Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Capítulo 34

San Juan de los Vientos

Axel

—¿Te gusta? —me dice la mujer que está encima de mí y que intento alejar. —¿Así nos gustaba, recuerdas? Eras perfecto en ese entonces, y aún lo eres... Tienes el grosor, tamaño y la libido perfecta.

—¡Aléjate! —empujo a la mujer que estoy viendo doble, y me encuentro que es una ilusión.

Entonces, ya no son dos, son tres o cuatro; el rostro está desfigurado, y la voz es muy conocida. Ya no es la de antes; esta mujer, yo la he visto, pero me es difícil distinguir detalles.

Abro y cierro los ojos en busca de estabilidad, pero no es posible. Estoy drogado, y desconozco cuántos días llevo allí; solo sé que son muchos. Tengo calor y ganas de gritar o salir corriendo; es esa porquería que me dan la que mi cuerpo empieza a extrañar.

—Filippo le prometió a papá que sería tu esposa, y no cumplió —la escucho decir. —Aceptó que te casaras con Caitín, y ahora debe asegurarse, mientras estás aquí, de que te deje. Si es inteligente, eso hará.

—Mi padre no me haría algo así...

Risas, muchas risas; unas fuertes, otras débiles; hombres y una mujer... esa mujer, la que tengo frente a mí. El rostro de la mujer, de repente, es claro; se burla de mí mientras me dice que papá no sabe que sería secuestrado, pero sí el peligro de traicionar a Alexandre y pedir su cabeza dentro del grupo de Sicilia.

Nombran a su hijo mayor, y el resultado es que todos paguen; nadie se queda sin pagar a Alexandre Bern's.

—¿No lo sabes? —pregunta, riéndose. —Filippo tiene peso dentro de Camorra. —Sus labios están pintados de un rojo intenso y, en este momento, sonríen. —¡No! Filippo es Camorra misma. —Saca una jeringa y la mueve en mi dirección. —Te regalaré las primeras, Russo, mientras estés aquí... Si llegas a salir con vida, las siguientes las pagarás; te diré dónde conseguirlas...

Estoy en un cuarto a oscuras, pero, por alguna razón, sus rostros se muestran claros. ¿Son esos reflectores? ¿O es producto de la droga en mi sistema? La mujer la veo cada vez más nítida; sonríe, acercándose a mí. Dos hombres me toman, cada uno de un brazo.

No logro moverme; mi cuerpo es un amasijo de dolor y flacidez. Me duele la garganta, el pecho, las manos. Hay animales por toda la habitación y muchas risas a mi alrededor. Papá está allí y se burla de mí; su rostro aparece y se desvanece en la oscuridad. Después llega el rostro de mamá, desde un rincón de la habitación. Entonces me doy cuenta de que estoy alucinando; realmente no están allí. Caitín no está... Mi adorada Caitín no está. Estiro una mano hacia el otro rincón y avanzo al lugar donde creo verla, y desaparece ante mí.

—Si va a morir, qué importa si lo drogas —es el tío Leonardo quien lo dice. Me sacudo con fuerza, pero no tengo mucha.

Él sí está allí; no solo puedo verlo, escucharlo, también tocarlo, y se ríe al ver que no tengo fuerzas para golpearlo.

Tengo los nudillos heridos de tanto golpear las paredes y la puerta. Prepara la jeringa mientras habla con los otros hombres. Están en la puerta, visten de negro y le dicen que vienen de parte de Alexandre. Filippo Russo se niega a dar un dólar por mí y ha pagado cuatro veces más a un miembro de los ladrones para que me rescate. "Ángelo", grita, jubilosa, mi mente, mientras sigo intentando liberarme.

—¿Qué se siente que estés aquí por tus mejores amigos? —es la voz de un hombre, y, al girar a verle, veo a Zack y al tío Leonardo. —¿Qué solo seas valioso por tu dinero o una póliza de seguro?

La mujer sonríe, ha avanzado hacia mí con ese objeto transparente en las manos. "Sosténganlo", ordena, y eso hacen.

Quizás quede con vida, y necesita asegurarse de que sea ella la única que esté a cargo del grupo Russo, murmura entre risas.

—Si vas a Nueva York, Young tiene la mejor mercancía, directamente de Colombia... La mejor. Dile que vas de parte de Geimy, y te aseguro que te dará algo que te hará volar. ¿Te imaginas? El hijo del poderoso Filippo Russo metido en las drogas, y solo porque su padre no quiso dar dinero a la causa y metió sus narices donde no debía. —Ríe al verme sacudir, y le digo que me las pagará al salir de allí. —No me recordarás, Axel, y, en todo caso, ¿quién le creería a un drogadicto? Me aseguraré de que seas el marido perfecto, eso en caso de que no mueras aquí.

—Solo ruega que yo muera...

—Axel.

—Axel.

—Axel, Axel, —la voz que escucho es cercana, y abro los ojos, encontrándome con el rostro redondo de Salomé.

—Salomé —repito, y la mujer inclina la cabeza levemente, confundida.

—¿Te drogaste otra vez? —alzo la cabeza, y, apoyado en el lado derecho de la habitación, está Ángelo.

Regreso la vista a la chica, apoyo mis manos a ambos lados de mi cuerpo. Sonrío hacia ella, y me devuelve la sonrisa. Algo debe notar en mí, porque la suya desaparece en segundos, y mis manos se ciernen alrededor de su cuello.

—¿Qué haces? —pregunta, confundida. —Por favor, ayúdeme —ruega a Ángelo, a quien escucho reír.

—Lo lamento, señorita, pero usted se ganó su odio —dice, y no tengo que verlo para saber que se está gozando mi ira.

—¿Te has vuelto loco?

Palidece, y su rostro se torna, poco a poco, rojo; no puede hablar ni formular palabra alguna. Solo apoya su mano en las mías y golpea débilmente, tal cual yo lo hacía cuando estaba cautivo.

—Jamás he estado tan cuerdo en mi vida —le digo, arrastrándola al lado de la cama y sacando, de debajo de la almohada, el arma, que apunto a su cabeza. —Te dije que rogaras que muriera.

Al escuchar eso, palidece; ella era Geimy. Por muchos meses, creí que era un hombre, solo porque recordaba voces masculinas. Era ella quien me dio la droga; por ella estuve a punto de destruir mi vida y la de Alana. No me extraña; su padre y Alexandre eran buenos amigos.

—No sé de qué hablas...

—Yo creo que sí —interrumpe Ángelo. —Tienes esposa, Axel; baja esa arma —me dice, y sigo apuntando a la mujer en la cabeza. —Amo ver correr sangre, pero necesito que estés libre para que pagues mis honorarios.

—Baja eso, Axel; es un malentendido —niego, con una sonrisa en mis labios.

Ella representaba todo lo que estuve a punto de perder, lo destruido que querían verme, y solo por negocios en los que nunca he participado. Su padre tenía negocios con el mío, en proporciones pequeñas, pero grandes con los Bern's; era de esperar que, al ser sacado del negocio, ella y su padre quisieran congraciarse con Bern's.

—Verá, señorita, usted y su padre trabajan desde hace años con Camorra, pero gracias a Alexandre —empieza a decir. —Una vez es retirado, sus negocios bajan considerablemente, y ya no son especiales; deben pagar impuestos cada vez más grandes. ¿Gracias a quién?

—Papá pidió la cabeza del tuyo y de Alex... porque le robaron —interrumpo, y palidece. —Sé los contactos de mi padre, Salomé.

Aprieto la mano libre en su cuello con fuerza, mientras mi dedo índice va directo al gatillo. Una mano se posa en la que tengo el arma, y, al girar, veo al general mirándome con rostro neutro.

—Baja eso, hijo —ordena, y me quita el arma.

Mis manos siguen presionando su cuello con fuerza, y, poco a poco, veo cómo su vida se me va entre las manos. La veo golpear cada vez menos y más débil, mientras que, en mi ser, hay fuego puro. Voces a mi alrededor me dicen que la suelte, y el general, con las manos apoyadas en las mías, intenta que la libere, pero me es imposible.

Hasta que dos pares de brazos me toman por la parte trasera, y soy alejado del todo de ella. El general y otro médico asisten a la mujer; dos oficiales entran, y otro más se acerca en mi dirección.

—Ella intentó dispararle —habla el general y a Salomé que se le dificulta hablar. —Logró quitarle el arma.

Nadie dudó de esa versión; el hombre era considerado uno de los mejores de su época y de la isla. De alguna manera, que mintiera por mi culpa me afectaba. La rabia dio paso a la vergüenza, y, en segundos, estoy calmado, siendo observado por el rostro risueño de Ángelo, quien murmuraba un "Eres de los míos". Haciendo referencia, claramente, a que estuve a nada de matar a esa maldita con mis propias manos, tal cual él lo había hecho en innumerables ocasiones.

—Aun así, necesitamos su declaración; disculpe, general, es el protocolo —todos asienten, y mi suegro me mira con rostro neutral. —Hay una declaración de Bruno Conti que compromete a la señorita, y necesitamos que el señor Russo dé su declaración.

Aliviado al saber que solo sería por unos minutos, salgo al pasillo y me encuentro con Kai, que llega en el momento. No se sorprende al ver que sacan a Salomé esposada y viene directamente a mí.

—¿Necesitas algo?

—Que cuides a Alana —ruego. —No creo que demore...

—No apostaría por eso, Russo; me recordaste a ese chef colombiano matando a su primera gallina —paso mis manos por mi rostro, con un Kanoe viéndolo contrariado y sin entender nada. —Yo te acompaño; tengo cierta influencia con Jules, y me debe un favor.

Ríe abiertamente, y eso me da una idea de todo lo que me espera rumbo a la estación. Me recuerda al Ángelo que conocí, mucho antes de que ese mundo oscuro lo absorbiera, cuando su mayor ilusión era visitar el mundo a bordo de mis cruceros y trabajar en lo que lo apasionaba.

Hoy por hoy, iba por el mundo y cocinaba, pero para su disfrute y goce. Es el reflejo del daño que puedes ocasionarte cuando no logras filtrar la mierda que los demás tiran en ti. Yo mismo estaba a punto de matar a esa mujer, solo por lo que me hizo, sin importar a la mujer que se jugaba la vida al otro lado de mi habitación.

—No te preocupes —me calma Kai. —Ve; aquí te espero.

Kai

Me permitieron entrar a verla tras esperar a su esposo por más de dos horas. Me había dicho que la mujer había declarado que él la agredió. El general Parissi fue a declarar, Ángelo también, así que estaba solo con ella.

—¿Sabes cuántas veces deseé tenerte así? —digo, acariciando su brazo y bajando hacia su entrepierna. —Tal cual he tenido a tantas mujeres, pero ninguna es como tú, Alana. Eres mi obsesión. —Deslizo mis manos por la bata y la alzo a la altura de su pelvis.

Respiro con dificultad y me doy cuenta de lo fácil que es meter seguro, montarme encima suyo, hacerle el amor sin que nadie se diera cuenta, ni ella misma.

Poco a poco, le voy subiendo la bata hasta dejarla solo con la braga y sin sujetador. Ella es mi creación, la mujer que debía ser para mí, la esposa perfecta, divertida y bromista, soñadora y guerrera, amiga y amante, la que no se dejó vencer. Deslizo, con delicadeza, la yema de mis dedos por sus pechos, y, ante mí, se tornan duros y erectos.

—Yo fui el primero, pequeña, y tendría que ser el único —digo, bajando el rostro y besando su ombligo. —Puedo hacerte el amor aquí mismo; lo gozarás, pero no lo recordarás... Amaría hacerlo una última vez y llevarme la satisfacción de que lo hice ante las narices de tu esposo. Así él me pagaría por aconsejarte dejarme cuando solo pedías un consejo de cómo lograr amarme.

Me incorporo, observando su voluptuoso cuerpo. Por años, tuve que conformarme con ver cómo la adolescente se iba convirtiendo en mujer, cómo esa oruga se convertía en una hermosa mariposa. Soñé con el día en que ella viera que yo era su amor verdadero, no ese hombre que tenía en su PC.

