Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Capítulo 9

Alana

Y no, no volvió atrás; tampoco hice pie para detenerle. Ustedes dirán: te gusta, ¿por qué haces algo tan tonto? Soy celosa de mi privacidad; odio que me celen sin motivos. La historia se contaría distinta si tuviéramos algo, pero no era el caso. Los siguientes días fueron normales; mis compañeros, de a poco, se fueron acostumbrando a mí. El tema de la cancha de fútbol no fue tocado y Santana no habló con sus compañeros al respecto.

Lo amé por eso; supongo que ese tipo de ángeles en mi vida estaban destinados a aparecer. Óscar seguía de vez en cuando dándome ese tipo de trabajo y ello, creo que me servía; lo hacía esperanzada en que, en algún momento, viera mis talentos y decidiera dejarme fija.

Hablaba en este instante con Kai, quien me contaba, entre otras cosas, que fue mi hermano el que le llamó para el trabajo de administrar ese hotel. También que insistió en decirle que yo aún lo quería y que no lo llamaba por mi ocupación laboral.

—Sé que no es el caso —me dice y se encoge de hombros. —Lo tuyo es ese hombre. Por lo menos, sé que no le eres indiferente y que te quiere lo suficiente para cuidarte.

No le respondo, porque insiste en que le llame o lo busque y me niego a hacerlo. Yo no hice nada malo; además, mi labor había terminado al acabar ese día. Mientras lo veo llamar a un mesero para que retire los platos, me digo que necesito hablar con Liam.

Kai puede decir que sabe que no es correspondido, pero sus palabras pudieron alentarle y hacerle creer que tenía esperanzas, cuando no era así. Mi mente era una maraña de pensamientos y confusiones, pero de lo que sí estaba segura es que el hombre que tengo ante mí hace parte de una época hermosa de mi vida y que lo quiero inmensamente, pero no como él lo merece.

—¿Por qué son tan estúpidos? —ese comentario me hace tirarle el cojín que tengo en las manos y que esquiva con su mano. —Es verdad; te mueres por llamarle.

—Será mejor si me voy a trabajar —digo, mirando la hora y viendo que son casi las dos de la tarde.

Había pedido una hora para ir parte de a a Kai, quien me invitó a almorzar en su lugar de trabajo. Creí que lo hacía para verme, pero en realidad me hizo preguntas sobre Pilar: gustos culinarios, flores preferidas, música, etc. Me sentía realmente bien por eso; ambos eran excelentes seres humanos y hacían bonita pareja.

—¿Qué quieres que le diga a Pilar? —le pregunto y su rostro se torna serio en segundos. —Puedo hablar bien de ti, la invito a mi apartamento y los dejo solos.

—Creo que rechazaré tu oferta —se pone en pie, acomodándose su chaqueta y corbata. —Solo estaré aquí un año y no quiero dejar corazones rotos.

Ante eso, no puedo más y empiezo a reír, al tiempo que soy conducida hacia el sótano porque él me llevará a mi trabajo. Sigo teniendo los mismos endemoniados turnos de 24 horas cada dos días y mañana era uno de ellos. Con la única novedad de que ahora mi jefe me trataba como ser humano.

—Es una lástima; harían buena pareja.

—Pero ella no es la que me gusta.

Me acomodo al lado suyo; el momento divertido dio paso a la incomodidad porque sé a quién se refiere. Hasta el día de, me lamento haberle aceptado ser su novia. Fue realmente verle con rosas, globos y regalos delante de toda la universidad y no aceptarle.

Creo que fui más perra al darle alas, consciente de que lo veía como un amigo. En mi defensa, tenía 17 años, inexperta y en un país con idioma, costumbres y cultura distinta; encontrar en ese ambiente a alguien afín contigo fue magnífico. Fue bastante lindo, pero llegó un punto en donde su amor se transformó y la certeza de que no podía retribuírselo me hizo ver mi error.

No hay una manera "adecuada" para terminar; ese "No eres tú, soy yo" tampoco era muy elegante. Fue bastante chistoso ver cómo, entre lágrimas, le dije que era el ser más despreciable del mundo, que si quería me dejara de hablar, yo lo merecía, pero que no podía continuar. Así que él terminó consolándome y diciéndome que jamás podría odiarme, porque me amaba.

Que, si yo era feliz, él lo sería; las cosas no cambiaron; seguimos yendo al cine, a acampar y a los mismos lugares, ya no como novios, sino como amigos. En alguna que otra ocasión, llevaba a su novia de turno y eso...

—No tienes que decir nada, Alana —dice al ver mi incomodidad. —Solo quería decirlo.

—Aún no me dices por qué te tomaste este año lejos de casa —le digo, porque los me había dicho que era lo que necesitaba.

—Tengo que poner en orden mis ideas; solo eso.

No digo nada al respecto y entiendo que es un tema delicado del que no quiere hablar. Me deja en el puerto y promete verme esta noche.

—Tengo otro compromiso con Zack —me excuso y sonríe. —Pero el domingo lo tengo libre.

—El domingo, entonces —espero mientras se aleja y doy media vuelta.

Encontrándome de frente a un Axel que ha presenciado la escena. Por alguna razón que no llego a entender, siento que hice algo indebido y verle el rostro dolido aumenta mi malestar.

—Hola —le digo simplemente.

Me gustaría darme golpes con la pared por lo débil que salen mis palabras o por sentirme la peor de los seres, cuando no hice nada malo. Se cruza de brazos y me observa mientras mira la hora.

—¿Qué haces aquí? —sé que es mi jefe y que, si desea, exigirme lo hará. Pero sus palabras son tan secas que respondo de la misma manera.

—Pedí un permiso para almorzar... Creo que no es problema...

—No me refiero a eso, Lena —interrumpe. —Hice una reunión con los arquitectos hace una hora; no estabas allí.

—No me avisaron —me defiendo. —Yo asistí a la de ayer en la tarde —recuerdo rápidamente y él alza una ceja con ironía.

—¿La de las tumbas? —asiento y se acerca a mí, lo que me hace retroceder.

Estamos en el parqueadero del astillero, por lo que no hay nadie a nuestro alrededor. De alguna manera, su rostro enojado me causa miedo y retrocedo por ello; al ver mi pánico, se detiene.

—¿Por qué a ese?

—Porque allí trabajo —me cruzo de brazos y me traigo el morral a manera de protección y observa mi uniforme.

Una sombra cruza por sus ojos y luego suelta una maldición, seguida de otra y otra. Algunas de ellas en el idioma de sus padres y mi sentido de supervivencia me dice que me mantenga al margen.

—¿Desde cuándo? —la pregunta la hace sin verme y buscando algo dentro de su chaqueta. Al mirarme de nuevo y ver mi rostro serio, da media vuelta, regresando al astillero. —¡Acompáñame! —ordena.

Lo dejo entrar el primero y lo sigo a pocos pasos; en el camino, varias personas nos ven y se van haciendo a un lado al ver el rostro de su jefe hecho una furia. Solo espero que lo haga no afecte mi puesto allí dentro; se detiene a mitad del pasillo tan brusco que me cuesta frenar para no chocar con él.

—Tengo una mejor idea —dice, llevándose una mano al mentón —Regresa a tus labores y no le digas a Óscar que volviste realmente.

—Ok —digo de forma lenta y dando un paso atrás, observándolo como si en cualquier momento le salieran cuernos.

Corro prácticamente por los contenedores al lugar en donde los chicos se encuentran. Una vez lo diviso, encuentro mis implementos de seguridad, me los pongo y avanzo hacia ellos.

—¿Cómo te fue, Parissi?

—Creo que metí la pata —murmuro y todos dejan su labor para observarme serios. —Axel Russo se acaba de enterar en dónde estoy trabajando.

Uno que otro sonríe; los demás me miran como si fuera el fin de mi carrera.

—No estoy muy segura, pero creo que viene hacia acá.

En segundos, todos sueltan su refresco, lo esconden y toman sus cosas para ir cada quien a su labor. Como suele ocurrir, mi labor está más al fondo, y hacia allá me dirijo. Pasan un par de horas en donde empiezo a creer que fue solo paranoia cuando la voz de Axel hace eco en los pasillos del lugar.

