Capítulo 15
Elvis
A la luz de esos eventos, en contra de mi voluntad, pero consciente de que era lo correcto, decidí hablar con Xila y narrarle mis dudas. No contaba con pruebas de nada, pero lo que sí tenía era un océano de dudas y un terror que se instalaba en mis huesos cuando apagaba la luz, robándome el sueño noche tras noche.
Las preguntas lanzadas por Ivánnov despertaron en mí una pesadilla en plena vigilia. Beyhan había estado con él desde los doce años. Doce años. Eso no eran solo noches y días; era una geografía completa de vulnerabilidad, de silencios posibles, de puertas cerradas donde yo no había estado. Los escenarios que mi mente creaba eran diversos, y entre más pensaba en ellos, más llegaba a la misma conclusión, una que me helaba la sangre y me hacía sentir que había fallado como padre desde el principio.
Xila era su madre y debía saberlo. Incluso podía ayudarme, en caso de que fuera imparcial y compartiera el mismo pánico animal, ese que no se piensa, se siente en las entrañas.
Difícil, pero no imposible.
Me preparé para cualquier escenario: insultos, aceptación, miedo, rechazo. Estaba también el temor de volver a toparme con Kal, la pareja de su madre. Y aunque, por ahora, no estaba dispuesto a entregarle a mi hija, Xila podía usar su derecho a verla. Si existió un acoso por parte de Kal hacia mi hija, ¿qué la detendría durante esas visitas? La ley no protege de fantasmas, solo de hechos.
Bastó una llamada, cinco minutos y una conversación fría para quedar esa misma tarde en una cafetería.
Acudí sin expectativas, entendiendo que ella jamás dudaría de Kal, de la misma manera en que yo lo haría de Sebastián. Aunque la diferencia entre ambos era abismal, estaba además el pequeño y terrorífico detalle de que no existiera nada, de que todo fuera una mala interpretación de adultos frente a comportamientos adolescentes. ¿Y si mi miedo era solo la proyección de mis propios demonios?
Llegué diez minutos antes, dejando a Sebastián a cargo de organizar documentos, decidí no decirle a dónde iría. No quería levantar revuelo sin antes saber lo que diría Xila. Pedí un té y me preparé para tener la conversación más incómoda y amarga que ningún padre debería tener jamás.
El primer temor —que ella apareciera con Kal— fue desechado al verla cruzar el salón de la cafetería. Traía el rostro descompuesto, tensa, con marcas de insomnio tan profundas que parecían cicatrices. Y entonces, un nuevo horror brotó en mi mente: ¿Y si Beyhan no era la única víctima? La idea me golpeó al verla acercarse, convirtiendo mi preocupación en un monstruo de dos cabezas.
—Buenas tardes —saludó, sentándose en la silla frente a mí. Dejó el bolso en sus piernas y lo aferró entre sus manos como si fuera un salvavidas en un mar agitado.
—¿Quieres algo de tomar? —ofrecí.
—¿Puedes ir al grano? —replicó.
—Solo quiero ser amable, Xila —intenté calmarla—. Tenemos una hija. De nuestra buena relación depende su estado emocional.
No solo quería ser amable; necesitaba despejar el camino, mostrar avances, construir un puente de cordura antes de soltar la bomba de mis pesadillas.
—Té, por favor —dijo tras un largo suspiro, pero sus hombros permanecieron tensos, como fortalezas—. ¿Ella está bien?
—Sí —la calmé, y le entregué el sobre que preparé para ella—. Son sus últimos exámenes y el reporte de la orientadora.
Ella tomó los exámenes y sonrió al pasar cada hoja. Se tensó al llegar al reporte de la orientadora, pero su cuerpo empezó a ceder, centímetro a centímetro, conforme las palabras positivas iban desarmando su postura defensiva.
—Están siendo apoyados por la escuela —me dijo tras acabar la lectura—. Ha mejorado considerablemente.
—¿No te alegra?
—Pudo hacerlo conmigo —murmuró, como regañándose a sí misma—. ¿Qué cambió?
—La mezclo en nuestras labores —le expliqué—. Y me siento con ella para reforzar algunas materias.
—Eras bueno en eso —sonrió, con un destello del pasado—. Me ayudaste muchas veces a mí.
—Es como tú —admití—. Se distrae con facilidad, pero una vez capta la idea, es imparable.
—Es todo lo que sacó de mí —dijo con nostalgia, viendo las notas—. Lo demás es de su padre. —Guardó las hojas en el sobre y alzó el rostro—. ¿Puedo quedármelo? A Kal le gustará ver esto.
Asentí, aunque el nombre de su esposo ejerció en mí como una patada baja, seca, que me dejó sin aire por un segundo. Mientras tomábamos el té, hablamos de trivialidades. Resultaba extraño, porque Xila y yo no solemos tener una conversación saludable. Desde que le confesé mi orientación, la grieta entre nosotros se volvió un abismo.
—¿Estás bien? —me animé a preguntar—. Parece que no has dormido bien.
—Jaqueca —se encogió de hombros—. Sabes que son frecuentes.
Sí, lo sabía. Pero lo que veía no era el desgaste del dolor de cabeza; era la huella de una vigilia prolongada, del miedo que no se nombra. No refuté su comentario. Inspiré hondo y solté el aire lentamente, porque ya no sabía cómo decirlo. De pronto, todo mi plan parecía una locura. No tenía pruebas, solo un pánico visceral, y ella amaba a Kal.
—Tú tampoco te ves bien —dijo, rompiendo el hielo—. ¿Cómo te va en la empresa?
—Bien —confesé—. Llevamos cinco meses a cargo y los avances han sido significativos. Hemos superado las proyecciones que teníamos.
—Me alegra —dijo, pero sus ojos decían lo contrario, vacíos de toda alegría—. ¿Qué sucede, Elvis? No me has citado aquí solo por el cambio en Beyhan, aunque debo admitir que me alegra y es importante.
—¿Confías en Kal?
La pregunta la hizo parpadear varias veces. Lucía desorientada, como si acabara de recibir un golpe por la espalda.
—¿A qué viene todo esto? —dijo, dejando el té sobre la mesa y cruzándose de brazos. Mala señal. Aquel gesto era un escudo, una muralla. La conversación había terminado antes de empezar.
—Beyhan tiene comportamientos que inquietan a Sebastián y a mí —empecé a decir, eligiendo cada palabra como si caminara sobre cristales—. Sé que sabes a lo que me refiero.
—Viste como hombre, ya te dije...
—No es por mí, Xila, o por mi orientación —la interrumpí, señalando el sobre—. Si así fuera, esto diría otra cosa.
—¿Qué intentas insinuar?
—Aparte de Kal, ¿quién más estuvo cerca de Beyhan? —insistí, pero ella seguía cerrada, con los labios apretados, viéndome como si fuera el peligro, no la persona que intentaba advertirle de uno.
—¡Lo que Insinúas es una locura! —balbuceo.
—Mi jefe —me aclaré la garganta; las palabras empezaban a quemar— me hizo ver detalles que había ignorado.
—¿Un desconocido? —riñó, molesta—. ¿Crees que no conozco a mi hija? Si hubiera existido un... desliz de parte de Kal, lo vería.
—No lo llames desliz —dije entre dientes, y mi voz sonó extraña, grave, llena de una rabia que venía de muy hondo—. Es una palabra para un error y esto no lo es. ¿Estuviste todo el tiempo con ella? ¿Compartió con Kal a solas? Si no con él, ¿con qué otro hombre?
—Cuidé a Beyhan.
—Tanto que buscó refugio para vivir conmigo —le dije—. Cuando cerraste la puerta aquel día... —cerré los ojos; no quería herirla, solo hacerla ver— debiste ver su rostro. No era de tristeza. Era de alivio. De escape.
—¿Por qué tiene que ser mi entorno? —se defendió, y en su voz había un tono de pánico que confirmaba que ella también lo había pensado, y lo había enterrado—. Vivo en un hogar normal: papá, mamá e hija. Eres tú quien convive con un pervertido... —como si repetirlo pudiera hacerlo incuestionable
—Sebastián no dañaría a quien amo —respondí con una calma que me costaba sostener—. Mi orientación no me convierte en un monstruo. ¿Crees que no estoy pendiente de mi hija?
—¡Precisamente porque sabes lo delicado de tu relación! —replicó, alzando un poco la voz—. Vives consciente de los riesgos. Sabes lo que puede interpretarse mal. Sabes lo que la gente dice.
—¡Porque es mi hija y mi deber es cuidarla! ¡Hasta de mí mismo! —la interrumpí, y por primera vez mi voz quebró, dejando al descubierto el terror que llevaba dentro—. Estoy tan aterrado como tú, Xila. Lo que siento es horrible. Me dice que fallé. Que la dejé con un extraño.
—Kal no es un extraño, es como su padre...
—Es tu esposo —la corregí, con firmeza—. Tal cual Sebastián lo es conmigo. Interviene lo necesario, no participa en la educación. Su labor es más soporte que paternal.
—No pienso seguir esta conversación —intentó levantarse.
Tomé sus manos, lo que le impidió irse, pero no levantarse. Su piel estaba fría. Temblorosa.
—Te necesito, Xila —le rogué, y ella sacudió mi mano, pero su fuerza era débil, vacilante—. Beyhan necesita de los dos. En algún momento irá a visitarte.
—Kal no...
—Solo te pido que no te cierres —volví a insistir, y vi cómo sus hombros bajaban, no en rendición, sino en un agotamiento infinito—. No solo con Kal. Con cualquier persona que esté en tu entorno. Porque cualquiera puede ser un predador. Hasta yo.
No hizo comentarios. Dio media vuelta y se alejó de la mesa, dejándome solo en medio de la cafetería, con el ruido del mundo como un insulto, sumido en una crisis silenciosa de rabia, impotencia y un miedo que ahora, al ser negado, se había vuelto diez veces más real.
Por fortuna, Beyhan no iría en estos tiempos con ellos.
Por desgracia, eso significaba que el peligro, si existía, seguía suelto. Y yo acababa de perder mi única ventana para verlo.
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