Aquel que fue siempre un fantasma que me impidió estar cerca de ella. Regreso mi mano por la línea de su ombligo y voy deslizando la braga de encaje hacia sus muslos.

—¿Te lo hace así? —pregunto, y la observo dormir sin reacción alguna. —Lo amabas tanto que no te importó que fuera drogadicto —reclamo. —Lo amas a él como deberías amarme; yo soy tu amor verdadero, pequeña.

Suelto un suspiro fuerte y pongo una mano en su muslo, avanzando hacia su centro. El ruido de alguien tocando en la puerta me detiene, haciendo que rápidamente baje su bata y la cubra con la sábana. El rostro que se asoma es el de Aika; entra, mirando en dirección a Alana, y, como suele suceder, no me mira directamente a mí. Detrás de ella, entran sus dos hermanos, quienes la reprenden porque se ha perdido, y la han tenido que buscar por todo el hospital.

—¿Aún no despierta? —pregunta Colín.

—No —respondo, sin despegar los ojos de la mujer que se convertirá, próximamente, en mi esposa, y me observa directamente, enojada.

—El doctor dice que le quitarán el respirador artificial, que puede escuchar, y que no sabe por qué aún no despierta —dice ella, sin dejar de mirarme.

—¿Cuándo hablaste con él? —pregunta Amaury, y yo formulo la misma pregunta con una ceja alzada.

—Hace unos minutos, cuando buscaba la habitación de Alana, mientras ustedes hablaban con sus novias —les reclama a sus hermanos.

—Tú hablabas con Elian Fraga; no nos jodas —le responde Colín.

¿De qué me perdí? Pregunta mi mente al ver cómo, de pronto, ya no evade mi mirada; me la sostiene e incluso me mira con...

¿Asco? ¿Rabia? Era difícil de describir su mirada en ese momento, solo que ya no parecía temerme.

—¿Dónde está Aiko? —pregunto, creyendo que eso la haría reaccionar.

—Con Elian Fraga—me responde, y es obvio que lo hace obligada.

¿Quién carajos era esen? Estoy por preguntar cuando dos enfermeras, muy enojadas, entran y nos reprenden.

—Lo lamento, pero hay demasiados en esta habitación —habla una enfermera, y nos hace salir a todos. —Salgan, por favor.

Una vez salimos los cuatro afuera, Axel llega en el momento, y Aika avanza hacia él. Le dice algo, ambos se ríen, se abrazan. Me acerco a los mellizos, decidido a preguntar quién es el tal Elian Fraga.

—El prometido de Aika—habla Colín, y me quedo mirando a ambos, sorprendido, mientras ellos sonríen.

—Le ha pedido la mano a mamá; viajó a Tokio y se la ha pedido al tío Ryu —responde Amaury, emocionado.

—Sí, se casarán en un año; Aiko llevará su apellido...

—Aiko es Kanoe... —le respondo a Colín. —No necesita un apellido externo; él lleva el Kanoe.

—Pues eso no es tan así, Kai, y no es una decisión que tengas tú que opinar —refuta Amaury, claramente enojado. —Vivirán en Madrid, cerca de mi madre.

—Amaury tiene razón; no es de tu incumbencia, y ya el tío Ryu dio la bendición —se alejan de mí, dejándome solo.

Jodida mierda.

¿Quién coños era ese payaso? Y a razón de qué se quiere llevar a mi hijo y a mi mujer lejos de Japón.

Pero si ese infeliz creía que le dejaría el camino libre... definitivamente no me conocía. Me acerco a Axel, quien saluda a todos, alegre, y me mira con una sonrisa triunfal.

—Lamento haberme demorado —me encojo de hombros, ignorando las tres miradas sobre mí. —El peligro ha pasado; la subirán a piso, hermano.

—¿No es una buena noticia? Dicen que ella puede oírnos; creo que me acercaré y le contaré las historias de mamá —Aika da media vuelta y se pierde dentro de la habitación.

