más que nunca. Es la primera vez que atravesamos algo así y, mientras el cuchillo golpea la tabla con un ritmo que no logro controlar, sé que no será la última ocasión en la que tenga que enfrentarme a un corazón roto.

El verdadero problema es que no se trata de cualquier adolescente. Es mi bebé. La personita que solo sé querer ver feliz, a salvo, lejos de las lágrimas que el mundo insiste en enseñarle demasiado pronto.

[...]

Una hora y quince minutos fue el tiempo que esperamos a que saliera de su habitación. Sebastián cargaba la bandeja con la cena de Beyhan y yo daba pequeños toques en la puerta, suaves, medidos, como si temiera romper algo frágil al otro lado.
La televisión no estaba encendida; a esa hora siempre veía su serie preferida. Hoy no lo hizo.

Hoy dejó de hacer muchas cosas, pensé. Y ese fue mi último pensamiento antes de escuchar cómo retiraba los pestillos y abría la puerta.

Tenía el rostro lavado, el cabello húmedo cayéndole sobre la frente y ese esfuerzo que me enternece y me duele a la vez: el de fingir que está bien.
Pero no lo está. Lo sé porque cuando Beyhan es feliz, todo en ella se ilumina, y tiene esa capacidad casi milagrosa de llenar la casa con su sola presencia. Esta vez no ocurrió.

Dejó la puerta abierta y avanzó hasta la silla del tocador, donde nos sentamos los tres en silencio, como si cualquier palabra pudiera desarmarla.

—No tengo apetito, papá —susurró.

La voz le salió tan baja, tan ajena, que me incliné de inmediato y tomé sus manos entre las mías, como si pudiera devolverle algo de fuerza solo con tocarla.

—Te amo, cielo...

—Lo sé. Yo también te amo —me interrumpió, y luego miró a Sebastián—. A los dos.

Sebastián sostuvo su mirada con cuidado, sin invadirla.

—¿Qué sucede, linda? —preguntó—. ¿Quieres que hablemos con él?

Ella parpadeó un par de veces. Abrió los labios, los cerró. El silencio se alargó lo suficiente para que yo sintiera cómo algo empezaba a tensarse dentro de mí.

—¿Con él? —repitió, como si necesitara asegurarse de haber entendido bien.

—Sí —respondió Sebastián con suavidad—. Con el chico que te tiene así. Lo que sea que necesites, lo intentamos.

Beyhan bajó la mirada. Apretó mis manos con una fuerza que no le conocía. Respiró hondo, una vez, dos, como quien se prepara para decir algo que pesa más de lo que debería pesar a su edad.

—¿Lo que sea? —susurró.

—Sabes que sí —le respondí, sin pensar, sin medir el alcance de mis propias palabras.

Levantó el rostro. Sus ojos estaban brillosos, no desbordados, contenidos a la fuerza. Esa tristeza quieta que es peor que el llanto.

—Quiero ir con mamá.

Nunca imaginé que unas palabras pudieran golpear de esa manera. Había escuchado decir que era posible, pero no lo entendí hasta ese instante. Sentí el impacto en el pecho, seco, brutal, y por un segundo tuve que recordarme cómo respirar.

La miré. Vi el temblor en su barbilla, el esfuerzo por no romperse frente a nosotros. Vi también algo más profundo: la necesidad, la confusión, el cansancio de sostener algo que no sabía cómo nombrar.

Entendí que deseara a su madre. Nadie mejor que una mujer para comprender a otra, y más aún si es su madre. Lo entendí con la cabeza... pero el corazón tardó un poco más en alcanzarme.

—¿Estás segura? —le pregunté al fin, cuando recuperé la voz—. ¿Crees que Sebastián o yo no podamos ayudarte?

No respondió de inmediato. Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de los míos.

—Quiero ver a mi mamá —repitió, sin alzar la voz.

Asentí despacio.

Y aunque mi gesto fue sereno, por dentro algo empezó a resquebrajarse con la certeza amarga de que, a veces, amar también significa soltar... incluso cuando todo en ti grita que no es el momento.

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