Capítulo 10
Axel
Despierto abrazado a alguien y quien sea tiene su cabeza en mi pecho; abro los ojos y la luz del sol me hace apoyar mi mano en ellos. El miedo a ver con quién amanecí está allí; he despertado en brazos de mujeres que me asustan; últimamente, no soy el mejor a la hora de escoger compañía. El movimiento hace que mi acompañante se remueva y murmure.
—Axel, cierra esa cortina; yo cuidé de ti toda la noche —sorprendido, miro en dirección a mi pecho.
Una cabellera oscura y un rostro ovalado, pestañas largas y unos labios pequeños me dicen de quién se trata. Tengo imágenes claras hasta que hablé con mi padre y este me dijo la fecha de nacimiento del niño de Liam. También de la prueba de ADN, por si a mí se me ocurría pensar que era mi hijo. Fue justo después de contarle lo que sucedía con Lena y decirme que la llevara a trabajar en las oficinas. Después de lo cual, solo recuerdo haber tomado el auto, entrar a un bar y pedir un trago tras otro.
—Bien, pero tienes que soltarme —digo, porque está abrazada a mi pecho, una posición que descubro me gusta tanto como despertar con ella.
No hace señas de soltarse, por lo que no tengo otra más que liberarme. Se remueve y busca, con los ojos cerrados, la almohada que abraza de la misma manera que lo hacía conmigo. He sido vilmente usado; no era que fuera especial, me usaba como almohada.
Me levanto de la cama, cierro las cortinas y vuelvo la vista a la mujer que, abrazada a la almohada, sigue durmiendo. Lleva puesta ropa de salir; me alivia, pues me dice que no me propasé con ella. Aún desconozco cómo amanecimos ambos en casa de Zack. Porque esta es su casa, y llevo puesta una de sus pijamas. Salgo de la habitación y escucho ruidos en el piso de abajo, más exactamente en la cocina, y sigo el olor.
Bajo las escaleras, apoyando ambas manos en el barandal, un paso seguido del otro. Siento la cabeza como si tuviera espuma y todo, gira a mi alrededor. Con dificultad, logro llegar a la cocina, donde Zack me ve entrar y alza una ceja. Da media vuelta y me extiende un jugo, de lo que creo es naranja, y dos pastillas.
—Dime que no hice nada estúpido —hablo y escucho su risa.
Eso, creo, es señal de que sí lo hice; me hace un resumen de lo ocurrido y hasta de mi llanto. Agradecido de que fue con esos dos y no otra persona, y diciendo internamente que he tocado fondo. De ninguna manera dejaré que ellos me destruyan; es hora de recuperar mi dinero y mi vida.
—Intenté que no se quedara, pero me fue imposible; no quiso dejarte solo —dice y sonrío; creo que podría acostumbrarme a sus cuidados y lamento no recordar nada de la noche anterior. —¿Por qué había un cuchillo en su habitación?
Alzo la vista, intentando acordarme de algo, pero me es imposible; no hay absolutamente ningún recuerdo de la noche anterior. Le cuento lo que me llevó a ese estado y él me escucha en silencio.
—Ya déjalo, Axel. ¿Cuánto más estúpido puedes llegar a ser? —me recrimina. —No es posible que una mujer te tenga en ese estado, cuando hay muchas que mueren por ocupar el puesto de señora Russo; una de ellas durmió contigo anoche —termina de decir.
Da la espalda luego de eso y recuerdo al tal Kai y cómo cruzó el océano, buscó un empleo cerca solo para no perderla. Ella no me contó sobre ese noviazgo y es comprensible; me ve como un desconocido. Le cuento a Zack lo que Liam me contó hace un par de días en esa reunión. Está de espaldas en la hornilla y prepara lo que imagino es el desayuno.
—No tiene novio; yo lo sabría —dice con superioridad sin verme; si bien su respuesta me molesta, tiene razón. —Hasta donde me contó, fue Liam el que le consiguió el empleo al chico; también le dijo que ella estaba aún interesada en él, cuando no es así.
No comprendo por qué Liam haría algo así, tampoco la conducta de Caitín, acosándome cuando supuestamente está felizmente casada. Mis intentos por alejarme de ellos son anulados por su presencia en todos lados; es como si tuviera un radar que le dijera dónde encontrarme.
—Dice no quererlo, como se espera, y él lo sabe —sigue diciendo, sentándose junto conmigo, y me extiende el desayuno. —Fue Liam quien lo trajo y le dijo que ella lo quería y que tenía una oportunidad.
—¿Por qué haría algo así?
—Creo que no te quiere cerca de su hermana —y he llegado a la misma conclusión. —Un hermano normal lo haría, para que su hermana no saliera dañada.
Zack y yo sabemos que no era el caso, tampoco es porque ella pueda decirme algo.
Pues suele contarle todo a Pilar y esta, a su vez, habla con Zack; de saber algo, yo lo sabría. Me llevo el líquido caliente al paladar y es realmente bueno. No sabía que cocinara tan bien y se lo hago saber, lo que le causa risa y me aclara que no lo hizo él. Le pidió a Lena preparar una bebida caliente para mí (refiriéndose a café) y ella hizo esto.
—No lo hace mal —digo, tomando con ganas, y Zack asiente.
—Solo te pido que, si crees que no puedes llegar a quererla, no le des esperanzas —no alcanzo a responder, porque escuchamos sus pasos por la sala.
No soy capaz de dañar a alguien como Lena; ella me ha demostrado más cariño que cualquier persona. He decidido investigar lo que sucedió esa noche; ella tiene que saber la verdad y los culpables deben pagar. Pasa por mi lado, besando mi cabeza, y luego hace lo mismo con Zack; segundos después, se sienta a su lado, pegándose a él. No quería que ella sufriera el infierno que estoy viviendo o el que yo viví. Soy consciente de que solo ella puede sacarme del foso en el que estoy; si su hermano no me quiere a su lado, quiere decir que, por la razón que sea, ella tiene la respuesta. Me mira con rostro risueño y las cejas juntas; sus labios hacen un puchero antes de hablar y Zack solo ríe al verla poner las manos en la mesa y apoyar la barbilla en ellas.
—¿Todo bien? —pregunta y veo la preocupación en sus ojos celestes.
—Sí —obviando el hecho de que mi cabeza está a punto de explotar. —¿Por qué? —su sonrisa se amplía antes de continuar.
—Porque anoche dijiste que me amabas y te dije que te lo recordaría —me limito a verla sin decir nada; podría ser cierto y me preocupa que se hiciera ilusiones. —¿Qué escondes en la mesa de noche que yo no puedo ver? —pasa a atacar a Zack, que empieza a toser, y río, divertido, al darme cuenta de que es solo uno de sus juegos favoritos: acosarnos.
Le dice que intentó abrirlo por todos los medios y me dice que para eso era el cuchillo; que yo creí que ella me haría daño y eso aún la indigna. Por su parte, Zack sigue tosiendo y ella le da pequeños golpes, mientras sigue arremetiendo contra él. Necesita ayuda porque me mira, tomando el vaso que está justo a su lado y traga el líquido rápidamente.
—La agenda con sus conquistas —hablo y ella sigue dando golpes fuertes en su espalda. —Teme que la robes otra vez y empieces a llamar a sus amantes y decirles zorras a todas.
Eso parece distraerla, ya que el tema gira en esa dirección y Zack suspira, aliviado. Aún no he tocado el tema de su trabajo, pero sé que no es el momento y tampoco quiero que se incomode. Pasar de amigo a jefe en la mesa es molesto, y me descubro que me gusta más su amistad que cualquier cosa.
Recibo la llamada de mi padre, quien me dice que necesita verme urgente. Zack ha solicitado mi auto y tiene ropa mía en el closet de las otras veces; no es la primera vez que él lidia con mis borracheras. Desde que llegué de ese secuestro, llego donde él o el barman lo llama y le pide recogerme.
Quince minutos después, bañado y listo para el regaño por la cruda que muy seguramente refleja mi rostro, atravieso la sala de la casa de mi niñez. Varias fotografías hay en el pasillo que da al estudio de papá y me detengo frente a una. Son de esas cosas que, a fuerza de ver todos los días, pierden interés; sabes que están allí, pero por verlas todos los días no las detallas.
Tomo el cuadro, saco la foto y la guardo en mi chaqueta para seguir el camino a ver a mi padre. Lo encuentro detrás de su escritorio y su estudio abierto, algo que no suele ocurrir, con mi madre sentada a su lado. Sus rostros están relajados; los minutos que pasan, soy escaneado de arriba abajo y es mamá la primera que habla.
—¿Dónde fue esta vez? —la voz tiene el tinte de decepción y recuerdo que me he prometido no beber ni una gota de alcohol más, por lo menos no por esos dos.
—Con Zack y Lena —lo que realmente no es una mentira, y sus rostros se suavizan ante la mención de la hija del general.
Es mi padre el que sigue renuente a creerme; alza una mano y me señala la silla que está frente a ellos. Con Filippo Russo, está siempre el mal sabor de ser un chiquillo a quien le falta orientación. Sigue mirándome con reproche, pero mi madre ha bajado la guardia; ella será mi abogado en esta discusión.
—¿Le diste alcohol? —niego, divertido; Lena no tomaba alcohol.
—Cuidó mi borrachera hasta esta mañana y amenazó con no hablarme nunca más si volvía a beber —saco el juego de llaves que tengo en la chaqueta y se las muestro; son las llaves del penthouse. —Estoy de vuelta; disculpen el inconveniente.
No me creen, porque he dicho muchas veces lo mismo, pero es la primera vez que lo he prometido a quien no quiero defraudar y se los hago saber. A regañadientes, mi padre pasa al tema que me interesa y me entrega el documento oficial del divorcio por la iglesia. Me mira antes de entregármelo y sus ojos grises están puestos en mi cara, misma que se ve mal, por la cruda y por mi mala alimentación de estos días.
—Asegúrate de que, la próxima vez, te cases con quien de verdad ames y te ame —aconseja y sus ojos se suavizan. —A veces, hay que ponerle un poco de sentido común a los sentimientos, hijo, y me alegro que lo estés notando.
Sin entender a qué se refiere y conocedor de su mal carácter, guardo silencio mientras observo el documento con nostalgia. Recordando cómo me casé ilusionado porque sería para toda la vida y ella decía amarme, cuando simplemente era otra negociación de su madre. Una manera de pagar los favores que le había hecho al servir de aval a sus préstamos; me cedió a la hija por un tiempo.
—Tu madre y yo hemos decidido tomarnos un tiempo solos; digamos que la luna de miel que nunca tuvimos —demasiada información, pienso al ver cómo se miran enamorados, se toman de las manos y se besan.
¿Podrían solo esperar a estar solos? Grita mi cerebro y pongo mis dedos en mis ojos, presionando fuerte. Esa imagen es todo lo que necesito para que mi cruda vuelva y mi dolor de cabeza aumente. Se aleja de mi madre y toma un último folio que pone cuidadosamente en una de mis manos. Con la otra libre, estrecha ambas en un puño y me mira, sonriente.
—Es tuyo; nosotros hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance para darte un futuro; papá lo hizo en algún momento, mi abuelo y bisabuelo; hoy es mi turno —miro las manos entrelazadas.
Me ha dejado el control de la empresa; en adelante, aparezco como el dueño absoluto, y ellos tienen solo un 20% de las acciones. No soy iluso; sé que el 100% sigue siendo de ellos hasta que mueran. Lo único que cambia es que no necesito de su firma para tomar una decisión, porque de sus consejos los seguiré necesitando.
—La noticia está en primera plana —mi madre alza la prensa y me muestra mi rostro y la nota de que soy el nuevo dueño. —Mucha suerte, cariño; lo harás bien; tu padre y yo tenemos fe en ti.
Tomo la prensa que mi padre me extiende y dejo a un lado lo que papá me ha entregado. La nota dice, entre otras muchas cosas, de dónde viene nuestra empresa y cómo nació de un humilde pescador y sus destrezas a la hora de hacer botes. Fue creciendo con el tiempo y mutando, convirtiéndose en una de las mejores en su campo. Filippo y Agnes Russo se irían por un tiempo a bordo de uno de los cruceros de su propiedad; era una de las tres únicas costumbres de la familia.
Abordar el bote y manejarlo era una.
Jamás soltar la empresa al heredero hasta no saber que estaba listo para tomar una decisión sin contar con su padre era la segunda.
Alejarse y ceder territorio al heredero era la tercera.
Alzo la vista y los observo; mi vida es un caos; estoy lejos de ser el hombre capacitado para esta labor. Mi padre ha buscado un mal momento para cederlo, pero lo conozco y sé que tiene sus motivos para hacerlo. Si la historia que cuentan es cierta, es cuestión de tiempo para que Caitín aparezca en mi vida con alguna excusa.
—Ten cuidado; esto —dice mamá, señalando el folio— no solo es el futuro tuyo y de tu pareja; atrae buitres, revela rostros, pero confiamos en que lo harás bien.
—Ángelo Vryzas te enviará a personal para cuidarte; estarán las veinticuatro horas contigo. Sobra decir que, en adelante, me representas a mí y a tu madre; sé prudente —sentencia mi padre. —¿Cuál es tu primera decisión como jefe?
—Contratar a Alana, averiguar quién está detrás de mi secuestro y quién usó su correo para escribir esos mensajes —respondo sin pensarlo dos veces y ambos sonríen, mientras se miran entre sí. —Por el momento, empezaré con lo último.
—¿Ya desayunaste?
—Algo que Lena preparó anoche para mi borrachera y que Zack fue muy amable en calentar esta mañana —los espero en mitad del salón y toman cada uno mi brazo.
—No le des un puesto alto, porque no te lo va a recibir —aconseja papá y la curiosidad aumenta porque él pocas veces trató a Lena. —Hablamos con sus padres y pedimos disculpas por lo sucedido hace años y ahora. Le dije al general que estaba dispuesto a darle su lugar.
—Su mamá nos aconsejó no obsequiarle nada, menos ser excesivos con ese puesto... —asiento y la curiosidad de saber qué más hablaron me inunda, pero cambian rápidamente de conversación.
(...)
Detallo la fotografía del equipo de soccer; Bruno era el capitán, excompañeros de estudios de este y quienes lo secundaban en todas sus tonterías. El tío Leonardo, aburrido del comportamiento de su hijo menor, borracheras y fiestas interminables, se negó a darle estudios en vista de que había perdido dos semestres seguidos. Le dijo que, si quería estudiar, que se esforzara por sus propios medios, a ver si así apreciaba los esfuerzos que él hacía para darle una educación de calidad.
Recuerdo, como si fuera ayer, cómo llegó a casa con una maleta pequeña y diciendo que su padre lo había lanzado a la calle. Mi padre le dio trabajo y él se esforzó en sus estudios; resultó ser bueno en el deporte y fácilmente le dieron una beca. No obstante, siguió con sus rumbas y fiestas acostumbradas; esta vez, él se pagaba sus tragos.
Siempre tenía a quien le secundara en sus tonterías y, en realidad, pese a que mi padre no metía mano para taparlas, él se encargaba de decir que era sobrino de Filippo Conti. Del grupo, no recordaba a muchos, salvo a uno de ellos, Brad Clayton, el único que siguió en el deporte y que el buscador me decía se había retirado hace un par de meses por lesión.
—Señor Axel, lo busca el señor Brad —habla la mujer y le pido que lo haga pasar.
Tengo en mis manos la propuesta de la publicidad que necesito para el proyecto siguiente. Sé que el hombre necesita trabajar y yo que él me diga lo que ocurrió realmente esa noche. Han pasado muchos años, y se me dificulta coincidir el hombre que entra por la puerta, vestido en traje elegante de tres piezas, bien peinado y zapatos relucientes.
—Axel, qué bueno es verte —me dice, acercándose a mí. —Me dijo mi representante que tienes algo para mí. Es un placer verte otra vez.
Directo al punto y sin rodeos; sonrío, levantándome, porque si las clases con mi padre no fueron en vano, tendré lo que deseo en menos de lo que creo. Su cuello lleno de cadenas o sus anillos en sus dedos también son un buen referente.
—El placer es todo mío; tiempos sin saber de ti; siéntate, por favor. ¿Perdiste contacto con Bruno? —pregunto con cautela y su mirada viaja por toda la oficina.
Avanzo hacia el bar y lleno solo un vaso; me está costando mantenerme sobrio, pero hago todo lo que está a mi alcance. Extiendo la bebida hacia el rubio de 1,80 cm, cuerpo delgado y ojos marrones. Tiene un tatuaje en la mano, de una huella infantil, y me digo que es un lugar extraño para hacerse algo de esa naturaleza.
—Tu primo hizo cosas estúpidas; él no necesitaba esa beca, yo sí y quería jugar en la profesional —dice, recibiendo la bebida. —El entrenador me recomendó mantenerme alejado.
—Tienes razón; Bruno se salió de control; tocó fondo con lo que hizo con la hija del general —el hombre asiente y calla al recibir con curiosidad el folio que le entrego.
Es el contrato de la publicidad de la empresa; será uno de los rostros de la nueva versión de los yates Russo. Lee atento todos los folios; le doy espacio para ello, mirando los demás hombres de la foto. Hay muchos más a quienes recurrir, pero no quiero causar habladurías. Sonríe al ver el monto y alza la vista hacia mí; realmente, no es nada si él me dice lo que deseo saber.
—Nunca lo supiste en esa época; todos decían que, de saberlo, lo hubieras matado —me cruzo de brazos, en espera de que firme el documento o siga hablando. —¿Este precio es real? —señala el valor.
—Depende de ti —asiente y sabe a lo que me refiero, porque cierra el folio.
—Nunca supimos quién trajo ese cóctel y no solo fue ella la que lo tomó —empieza a narrar y se acomoda en la silla. —Buscaba un lugar al que llamar a mis padres, donde no se escucharan ruidos. Cuando la encontré encerrada en una habitación y mirando a todos lados, estaba realmente mal: borracha y con los ojos desorbitados.
Hizo lo que haría con una hermana: le quitó la prenda y la bañó; Lena le caía bien por su alegría. La dejó en la ducha mientras llamaba a sus padres y le dijo que no se moviera de allí. Cuando volvió, ya ella estaba un poco más lúcida.
—Me pidió llamar a Zack, pero no contestó. Le dejé un mensaje y llamé a otro número que me dio —sonríe con nostalgia, como si evocara esa época. —Se sabía todos los números de memoria; nadie contestaba e insistí a su hermano. Me contestó una mujer; eran casi la una de la mañana. Me preguntó dónde estaba y le dije; aseguró que estaban a cinco minutos de allí, que la dejara encerrada y él llegaba enseguida.
—¿Te fuiste? —pregunto y niega.
—No pude; realmente, ella estaba mal; tenía moretones en todo el cuerpo y decía no saber cómo habían pasado. Creo que sí, pero se avergonzaba de decirlo —toma el bolígrafo de su chaqueta y me mira en búsqueda de mi señal; asiento. —La entregué a la novia de Liam y salí de allí.
Se fue a dormir, porque no quería participar en esa reunión; lo que había visto fue suficiente para que él no quisiera estar en ese lugar. Al día siguiente, lo despertó el entrenador y le dijo que Bruno y casi todo el equipo estaban siendo acusados de abuso.
—Me dijo que me alejara si quería ser tomado en serio y eso hice —concluye y le indico firmar el documento.
Para esa época, se supone que la novia de Liam era Caitín; me habían dicho que la dejó allí porque tenía una cita con su novia. Así que decido arriesgarme y preguntarle a Brad si puede reconocer a la mujer.
—Claro, era una chica de cabello castaño largo, ojos azules —empieza a describir y no es la descripción de Caitín. —Es, si mi memoria no me falla, con quien, años después, le puso los cuernos a su novia... Lo siento; olvidaba que fue tu esposa —se excusa. —Rebeca... Algo.
Alzo la vista hacia él y las imágenes de la mujer que llegaba a mi sitio de secuestro llegan a mí. Rebeca; la mujer era castaña, por lo menos la que yo recordaba. Cierro el trato y agradezco a Brad la información. Mi mente está revuelta entre realidad y fantasía, pero estoy seguro de que ella no lo inventé.
—Es una lástima que Zack escuchara ese mensaje tarde... Nos vemos para la grabación del comercial.
Se va de la oficina y me deja el mal sabor; Zack estaba por Lena. ¿Por qué me mintió? Me quito la chaqueta y la dejo en la silla mientras miro por la ventana. ¿Llamó a su hermano y contestó la novia o amante? Ella le dijo que Lena estaba en problemas; fueron por ella, pero, si es así, ¿por qué Zack la encontró en ese estado? Y lo que es peor, ¿quién le hizo daño antes que Bruno y la encerró allí?
—Dios...
Frustrado, varios minutos después, recibo la llamada de que Alana está en la recepción y solicita verme. Doy la orden de que la dejen entrar y que, en las próximas visitas, no necesita ser anunciada. Salgo a las afueras, en espera de ella, y la curiosidad de lo que pueda hacer ella aquí.
El grito de una mujer por los lados del ascensor me hace avanzar a toda prisa; encuentro a Alana tirada en el suelo de la caja metálica, inconsciente, y un empleado levantándola.
—Nadie la toque.
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