San Juan de los Vientos

Axel

—¿Te gusta? —me dice la mujer que está encima de mí y que intento alejar. —¿Así nos gustaba, recuerdas? Eras perfecto en ese entonces, y aún lo eres... Tienes el grosor, tamaño y la libido perfecta.

—¡Aléjate! —empujo a la mujer que estoy viendo doble, y me encuentro que es una ilusión.

Entonces, ya no son dos, son tres o cuatro; el rostro está desfigurado, y la voz es muy conocida. Ya no es la de antes; esta mujer, yo la he visto, pero me es difícil distinguir detalles.

Abro y cierro los ojos en busca de estabilidad, pero no es posible. Estoy drogado, y desconozco cuántos días llevo allí; solo sé que son muchos. Tengo calor y ganas de gritar o salir corriendo; es esa porquería que me dan la que mi cuerpo empieza a extrañar.

—Filippo le prometió a papá que sería tu esposa, y no cumplió —la escucho decir. —Aceptó que te casaras con Caitín, y ahora debe asegurarse, mientras estás aquí, de que te deje. Si es inteligente, eso hará.

—Mi padre no me haría algo así...

Risas, muchas risas; unas fuertes, otras débiles; hombres y una mujer... esa mujer, la que tengo frente a mí. El rostro de la mujer, de repente, es claro; se burla de mí mientras me dice que papá no sabe que sería secuestrado, pero sí el peligro de traicionar a Alexandre y pedir su cabeza dentro del grupo de Sicilia.

Nombran a su hijo mayor, y el resultado es que todos paguen; nadie se queda sin pagar a Alexandre Bern's.

—¿No lo sabes? —pregunta, riéndose. —Filippo tiene peso dentro de Camorra. —Sus labios están pintados de un rojo intenso y, en este momento, sonríen. —¡No! Filippo es Camorra misma. —Saca una jeringa y la mueve en mi dirección. —Te regalaré las primeras, Russo, mientras estés aquí... Si llegas a salir con vida, las siguientes las pagarás; te diré dónde conseguirlas...

Estoy en un cuarto a oscuras, pero, por alguna razón, sus rostros se muestran claros. ¿Son esos reflectores? ¿O es producto de la droga en mi sistema? La mujer la veo cada vez más nítida; sonríe, acercándose a mí. Dos hombres me toman, cada uno de un brazo.

No logro moverme; mi cuerpo es un amasijo de dolor y flacidez. Me duele la garganta, el pecho, las manos. Hay animales por toda la habitación y muchas risas a mi alrededor. Papá está allí y se burla de mí; su rostro aparece y se desvanece en la oscuridad. Después llega el rostro de mamá, desde un rincón de la habitación. Entonces me doy cuenta de que estoy alucinando; realmente no están allí. Caitín no está... Mi adorada Caitín no está. Estiro una mano hacia el otro rincón y avanzo al lugar donde creo verla, y desaparece ante mí.

—Si va a morir, qué importa si lo drogas —es el tío Leonardo quien lo dice. Me sacudo con fuerza, pero no tengo mucha.

Él sí está allí; no solo puedo verlo, escucharlo, también tocarlo, y se ríe al ver que no tengo fuerzas para golpearlo.

Tengo los nudillos heridos de tanto golpear las paredes y la puerta. Prepara la jeringa mientras habla con los otros hombres. Están en la puerta, visten de negro y le dicen que vienen de parte de Alexandre. Filippo Russo se niega a dar un dólar por mí y ha pagado cuatro veces más a un miembro de los ladrones para que me rescate. "Ángelo", grita, jubilosa, mi mente, mientras sigo intentando liberarme.

—¿Qué se siente que estés aquí por tus mejores amigos? —es la voz de un hombre, y, al girar a verle, veo a Zack y al tío Leonardo. —¿Qué solo seas valioso por tu dinero o una póliza de seguro?

La mujer sonríe, ha avanzado hacia mí con ese objeto transparente en las manos. "Sosténganlo", ordena, y eso hacen.

Quizás quede con vida, y necesita asegurarse de que sea ella la única que esté a cargo del grupo Russo, murmura entre risas.

—Si vas a Nueva York, Young tiene la mejor mercancía, directamente de Colombia... La mejor. Dile que vas de parte de Geimy, y te aseguro que te dará algo que te hará volar. ¿Te imaginas? El hijo del poderoso Filippo Russo metido en las drogas, y solo porque su padre no quiso dar dinero a la causa y metió sus narices donde no debía. —Ríe al verme sacudir, y le digo que me las pagará al salir de allí. —No me recordarás, Axel, y, en todo caso, ¿quién le creería a un drogadicto? Me aseguraré de que seas el marido perfecto, eso en caso de que no mueras aquí.

—Solo ruega que yo muera...

—Axel.

—Axel.

—Axel, Axel, —la voz que escucho es cercana, y abro los ojos, encontrándome con el rostro redondo de Salomé.

—Salomé —repito, y la mujer inclina la cabeza levemente, confundida.

—¿Te drogaste otra vez? —alzo la cabeza, y, apoyado en el lado derecho de la habitación, está Ángelo.

Regreso la vista a la chica, apoyo mis manos a ambos lados de mi cuerpo. Sonrío hacia ella, y me devuelve la sonrisa. Algo debe notar en mí, porque la suya desaparece en segundos, y mis manos se ciernen alrededor de su cuello.

—¿Qué haces? —pregunta, confundida. —Por favor, ayúdeme —ruega a Ángelo, a quien escucho reír.

—Lo lamento, señorita, pero usted se ganó su odio —dice, y no tengo que verlo para saber que se está gozando mi ira.

—¿Te has vuelto loco?

Palidece, y su rostro se torna, poco a poco, rojo; no puede hablar ni formular palabra alguna. Solo apoya su mano en las mías y golpea débilmente, tal cual yo lo hacía cuando estaba cautivo.

—Jamás he estado tan cuerdo en mi vida —le digo, arrastrándola al lado de la cama y sacando, de debajo de la almohada, el arma, que apunto a su cabeza. —Te dije que rogaras que muriera.

Al escuchar eso, palidece; ella era Geimy. Por muchos meses, creí que era un hombre, solo porque recordaba voces masculinas. Era ella quien me dio la droga; por ella estuve a punto de destruir mi vida y la de Alana. No me extraña; su padre y Alexandre eran buenos amigos.

—No sé de qué hablas...

—Yo creo que sí —interrumpe Ángelo. —Tienes esposa, Axel; baja esa arma —me dice, y sigo apuntando a la mujer en la cabeza. —Amo ver correr sangre, pero necesito que estés libre para que pagues mis honorarios.

—Baja eso, Axel; es un malentendido —niego, con una sonrisa en mis labios.

Ella representaba todo lo que estuve a punto de perder, lo destruido que querían verme, y solo por negocios en los que nunca he participado. Su padre tenía negocios con el mío, en proporciones pequeñas, pero grandes con los Bern's; era de esperar que, al ser sacado del negocio, ella y su padre quisieran congraciarse con Bern's.

—Verá, señorita, usted y su padre trabajan desde hace años con Camorra, pero gracias a Alexandre —empieza a decir. —Una vez es retirado, sus negocios bajan considerablemente, y ya no son especiales; deben pagar impuestos cada vez más grandes. ¿Gracias a quién?

—Papá pidió la cabeza del tuyo y de Alex... porque le robaron —interrumpo, y palidece. —Sé los contactos de mi padre, Salomé.

Aprieto la mano libre en su cuello con fuerza, mientras mi dedo índice va directo al gatillo. Una mano se posa en la que tengo el arma, y, al girar, veo al general mirándome con rostro neutro.

—Baja eso, hijo —ordena, y me quita el arma.

Mis manos siguen presionando su cuello con fuerza, y, poco a poco, veo cómo su vida se me va entre las manos. La veo golpear cada vez menos y más débil, mientras que, en mi ser, hay fuego puro. Voces a mi alrededor me dicen que la suelte, y el general, con las manos apoyadas en las mías, intenta que la libere, pero me es imposible.

Hasta que dos pares de brazos me toman por la parte trasera, y soy alejado del todo de ella. El general y otro médico asisten a la mujer; dos oficiales entran, y otro más se acerca en mi dirección.

—Ella intentó dispararle —habla el general y a Salomé que se le dificulta hablar. —Logró quitarle el arma.

Nadie dudó de esa versión; el hombre era considerado uno de los mejores de su época y de la isla. De alguna manera, que mintiera por mi culpa me afectaba. La rabia dio paso a la vergüenza, y, en segundos, estoy calmado, siendo observado por el rostro risueño de Ángelo, quien murmuraba un "Eres de los míos". Haciendo referencia, claramente, a que estuve a nada de matar a esa maldita con mis propias manos, tal cual él lo había hecho en innumerables ocasiones.

—Aun así, necesitamos su declaración; disculpe, general, es el protocolo —todos asienten, y mi suegro me mira con rostro neutral. —Hay una declaración de Bruno Conti que compromete a la señorita, y necesitamos que el señor Russo dé su declaración.

Aliviado al saber que solo sería por unos minutos, salgo al pasillo y me encuentro con Kai, que llega en el momento. No se sorprende al ver que sacan a Salomé esposada y viene directamente a mí.

—¿Necesitas algo?

—Que cuides a Alana —ruego. —No creo que demore...

—No apostaría por eso, Russo; me recordaste a ese chef colombiano matando a su primera gallina —paso mis manos por mi rostro, con un Kanoe viéndolo contrariado y sin entender nada. —Yo te acompaño; tengo cierta influencia con Jules, y me debe un favor.

Ríe abiertamente, y eso me da una idea de todo lo que me espera rumbo a la estación. Me recuerda al Ángelo que conocí, mucho antes de que ese mundo oscuro lo absorbiera, cuando su mayor ilusión era visitar el mundo a bordo de mis cruceros y trabajar en lo que lo apasionaba.

Hoy por hoy, iba por el mundo y cocinaba, pero para su disfrute y goce. Es el reflejo del daño que puedes ocasionarte cuando no logras filtrar la mierda que los demás tiran en ti. Yo mismo estaba a punto de matar a esa mujer, solo por lo que me hizo, sin importar a la mujer que se jugaba la vida al otro lado de mi habitación.

—No te preocupes —me calma Kai. —Ve; aquí te espero.

Kai

Me permitieron entrar a verla tras esperar a su esposo por más de dos horas. Me había dicho que la mujer había declarado que él la agredió. El general Parissi fue a declarar, Ángelo también, así que estaba solo con ella.

—¿Sabes cuántas veces deseé tenerte así? —digo, acariciando su brazo y bajando hacia su entrepierna. —Tal cual he tenido a tantas mujeres, pero ninguna es como tú, Alana. Eres mi obsesión. —Deslizo mis manos por la bata y la alzo a la altura de su pelvis.

Respiro con dificultad y me doy cuenta de lo fácil que es meter seguro, montarme encima suyo, hacerle el amor sin que nadie se diera cuenta, ni ella misma.

Poco a poco, le voy subiendo la bata hasta dejarla solo con la braga y sin sujetador. Ella es mi creación, la mujer que debía ser para mí, la esposa perfecta, divertida y bromista, soñadora y guerrera, amiga y amante, la que no se dejó vencer. Deslizo, con delicadeza, la yema de mis dedos por sus pechos, y, ante mí, se tornan duros y erectos.

—Yo fui el primero, pequeña, y tendría que ser el único —digo, bajando el rostro y besando su ombligo. —Puedo hacerte el amor aquí mismo; lo gozarás, pero no lo recordarás... Amaría hacerlo una última vez y llevarme la satisfacción de que lo hice ante las narices de tu esposo. Así él me pagaría por aconsejarte dejarme cuando solo pedías un consejo de cómo lograr amarme.

Me incorporo, observando su voluptuoso cuerpo. Por años, tuve que conformarme con ver cómo la adolescente se iba convirtiendo en mujer, cómo esa oruga se convertía en una hermosa mariposa. Soñé con el día en que ella viera que yo era su amor verdadero, no ese hombre que tenía en su PC.

