Capítulo 19
Elvis
El trabajo empezó a ocupar más horas de las necesarias. No porque lo exigiera, sino porque yo las ofrecía sin medirlas. Siempre había algo pendiente: un informe que podía revisarse otra vez, una llamada que podía posponerse, una reunión que no urgía pero que me daba una excusa razonable para no volver demasiado pronto.
Las fluctuaciones en los números de la empresa comenzaron a inquietarnos. Los primeros días —cuando Beyhan aún estaba con nosotros— las estadísticas se sostenían, aunque ya no con la holgura de los primeros meses. No era nada alarmante, nada que justificara una preocupación abierta, pero sí lo suficiente para mantenernos atentos. Dos días después de su salida, las cifras continuaron bajando. Me dije que era parte del cargo, del crecimiento, de la responsabilidad que ahora cargábamos. Me lo repetí con la misma disciplina con la que uno se miente para seguir funcionando.
La casa, mientras tanto, se sentía extraña. Ya no vibraba con ella. Quizá por eso me quedaba más tiempo en la empresa. No me detuve a preguntarme si, en el fondo, solo estaba retrasando el momento de enfrentar un lugar que había dejado de sonar igual.
Cuando al fin regresé, el silencio me recibió como algo aprendido. No era hostil, pero tampoco amable. Era limpio, ordenado, excesivamente correcto. No había mochilas fuera de lugar, ni puertas entreabiertas, ni música filtrándose por los pasillos. Todo estaba exactamente donde debía estar. Y justo ahí radicaba el problema.
Dejé las llaves sobre la mesa y, casi sin pensarlo, saqué el móvil del bolsillo. Un gesto automático. La pantalla se encendió y ahí estaba la fotografía: Beyhan en el centro, con esa sonrisa que no pedía permiso, y Sebastián a su lado, fingiendo una seriedad que nunca le duraba demasiado. La imagen no había cambiado. No tenía por qué hacerlo. Yo sí.
Leí el mensaje recibido:
«¿Estás en casa?»
Me quedé quieto, procesando la pregunta. Miré alrededor. ¿Estaba en casa? Respondí con un simple sí y envié el mensaje sin añadir nada más. Observé el fondo de pantalla un segundo de más y bloqueé el teléfono, dejándolo boca abajo, como si así pudiera evitar que el silencio se me metiera más hondo.
Me quité la chaqueta despacio. Recorrí la casa sin rumbo fijo, deteniéndome en detalles mínimos que antes no llamaban mi atención: el sofá intacto, la cocina demasiado limpia, la puerta de la habitación cerrada sin necesidad de pestillo. Entré de todos modos. El orden seguía allí, pero faltaba algo que no sabía nombrar sin que doliera.
Me senté en la orilla de la cama. No era cansancio físico. Era otra cosa. Un peso que no se descarga durmiendo ni trabajando más horas. Pensé en volver a tomar el móvil, pero no lo hice. No había nada que ver y, aun así, mis ojos regresaron a él como si esperaran que la pantalla decidiera hablar por mí.
La vibración lo hizo inevitable.
«En una hora estoy allí.»
No respondí. No abrí la conversación. Me limité a sostener el teléfono en la mano unos segundos, los suficientes para que el gesto doliera, no tantos como para acostumbrarme. Luego lo dejé sobre la mesa y regresé a la sala.
Abrí el portátil. Había correos que responder, proyecciones que ajustar, decisiones que tomar. Me aferré a eso con una disciplina casi obstinada. Trabajar siempre había sido una forma de mantener el control. Esa noche también era una manera de no escuchar todo lo que la casa estaba diciendo sin palabras.
—Llegué —la voz de Sebastián me hizo alzar el rostro—. Traje la cena.
Asentí sin decir nada. La cocina parecía territorio peligroso para ambos, quizá porque en ella se acumulaban demasiados recuerdos de Beyhan. Sebastián se quitó el saco, aflojó la corbata y desapareció un momento. Regresó con dos bandejas.
—Ya no es igual —dijo al sentarse a mi lado—. ¿Hay algo que pueda hacerse?
—Sigo teniendo la custodia —respondí de pronto.
Me miró y sonrió, apenas.
—¿Crees que quiera?
—Tiene que querer —dije, con una firmeza que me sorprendió incluso a mí—. No voy a hacerme a un lado. Nunca más.
El Elvis que se avergonzaba de lo que era murió hace tiempo. Terminó de hacerlo en un hospital y fue Sebastián quien lo rescató. Entrelacé nuestros dedos y permanecimos en silencio, intentando acomodar ese nuevo vacío en la vida que habíamos construido.
No era posible.
Sin Beyhan, no lo era.
[...]
Resultó bastante fácil lograr que Xila aceptara. Tan fácil que su repentina disposición empezó a inquietarme.
—No hay problema. No quiero que pierda la rutina que tenía contigo. Solo te pido que seas tú quien venga a buscarla y la traiga de vuelta. —había respondido por mensajes, porque se negó a recibir llamadas mías.
Amable. Directa. Tan Xila como siempre, dejando claro —sin necesidad de elevar la voz— que Sebastián no tenía cabida en su casa.
De cualquier modo, sería yo quien iría. En parte por respeto, en parte porque necesitaba verla con mis propios ojos y confirmar que estaba bien. Había una imagen que no lograba expulsar de mi mente: hombros caídos, mirada distante, ese gesto indefinible que deja alguien cuando algo le rompe el corazón.
Necesitaba convencerme —aunque fuera por unas horas— de que no había cometido el error más grande de mi vida al dejarla ir.
Xila abrió la puerta antes de que tocara por segunda vez. Llevaba esa expresión controlada que usa cuando quiere demostrar que todo está bajo control, incluso cuando no lo está. Detrás de ella, la casa parecía demasiado ordenada, demasiado correcta, como si el desorden humano hubiese sido barrido a propósito.
—Es importante que se someta a las reglas —dijo sin preámbulos—. Las de esta casa. La escuela, los horarios, las comidas. Ya tuvo demasiados cambios.
Asentí. No porque estuviera de acuerdo, sino porque entendía la trampa detrás de esas palabras: si todo sigue igual, entonces nada malo puede estar ocurriendo.
—No vengo a romper nada —respondí—. Solo a pasar la tarde.
Xila dudó apenas un segundo. Lo justo para que notara que esa decisión no le pertenecía del todo, lo cual resultaba extraño si se consideraba que ya me había dicho que sí, sin objeciones, por mensajes.
—Está en su habitación.
Beyhan apareció antes de que pudiera llamarla. Llevaba el cabello recogido de cualquier forma, una sudadera demasiado grande y una sonrisa que me desarmó de inmediato. No era la sonrisa luminosa de antes, pero tampoco la sombra que había dejado nuestra casa.
—Hola, papá —dijo, y me abrazó sin dudar.
Ese abrazo fue lo primero que me relajó en días.
—Hola, cielo —murmuré, besándole la mejilla mientras la observaba en silencio.
Busqué en sus ojos algún gesto que apagara mi tormento, pero solo encontré su reflejo y el mío, devuelto desde ese tono miel que siempre me ha desarmado. Aparté un mechón de sus rizos de la frente y, al alzar la vista, lo vi.
Kal estaba apoyado en el marco de la cocina, observándome con una atención incómoda, evaluadora. No dijo nada. No hizo gesto alguno. Pero su mirada era lo suficientemente clara como para sentirse como un reproche silencioso.
No había duda de que mi presencia le molestaba. Las razones eran evidentes, las mismas que incomodaban a Xila: nuestra forma de vivir, que no es tan distinta a la suya, pero sí más honesta. Me atreví a pensar, incluso, que Sebastián y yo éramos más reales que ellos.
Ese silencio suyo no era neutral. Decía que ocupaba un espacio que él consideraba propio, que mi sola presencia resultaba ofensiva.
Había aprendido a reconocer ese tipo de miradas.
—Sebastián preguntó si podía pasar la tarde con nosotros —dije, rompiendo el aire—. No quiere que pierda contacto con su rutina tampoco.
Xila frunció los labios.
—Solo la tarde —respondió—. Y vuelve a casa.
—Claro.
Kal no opinó. No tenía lugar en una conversación donde se hablaba de mi hija. Apretó la mandíbula, y ese gesto mínimo me dejó una sensación extraña en el estómago que decidí ignorar.
Beyhan se movía por la casa con una ligereza que no había tenido en días. Hablaba más. Reía con más facilidad. Incluso discutió con su madre por una camiseta que quería ponerse. Nada grave. Nada alarmante.
Demasiado normal.
—¿Listos? —pregunté.
—Sí —respondió, tomando su mochila—. Mamá, vuelvo temprano.
Xila asintió. Su esposo no se movió de su sitio, como si su única función fuera observarme con una repulsión contenida.
Al cerrar la puerta, Beyhan soltó un suspiro largo, como si hubiera contenido el aire durante demasiado tiempo.
—Sebas dijo que tal vez podamos ir por un helado —comentó, caminando a mi lado—. O ver esa película que nunca terminamos.
—¿Cuándo hablaste con él?
—Siempre hablo con él —respondió con una sonrisa—. Y hablamos de ti.
—Qué novedad —bromeé—. ¿No de doramas?
En el auto habló sin parar. De la escuela. De una compañera nueva. De una profesora que le caía mal. De cosas pequeñas. Cotidianas. Hoy, todas eran un tesoro.
—Mamá dice que es importante no cambiar tanto —añadió de pronto, mirando por la ventana—. Que así todo es más fácil.
—¿Y tú qué piensas?
Se encogió de hombros.
—Que a veces cansa fingir que nada cambió.
No supe qué responder.
Al llegar a la oficina, Sebastián salió a recibirnos con esa sonrisa tranquila que siempre parece sostener el mundo sin hacer ruido. Beyhan se lanzó a abrazarlo como si no lo hubiera visto en semanas.
—Pensé que no me dejarían venir —confesó.
—A veces hay que pedir las cosas con paciencia —dijo él—. Y saber cuándo insistir.
Ella sonrió. Una sonrisa más real.
Mientras entrábamos, miré el móvil por reflejo. Nada. Ningún mensaje. Ninguna alerta. Todo parecía exactamente donde debía estar.
Y aun así, algo en mí seguía en guardia.
No porque viera peligro, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, todo parecía demasiado tranquilo.
Y aprendí hace años que la calma absoluta, cuando llega sin explicación, casi nunca es inocente.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro