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Capítulo 14

Elvis

Los primeros pasos para asumir la empresa que debía administrar eran estructurales: manejo de funciones, obligaciones, entorno de trabajo y personal. Quienes me estaban entregando esos detalles no eran los dueños, sino el equipo que había estado a cargo antes que yo.

Ese día conocería de manera oficial a los propietarios y, con ellos, a la empresa en un sentido formal. Debo admitirlo: estaba aterrado ante la idea de no estar a la altura del cargo. Hasta ese momento, nada de lo visto difería demasiado de lo que hacía en la mansión, con una diferencia sustancial: allí no cargaba con la responsabilidad final, ni con decenas de empleados bajo mi mando.

El miedo disminuyó al saber que quien me entregaría las riendas no sería Vryzas, sino su tío. No es que resultara menos intimidante, pero no tenía ese aire de matón ni esa peligrosidad latente que obligaba a mantenerlo siempre dentro del campo visual, por temor a que en cualquier momento se lanzara sobre uno.

No. William Ivánnov York —como se presentó— era un hombre mayor, rondando los sesenta, de vestimenta impecable, porte distinguido y ademanes sobrios. Su tono de voz era firme, pero transmitía algo aún más valioso: confianza.

Se encontraba detrás del escritorio de gerencia, en un gesto que imaginé simbólico. Me explicó mis funciones, a quién debía rendir cuentas y la periodicidad de los informes. Todo lo demás, aseguró, ya me lo habían dicho o lo aprendería sobre la marcha.

—Iré directo al punto, señor Yilmas —dijo, abriendo su portafolio y retirando un grupo de documentos que dejó frente a mí—. No es tu honradez lo que estará a prueba. Tienes buenos padrinos.

—Gracias, señor —respondí—. Haré todo lo posible por no defraudarlos.

—Eso espero. Pero no es lo único que quiero de ti —ajustó sus lentes y volvió la vista a los papeles—. Como ya te dije, rendirás cuentas a mi sobrina Aydey. ¿Estamos claros hasta ahí?

—Sí —respondí, sosteniéndole la mirada.

—Eso te hace responsable de su seguridad.

Mi cuerpo se tensó al escucharlo. Él pareció notarlo, porque esbozó una sonrisa.

—Ella vendrá aquí, se moverá entre el personal que tú lideras —explicó—. Debes tenerlo presente al momento de contratar.

Comprendida la idea, mis hombros se relajaron. Hoy en día, la gente construye su currículum en redes sociales: familia, viajes, comidas, ocio. Todo termina expuesto. Una minoría intenta proteger su vida privada, pero incluso a ellos se les puede rastrear.

—Me alegra ver que sonríes. Eso indica que sabes cómo manejarlo —comentó—. Dicen que eres un genio de la tecnología.

—Hago lo necesario para ser competente —admití.

—Eso te ayudará tanto al contratar como al evaluar a quienes ya están —afirmó.— No soy un genio como tú, pero tengo mis fuentes.

Giró uno de los documentos que estaba leyendo y me encontré con una imagen mía, rodeado de mi familia.

Sentí la tensión apoderarse de mi cuerpo al verme a los quince años, abrazado a mis hermanos, sonriente, feliz. En una época en la que no era una vergüenza, en la que todos parecían orgullosos de tener a un casi genio en la familia. El aire comenzó a faltarme; la respiración se volvió irregular. Era como tener veinte años otra vez y ser reprendido por mi cercanía con Dean.

—Quiero que lo tengas presente —dijo cerrando el documento—. En caso de que la tentación llegue.

—¿Es una amenaza? —pregunté cuando logré recuperar el control. Su reacción fue sonreír—. Porque si lo es, no es necesario. Puede buscar a alguien que le genere más confianza que Sebastián y yo.

—¿Crees que me interesa con quién te acuestas? —preguntó con una franqueza que me hizo parpadear—. He visto cosas peores de personas que se consideran "normales" —hizo comillas en el aire—. He visto más humanidad en animales salvajes que en muchos heterosexuales.

Sacó una pluma del saco y me la extendió.

—Lee y firma.

Abrí los documentos. La firma en lápiz en cada esquina, con la letra de Sebastián, me indicó que ya habían sido revisados por él. Firmé sin leer.

—¿Confías en él? —preguntó, señalando la rúbrica.

—Lleva y trae a mi hija de la escuela todos los días —respondí.

—Dieciséis años, ojos color miel, cabello castaño suelto y una vestimenta... interesante, por decirlo suavemente.

Antes de que su descripción derivara en incomodidad, un par de brazos se rodearon alrededor de mi cuello. Sonreí al atraparla entre los míos. Beyhan dejó el beso acostumbrado en mis labios, breve, luminoso.

—Estoy en una reunión importante —le recordé.

Frunció la nariz y lanzó una mirada a Ivánnov.

—Yo soy importante —replicó—. ¿No?

—No hay duda —respondió él, con una tensión súbita en la voz.

—¿Dónde está Sebastián? —pregunté al verla sola.

—Con el señor Vryzas y su esposa —respondió, sin intención de alejarse de mí.

El ambiente se volvió denso. Ivánnov guardó silencio, observando a mi hija sentada en mis piernas. Beyhan percibió la incomodidad y se puso de pie.

—¿Puedes esperarme con Sebas? —le pedí.

Asintió, pero mantuvo la vista fija en el griego.

—¿Siempre besas a tu padre en la boca? —preguntó él.

Ella no respondió.

—¿A quién más besas así? ¿A Sebastián? ¿A Kal?

La mención del esposo de Xila tensó cada músculo de mi cuerpo. Beyhan apretó mi mano con fuerza.

—Solo a papá —respondió finalmente.

—¿Una costumbre personal? —preguntó, mirándome.

Nunca le pedí esos besos. Nunca se los prohibí. Simplemente existían.

—Déjanos solos —dije con firmeza.

Beyhan se inclinó y dejó el beso en mi mejilla.

—Te espero afuera, papá.

—No se admiten besos en los labios a un menor —dijo cuando quedamos solos—. Especialmente a esa edad.

—Jamás dañaría a mi hija.

—Esa conducta es motivo de alerta para cualquier padre —replicó—. ¿Cuándo empezó? ¿Quién se lo enseñó? ¿Por qué lo considera correcto?

—Ella vive conmigo —respondí—. Su madre jamás permitiría que le hicieran daño.

—Desde hace tres meses —corrigió—. ¿Por qué te extrañaba tanto?

El silencio pesó.

—Si ese beso no te alarma, debería hacerlo su vestimenta. Y su jovialidad.

—No tengo pruebas para acusar a Kal —admití—. Aunque nada me alegraría más que mi hija no tuviera que verlo nunca más.

—¿Por qué?

—No le agrada —dije—. He intentado que me diga algo, insiste en que solo quería vivir conmigo.

—Vive con su padrastro desde los doce —afirmó—. Tal vez vio señales. Tal vez buscó refugio.

Un ruido seco me hizo alzar la vista: unas manos tatuadas dejaron una pistola sobre el escritorio.

—Apuesto mi vida a que no hubo acercamientos —dijo una voz detrás de mí.

Vryzas.

—No tienen cómo saberlo.

—No es la primera vez que un padre me pide algo así —sonrió—. Admito que es la primera que hago gratis. Por justicia.

—Entonces no hay nada que temer.

—No hubo acercamientos —repitió—. Eso no significa que no los intentara.

Mi cuerpo se tensó como cuerdas de violín.

—Un depredador no pierde de vista a su presa —continuó—. No necesitas violencia. Necesitas que sepa que ella tiene un padre.

Mi mente se llenó de imágenes que me negué a aceptar.

—Xila no la ha buscado —murmuré—. Su silencio no es buena señal.

—¿Te distraerá esto? —preguntó Ivánnov.

—No —respondí—. Sé cómo manejarlo.

—Entonces firma —dijo Vryzas.

No había forma de que Beyhan regresara a esa casa.

Si lo hacía, sería sobre mi cadáver.

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