—¿Qué mierdas hace ella en este lugar en ese? Mi padre te dio una orden, Óscar —grita y apago el soplete para escuchar lo que responde.

Sin embargo, solo sigo escuchando la voz de Axel, quien le exige saber por qué le mintió a mi padre el día que le preguntó qué hacía yo en ese lugar.

—Le dijiste que ella se quería apersonar de su trabajo y mi padre te lo creyó —siguen sus gritos y me siento pequeñita ante esos gritos.

—Parissi —me llaman los chicos, pero no me puedo mover de allí. —Ven aquí.

—Idara Alana Parissi Vítale, ven aquí ahora mismo.

Salgo ante ese llamado con todos los demás detrás; una vez estoy frente a él, observa mi aspecto y mira de nuevo a Óscar.

—El señor Bruno dio la orden; dijo que ella no podría subir —se defiende por primera vez.

—Bruno no trabaja ya para nosotros... Recoge tus cosas. espero el lunes en las oficinas tienes estos días libres —mira detrás de mí y ve al grupo de chicos expectantes. —¿Has tenido algún problema?

—No —respondo rápidamente y asiente, mirando de nuevo a Óscar.

Luce pequeño ante el enojo de su jefe y retrocede; su manzana de Adán sube y baja, al tiempo que aprieta con fuerza su puño y sus ojos parecen lanzar fuego puro.

—Te pregunté por qué jugaba fútbol con ese grupo —le recuerda. —Dijiste que se llevaba bien; te advertí que no quería un error más... Necesito los turnos de ella en este instante. Vete, Alana.

Son mis compañeros los que me toman por los hombros y me alejan del lugar. Doy media vuelta, alejándome del sitio, busco mis cosas y salgo del astillero con un nudo en la garganta; de alguna manera, sé que no regresaré allí y era la mejor oportunidad que tenía.

(...)

Él no llamó y lo cierto era que a mí me aterraba llamarle y que me gritara de la forma en que hizo con Óscar. Aunque no tenía por qué hacerlo, pues yo no tuve la culpa, sé que me culparía por no decirle nada. Pero yo busqué un empleo y me lo dieron; necesitaba ser independiente; era lo primordial.

—Debiste decirle —dice Zack ya de camino a su casa. —O a mí; te vi con ese uniforme asqueroso y pensé que era un nuevo outfit.

Detiene el auto frente a su casa y sonrío ante sus locuras; no era de extrañar que no viera lo extraño porque Zack vivía en su mundo. Estaba siempre trabajando y sus espacios de descanso eran pocos. Decía que amaba lo que hacía; estudió para sanar y eso hacía; estar detrás de un escritorio no era para él.

—No importa si me tocaba barrer o soldar; seguiría siendo arquitecta —me encojo de hombros, restándole importancia. —Además, hacía trabajos, ya te lo dije.

Nos tocó regresar a casa porque lo llamaron para una urgencia; recogería su uniforme y, de camino al hospital, me dejaba en casa, pues se negó a que me fuera en taxi.

—Que muy seguramente otro se llevaba el crédito.

Quizás, pienso, bajándome del auto. A Zack no le gusta vivir en apartamentos pequeños o "comprar casas en el aire", como él decía. Vivía cómodamente en una casa de dos pisos, bastante lujosa. Jamás traía a su hogar a una fémina y aseguraba que su cama era virgen.

Observo la casa con anhelo; algún día, yo tendré una casa así, producto de mi sueldo, y me sentiré tan orgullosa como Zack. Una figura en la puerta llama mi atención: la chaqueta negra de cuero que reconozco como la que Axel tenía esta mañana y el pantalón beige.

—¡Zack! —grito, corriendo hacia la figura tirada en el suelo. —Es Axel.

—¡Maldición! —corre junto conmigo y me ayuda a levantarlo.

—¿Está herido? —pregunto, aterrada.

Lo reviso de rápida y lo único extraño que encuentro es su apestoso olor a alcohol. Empieza a decir incoherencias que no logramos entender.

—Toma; abre la puerta —me pide, tendiéndome el juego de llaves, y me muestra con cuál debo abrirla.

—El niño... Fue antes de yo ser secuestrado —con manos temblorosas, abro la puerta y Zack se las arregla para entrarlo a la casa. —Me engañaron, viejo; mientras yo le daba todo, ella y él se revolcaban juntos.

Tiene todos los motivos para estar enojado, incluso para haberse emborrachado; no obstante, pienso que es hora de que acepte la realidad. Sé que él y Liam eran amigos; que le ocultara que estuvo casado con esa bruja es imperdonable, pero hasta a nosotros lo ocultó. A Zack le dificulta controlar a Axel, que se intenta sacudir del agarre de su amigo.

—Llevémoslo arriba —le pido, intentando no reír al ver a Zack lanzar una maldición porque Axel le ha golpeado en el rostro para quitárselo de encima.

—No puedo dejarlo aquí solo y debo irme, cariño... —muerdo mis labios, buscando una solución.

Axel sigue en el plan de liberarse y notamos que es porque quiere ir al bar de su amigo. No lo puede dejar solo, porque muy seguramente incendia la casa, por lo que no encuentro otra.

—Yo lo cuido, si no te importa.

—Eres la mejor; espero no te sea una molestia —empieza a decir y, juntos, lo subimos por escaleras.

Es dejado en una de las habitaciones de huéspedes; seguía despotricando en contra de mi hermano y su ex. Yo le añadiría un par de calificativos a los que él usaba en este instante.

—Ayúdame a dejarlo en la tina; después de eso, te puedes ir —no hace comentarios estúpidos.

El estado de Axel es lamentable e imagino que está en la cuarta etapa del duelo: negación, ira, negociación, depresión, aceptación. Es decir, en la depresión; ya ha negado, ha tenido ira y hasta ha negociado, aunque me duela admitirlo, en algún momento ha intentado acercarse a Caitín y "hacer las paces".

Lo último que le queda es la depresión (que es en el en que se encuentra) y, por último, aceptar que su matrimonio no va más. Si bien la mujer no está muerta, lo que hizo es quizás lo más parecido a morir, tal cual mi hermano con mis padres.

Se negó a dejarme sola sacándole la cruda, de la misma manera que a Axel le permitió verme en estado deplorable. Llamó al hospital y dio algunas ordenes, excusándose, pues dijo tener una urgencia en casa. Mientras él lo bañaba con agua fría, a mí me dijo que le hiciera algo caliente y que en la cocina encontraría todo, allí me encontró diez minutos después.

—Lo dejé en la cama. ¿Seguro quieres hacer esto? —asiento sin verle y mirando el consomé que estoy preparando. —¿Lena? —insiste y me hace verme. —Está enojado con tu hermano —me recuerda.

—Exacto, mi hermano —repito. —Yo no tengo nada que ver y Axel es incapaz de hacerme daño... Ve tranquilo.

—Cualquier cosa, me avisas —ruega y vuelvo a asentir.

Solo que se niega a irse y lo miro, divertida.

—Espero que esa urgencia no sea vital o ese paciente se va a morir —ante mis palabras, baja los hombros.

Se acerca, besa mi frente y me dice que está dormido; que, si deseo, le deje una nota en mesa de noche diciéndole que le deje algo caliente y me vaya. La idea es tentadora y divago por algunas horas en irme para no enfrentar su enojo.

Exploro la casa de Zack, pues no tendré otra oportunidad como aquella. Lo primero que debo aceptar es que tiene buen gusto; todo en esa casa es elegante, sobrio y costoso. Desde los muebles hasta la cama; es en su habitación donde está el mayor de los misterios.

—¿Qué escondes aquí? —pregunto al ver su mesa de noche bajo llave. —Eres un sucio, Zack.

Intento por todos los medios abrirla, pero me es imposible. Sé que lo hizo ahora que supo que me quedaría y por eso se negaba a que lo hiciera.

—Aja... Ya verás, sucio asqueroso —despotrico contra él.

Me rindo de manera momentánea; decido ir por un cuchillo; de ninguna manera me va a dejar sin saber por qué me cerró el escritorio. Si vive solo, ¿por qué tenerlo con llave? Me dejó toda la casa sin seguros y el escritorio bajo llave; es extraño.

Recuerdo que tengo que ver a Axel y vierto el líquido caliente en una taza. Tomo el mi cuchillo y lo pongo en la pretina de mi pantalón; dejaré el líquido caliente allí y luego iré por ese escritorio. Mis planes se hacen pedazos al abrir la puerta, encontrando a un Axel despierto y mirando con rostro somnoliento por toda la habitación.

—¿Qué haces aquí? —pregunta con voz ronca por el alcohol y mirándome con sospecha.

Te tengo noticias a, Cavill: no eres el único que se ve hermoso borracho, pienso al verle con ojos rojos, somnoliento y su cabello enmarañado.

—Zack me invitó a cenar; lo llamaron a una urgencia y, al llegar, te vimos tirado —le aclaro. —Le dije que se fuera y yo te cuidaba... Te preparé esto...

Se sienta en la cama con dificultad y es lo más parecido a la derrota; me mira, alerta. Sé que soy la mejor cocinera, que tenga esa actitud me ofende.

—¿Y ese cuchillo es por...? —recuerdo el objeto y río sin poder contenerme.

Dejo a un lado la taza y el cuchillo lejos de mí o Axel, regresando a su lado con la taza.

—¿Me creíste capaz de hacerte daño, Axel? Me hieres.

—Si hubieras visto tu cara... —no le respondo y me acerco a la cama.

No tiene camisa y la sábana cubre la parte inferior de su cuerpo. No me quita la vista de encima al verme llevar la cuchara a sus labios; la recibe sin oponer resistencia. Tiene movimientos lentos; sigue ebrio, a juzgar por su voz y ojos somnolientos. Era el mejor estado para decirle lo ocurrido con Kai.

—Kai me llevó flores, chocolates y un letrero pidiéndome ser su novia —empiezo a narrar mientras le doy círculos al líquido humeante y tomo otra cucharada. —Tenía 17 años y no supe cómo manejarlo; no quise rechazarlo.

Sigue en silencio y yo, evitando verle, mientras le narro lo que en realidad fue nuestro loco noviazgo. Él sabe lo ocurrido esa noche o parte de ello, porque la realidad es que la vergüenza me impide repetir lo ocurrido ese día.

—No podía dañar a nadie... Él era lindo conmigo, pero sus sentimientos iban en aumento; los míos no. No soy como Caitín, Axel —termino de decir.

Toma la mano que llevo de nuevo con la cuchara a la boca. Me quita la taza de las manos y la deja a un lado de la mesa; me alza la barbilla y me hace verle.

—Lo sé —sus ojos están rojos y aún tiene ese aliento a alcohol.

Luce derrotado y destruido; duele realmente verle en ese estado. Con el cabello revuelto, descuidado y bastante delgado. Esta mañana no lo analicé mucho; cerca, pude ver cómo se estaba consumiendo en vida.

—¿Hasta cuándo seguirás así, Axel?

—No quiero más esto, Alana —dice, acariciando mi barbilla y mirándome fijamente. —Ellos me traicionaron cuando yo estaba dispuesto a dar la vida por tu hermano y ella, Lena. ¡Ayúdame! —trago al ver que sus ojos se van a humedecer; descubro que no lo quiero ver llorar.

Ni por ella o por nadie; eso aprieta mi corazón, porque lo más triste que hay es ver a la persona que te gusta sufrir por amor. Lo único que logro hacer en ese instante es abrazarle.

—Sé que mañana te vas a avergonzar de esto, Axel Russo; el alcohol es una mierda —digo, recordando lo que ocurrió. —Pero puedes contar conmigo, hasta el psiquiátrico si es posible.

Esto le hace reír y se aleja de mi abrazo para verme en silencio por unos segundos.

—Eres única —murmura y, tomo de nuevo la taza.


Por el momento, tenía que hacer que esa borrachera bajara.

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro