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Capítulo 35

San Juan de los Vientos

Axel

Han pasado diez días desde que traje a Alana al hospital; podría decirse que todo alrededor ha tomado su curso, aunque el tío Leonardo sigue sin ser encontrado. Alana fue trasladada a piso; sin embargo, tiene problemas cardíacos y sigue sin despertar. Los estudios sobre lo que le fue suministrado aún no llegan; el laboratorio está repleto, nos dicen que debemos esperar, y Charlotte no quiere colaborar diciendo qué fue lo que le dio a beber.

—Creo que debemos irnos del edificio; ya no es seguro allí —digo, acariciando sus manos. —Charlotte tenía arrendado un apartamento en ese lugar; por eso pudo llegar a ti sin ser vista por los hombres de Ángelo. —Beso su frente, sin dejar de acariciar su mano. Narrar lo sucedido se ha convertido en una rutina: los detalles de mi visita a la hermana Carmen o los partidos de fútbol. —Es hora de formar nuestro hogar; podemos decorar los dos los fines de semana.

No hay respuesta; su rostro luce relajado y sus mejillas, sonrojadas. Acomodo su vestido, porque las enfermeras siempre se quejan de que la dejan con la ropa arrugada. Me gusta creer que soy escuchado; hablar con ella y narrarle las cosas es la mejor manera de no volverme loco.

Ángelo y sus hombres aún siguen en la isla; según él, ha hecho negocios extras allí. No me dio más datos, y tampoco los necesito. Busco la silla más cercana y me siento en ella a contemplarla dormir. Es sábado, y se supone que debería ir a la reunión; la idea de ir y dejarla sola no me agrada, pero me puse por meta seguir con los planes; defraudarla no es una opción.

—Señor Russo, ¿podemos hablar? —la voz de la doctora Freya me hace alejar de la vista perfecta que tengo de mi mujer.

La mujer morena está en la puerta, sonríe hacia un lugar, y regreso la vista al lugar donde la doctora mira, descubriendo que es a la mano que tengo tomada de mi mujer.

—En un instante estoy con usted —respondo, y asiente, cerrando la puerta tras ella. —Ya regreso, preciosa.

Tras besar su frente y cubrirla bien, salgo de la habitación. Me encuentro a Noah en los pasillos; se acerca a la puerta de donde yo he salido y me sonríe. Solo pueden entrar a verla nuestros padres, Ángelo y Kai; el primero rara vez lo hace, y Kai no está en la ciudad; se había ido con sus primos a Tokio por unos días.

Doy dos toques en la puerta, y me indican entrar. Una vez dentro, me encuentro con la doctora y los tres hombres que me presentaron el día que la llevé al hospital; los padres de Alana también están, y los míos.

—Siéntese, por favor —habla, señalando una silla cerca de mi madre.

Me siento al lado de mamá, y ella toma mis manos de manera instantánea, tal como lo hacía en mi niñez; correspondo, entrelazando mis dedos con los suyos. No he hablado con papá; no sé si por falta de tiempo o porque no deseo saber más del asunto. Ángelo me dice que, en algunas ocasiones, la ignorancia es el mejor escenario: "Eres un hombre de principios y costumbres adaptadas a la sociedad; jamás entenderás a tu padre o a mí. Lo mejor es que desconozcas muchas cosas."

Adrián, el cardiólogo, se aclara la garganta, y yo hago fieros intentos por no mirar a mi padre, a quien tengo a mi lado y he evitado a toda costa. Han llegado los estudios que le han realizado; los problemas renales se han estabilizado, los cardíacos pueden ser tratados en casa, han logrado controlar el avance del medicamento inyectado.

—El problema se dio porque creímos que el contenido era el del frasco —habla Jules Parissi, claramente molesto.

—Somnífero —aclara Luka, el otro doctor. —Eso era el frasco que nos diste, solo que el contenido no era el mismo.

—Me dijiste que la alarma había llegado a tu móvil; la policía concluyó que la drogaron para poder robar algo de allí. El tratamiento que se le dio fue en base a ese medicamento —se aclara la garganta y mira a su esposa, quien tiene los ojos húmedos y los limpia con un pañuelo. —Fue un error de mi parte...

Su esposa toma su mano, y, de pronto, la habitación empieza a hacerse pequeña. El escozor en todo mi cuerpo y las ganas de salir de allí vuelven a mí. Siento las miradas puestas en mí, las miradas lastimeras y de ternura de mi madre. El escritorio parecía acercarse, y las personas las veía cada vez más grandes; sus voces, como susurros. Son sus rostros de pánico los que me dicen que lo que sigue es delicado, y ello hace volver a mi mayor monstruo.

—Teníamos el factor tiempo en contra, Jules; no podíamos esperar a que el resultado de laboratorio llegara. ¡Mira, hoy, diez días! —Adrián inclina su cuerpo hacia delante y me mira, serio. —El líquido no es un componente que se venda en farmacias; es ilegal, hijo.

Frunzo las cejas, miro al general; este tiene la vista fija en mi padre. Mi vista viaja directo a mi padre. Filippo Russo tiene las pupilas dilatadas, la quijada tensa y las manos en un puño, aferrado a la silla. Sus nudillos blancos y todo el cuerpo erguido en tensión dan cuenta de la gravedad de lo que está por decir.

—En pequeñas dosis, se usa para someter a las personas; dirán sus secretos más oscuros. Ellos le llaman "la droga de la verdad". —¿Ellos? Pregunto, y no me atrevo a hablar porque aún no acaba. —En dosis potentes, puede destruir tu cuerpo por dentro. Es el arma más letal que tienen en Japón; sin sabor ni olor, puede mezclarse con cualquier bebida o comida... No notarás absolutamente nada.

Mi padre baja el rostro mientras me dice que no tiene pleitos con ellos y no sabe por qué entregaron ese fármaco a los Seller. Jamás ha tenido problemas de ninguna clase con algún oriental, y puede que sea alguien a quien Alana conoció durante su estadía allá.

Solo que ella se las llevaba bien con todo el mundo; mi esposa era de las pocas personas que conocía que no tenía enemigos. El mismo Zack aseguraba haberla dañado simplemente por el morbo de verla derrumbarse y autodestruir su vida alegre.

—El fármaco estaba ligado un 75% con solución salina, y el restante era ese veneno —sigue diciendo Justin. —No puede ser mezclado con medicamentos.

—Ella tenía dolor de cabeza; la casa estaba a oscuras —le cuento que, días atrás, yo tuve problemas de jaqueca; me recetaron unas pastillas.

—La mezcla de ambos la llevó a ese estado. No obstante, desconocemos por qué no despierta —desde ese instante, dejé de escuchar, o por lo menos de ver, quién decía qué o por qué. —Debería haberlo hecho, hijo, y hoy nos damos cuenta de ello, al recibir estos estudios.

Lo único que quedó en mi mente fue que ella no quería despertar. No deseaba estar a mi lado; los planes que teníamos, nada de eso la hacía querer regresar. Ella, quizás, no deseaba la vida que tenía a mi lado; demasiados problemas. Su llegada al hospital fue por mi padre.

—La buena noticia es que está estable.

—Su estado es psicológico.

Las voces de felicidad se mezclan en mi cabeza; la alegría de saber que está bien es opacada por el descubrimiento de que no desea despertar. Su padre me pregunta si estoy bien; murmuro un "sí" escueto, y apoya una mano en mis hombros. Podría estar aburrida de lidiar con un drogadicto, con alguien que, en cualquier momento, tendría una recaída, o con el hijo de un hombre con vínculos con la mafia.

Odiaba pronunciar ese nombre, y la mayor parte del tiempo evadía los vínculos con mi padre, pero, hoy por hoy, es una realidad con la que debo lidiar. Alana no quería volver por ser quien era, por todo lo que le había causado a su vida.

—Debo salir de aquí —murmuro, incorporándome, y salgo, escuchando los pasos detrás de mí.

—Axel, espera —llama mi madre, y escucho al general también hacerlo. —¿Qué pasa? —pregunta, al atravesarse frente a mí.

Las paredes del hospital se mueven en todas las direcciones; las voces son opacas o distorsionadas. Necesito ir con la hermana Carmen; no puedo recaer, no les daré el gusto de hacerlo.

—Ella no quiere volver; desea morir —alcanzo a murmurar, y sé que sueno patético, pero saber eso me afecta más de lo que creí.

Justin Parissi se instala frente a mí y me observa; esta vez, hay una sonrisa en sus labios, lo que me hace mirarlo, confundido. Es la primera vez que lo veo así. No tengo palabras para explicar lo que siento; sé que debería estar feliz, pero algo dentro de mí me oprime; es inexplicable.

Tampoco puedo decirle que mi cuerpo necesita relajación y que, de momento, drogarme es bastante atractivo.

—No se trata de ti, Axel —me calma. —Conozco a mi bebé y sé que la has hecho feliz.

Aprieta mis manos, y la parte racional quiere creerle, mientras mi cuerpo me grita que debo salir e ir por lo que me pide.

—Pero no quiere despertar —mascullo. —Es tan feliz conmigo que no quiere volver —insisto, y suelto las manos.

Mis padres niegan mientras se acercan, y solo papá parece notar que estoy mal. Mamá se instala a mi lado, tomando mis manos con fuerza, y me reprendo internamente.

—Axel, lo importante es que ella está bien —habla Giselle. —Eres como un hijo para nosotros, Axel; no te rindas ahora.

No quería drogarme, si es a eso a lo que se referían; mi cuerpo tenía una lucha férrea con mi cerebro, e iba ganando este último. Si bien ser el de antes tiene mucho que ver con ella, también es un poco de orgullo; bajo ninguna circunstancia llegaré al estado en que he visto a esas mujeres en Tokio. Les comento que debo ir a la reunión de esa semana, y todos asienten.

—Kai ha regresado; estará con ella, no te preocupes —me calma su madre, y me despido de ellos.

—Llamaré a Ángelo; quizás conozca a alguien —papá, quizás, tenga razón, pero sé que es imposible que el vendedor de ese fármaco pague.

Entro a mi auto y cruzo a toda velocidad la isla; creo que me pasé varios semáforos; no obstante, llegué a la casa hogar sano y salvo. La hermana Carmen corta unas rosas en el jardín, y, al verme bajar del auto, deja todo en su lugar y corre en mi dirección.

—¡Necesito ayuda!

(...)

El móvil empieza a vibrar en mi pantalón; saco el objeto de mi bolsillo y leo en la pantalla: es Ángelo. Me excuso del grupo y del amasado en manos de mi compañero de grupo para contestar la llamada.

—Hablé con tu padre —habla directamente. —Voy para el hospital; hablaremos allá.

—No estoy en el hospital —me apresuro a decir. —Es mi reunión de fin de semana; mañana no estaré, y no quise incumplir.

Me pregunta, de forma seca y hasta grosera, con quién dejé a Alana, y le digo que con Kai y sus padres. Se queda en silencio un instante; luego me dice que él irá a relevar a Kai. No me gustó el tono de voz, y me quedo un instante mirando la pantalla oscura.

—Es un amigo; me dice que irá a ver a Alana —le explico a la hermana Carmen, al ver que se acerca y me mira, preocupada. —No me gustó el tono de voz, se enojó por dejar a Alana sola; eso, y saber que no quiere despertar —le digo, mirando al grupo trabajar en el área del comedor.

La hermana Carmen es una mujer menuda, de manos pequeñas; tiene el color de piel bronceado y todo el Caribe a cuestas. Latina de nacimiento, alegre, buena bailarina y de risas desbordadas. Decía que, para servir a Dios, no era necesario hacerlo bajo la amargura. "Al Señor le gustan las almas alegres", solía decirnos.

—Debes ser paciente; desconocemos qué sucedió antes de quedar inconsciente —me calma, llevándome de nuevo al grupo. —Rescatemos lo importante: ella salió de la crisis.

Sigue a mi lado, mientras mi compañero me pasa la pasta. Es la única que sabe todo lo que me ha pasado en ese lugar; conoce al detalle lo sucedido a Alana. Contrario a lo que imaginé, llegué a distraerme y a disfrutar de la reunión; no obstante, sigo con la molestia por Ángelo y por saber a Alana sola. Miro la hora una vez más, y ella solo niega, divertida.

—Pensé que estaba con un amigo —recuerda. —Dos, si cuentas al que llamó hace unos minutos, sin contar a sus padres y los tuyos.

Sigo inquieto, al punto que no espero más y le digo que deseo regresar al hospital. Sonríe, con ese aire de mujer que lo ha visto todo, y toma mis manos.

—Durará tanto como la cuides, y la cuidarás tanto como la quieras —me dice, con una sonrisa. —Sé que estás ansioso y que temes que sea por ti que no quiera regresar. Los he visto cómo se miran y se dicen tantas cosas con una sonrisa; es imposible que sea por ti que no quiera volver. —Aprieto sus pequeñas manos, y me sonríe. —Es por ti que ha luchado y sobrevivido. Elige bien a las personas que van a estar cerca de ustedes; de eso depende la paz o la guerra... Ve por ella.

Kai

Observando a los Parissi, tomados de la mano y besando el rostro de su hija para despedirse, me llega un poco el remordimiento. Leve, tengo que decirlo, pero me llega. Supongo que estar por años en este trabajo y lidiar a diario con tantas cosas te hacen inmune a los sentimientos.

Viajé a casa solo para verle el rostro al hombre que tenía que desaparecer. Esperaba, realmente, encontrar al típico español de mierda, pero me topé con una realidad que me llega a fastidiar. El tipo era, en apariencias, el hombre perfecto: ni una multa de tránsito, parte o idas a la policía. Pertenecía a una de las familias más influyentes de Madrid y tenía dinero.

¿Cómo lo conoció Aika? No tenía idea; solo era consciente de que se llevaba bien con mis padres y que a futuro mi hijo le llame llamar papá y no se iba a dormir sin el cuento para dormir y menos sin el jodido beso de buenas noches. Me enferma.

Malnacido infeliz...

—Espero no sea molestia que te quedes con ella, hijo —dice la madre de Alana.

—De ninguna manera; es todo un placer —una respuesta de doble sentido, pero que ni ella ni su esposo tendrían por qué saberlo.

—Axel está en la reunión con el grupo de apoyo —me recuerda el almirante, con su voz ceremoniosa y la mirada altiva de siempre. ¿Sabrá que su hija y yo...? Estoy seguro de que, muy seguramente, cree que ella llegó virgen al matrimonio. —Se va a demorar un poco.

—No tengo afán; hasta hace —miro la hora y luego a ellos— hice parte de los hoteles Mancini. Pueden irse tranquilos; yo cuido de ella.

Y eso hacen; se van con la seguridad de quien deja a su hija en manos del mejor de los amigos. Aún lo era, no me lo tomen a mal; era que verla allí y saber que, lo que sea que le hiciera, ella no podría recordarlo...

No podía evitar pensar en que era la última oportunidad con la que contaba. Después de ese día, yo me iría; ella seguiría casada, y yo me casaría con Aika, en un matrimonio simple y soso, al lado de una mujer que no le fue enseñado a pensar por voluntad, tal como el de mi madre. El tal Elián Fraga era de fácil remoción; solo era cuestión de decirle a mis padres lo que ocurrió, y problema resuelto.

—¿Qué crees, nena? Tenemos tres horas libres, tú y yo —le digo, avanzando hacia ella con una sonrisa y consciente de que no puede escuchar. —Hoy será nuestra despedida, y tú das las mejores, preciosa. ¿Lo recuerdas? —Alzo su vestido y me encuentro con una lencería negra... —Negro, el color que me gusta, pero vamos, que no tengo mucho tiempo, y alguien puede llegar y dañarnos el plan.

Salgo a los pasillos y me encuentro al perro de Hermes; le pido si puede traerme un café y algo de comer.

—Enseguida,} pero me demoraré; el restaurante más cercano está a tres cuadras —es la idea, le dice mi sonrisa.

—Con un café y unos panecillos basta —asiente y se aleja.

Sé que no bastarán para él; si algo he aprendido de estos tipos es que hacen las cosas bien o no las hacen. Regreso con ella y le quito su vestido.

—¡Juguemos!

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