Capítulo 39
San Juan de los Vientos,
Dos semanas después
Alana
Las siguientes dos semanas estuvimos fuera de la isla; ambos necesitábamos ese espacio de paz y tranquilidad. Me senté con Axel, narrándole lo sucedido ese mismo día. Ángelo y Noah también fueron bastante gráficos en los detalles. Jamás creí a Kai capaz de un acto así, y menos de aceptarlo delante de todos o culparme a mí por ello.
Jamás llegas a conocer realmente a las personas, y Ángelo fue tajante en decir que la imagen que yo tenía de Kai estaba lejos de ser la correcta. Estábamos en el aeropuerto de Florida; Axel tenía que pasar por la capital del país para hablar con un posible cliente. En estos momentos, hablaba por teléfono, bastante tiempo en línea; no parecían malas noticias, se notaba relajado.
Cuelga la llamada, se sienta a mi lado, toma mis manos y las entrelaza con las mías. El Axel que tengo hoy en día es un hombre maravilloso, divertido, y que se trazó como meta que mis sueños volvieran a ser relajantes, con él como protagonista. Aún seguía teniendo pesadillas; estas persistían y se negaban a irse, pero tenía a mi mejor atrapasueños.
—¿Todo bien? —le pregunto, al verle mirar a los pasajeros con detenimiento.
—Papá necesita vernos —cuenta, sin verme. —No quiso decirme qué ocurre; se escuchaba contento.
—¿Crees que es por tu tío? —Nos habían contado que Interpol le había dado circular roja, y los Russo ofrecían una recompensa por quien diera su paradero.
—Él fue capturado, cariño —mira a nuestro alrededor y suelta el aire. —Mi madre está realmente mal.
Sé que en su mente hay conflictos: una parte de él debe estar aliviada porque su pesadilla llegó a su fin, y la otra está preocupada por su madre. Era su hermano; el tipo era su tío, con vínculos con la mafia o no, eran familia.
—¿Qué hacemos? Si deseas, yo voy a esa reunión, y tú vas con tu padre —niega, encogiéndose de hombros, y mira la hora.
—No, señora Russo; Filippo Russo fue enfático en decir que nos quiere a los dos allí —dice, acercándome a él. —Además, ni loco la dejaría a usted sola.
—¿No tendremos escoltas?
En realidad, estos me caían realmente mal; eran toscos, groseros, y daban la impresión de que fuéramos nosotros sus empleados y no todo lo contrario. Ríe y me dice que sí, pero que ya no a estos. Cualquiera podría ser mejor; por lo menos, era lo que yo pensaba.
Entramos al avión en medio de mis recuerdos. Axel me había comentado sobre Charlotte; nunca hubiera asociado a esta mujer con la novia de Liam en la universidad. La mujer que quiso con locura y por la que llegó a enfrentar a mi padre; la vi en un par de ocasiones, sin embargo, conocía los detalles de esa relación.
Mi padre siempre decía que mi hermano había cambiado al tenerla a ella, y yo nunca vi lo extraño. Liam siempre fue un ogro y malhumorado conmigo; rara vez socializaba con sus conquistas, y con la única que llegué a tratar fue a Caitín. Recuerdo, como si fuera ayer, la acalorada discusión con papá porque le encontró un cigarro de marihuana y este decirle que era de su novia.
—¿En qué piensas? —pregunta, al verme en silencio.
—En Charlotte, en que jamás la asocié con la chica de cabello castaño y ojos verdes, pocos pechos y nada de trasero —Axel niega y alza una ceja, divertido.
Sin decirme lo que piensa, sé que es: yo fui una igual a ella; yo no me metí nada en mis senos o trasero, el mío era original.
—No me metí nada en mi cuerpo; todo lo contrario, me saqué el exceso —me defiendo, y bufa.
En ese punto, soy consciente de que se vio mal mi comentario, pero no hay mucho por hacer. Me cuenta que, al llegar a Sicilia, se hizo novia de un hombre importante allí, quien cumplió todos sus caprichos. Pensaba que, al vivir en otro país y con una nueva vida, su pasado no la perseguiría, pero no fue así. Fue rechazada por la madre de su novio.
—Fiama Lepore Caccini es una mujer de estrato social alto; jamás dejaría a sus hijos casarse con alguien de otra condición social, y menos con problemas con la justicia —cuenta, sonriente, y se encoge de hombros. —La conocí hace un par de meses; jamás los traté.
Imaginaba que formaba parte de las personas que su padre insistía en que su hijo no tratara. Por ello, no quería a Caitín en su vida; él, más que nadie, sabía a qué se dedicaban Camila y Franchesco Mancini; lógicamente, no podía decirlo sin dar el detalle de lo que realmente eran.
—Pensé que eso no se usaba; tu padre me hizo aterrizar —ambos reímos, pese a que, en su momento, llegó a molestarme.
—No era por ser humilde, que no lo eres...
—Por Liam, y que me creía delincuente; lo recuerdo —interrumpo.
—Será mejor si cambiamos de tema —muy de acuerdo; hablar de nuestras diferencias me hace recordar todo el mal rato que pasé. —Tenemos una casa que decorar.
Hablaba en serio cuando le dije lo de la decoración del penthouse; por fortuna, a él no parecía molestarle. Las siguientes horas de vuelo, él se quedó dormido, mientras yo lo contemplaba dormir. Había algo mágico en ese gesto; sus pestañas oscuras y su rostro relajado me impedían no ver en otra dirección.
Llamaba la atención en los lugares a los que íbamos, algo que llegaba a fastidiarme las primeras veces. Con el tiempo, me fui acostumbrando, cuando me di cuenta de que trataba a todos por igual y sonreía a todos por igual. No obstante, cuando su mirada cruzaba la mía, era distinta, o eso pensaba.
(...)
—¿Crees que sea una fiesta sorpresa? —pregunto, por enésima vez, la posibilidad número diez mil que se me ha ocurrido.
Realmente, el misterio de que teníamos que vernos, y que fuera en el penthouse, hacía todo misterioso. Muerdo mi labio inferior a medida que los números van subiendo, y suelto el aire al ver que nos hemos detenido.
Las puertas del ascensor se abren, y el primero en recibirnos es una figura pequeña, envuelta en unos vaqueros diminutos y una camisa de manga corta blanca. Tiene el cabello oscuro y unos ojos grises que he visto solo en dos personas: Filippo y Axel Russo.
Nuestro visitante está solo; no hay rastro de nadie, y sus pequeños ojos se han quedado viendo de más a Axel. Miro en dirección a Axel, quien está igual de estupefacto, pero con la diferencia de que su pulso está temblando.
—¿Rose? —pregunta el pequeño, a uno y a otro. Su barbilla empieza a temblar, y, en nada, ese gesto se convierte en llanto.
—Creo que la sorpresa se despertó antes de tiempo —Agnes Russo toma en brazos al pequeño, que se retuerce con violencia mientras llama a "Rose".
Así nos enteramos de quién es: hijo de Rebeca Wood y Axel. Una pareja lo cuidó un año y más, y lo llamaron Mylan. No estaba registrado ni bautizado; la realidad es que lo trajo una chica, quien dijo no saber de quién era el niño y que solo se había enterado hace unas horas. Su novio tenía problemas con las drogas y llegaron a la isla para desintoxicarse. Una noche, llegó a casa y encontró que tenía a ese pequeño, con todo lo que un niño necesita, y sin tener idea de cómo o dónde lo obtuvo (supuestamente).
—Izan Saywell y ella se llama Rose Mackay —nos dice el señor Russo, y ni Axel ni yo los recordamos.
El que sí conozco es el nombre de la mujer; sin embargo, la recuerdo como una mujer octogenaria, anticuaria, y una de las mejores restauradoras de arte de toda Escocia: Lady Mackay, aunque el título que ostenta no tiene valor alguno, y ella misma lo recalca, pues viene con los terrenos de su mansión.
—¿Seguro que estaba con la hermana Carmen? —pregunta Axel, y su padre guarda silencio.
Es lo que la chica le había contado, o, por lo menos, la historia con la que fue traída a la isla. Aseguraba que fue engañada y alejada de su abuela, la mujer que era la albacea del dinero heredado por sus padres, quienes habían muerto en un accidente.
La historia tenía demasiadas preguntas, y nosotros, poco tiempo, pues el pequeño seguía llorando a "Rose". Axel estaba pálido y lejos de su hijo, quien lo veía con las cejas oscuras juntas y gimoteando.
—Creo que debes cargarlo —le digo, y me queda viendo, asustado. —Eres su padre, Axel; hasta él ve lo similares que son.
No me sentía molesta; todo lo contrario, amaba la sola idea de que el pequeño cayera en las manos de esa chica, quien, al ver el peligro, lo llevó a su familia.
—¿Dónde está la chica? —pregunta Axel. —Quizás ella lo pueda calmar, estar con él mientras se calma y se adapta a nosotros.
Sus padres se miran entre sí, y soy yo quien decide tomar en brazos al pequeño. Mi experiencia con los niños se resume al pequeño Liam, y en dosis de dos o tres horas. Algo me dice que con Mylan y yo viviremos el resto de la vida juntos.
—¿Tienes hambre? —pregunto, tomando sus manos y besándolas. —Yo soy Alana, y él es Axel... tu papá.
Señalo al mencionado, quien aguanta la respiración, observando al pequeño, que suspira y solloza cada vez menos. Los padres de Axel nos dicen que llevan con él cuatro días, y que la realidad es que la chica fue devuelta a Escocia; tenía problemas con la justicia, y, de quedarse allí, tendría que explicar los detalles del niño.
—Fue un favor que sus abuelos me pidieron, y que no pude negarme —aclara el señor Filippo. —No, cuando los exámenes nos dijeron que es un Russo.
—Rose —llora el pequeño, y Axel y yo nos miramos. —Mami Rose...
—Ven aquí —le dice Axel, por fin tomándolo en brazos. —Iremos a dar un paseo.
El silencio fue instantáneo, y no porque el pequeño estuviera feliz; básicamente, era porque estaba tan intrigado y asustado como Axel. El embarazo te da la oportunidad de acostumbrarte a la idea de que serás padre, pero esta situación era distinta; teníamos a un pequeño de casi dos años, que lloraba por la única madre que conocía.
La que hacía de mamá estaba siendo juzgada en estos momentos en su país, y el que fingía como padre, estaba huyendo. Sin dudas, el pequeño contó con suerte al caer en manos de la tal Rose, quien, de los dos personajes, era de más valores.
Axel
El llanto era desgarrador, y, por más que intentaba calmarlo, me era difícil entender qué le sucedía. Axel Russo tenía un hijo, y no sabía cómo carajos calmarlo.
—Si tuvieras quince años, te daría dinero, y tú solito irías a comprar juguetes —empiezo a hablar, mientras él me mira con sus ojos y nariz roja. —Una bici o un videojuego —sigo diciendo, notando que se ha calmado y me mira. —No me gusta tu nombre, "Mylan"; tienes cara de llamarte Ángelo. ¿Te gusta Ángelo?
—Sí —responde, y asiento, como si en verdad él pudiera entenderme.
—Bien, tu nombre será Ángelo Russo Parissi, porque la desquiciada que nos ha dejado tirados y hambrientos es tu mamá —digo, apoyando un dedo en su pecho, y ríe. —¿Quieres comer un helado? Después te explico aquello del dulce, el frío o las caries.
Me acerco a un vendedor y le compro un helado, que dejo en sus manos. Mientras pago, descubro, una vez que lo he hecho, que lo devora rápidamente.
—Somos un fracaso como padres... solo tenías hambre —tiene la nariz metida en el helado y me ignora completamente.
Necesitamos comprar cuna, ropa, y adecuar un cuarto donde dormirá. No tengo idea de sus gustos o si es alérgico a algo. Odio que mi padre desechara a la chica de esa manera, cuando es obvio que él está encariñado con ella. Sin dudas, tenerla allí hubiera ayudado un poco, mientras él se acostumbraba a nosotros.
Zack quería deshacerse de él; eso había escuchado Rose, y, según ella, por eso se trajo al niño, al saber que era hijo de uno de los Russo.
—No le des helado, Axel —la voz de Alana nos hace girar, y ambos tenemos un rostro de "nos han pillado".
Con los brazos en jarras, y pendiendo de uno de sus brazos lo que imagino es nuestra comida, nos mira con reproche. La he hablado tantas veces de ella, que imagino que por eso se ha grabado su nombre.
—Alana —canturrea, y el enojo de ella baja al escucharlo pronunciar su nombre y extender el helado hacia ella.
—¿Me estás sobornando? —pregunta, indignada, y el pequeño sonríe.
Mira hacia mí, en búsqueda de una explicación por la cual lo que hace está mal, y tomo su rostro entre mis manos. "Mi hijo", pienso, al ver una parte de mí allí, y viene a mi mente las palabras de su madre.
«—Mi nombre es Rebeca; se supone que debo embarazarme».
La chica dijo que se lo habían entregado de cuatro meses, sin documentos, nombres, o algo que le dijera de dónde venía. Su novio tenía problemas de memoria, una vez tomaba, y pensó que su madre lo había abandonado. No lo entregó a la policía, porque el tal Izan le dijo que quizás se lo dieron a guardar, y, si lo llevaban a la policía, el pequeño pasaría a manos de servicios sociales, haciendo imposible que su familia lo encontrara.
—Creo que es hora de redecorar esa casa —dice Alana, tomando al pequeño en brazos. —Comprar una cuna, ropa, y muchos juguetes.
Besa sus mejillas y luego su cuello, haciendo que el pequeño, ría por primera vez, fuerte, y ambos nos quedamos contemplándolo hacerlo. Una parte de mí saltó emocionada al ver en ese gesto una gran similitud conmigo.
—Sé que no era lo planeado, y que no es tu sangre...
—Es mi sangre —me interrumpe, y lo mira mientras saborea su helado por primera vez, tranquilo. —Definitivamente, es mi sangre.
La amé más por aquello, porque no tenía por qué adoptarlo como hijo, o acompañarme a comprar la cuna, escoger el decorado de la habitación, o su ropa. Fue ella la que se le ocurrió dejarlo a él en el piso de la habitación, atiborrada de cunas y juguetes.
—Tomará el juguete que más le guste; irá a la cama que más le llame la atención —fue así como escogió un elegante gris y una ballena casi de su tamaño, y llevó a cada uno a una cama en forma de Lamborghini amarillo, y no pude evitar reír al ver que, hasta en eso, teníamos los mismos gustos.
—¿Te gusta? —pregunto, al ver que se abraza al muñeco y cierra los ojos.
—Creo que eso es un sí —responde Alana, y sonrío. —Podemos entrar a casa y decorar con él dentro; creo que el paisaje ayudará —asiento y avanzo hacia él, tomándolo en brazos. —No podré trabajar; él no debe estar solo, necesita adaptarse, Axel...
Le doy la dirección de la antigua casa de los Mancini, entrego la tarjeta, y lo observo cabecear en mi cuello. Ella tiene razón; de momento, solo tenemos la declaración de esa mujer, y desconocemos si es verdad o solo lo dijo para salir airosa de todo.
—Hablaré con mi padre; los llevo al edificio, tengo algo que hacer.
No me hace preguntas, y eso me hace respirar aliviado, porque me ha evitado mentirle. De camino al lugar a donde me dirijo, le marco a varios decoradores y hasta a un camión de mudanzas. Una vez que tengo todo planeado, le marco al capitán y solicito la visita.
Desde que está en prisión, no lo he ido a visitar; el conjunto de eventos que siguieron luego de ello, y lo sucedido con Pilar, me lo impidieron. Hoy, con la certeza de que era un hombre nuevo, y cuyos problemas lo hicieron madurar, necesito hacer esta visita.
En las puertas de la prisión, me espera el capitán, quien me recuerda que solo tengo media hora, pero yo solo necesito un par de minutos. Cruzo la seguridad y avanzo hacia una habitación pequeña; me dicen que se le ha dicho que quien lo busca es un familiar, solo por eso aceptó la visita.
Llego hasta una reja, y lo veo detrás de ella, en medio del lugar, sentado en una silla, y la cabeza apuntando al techo. El ruido estridente de las rejas abrirse lo hacen alzar la mirada, y, una vez que me ve, su sonrisa se amplía.
—Sé a qué vienes —alza el dedo índice hacia mí, sin dejar de sonreír. —Pero ya le dije a ese capitán: ese niño jamás existió; haz de cuenta que está muerto.
Intento encontrar algún rastro de mi compañero de aventuras, de juerga, y de lágrimas. Me es imposible asociar a ese hombre, que me mira con rostro amargo y con rabia, con ese chico risueño, cuya adoración por su madre me era digna de envidia. El que me dijo que dejara de llorar por Caitín, cuando tenía a alguien como Alana para seguir adelante.
—No vengo a eso —hablo, al fin. —No había tenido la oportunidad de verte; he tenido los días un poco... ocupados —recalco esto último.
—Lo imagino —sonríe, con sorna, y asiento.
—Quería despedirme, y decirte que, pese a lo que crees, no te guardo rencor —alza una ceja, divertido, y saco del bolsillo el móvil, que extiendo hacia él. —Te presento a Ángelo Russo Parissi; gracias por pagar a alguien por cuidarlo... Yo sabía que no eras tan malo, después de todo.
Salgo de allí, sin esperar sus respuestas, ignorando sus insultos, gritos, o amenazas. Tengo una vida que pretendo vivir plenamente, una mujer a quien amar, y un hijo, a quien mi deseo es ser un ejemplo y modelo a seguir. De camino a casa, recibo la llamada de mi padre y la levanto, descuidado.
—La chica intentó suicidarse —suelta, y guardo silencio. —Su abuelo murió ayer, y hoy la ficharon como agresora sexual.
—¿Rose?
—Sí.
—¿Cómo está ella? ¿Hay algo que podamos hacer? —Papá sonríe, antes de responderme.
—Lo único que puede ayudarle es encontrar a Izan Saywell, y que este diga la verdad. Su abuela la encontró a tiempo, y fue llevada a una clínica; estará en tratamiento. Entregar al pequeño, la traición de su novio, y todo lo demás la superó —cuelgo la llamada y entro al ascensor, intentando encontrar una manera de ayudarla.
Entro a un apartamento iluminado, y el silencio reina en el lugar; hay varios juguetes aquí y allá. Una vez en la puerta de mi habitación, contemplo la escena que hay ante mí. Alana está dormida, y el pequeño está acostado en su dorso, mientras la laptop suena una canción infantil.
—¿Dónde estuviste todo este tiempo? —pregunto, mirando al pequeño dormir. —¿Qué te hicieron?
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