Aquel que fue siempre un fantasma que me impidió estar cerca de ella. Regreso mi mano por la línea de su ombligo y voy deslizando la braga de encaje hacia sus muslos.

—¿Te lo hace así? —pregunto, y la observo dormir sin reacción alguna. —Lo amabas tanto que no te importó que fuera drogadicto —reclamo. —Lo amas a él como deberías amarme; yo soy tu amor verdadero, pequeña.

Suelto un suspiro fuerte y pongo una mano en su muslo, avanzando hacia su centro. El ruido de alguien tocando en la puerta me detiene, haciendo que rápidamente baje su bata y la cubra con la sábana. El rostro que se asoma es el de Aika; entra, mirando en dirección a Alana, y, como suele suceder, no me mira directamente a mí. Detrás de ella, entran sus dos hermanos, quienes la reprenden porque se ha perdido, y la han tenido que buscar por todo el hospital.

—¿Aún no despierta? —pregunta Colín.

—No —respondo, sin despegar los ojos de la mujer que se convertirá, próximamente, en mi esposa, y me observa directamente, enojada.

—El doctor dice que le quitarán el respirador artificial, que puede escuchar, y que no sabe por qué aún no despierta —dice ella, sin dejar de mirarme.

—¿Cuándo hablaste con él? —pregunta Amaury, y yo formulo la misma pregunta con una ceja alzada.

—Hace unos minutos, cuando buscaba la habitación de Alana, mientras ustedes hablaban con sus novias —les reclama a sus hermanos.

—Tú hablabas con Elian Fraga; no nos jodas —le responde Colín.

¿De qué me perdí? Pregunta mi mente al ver cómo, de pronto, ya no evade mi mirada; me la sostiene e incluso me mira con...

¿Asco? ¿Rabia? Era difícil de describir su mirada en ese momento, solo que ya no parecía temerme.

—¿Dónde está Aiko? —pregunto, creyendo que eso la haría reaccionar.

—Con Elian Fraga—me responde, y es obvio que lo hace obligada.

¿Quién carajos era ese? Estoy por preguntar cuando dos enfermeras, muy enojadas, entran y nos reprenden.

—Lo lamento, pero hay demasiados en esta habitación —habla una enfermera, y nos hace salir a todos. —Salgan, por favor.

Una vez salimos los cuatro afuera, Axel llega en el momento, y Aika avanza hacia él. Le dice algo, ambos se ríen, se abrazan. Me acerco a los mellizos, decidido a preguntar quién es el tal Elian Fraga.

—El prometido de Aika—habla Colín, y me quedo mirando a ambos, sorprendido, mientras ellos sonríen.

—Le ha pedido la mano a mamá; viajó a Tokio y se la ha pedido al tío Ryu —responde Amaury, emocionado.

—Sí, se casarán en tres meses; Aiko llevará su apellido...

—Aiko es Kanoe... —le respondo a Colín. —No necesita un apellido occidental; él lleva el Kanoe.

—Pues eso no es tan así, Kai, y no es una decisión que tengas tú que opinar —refuta Amaury, claramente enojado. —Vivirán en Madrid, cerca de mi madre.

—Amaury tiene razón; no es de tu incumbencia, y ya el tío Ryu dio la bendición —se alejan de mí, dejándome solo.

Jodida mierda.

¿Quién coños era ese payaso? Y a razón de qué se quiere llevar a mi hijo y a mi mujer lejos de Japón.

Pero si ese infeliz creía que le dejaría el camino libre... definitivamente no me conocía. Me acerco a Axel, quien saluda a todos, alegre, y me mira con una sonrisa triunfal.

—Lamento haberme demorado —me encojo de hombros, ignorando las tres miradas sobre mí. —El peligro ha pasado; la subirán a piso, hermano.

—¿No es una buena noticia? Dicen que ella puede oírnos; creo que me acercaré y le contaré las historias de mamá —Aika da media vuelta y se pierde dentro de la habitación.

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro