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Capítulo 41

Axel

San Juan de los Vientos

Ser padre no es fácil; cinco palabras que escuchas siempre, pero que jamás tienen sentido hasta que te toca. Nuestra vida había cambiado considerablemente, pero no nos quejamos. Todos los que tenían que pagar por lo que nos sucedió lo hacían; lo demás era cuestión de adaptarse y paciencia.

El pequeño no entiende por qué lo llamamos Ángelo; por más que hemos intentado, nos ha sido difícil. Sigue llorando de vez en cuando por "Rose", la chica que está recluida en una clínica de reposo en Edimburgo, la única madre que el pequeño conocía.

Vivíamos en la casa de los padres de Pilar. Alana no quería vivir allí; aseguraba que no era segura, y el mismo Ángelo le dio la razón al intentar buscar apoyo. Según él, hay sitios por los que podrían entrar desde todos lados, incluso desde el mar. Sin embargo, es un lugar hermoso, y al pequeño le gusta, lo que nos permite deducir que vivió cerca del mar.

Alzo la cabeza al escuchar el ruido y observo a Alana vestirse en silencio. Apoyo de nuevo la cabeza en la almohada; había olvidado esa reunión.

—Buenos días, cielo —saluda, y guardo silencio. —Se ve mal si no voy, Axel.

—Igual si vas sola, cara —vuelvo a insistir. —No es que me interese ir a ese sitio con ellos, pero estoy más tranquilo si voy contigo.

Ese sábado estamos solos él y yo, pues Alana tenía una invitación de Santana y los chicos del astillero. Ha sido bastante discutido desde el día que recibió la invitación: ella sola y temprano. Se negaba a que Perxi fuera con ella, por ser el hombre de mal carácter y ceño fruncido.

—No podemos ir con Ángelo porque tú no quieres que lo vean —me recuerda. —La niñera viene hoy, y solo serán dos horas.

Está sentada frente al espejo y se cepilla el cabello, mientras me mira por el reflejo del espejo. Hemos discutido tanto esa reunión que estoy llegando al límite, y decido darle punto final a este tema.

—Vas con Perxi —ordeno, levantándome de la cama, y deja de cepillarse para verme enojada.

—Pero...

—Vas con Perxi —hablo, ya de mal humor, y tira el cepillo al tocador y gira, ya exaltada. —No habrá discusión: sales de esta casa con Perxi, con Ángelo y conmigo, o no sales... Fin de la discusión.

No hay manera de que ella salga de la casa sola, y papá asegura que el italiano, si bien es de mal carácter, es el mejor.

—Es malgeniado, Axel; no se puede tener una conversación con él...

—¿Te ha faltado el respeto?

—¡No!

—¿Te ha tocado o mirado de manera inapropiada? ¿Ha hecho mal su trabajo?

—No, no es eso, Axel...

—¡Perfecto! Porque esas son las únicas virtudes que me interesan en Perxi —tomo el móvil y le marco al mencionado. —Mi esposa saldrá en media hora; no la pierdas de vista. Te quiero respirándole en las orejas.

La risa del otro lado me hace mirarla a ella y niego, hastiado; parece que ser molesto con ella es solo para hacerla enojar. Me mira por el espejo, sus ojos lanzan chispas, y le hago un guiño, mientras ella solo me muestra el dedo índice.

—¿Ella lo sabe? Porque no soy su persona favorita.

—Al astillero, Perxi; no me falles —cuelgo y entro al baño. Cuando salgo, no hay señales de ella.

Pero la escucho en el cuarto del bebé. ¿Quién dijo que estar casado era fácil? Observo mi reflejo en el espejo; observo a un hombre más maduro, cuyos golpes lo han hecho madurar y reflexionar. La experiencia me ha hecho un hombre paranoico, y Perxi está aquí por una sola razón: es la cuota italiana en esta historia. Cierro los ojos y empuño las manos con algo de impotencia; por más que desee alejar a mi familia de ellos, me es imposible, no cuando mis padres han pertenecido a ellos. Siento los brazos rodear mi cintura y su cabeza apoyarse en mi espalda.

—Está bien, cariño; iré con Olafo —sonrío, girando para darle un beso en la frente y apoyar mis manos en sus mejillas.

Por un instante, la contemplo sonreírme sin decirme nada, y acaricio con la yema de mis dedos su rostro. Si ella supiera lo importante que es para mí, entendería por qué es ella quien recibe la protección de la camorra y no yo.

—Eres lo más valioso que tengo; intenta entenderlo.

—Detesto tenerlo detrás de mí, mirándome con burla o con fastidio —se queja. —¿Por qué no puede ser uno de sus compañeros?

—Porque es el mejor; hablaré con él, no te preocupes —asiente, y agarro el monitor mientras la acompaño a la salida.

Perxi está a unos metros, cerca del auto, en vaquero y jersey negro. Observa a Alana y luego en mi dirección, y niega sin decir nada. Desconozco las razones por las cuales se comporta con ella de esa manera, pero sé que debe tenerlas. Me quedo allí hasta que el auto se pierde, y solo me muevo cuando escucho el ruido en el monitor.

Ángelo dormía en una de las habitaciones al lado de nosotros para poder escucharle. La buena noticia es que dormía solo, sin problemas, y, salvo una que otra noche en que despertaba llorando, el pequeño dormía tranquilamente.

Lo encuentro en pie en la cuna, con el peluche en forma de ballena en sus manos, observando a todos lados. Una vez que me ve, sonríe y alza sus brazos. Tres meses lleva con nosotros; el pediatra lo encontró bien de salud, tenía el peso y la estatura correctos, y, hasta el momento, no era quisquilloso con la comida. Por medio de la abuela de Rose, supimos que no era alérgico a nada y que tenía las vacunas al día.

—Buenos días, campeón. ¿Te parece si vamos a hacer de comer? —asiente, restregándose los ojos, y voy hacia la cocina. —Hoy vendrá la niñera; tendrás una nueva amiga.

Lo bajo de la cuna y lo tomo de la mano. El pediatra nos ha ayudado mucho; han dicho que no lo limite a la hora de explorar, pero que no lo pierda de vista. Con su alimentación, nos ha dicho que puede comer lo mismo que nosotros, en cantidades pequeñas. Debería comer tres comidas saludables al día, además de uno o dos refrigerios. Puede consumir los mismos alimentos que nosotros. A medida que mejoren sus destrezas sociales y su lenguaje, se volverá un participante activo a la hora de la comida si se le da la oportunidad de comer con todos los demás.

En cuanto a las comidas, fue claro:

- No fije cantidades.

- No convierta la hora de la comida en una batalla.

- Sí preste atención a adoptar hábitos alimenticios saludables, como sentarse en familia a la hora de la comida.

- Sí tomen decisiones sobre alimentos saludables en familia.

Cepillarse los dientes, rasurarme, y hasta bañarse también era importante, no porque me lo dijera el pediatra, sino porque lo recordaba como los hábitos que tenía con papá.

Por último, darle tiempo, hacerle sentir cómodo y amado. Esto último es totalmente fácil; con el pequeño Ángelo, he descubierto una forma distinta de amar. Su llanto me duele de una forma indescriptible, y su tristeza, igual. Los Parissi y mis padres igual lo han adoptado rápidamente; tengo que confesar que se las lleva mejor con el general que con mi padre.

Una vez en la cocina, lo dejo en el buró y voy por las cosas del desayuno. Lo siento justo al lado de un tazón y un paño. Saco la fruta, que voy dejando de forma descuidada junto a él, mientras busco lo que debe comer él. Giro al escucharlo tararear y lo encuentro con una manzana y el paño en sus manos.

Me detengo al darme cuenta de que va limpiando las frutas y dejándolas en el tazón. ¿Sería una costumbre que tenía con la chica? Era muy seguro que fuera así. ¿Cuántas más tenía y que ahora no hacía? Perdió la rutina a la que estaba acostumbrado, rostros, y hasta un ambiente distinto. Por mucho tiempo, me he preguntado quién lo tuvo los cuatro primeros meses y quién lo entregó. Era algo necesario de saber, pero la ausencia de la chica lo hacía imposible, y el tal Izan era un fantasma hasta ahora.

Alza el rostro y me ve, sonriente, tendiéndome una manzana. Apenas ha empezado a hablar, por lo que sus palabras son pequeñas y básicas: Rose, Mamá, Papá, Sí, No, Agua, Iza, y otros monosílabos más.

Siendo Rose e Iza los que más repite y que reconoce como sus padres.

—¿Tienes hambre? Te prepararé el desayuno —le muestro las tostadas, y gira su rostro a un lado, cerrando los ojos. He descubierto que es una negativa para él, y sonrío, dejando todo a un lado. —Debes comer —insisto, ubicando mi rostro para que me vea.

—¡No! —responde, enérgico, y vuelve a mostrar la manzana.

—Eso no es comida —junta las cejas y estira la fruta roja hacia mí, y llora.

—Rose...

¡Perfecto!, pienso, frustrado, y agacho la cabeza.

Cada vez que las cosas no resultan como quiere, llama a la mujer; creo que es su manera de decirnos que el ambiente es nuevo para él.

Me gustaría que él pudiera despedirse de ella como se debe y no ser arrebatado de sus brazos de esa manera. He pensado en viajar a Edimburgo y que ambos se despidan como es debido; quizás a él le sirva verla, y, por qué no, que se sigan viendo. Es un lazo sano que no pretendo quitarle, e imagino que le hace bien.

El móvil suena, y el pequeño se queda observando el aparato vibrar. Tomo la fruta, descuelgo la llamada del capitán Jules, y le saludo al tiempo que lavo, pico, y dejo en un plato en forma de carro, junto con unos cereales. Con un poco de suerte, el pequeño cae en mi trampa. Lo tomo en brazos, dejo la cafetera encendida, y voy hacia la terraza de la casa.

—Señor Russo, lamento molestarlo tan temprano, pero esto es importante —su voz suena agitada. Me siento en una tumbona y pongo al pequeño en mi regazo, que come gustoso la fruta y partes del cereal.

No soy un fracaso después de todo; puedo emplear tácticas de negocios en mi plano familiar y ser igual de exitoso.

—Estoy despierto, oficial. ¿En qué le podemos ayudar? —pregunto, porque siempre suele pedir algo de nosotros.

Últimamente es así, y, dado que mi padre se negó a dar el nombre o cómo encontramos a Ángelo, no tengo de otra más que aceptar todo lo que me pida.

—Señor Russo, solo quería informarle que el señor Zachary Bern's participó en una riña en la cárcel el día de ayer... Murió treinta minutos después, cuando era llevado al hospital —no esperaba una noticia de esa naturaleza. —Él estaba próximo a ser llevado a América, extraditado; estaba en negociaciones para entregar información y reducir así la pena.

Hubo una riña entre los mismos miembros del grupo. Su padre también fue atacado al intentar protegerlo; en estos momentos, se debate entre la vida y la muerte. La noticia me alegra, y que Dios me perdone, porque es un ser humano, pero ojalá y se maten entre ellos. Es, quizás, la mejor manera de librarme de estos guardaespaldas.

—Ajuste de cuentas —sigue diciendo. —Fue un error dejarlos a todos en el mismo lugar. Serán distribuidos en otra prisión, pero no creo que eso los detenga —yo solo contemplo el mar a esa hora, en silencio. La noticia no es del todo mala, pero no dejo de preocuparme por los míos. —Mi teoría es que no desean que lleguen a juicio.

—¿Cree que hay más implicados en esto? —cuestiono, acomodando al pequeño y peinando su cabellera desordenada.

—Todo es posible, señor Russo; esas chicas no llegaron a la isla por teletransportación, y los Seller eran relativamente nuevos aquí... Además, no era la primera vez que hacían ese trabajo; su primo lo dijo.

Solo que daba el milagro, mas no el santo; se negaba a dar mayores detalles, nombres, o lugares. Eso impedía que Perxi y sus hombres se fueran, o que yo iniciara mi vida normal.

—Alguien dentro de mi empresa lo hacía antes —concluyo por él.

—Me temo que sí, pero su primo se niega a dar nombres o cualquier participación de alguien más —el pequeño Ángelo gira su dorso, estirando una mano que sostiene un trozo de manzana.

Sonríe al hacerlo, y acepto, distraído, el trozo de fruta, escuchando a Jules y su teoría, no tan descabellada. Protegían a alguien más importante para el grupo en la isla. Los problemas iniciaron porque se filtró que Zack iba a colaborar en América; eso quería decir que hay algo más gordo que lo que nos pasó a nosotros.

Tenían que proteger su manera de conseguir dinero, porque estar en prisión acarreaba gastos. Según el capitán, eso era un buen motivo para callarse y no querer ayudarnos.

—Si me preguntan, se me ocurre la droga y esas chicas —suelto el aire, agobiado; pensé que la pesadilla había acabado. —La trata de blancas es bastante lucrativa y más fácil de transportar. Siempre hay turistas a todos lados; no es ilegal viajar, señor Russo.

—¿Desea algo de mi empresa? Puedo darle la lista del personal que trabaja directamente con los yates, una vez tocan océano —ofrezco.

Recuerdo la información recaudada cuando Alana fue drogada en ese partido de fútbol, o la hecha por mi padre durante mi secuestro. Ambas tengo en casa; el trabajo realizado por personal privado, antes de capturar a los cinco y a Rodrigo.

—¿Podría pasar por ello hoy mismo?

—Si desea, se lo envío con uno de mis hombres ahora —sugiero, y niega, asegurando que no desea dañar mi seguridad y que en una hora estará aquí.

—Más —bajo el rostro al escuchar aquella voz, y me encuentro con Ángelo mostrándome el plato vacío.

En pijama, con el cabello revuelto y marcas de almohada en la mejilla, descubro que lo saqué de la cama, le di desayuno, sin ir a bañarlo o asearnos. Definitivamente, tengo mucho que aprender, y es que debería existir un manual de cómo ser padre.

Necesitaré al dios Google, como dice Alana, pienso, mientras me levanto junto con él.

—Primero, un baño —me incorporo, y niega, retorciéndose en mis brazos.

—No —dice, y su voz se quiebra. —Más...

—Después del baño, y no estoy dispuesto a negociar —insisto. Llego al cuarto, me desnudo, haciendo lo mismo con él.

Me da la pelea, tomándome por el cabello, tirando de él con fuerza, golpeando mi pecho una y otra vez, haciendo que me desespere. Alana es la que normalmente se ocupa de esos menesteres, pero no es su hijo, sino el mío, y necesito crear vínculos con él. Entro a la ducha con él, aun retorciéndose en mis brazos, y abro la ducha fría, lo que eventualmente lo deja quieto, y se pega a mí, temblando, y yo con la sensación de ser el peor padre del mundo.

—¿Te dejarás bañar? —pregunto, con voz firme, sin quitar la mirada de su cuerpo tembloroso. Aleja su cabeza de mis hombros, mirándome con rostro suplicante. —No puedes golpearme; soy mayor, merezco respeto, y soy tu padre. ¿Entiendes?

OK, esa bolita de carne con ojos grises, rostro redondo, y labios que, en este instante, tiemblan, no me entiende, y quizás mi método fue cruel, pero no encontré otra manera de calmarlo. Hago el cambio de agua, y sonríe; le paso la pastilla de jabón. La frota en sus manos para luego soplar y pasarla por mi mejilla.

—Dios, sí que eres difícil —me quejo, al ver cómo pasa de la rabia a la risa en segundos.

Recuerdo que papá siempre me dice que era un grano en el trasero de pequeño, difícil de comprender. Amenazaba diciendo que pagaría mi mal carácter con un hijo peor que yo.

OK, padre, te estoy pagando con creces.

(...)

Gané una batalla; sonrío al verlo recién bañado, vestido, y comiendo su desayuno. No tengo idea de cómo llamar a lo primero que comió, pero, en este instante, disfrutaba sus tostadas, gustoso. Escucho la puerta abrirse, la voz de Liam saludar a los chicos, y estos al pequeño Liam. Contemplo, expectante, el rostro de mi hijo, que mira hacia la entrada de la cocina con una tostada en la mano y las cejas juntas. Ha escuchado la voz infantil; el pequeño Liam es mayor que él, habla mucho más fluido, y es bastante sonriente (una característica de su tía).

Mientras que mi hijo es malhumorado, tosco, arisco, y nada amable, todas ellas características de un Russo.

Entra a la cocina con ropa deportiva, muy similar a la de su padre, y sonríe hacia mí, gritando un "¡Tío Axel!", al tiempo que ríe y corre en mi dirección, abriendo los brazos. No me da oportunidad de saludar a su padre, porque, en segundos, está sentado en mis piernas y besándome ambas mejillas.

—¿Cómo estás? —le pregunto, una vez que me ha saludado.

—Bien; mamá se quedó con abuela —asiento, y sus ojos miran al frente, lugar donde Ángelo lo observa con curiosidad y enojado.

—Él es tu primo Ángelo; Ángelo, él es Liam, tu primo, y...

—Tu tío Liam —interrumpe el hombre, arrodillándose delante de él y extendiendo su mano. —¿Cómo estás?

Enojado, y qué más, pregunto internamente.

Toma las manos de Liam, pero no quita la mirada en nuestra dirección. Liam intenta hacerle hablar o alejar la vista de nosotros, una idea que le resulta imposible al ver cómo se baja de la silla, con dificultad, y sale despedido en mi dirección.

—Evitemos una guerra —murmura rápidamente Liam, tomando en brazos a su hijo y ocupando Ángelo su lugar. —¿Qué tal te va como padre?

Me encojo de hombros y alcanzo su plato, dejando a un lado el mío. Le resumo la mañana; es decir, que me levanté y le di de comer sin asearlo, y, para bañarlo, tuve que calmarlo con agua fría.

—Recuérdame no dejar a mi hijo en tus manos... —dice, entre risas, y me incorporo para entregarle una taza de café y un plato al pequeño Liam, que mira el de Ángelo con anhelo.

—Eso debiste pensarlo antes de que me dejaras ser su padrino —le recuerdo, sentándome de nuevo. —¿Supiste lo de Zack? —asiente, acariciando la cabeza de su hijo.

—Te debo una disculpa; cometí muchos errores. Soy consciente de que no merezco su perdón, pero te aseguro que lo hice por mi hijo. Gracias por no levantar cargos contra mí.

—Alana nunca lo habría permitido.

Además, no llegó a mayores. Observamos a Ángelo bajarse y subir las escaleras. Estoy por levantarme para ir en su búsqueda, cuando lo veo bajar con dos carros, uno en cada mano, y su ballena.

—Creo que ya fuiste perdonado, Liam; ve con tu primo —le digo al pequeño, que se baja con una tostada en sus manos y corre hacia la sala. —Lo más difícil fue que la policía aceptara —le digo, mirándole, y asiente. —Si los del astillero no hubieran dicho algo... Creo que todo hubiera quedado sin problemas.

Recojo los trastes, los limpio, y los dejo en el lavavajillas, con un Liam mirándome, confundido, y le digo que fue Santana, con todo el resto del grupo, quienes lo vieron llegar al astillero con la carpeta de planos de dragón.

—Jamás fui al astillero, no con ese plano, y con Zachary, menos —es mi turno de estar confundido.

La llegada del oficial nos aleja a ambos de la plática, y le entrego los documentos. Jules decide revisarlos allí, y Liam insiste en que él jamás visitó el astillero.

—Saqué el plano de ese dragón, pero no lo llevé a ningún lado —habla, firme, y lo observo con duda. —No lo hice, Axel; le comenté a Caitín de esa carpeta de planos, y como ella decía que era de la suerte.

—¿Qué sucede? —pregunta el oficial, y ambos lo miramos; no obstante, es Liam quien habla.

—Alana se enteró de la entrega mía a Caitín del plano por parte de sus excompañeros; ellos me aseguran verme entrar con una carpeta de planos exótica de Alana...

—¿No es así? —pregunta, y Liam niega. —¿Quién dice que lo vio?

—Alberto Santana Gómez —doy el nombre completo, al ver que está buscando dentro de las carpetas. —Un día antes del atentado contra Bruno.

El oficial dispersa las carpetas de cualquier manera encima de la mesa del comedor, y un conjunto de carpetas naranjas se esparcen en ella. Toma la que tiene el nombre de Santana y la abre; lee por unos minutos y alza la vista hacia mí.

—Fue el mismo que la asistió el día que la drogaron, y el que le entregó la bolsa con el uniforme —asiento, y sigue leyendo. Una vez que lo hace, toma el móvil y marca a alguien que llama Gaus.

Mientras, Liam no pierde de vista al dúo de nuevos amigos que corretean por toda la casa. Yo no dejo de recordar el día en que Alana fue drogada; respiro e inspiro, descubro que la respuesta siempre estuvo allí, en ese maldito día.

Flashback

Despierto con un dolor de cabeza, y todo me da vueltas. El repiqueteo de mi móvil me hace estirar la mano a un lado de la mesa de noche y descolgar la llamada, sin ver.

—¿Diga? —Quién sea, muérase ahora mismo. ¿Es que no tiene vida?

—Señor Axel, perdón por llamarle —Paola. ¿Ahora qué? —Me dijo que le recordara que tenía que hablar con la señorita Alana hoy.

—¿En serio? No lo recuerdo, Paola, pero gracias de todas maneras...

Tiro de la sábana con violencia a un lado y me levanto, ante el movimiento del yate. Pongo mi mano libre en mi sien, y estoy por colgar, cuando la chica insiste.

—No cuelgue, por favor —resoplo, porque ella hace jodidamente bien su labor.

El día anterior, le dije que me lo hiciera saber, así yo lo olvidara o me pusiera de mal humor. Porque, últimamente, mis estados de ánimo eran una mierda, al igual que mi vida.

—Llamé al astillero; la señorita terminó turno esta mañana, y, en la tarde, tiene un partido de fútbol...

¿Fútbol femenino? No recordaba que tuviéramos personal para esa disciplina; si las mujeres en esa área podrían contarse con los dedos de las manos, y eso si contaba a las secretarias.

—¿Desde cuándo hay fútbol femenino, Paola? —la risita del otro lado me hace alejar el móvil de la oreja e incrementa mi dolor de cabeza.

Morirme y un trago serían, en este instante, perfectamente bien.

—No, señor; ella va a jugar con el equipo de hombres del astillero... Es raro, porque el equipo solo lo conforman soldadores... —no puedo creer que esa mujer no cambiara.

Se supone que, en la edad adulta, tú dejas de hacer ciertas cosas, pero parece que ella no es de esas personas.

—¿Cuántas mujeres hay en ese equipo? —pregunto, con un poco de anhelo en la voz.

No todo podría estar perdido en ella; siempre podría llevarla su padre a un psiquiátrico.

—Solo ella, señor...

—¿Contra quién jugamos?

—Profesores... Señor, recuerde que necesita pareja para la inauguración del hotel del señor Darek Milani —lo recordaba.

Aprieto con fuerza mis manos en los ojos y pienso: ¿Para qué carajos me llega una invitación para ese hotel, cuando ya no tengo nada con ellos? Y ¿por qué para señor y señora Russo? Mis padres no eran, porque a ellos también les llegó invitación. Querían burlarse de mí; era simple.

—¿Señor? —insiste Paola, al notar mi silencio.

—¿A qué hora es ese partido, Paola? Y no te preocupes; tengo con quién ir...

—En media hora, señor —cuelgo la llamada y salgo directo a la ducha.

Alana nunca fue una chica que se regía por los estándares comunes; podría jugar fútbol con hombres, tanto como tenis o golf con mujeres. Solía tener amigos hombres o mujeres, tratarlos de la misma manera, pero ya no era una niña. Veinte minutos después, estoy rumbo a ese partido de fútbol, y, al llegar, me encuentro con que no hay portero. Alana es la única mujer en jugar, y es relativamente pequeña en comparación con los hombres allí.

Enojado, me acerco a Oscar y, tras enfrentarlo, me dice que son las normas. El motivo por el que está dentro del grupo de soldadores no me convence, pero me digo que lo solucionaré más tarde. El partido transcurre en calma; he logrado pasar un día sin pensar en mi vida desastrosa.

—¿Por qué está ella aquí? —le vuelvo a preguntar a Oscar.

—Son las normas, señor; no podemos excluirla —niego, fastidiado, y apunto el dedo índice hacia él. —Ella le dijo a Santana que era buena, y por eso la incluí.

—No la quiero cerca de esos hombres, Oscar; hacen parte del grupo que me traicionó; no lo olvido —el hombre traga, y estoy por ordenar que pediré su traslado para el edificio, cuando los silbidos me hacen girar.

—¡Eso es, Parissi!

Los gritos llamándola me hacen buscarla con la mirada, y la encuentro yendo rumbo al estacionamiento con Santana. No muestra resistencia, pero se ha quitado la blusa y está por quitarse la otra. Corro en dirección a Santana, que la ingresa a un vehículo, y, una vez que me ve, retrocede.

—¿Qué mierda pasa? —increpo al hombre, que está por entrar del lado de ella en el auto. —¿A dónde crees que vas?

Su rostro palidece, y mira a todos lados; en un instante, no dice nada, y lo hago a un lado al ver que ella está inquieta en el vehículo y golpea, desesperada.

—Lo iba a buscar, señor... Ella tuvo una recaída.

¿Perdón?

—¿Qué quieres decir? —tiene los ojos desorbitados, suda intensamente, está llorando, y golpea el vidrio.

En resumen, no se ve bien, y me duele verla en esas condiciones.

—De adolescente, era drogadicta.

La rabia sube a mi cabeza; le arrebato las llaves del auto y voy hacia ella. La tomo en brazos y la llevo hacia mi auto, no sin antes decirle:

—Alana jamás tomó drogas. ¿Qué le diste? —insisto, al ver que ella no parece reaccionar.

—Nada; ella trajo su propia botella. Yo la estuve vigilando, jefe; no tomó nada más que eso —se defiende. —Le dijimos a Oscar que no nos parecía, pero él insistió.

Decido llevarla al yate; ella solo rogaba que no llamaran a sus padres, que la dejaran ir, y que no diría nada.

—Déjame ir, yo... Esta vez no diré nada... No me hagas daño, por favor —rogaba, mientras yo solo intentaba llegar a tiempo, sin problemas. Mi móvil suena, y me encuentro con una llamada de Zack.

—¿Dónde está Alana? —me pregunta, a quemarropa, y la observo llorar.

—¿Cómo sabes que la tengo?

—Santana y los chicos me acaban de llamar; te la llevaste. Tengo ojos y oídos en el astillero. Estoy lejos de casa... No la lleves al hospital; te enviaré a una enfermera para que la asista.

Lo siguiente fue decirle que, igual, no pensaba llevarla a ese lugar, y que era mejor si me enviaba a esa enfermera al puerto. Ella rogaba que no llamaran a sus padres, y pensaba hacerlo; recuerdo que hay un eclipse, y, en esa historia que ella ama...

Fin del Flashback

Voy por el móvil a toda prisa, porque la reunión de Alana con sus compañeros me había tomado por sorpresa. No me gustaba, y se lo hice saber, pero ella insistió. Demasiado temprano, y un sábado; querían algo especial, y que yo no estuviera. Salgo apresurado a la habitación, ante los interrogatorios del capitán y la mirada curiosa de Liam y los niños. Busco el móvil, el contacto de Perxi, porque es él quien me interesa que saque a Alana de ese lugar, y no me contesta.

—¿Qué sucede? —pregunta Liam, entrando minutos después, con la tropa detrás.

—Zack me llamó antes de que yo lo llamara —le digo; sé que no me entiende; es algo que solo entiendo yo. —El día del partido de fútbol, Santana la entró al auto, y, cuando corrí hacia él, me dijo que iba en mi búsqueda.

—¿No es así? —niego, e intento recordar; tenía una jodida cruda ese día, que hay cosas que no recuerdo claramente.

Zack me dijo que Santana le llamó; ese mismo le dijo a Alana, el día que supo que sería trasladada, que era un tipo raro, que visitaba el astillero. Aseguró que nunca lo trataron, pero no es lo que yo recuerdo.

Ambos tomamos a nuestros hijos, y el oficial viene subiendo las escaleras de dos en dos. Una vez que nos ve salir, nos mira a cada uno, y sé que son malas noticias.

—Hubo un tiroteo en el astillero; hay varios heridos y cinco muertos, uno de ellos es una mujer... 

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