Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Capítulo 16

Sebastián

Se dice que no se cierra una puerta sin que una ventana quede abierta. En nuestro caso, lo que dejaron abierto fue un balcón de vértigo, con vista a un futuro que por fin respira sin prejuicios. El trabajo es extenuante y la responsabilidad, inmensa, sí, pero trabajamos para personas que no nos piden que escondamos quiénes somos, solo que seamos buenos en lo que hacemos. Rara vez nuestras decisiones son cuestionadas, y esa libertad se siente como un lujo después de años de aprender a respirar en silencio.

Tenemos nuestra rutina: desayuno juntos, bromas matutinas, las locuras calculadas de Beyhan, llevarla a la escuela y luego cada uno a sus labores. Por las tardes, ella suele llegar a la oficina y los tres regresamos a casa como un equipo, no como una familia de mentiras.

—La escuela hará una representación de Hamlet —anuncia Beyhan, llevándose un trozo de tostada a los labios con esa sonrisa que ya conocemos, la que siempre es preludio de negociación—. Harán un casting para quienes quieran participar.

—Algo me dice que tú estarás en primera fila —comento. Ella alza las cejas, divertida. Su mirada dice y tú lo sabes, Sebas.

—¿En qué papel participarás? —pregunta su padre, apoyando ambas manos sobre la mesa con esa seriedad paternal que intenta parecer más firme de lo que es—. ¿Y dónde se va a presentar la obra?

—Aún no decido si lo haré —responde con una inocencia tan fingida que hasta el gato parece creerle—. Solo estoy... comentando.

—¿Sabes que soy tu padre? —dice Elvis, sonriendo, traicionándose a sí mismo—. Cuando tú ibas por el plato fuerte, yo ya regresaba con el postre. Conozco tus estratagemas desde que usabas pañales.

Ella sonríe, tipo me pillaste, pero sin un gramo de vergüenza. Más bien parece orgullosa.

—Nos darán un texto a todos. Dependiendo de nuestra capacidad histriónica, nos asignarán el personaje —explica con un tono de actriz ya consagrada—. ¿Me dejarás participar? —pregunta, tomando las manos de su padre—. Por favor.

—Tendré que hablarlo con tu madre —responde él, besándole la frente.

La jugada clásica: pasar la pelota a la madre.

Beyhan frunce los labios, pero sus ojos brillan con astucia.

—Yo me encargaré de que acepte.

Se lanza a los brazos de su padre en medio de grititos de júbilo. Me encantaría ser mosca en la pared cuando negocie con Xila. La última vez que se vieron, no nos fue nada bien; ella se negó a aceptar o siquiera considerar el beneficio de la duda con Kal. Pero yo tengo fe —o quizás sea el testarudo optimismo de quien ha visto caer muros más altos— en que la semilla de la sospecha quedó plantada, y que cuando le toquen las visitas, Xila estará con los sentidos en alerta, como una madre que ha olido el humo antes de ver el fuego.

—Yo te llevaré hoy a la escuela —le digo.

Beyhan se abalanza sobre mí y me rodea el cuello con esa fuerza desproporcionada de adolescente feliz.

Desde el incidente con Ivánnov, he notado un cambio sutil pero significativo: ha dejado de besar a su padre en los labios. Ahora solo besa mejillas, frentes, manos. Es un detalle que a Elvis le duele en silencio y a mí me inquieta en voz baja. No la presionamos. El amor también se mide en los espacios que se respetan, en las fronteras que ella decide trazar.

Mientras salimos, Elvis me mira por encima del hombro de Beyhan y murmura:

—¿Hamlet? ¿En serio? Con su talento para el drama, seguro le dan el papel de Ofelia... o de Claudio.

—O de Yorick —añado en voz baja—. Al menos sería un cráneo que no habla.

Beyhan nos observa, sospechando que nos reímos de ella, pero no pierde la sonrisa. Sabe que, en este balcón abierto de par en par, el amor no tiene que pedir permiso para ser ruidoso.

—¿Qué harás hoy? —le pregunto a Elvis.

—Hablaré con Tomasevic —responde—. Han pasado ocho meses, es hora de rendir cuentas.

—Tienes razón —admito—. Es loable que no desconfíen, pero es profesional que sepan que su confianza no fue un error.

Beyhan empieza a teclear el móvil como si su vida dependiera de ganar un torneo de velocidad digital. No tenemos idea con quién habla, pero si nos guiamos por los audios cargados de carcajadas que envía a veces, el mundo de los quince años es un lugar mucho más divertido que nuestras juntas directivas.

—Deberíamos salir con ella un día de estos —le digo, y asiente—. Solo hemos ido al matrimonio de Enrico y Marcela.

En esa ocasión, llamó tanto la atención entre Asaf y Kurn que ella acabó escondiéndose detrás de su padre como un animalito asustado. Una actitud que hablaba de la inocencia que aún conservaba y que debería relajarnos, pero que en realidad nos pone en alerta máxima: el mundo es grande, y ella aún cree que los monstruos solo están bajo la cama.

Ella entra al auto. Elvis y yo nos preparamos para iniciar la jornada.

—¿Has hablado con su madre? —pregunto.

Niega y resoplo.

—¿Cómo harás para que acepte?

—Ya veremos —me dice, despidiéndose de mí con un beso rápido—. Ella dirá que no, pondrá un par de excusas, amenazará con llevarme a tribunales, luego pedirá verla... y al final dirá que sí. Conoce mis debilidades, pero yo conozco las suyas.

—Eso espero —confieso, viéndola con una sonrisa en los labios y el morral en sus piernas, como un soldado que se prepara para la batalla más importante: la de crecer.

Camino a la escuela, mientras me habla de lo emocionada que está por el casting, entiendo lo importante que es para ella ese permiso. Beyhan parece haber encontrado un lugar en el mundo y, aunque es joven para decidir su destino, merece la oportunidad de probar, equivocarse y descubrirse.

—Te recojo en la tarde —le prometo.

—Si salgo antes, te llamo.

—Hazlo.

Sonríe, toma mis manos y, por un instante, guarda silencio.

—¿Puedes convencer a mi padre de que llame a mamá?

—Lo haré —le prometo—, aunque creo que no será necesario. ¿No quieres llamarla tú?

—No —me interrumpe, dejándome un beso fugaz en la mejilla—. Te portas mal.

—Siempre —respondo, asomándome por la ventana.

La observo alejarse hacia un grupo de chicos y chicas que la esperan. Un muchacho pasa el brazo por sus hombros y entran juntos al colegio. Mido la distancia, observo las risas, el lenguaje corporal. No hay nada distinto al resto del grupo. Mi alma regresa al cuerpo cuando los cinco se funden en un abrazo colectivo antes de desaparecer entre bromas y empujones.

Una hora después, ya en la empresa, rodeado de documentos y sin noticias de Elvis, la asistente anuncia que alguien solicita hablar con el CEO o con el área jurídica.

—Hazlo pasar —indico.

Organizo los documentos y los guardo en los cajones del escritorio, escuchando la puerta abrirse tras un par de golpes y mi autorización para entrar.

El silencio del recién llegado tiene un peso distinto. Un peso familiar, incómodo, cargado de historia.

Alzo la mirada. Y el mundo se detiene por un segundo.

Honestamente, era la última persona que esperaba volver a ver en mi vida, y mucho menos en mi oficina.

Berk.

Pasa de la sonrisa profesional a la sorpresa absoluta y, por último, a una tensión que le congela los músculos de la mandíbula. Parece que acaba de encontrarse no con un antiguo colega, sino con un fantasma vestido con el traje de su peor pesadilla.

—Berk —digo con una calma que sabe a victoria tranquila, a justicia poética servida fría—. Siéntate, por favor.

Le señalo la silla frente a mí. La misma desde la que me despidió hace lo que ahora parece otra vida.

—Çelik —saluda con una inclinación de cabeza. El gesto inquieto de su cuerpo delata que está recalculando toda la realidad—. Me dijeron que el CEO no estaba.

Me observa, quizá esperando que me levante, que explique, que me disculpe por ocupar ese lugar. Le vuelvo a señalar la silla.

—Tiene una reunión con el señor Tomasevic —le explico, consultando la hora—. Sinceramente, ya debería estar aquí. ¿En qué puedo ayudarte?

—Hemos enviado el portafolio de servicios —dice, sosteniéndome la mirada con un esfuerzo visible—. No recibimos respuesta. Ahora entiendo el motivo.

—No he recibido nada —admito, dejando que la frase quede suspendida entre nosotros—. Pero podemos echarle juntos una ojeada ahora.

Y en ese gesto simple, contenido, sé que algo se ha invertido para siempre.

—Ningún inconveniente —responde al sentarse y abrir el expediente—. No hay nada que no conozcas ya —añade al verme revisar los documentos—. ¿Desde cuándo estás aquí?

—Desde la última vez que no nos vimos —respondo, alzando el rostro para enfrentarlo—. Puedo verificar y corroborar datos, pero quien tiene la última palabra es Elvis.

—Elvis Yilmas —repite, como si solo entonces el nombre adquiriera peso—. ¿Es el jefe?

—Sí —respondo, regresando la atención a los documentos—.

Mi esposo.  

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro