Capítulo 40
San Juan de los Vientos, días antes
El capitán se quita las gafas y las deja en la mesa, algo desesperado. Desesperado porque el doctor se negaba a cooperar en relación con el hijo que supuestamente Axel tuvo en cautiverio. Sí, se supone que no había nacido y que el hijo que esperaba la señora Wood era hijo de Bern's y no de Russo.
—Ya le dije que no hubo tal niño; era mi hijo —vuelve a recalcar.
Tiene las manos esposadas, que sube a la mesa, y con el dedo índice de su mano derecha golpea una y otra vez la declaración que ha realizado de su puño y letra. Insiste en que lo que escribió fue lo que sucedió: Rebeca Wood no pudo salir embarazada de Axel y, en un desliz, lo hizo de él. Esto dio como resultado que el plan del supuesto hijo se viniera abajo.
La vejez trae consigo muchos problemas de salud: visión, dolor de rodillas y articulaciones. No obstante, tiene sus ventajas: te hace más sabio, más astuto. Jules sabía que el tipo mentía; las fechas del embarazo de la chica no cuadraban con la salida del dichoso personaje de la isla.
Russo fue secuestrado hace aproximadamente tres años, exactamente 35 meses atrás. La pérdida del bebé de siete meses se dio once meses después del secuestro. Si él estuvo atento a las clases de biología con la profesora Margot, hace más de cinco décadas, Zachary Bern's tuvo que estar en Italia siete u ocho meses antes de esa pérdida para concebir a la criatura. Lógicamente, eso no fue así; el hospital envió los horarios en los que mostraban los días en que el hombre trabajó. Viajó a Sicilia un par de días después del secuestro, estuvo quince días, supuestamente para buscar contactos que liberaran a su amigo.
Bruno Conti también afirmaba que su padre le aseguró que el hijo de Axel y la señora Wood existía. Si bien, Alexandre Bern's también negaba la existencia del niño o que él se lo hubiera dado a alguien más. Leonard le confesó a su hijo que el pequeño estaba en manos de dos extranjeros: una lady escocesa.
Sí, así como lo oyen: una lady escocesa y un plebeyo de Norteamérica, solo que no se le dio el sitio donde estaban, y ahí estaba el punto. Bruno Conti tenía la fecha de cumpleaños del niño y la edad exacta de este; aseguró que su padre le mostró una foto del pequeño de ojos grises y cabello negro, tal cual a su padre.
—Usted y yo sabemos que es mentira, señor Bern's. Ese niño existe —insiste, quitándole el documento de sus manos. —Pero no se preocupe; no suelo rendirme con facilidad.
—Si desea, le doy el sitio donde fue sepultado mi pequeño...
—Existe; no subestime mi inteligencia —le interrumpe. —Olvidé decírselo: el tío Sam lo ha pedido en extradición.
Sonríe al ver la palidez en su rostro, casi inmediata. Era acusado de la desaparición y muerte de varias mujeres en esa cabaña, una docena de ellas aproximadamente. Se le acusa de contactarlas por redes, enamorarlas y hasta visitarlas en un par de ocasiones: restaurantes de lujo, discotecas y conciertos VIP, haciendo que sus víctimas se sintieran especiales. Las traía a la isla con la falsa idea de conocer a sus padres, y de ahí en adelante, su familia no volvía a saber de ellas.
Como rasgo característico, todas, en su mayoría, se alejaban de sus parientes en lo que duraba la relación, haciendo casi imposible que lograran saber de su desaparición. Se creía que el tipo las convencía de que no eran amadas y sabía a qué tipo de mujeres buscar: una familia rota, huérfanas, o mujeres cuya autoestima baja les era más fácil de manipular.
Toma la libreta en sus manos y sonríe, rebuscando en ella los nombres de la primera mujer que sacó de allí, y cuya hermana la ha buscado insistentemente. La doctora hizo sus propias investigaciones y llegó a San Juan de los Vientos, el lugar donde fue vista su hermana menor por última vez. Ser la primera víctima lo hizo cometer muchos errores; uno de ellos, escoger a una víctima huérfana, con una sola hermana y muy unidas.
—Kaia Taylor —dice, y sonríe abiertamente, porque ha visto que la reconoce.
Es su compañera de trabajo, la mujer con la que ha discutido una y otra vez por sus constantes ausencias. Las ausencias de Kaia eran siguiendo pistas del paradero de su hermana. La mujer esperó hasta el último momento para encontrar a su hermana con vida.
—Maldita perra —Jules sonríe y sale del lugar, dando la orden de que sea llevado a prisión.
Saliendo de la sala de interrogatorios, Jules se preguntaba cuántos extranjeros había en la isla y qué posibilidades había de encontrar a esa lady y al americano. Ingresa a su oficina y se sienta pesadamente; solo Filippo Russo y él saben lo del pequeño extraviado. El hombre no desea estresar a su hijo; las posibilidades de encontrar al niño son una en un millón. Ese millón, solo si la pareja desconoce a quién tiene en sus manos.
Al otro extremo de la isla, muy cerca de la cabaña de los Bern's, una pareja y un pequeño caminaban por la playa. Rose e Izan, de 22 y 27 años, respectivamente. Al pequeño lo habían llamado Mylan, aunque desconocían de dónde venía. Rose Mackay había llegado a la isla para acompañar a su novio, con problemas de adicción a las drogas y al alcohol. El amor que le profesaba era tan grande que se negaba a permitir que esos dos elementos se lo arrebataran.
Mientras Izan, su novio, estaba recluido, ella trabajaba como restauradora en el museo de la isla. No tenía muchos amigos, menos conocidos; la idea de que fuera asociada con su abuela la aterrorizaba, pues, de saber su paradero, ellos vendrían en su búsqueda. Todo iba de maravillas; ella vivía en un hostal pequeño que no pedía mayores detalles sobre sus huéspedes. Contaba con los servicios básicos y era aseado, dos cosas importantes para Rose.
Su novio tenía problemas de memoria, una vez tomaba, y solía tener lagunas mentales y deambular por días lejos de su familia. Eran ello y su adicción lo que a su abuela temía; un hombre con esas dos características era un peligro para él y para ella. Todo estaba yendo tan bien, que incluso hablaban de volver. Hasta ese fatídico día en que Izan llevó un bebé de unos meses de nacido.
Rose tuvo trabajo excesivo en el museo, llegando ese viernes en las horas de la noche. Ella jamás iba a la fundación; Izan le decía que estaba prohibido, y que, por su rendimiento, él podía salir los fines de semana a verla. Se encontró a Izan acostado en la cama y con un bebé de meses. No recordaba de dónde lo había sacado; lo trajo con pañales, bolso, ropa, y hasta biberón, lo que le daba una idea de que fue entregado por su madre o algún familiar.
En adelante, y por más de un año, han intentado de todo para salir de ese problema, hasta la regresión en búsqueda de respuestas, sin éxito alguno. Próximo a cumplir dos años, el pequeño Mylan empezaba a dar sus primeras palabras y a reconocerlos como papá y mamá.
Ellos debían volver a Escocia y enfrentar a su abuela; Izan era un hombre nuevo y podría seguir con el tratamiento en Escocia. Aceptaba que se había encariñado con el niño, y que la idea de dejarlo le arrugaba el corazón, pero no tenían papeles para sacarlo del país.
—Iré a la estación —le dice, rompiendo el silencio. —Explicaré lo que ocurrió y diré que lo queremos adoptar.
—Rose, sabes que podemos ir a prisión —murmura un Izan preocupado. —Nos dirán por qué lo escondimos y solo hasta ahora hablamos.
Porque tú no has querido entregarlo, quiso decirle.
Él se niega a darlo porque insiste en que quizás alguien vendrá por él. Insiste en que algún amigo le dio al pequeño, y llegará a buscarlo en cualquier momento.
Ella pensaba algo muy distinto; muy seguramente fue una madre quien entregó el niño a su novio. Izan era elegante, de buena familia y modales, por lo que la madre del pequeño supo que estaría bien.
—Podemos darle el apellido y que sea nuestro hijo; le diremos a tu abuela que por eso nos fugamos —niega con vehemencia; no fue educada para mentir, menos a la única familia que tiene. —Nos aceptará rápidamente, Rose; el pequeño nos ayudaría, y le daríamos un hogar.
Siempre se le dijo que tenía que decir la verdad, al precio que sea. De ninguna manera mentiría a sus abuelos; de saberse la verdad, se prestaría para creer que lo hace por la herencia o el título, y ambas cosas las odia.
—Mami —el pequeño se atraviesa y le impide seguir, alzando los brazos hacia ella. —Rose —corrige, y sonríe.
Por más que ha intentado que no le diga "mami" y sí "Rose", le es imposible. Acepta que su corazón late emocionado cada vez que el niño le llama así, pero no puede evitar sentirse mal por él. Quizás tenga una familia que lo busca.
Su rostro redondo se ilumina al hacerlo, mientras que sus labios rosados se curvan en una sonrisa. Una parte de ella piensa que fue abandonado por sus padres, y la otra, al ver sus rasgos finos, le dice que quizás fue lo contrario: alguien se lo arrebató a sus padres y se lo dio a un hombre que deambulaba por las calles. Él pudo tener una recaída, bebió, y se olvidó de lo que hizo.
—Estás cansado, precioso; mejor vamos a casa, es hora de la siesta. ¿Vienes? —Izan niega, y ella no le hace preguntas.
No es la primera vez que tienen esa plática; para Izan, la llegada del pequeño no es casualidad. Fue la manera que tuvieron sus padres para unirlos desde el cielo, pero ella tenía sus dudas.
—Caminaré un poco más —está ensimismado y empieza a alejarse de ella, sin decir algo más.
Rose no hace preguntas y, con el pequeño en brazos, balbuceando su nombre, se acerca a la cabaña que Izan había conseguido. Trabaja con una familia como contador, y le tenían mucho cariño. Le iba relativamente bien, a tal punto que no quiso que ella trabajara más y se quedara cuidando al pequeño.
Una vez en los dominios de la cabaña, deja al pequeño en el jardín de margaritas y se acerca al buzón. Izan es el que se encarga de esas cosas, incluso de las facturas; suele aburrirse en ese lugar y ha optado por restaurar el viejo lugar. Era restauradora, como su abuela, y llevaba el mismo nombre y apellido. Su abuela era una celebridad en su país, por lo que, al dar su nombre, sabrían que eran familia; algunos hasta decían que se parecían.
Abre la urna y saca de ella los sobres, y el viento tira su cabello hacia delante, tumbando en el proceso algunos sobres. El pequeño Mylan toma uno y se lo lleva a ella, luego va en búsqueda de otro y otro. Para él, es un juego entre él y el viento, por lo que llega a alejarse en búsqueda de un último sobre, y obliga a Rose a seguirle.
—Necesito al niño —susurra una voz, y eso la hace frenar; toma al pequeño en brazos y se oculta detrás de la casa.
—Dijiste que podría quedármelo; ella se está encariñando con él —es Izan, piensa, confundida, sin entender qué sucede. —La he soportado mucho como para que ahora me digas que no se puede.
Lo que escucha la hace apoyarse del todo en los árboles. Cuenta, entre risas, que jamás ha tenido problemas de bebida o de alcohol; traerla a ese lugar tenía como único fin alejarla de sus abuelos. La herencia que los ancianos manejaban, y que, hasta el momento, se había convertido en su mayor desgracia. Perdió a su madre y padre, a su hermano, y el único hombre que la ha amado está en coma desde hace tiempo por ese dinero. Odia el título que ostenta, tanto como el dinero que por años le han querido arrebatar, y hoy detesta ambas cosas aún más.
—La policía está buscándolo; los Russo ya saben que tienen un nieto —reconoce esa voz de un lugar, el marcado acento escocés y el arrastre de las palabras; ella ha escuchado esa voz. —No deseas a Filippo Russo de enemigo; es mejor matar al niño. En cuanto a esa bipolar... hazle un hijo, y así será mejor que uno adoptado; la vieja no podrá negarse a dar el dinero.
Lo siguiente no lo escuchó; tomó al pequeño en brazos y corrió a la vía. La risa del niño, pues creía que era uno de sus juegos, hizo que su corazón se arrugara. No quería alejarse de él; Izan tenía razón: le había tomado cariño, y hasta llegó a pensar, por un momento, que el pequeño había llegado a su vida como una señal del destino. Abre los brazos a un BMW negro que viene en su dirección, y el auto frena justo a sus pies.
Rodea el vehículo y, con lágrimas en los ojos, le ruega al hombre que la acerque a la mansión Russo o a la empresa. Presa del pánico, mira hacia atrás, y el hombre rubio hace lo mismo, entendiendo que alguien la está persiguiendo.
—Entre —le dice, abriéndole la puerta, y obedece rápidamente. —¿Necesita algo?
La pregunta la toma por sorpresa, y mira en dirección al rubio de ojos azules, que le sonríe; debe tener casi la edad de ella, 22 años, y su rostro risueño la calma en segundos.
—Soy Gadien, y rescatar a madres en problemas es mi especialidad —su marcado acento escocés la hace respirar aliviada, y ríe junto con él.
Es como estar en casa; no pensó que había extrañado tanto Escocia hasta ese instante.
—No es mi hijo —corrige, y le cuenta lo que hasta el momento sabía del pequeño.
El chico la escucha en silencio; luego de lo cual, le marca por móvil a quien dice es su jefe, y descubre que es un padre que se llama Gael. Los pormenores de su desgracia son la palestra pública, y está frente al enorme edificio. Le comenta que no se preocupe, que, si no le dan solución, irán a la policía, y que su padre y él son abogados.
—Es aquí —dice, saliendo del vehículo para luego ayudarla a hacerlo a ella. —Papá siempre ha querido comprar un yate; creo que esto lo considerará una señal, y estos son los mejores. ¿Eres de Escocia?
—Yo... Sí, Rose Mackay —no puede estrechar su mano, porque aún tiene al pequeño en brazos, y el hombre sonríe.
—Lady Mackay, he oído de ti —no lo dudaba, piensa la mujer, con el rostro bajo.
Su desaparición hace unos meses o la muerte de sus padres hace dos décadas. Toda su vida la ha perseguido la desgracia, a tal punto que piensa que la felicidad no se hizo para ella. Existe la creencia de que algunas almas nacieron para estar pocos años en este mundo, y empieza a creer que es una de ellas.
(...)
Una vez que termina su relato, observa al hombre, cuyo parecido con el pequeño es sorprendente, aunque anciano. Tiene al pequeño en brazos, que observa con curiosidad, y Mylan hace lo propio. No puede evitar sonreír al ver que, siempre sí, Mylan tiene una familia, papá y mamá. Se ha presentado como Filippo Russo, abuelo del pequeño, y su padre está por fuera, de luna de miel. Cierra los ojos y traga, en espera de que diga que llamará a las autoridades; sin embargo, lo que sale de sus labios la sorprende.
—¿Deseas llamar a alguien? —confundida, lo mira, sin entender, y extiende hacia ella el último sobre que el pequeño correteaba.
Lo primero que ve es la distinguida letra de su abuelo y el sello del anillo familiar. La misiva tiene la dirección de la casa de Izan Saywell y fue reenviada a la isla. Rasga con dedos temblorosos, mientras escucha al hombre hablar por teléfono, solicitando a alguien una prueba de ADN urgente.
—Mami, Iza —canturrea el pequeño, y empieza a leer; reconoce la letra de su abuelo.
Querida Rose,
Cuando estas letras lleguen a ti, quizás sea demasiado tarde; yo habré partido a una mejor vida. Porque ese es el sueño de cualquier devoto católico: ir al paraíso. Quiero creer que he sido un buen ser humano y me iré a ese lugar; si no es así, confío en que pueda apelar esa decisión.
Habré intentado esperarte y decirte estas palabras en persona; fuiste lo mejor que nos ha pasado a tu abuela y a mí. Que mi mayor deseo es que estés allí cuando parta de este mundo, y que cuides a mi Rose...
Detengo mi lectura al ver que el hombre se detiene frente a mí, y que el pequeño está inquieto. Necesito explicar lo que sucedió, que yo no sabía que Mylan era de una familia tan poderosa.
—Le juro que me acabo de enterar; yo no sabía que Mylan tenía un hogar... Fui engañada. ¿Estoy en problemas? —pregunta.
Lo último que leyó es que está a punto de ser refrendada como agresora sexual. Izan era acusado de llevarse de Escocia un grupo de menores de edad; al huir ella con él, se le considera cómplice.
—No, en realidad; todo lo contrario. Si es nuestro nieto, usted lo ha cuidado todo este tiempo. ¿Qué desea? —alza la mirada y se encuentra con dos pares de ojos observándola, y niega.
—Nada; solo saber que sí es su familia y volver a casa —alza la misiva, y el hombre asiente. —Mi abuelo está enfermo y desea verme.
—En ese caso, se irá en el primer vuelo, y, al llegar a casa, sabrá si es o no un Russo. Pero le aseguro que, por lo que veo, me dice que sí —le asegura que no pasará a la policía; le evitará rendir declaración.
Agradece el gesto; llegar a la policía y rendir declaración es que allí encuentren que tiene problemas en Edimburgo. En las siguientes horas, y mientras espera con un escolta que el señor Russo le ha enviado para protegerla y asegurarse de que salga de la isla sin problemas, llama a su abuela, quien le dice que su abuelo está mal, pero que aún está con vida. Tiene a los mejores abogados esperándola para que se entregue, y no se preocupe; no está sola. No importa lo que se le ha dicho, jamás lo estará.
Una vez que llega a su país, la recibe su abuela, y se entera de que el pequeño sí es un Russo, y, en una muestra de agradecimiento, no levantarán cargos en su contra.
Nota aclaratoria
Rose Mackay es la protagonista de Una Rosa en mi invierno.
Su historia no será ampliada aquí, y solo necesitaba que entendieran el porqué de su aspecto en la siguiente historia. Además, no escribiré o ampliaré más este suceso allá; será comentado de manera fugaz.
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