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Capítulo 33

San Juan de los Vientos

Narrador

Horas antes...

Tres figuras oscuras se vislumbraban avanzando en la playa; al fondo, a poco más de cien metros, una casa se divisaba, el lugar al que se dirigían. Uno de ellos destacaba en cuerpo y postura entre los otros: era un griego; los demás, un oriental y un italiano. Habían dejado los tres autos escondidos en el bosque, en sitios y carreteras distintas; nadie podría saber de esa reunión, sitio o lugar.

—Este es un buen lugar para deshacerse de alguien —menciona el oriental, señalando la rocosa a varios metros, lo que ocasiona risas en sus compañeros.

El sol ya empieza a proyectar sus rayos en el mar; el azul se intensifica, y las gaviotas sobrevuelan cerca de la orilla. En la distancia, varios botes pesqueros empiezan o terminan su faena; es el inicio del verano, y la temporada alta ya empieza a desaparecer. La isla debe esperar a las próximas vacaciones para que los hoteles y restaurantes vuelvan a llenarse. Sin embargo, nunca faltan los turistas ocasionales, como los tres que vienen en ese instante.

—¿Hablas de lanzarlo al mar vivo por ese risco? —el italiano señala una montaña rocosa a unos 300 metros.

Lo que el griego refuta rápidamente.

—¿Vivo al mar? —pregunta, con falsa indignación. —Nosotros usamos el mar para pesca, no lo contaminamos; somos amantes de la naturaleza. Más humanos, nos aseguramos de que estén muertos cuando los enterramos.

Los tres ríen, intercambiando sus métodos dentro del inusual grupo; el tema llega hasta la leyenda de que el griego cuece a sus enemigos. Italiano y oriental insisten en que son solo rumores, leyendas urbanas que "Los ladrones de ley" han inventado para crear terror. El protagonista de tan desastrosa leyenda curva sus labios en una media sonrisa, y sus cejas cobrizas se alzan de forma irónica.

—¿No dirás nada? —pregunta uno de sus compañeros, claramente curioso por tamaña anécdota.

Hay tantas historias en torno a él, unas verdades, otras mentiras, que no se molesta en negar o afirmar nada. Se da por bien servido de que pocos sepan su nombre y que no asocien al turista griego, uno de los mejores chefs que tiene Moscú, con el temible "Hermes".

—Estás frente a dos personas que han visto y oído de todo; jamás tendrás un público tan especial —habla el oriental. —Te aseguro que no hay nada en esta tierra a lo que Kai Kanoe Usui le tema.

Hermes inclina su cabeza hacia el lado derecho, y de su garganta sale una sonora carcajada. En estado relajado, es el vivo retrato de Demitrius, su hermano mayor. Por más que ha intentado no parecerse a él para evitar confusiones, y de hecho lo ha logrado, existen detalles y gestos que los hacen muy parecidos: la manera de inclinar la cabeza, el color de cabello cobrizo, los ojos, la estatura y hasta el temperamento fuerte.

Sin embargo, Ángelo ha invertido en su cuerpo horas de gimnasio y entrenamiento para dar el 100% en su trabajo. Demitrius tiene menos músculos en su cuerpo, aunque está bien trabajado. En su hermano, su rostro refleja aún la sonrisa que los caracterizaba a ambos en antaño, pese a sus problemas personales.

—No tienen por qué escandalizarse con mis métodos —dice. —Tampoco es que los de ustedes sean muy ortodoxos. —Una vez frente a la casa, saca la llave que el capitán le ha dado.

Mete la pequeña pieza metálica en la cerradura, gira y empuja suavemente; como método de confianza, entra primero, enciende luces y abre ventanas. Solo entonces, ante la claridad que emerge de la casa, sus dos compañeros se animan a seguirle.

—No somos nosotros los que bañamos, afeitamos y vestimos mendigos con traje de Armani, llenamos sus bolsillos de rublos con la única orden de negar todo lo que les preguntes... Luego les bajas la cabeza delante de tu "hombre de negocios" —el italiano le recuerda su método más famoso, y aquel que no puede negar, es muy conocido por todos. —Concluyes tu acto diciendo "eso les pasa a los que no pagan". —Hermes se encoge de hombros.

"Hombres de negocios" se refiere a aquellos que pagan por protección. Algunos inicialmente se niegan a hacerlo, por lo que debe tomar medidas fuertes o débiles, dependiendo de la situación y la cantidad de dinero que el tipo maneje. Buscan a alguien de la calle, lo arreglan, lo visten; normalmente, estos miserables, por un par de rublos, hacen lo que sea, y solo se les dice que tienen que negar, ni siquiera van a hablar.

Citan a su posible negociante en uno de sus restaurantes, llegan con el hombre recién vestido y arreglado. "¿Vas a pagar?", siguiendo la línea, el tipo negará, tal cual se le dijo; luego de hacerle la pregunta tres veces y ante el que se ha negado a pagar por protección, es degollado. Después de ese instante, paga todo lo que se le diga. La gente quiere invertir siempre en lugares seguros y, a futuro, ese negocio será visto como seguro.

Sus ingresos aumentan, y los de Moscú también.

Pueden, quizás, secuestrar a algún familiar, dañar a esposa o hijas, solo para que el individuo vea que no es seguro tener a sus hijos, esposas y negocio sin protección. Sin embargo, no está dispuesto a compartir sus métodos o hablar de más. En este mundo, gana el que hable menos, el que maneje mejor el bajo perfil, y no el que ostente más dinero, armas o esquema de seguridad; eso es en las novelas o películas; la vida real es más simple.

Aunque no menos peligrosa.

—Bien, se acabó la hora lúdica... A trabajar —uno a uno va tecleando cada PC, y este se va iluminando rápidamente. —Son las cámaras de seguridad de la casa que era de Axel Russo y que vendió a los Seller. —Señala uno y reproduce lo que hace unos minutos ha dejado en pausa. —Esto te va a interesar —su dedo índice señala al italiano, y, en segundos, el distinguido hombre se pone alerta.

Una mujer entra en el campo de visión, y él la reconoce rápidamente: es Charlotte, su amante durante más de ocho años, una mujer que lo marcó de la cabeza a los pies y a la que le fue difícil dejar atrás. Está frente a tres hombres más, alrededor de una mesa de caoba, y encima de esta, varias decenas de envoltorios plateados. Cada hombre tiene un maletín que abre frente a la mujer, y esta sonríe.

Si bien no hay audios que indiquen lo que dicen, el material es gráfico. Detrás de ellos, y formando un círculo en torno al grupo, diez mujeres de entre 18 y 19 años, vestidas de manera provocativa, erguidas y con el rostro apuntando al frente.

—Esa es mi mercancía —habla Kai, sonriente, aunque está lejos de estarlo. ¡Son sus putas! —¿Cómo carajo pasa eso y por dónde la sacan?

—Russo —responde simplemente. —Desconozco si Filippo lo sabe o no, solo que Axel no tiene idea.

La transacción es rápida; dos de los tres hombres frente a la mesa recogen la mercancía y la dejan a un lado en el suelo, liberan el espacio en la mesa para, segundos después, desplegar un mapa en ella. Hermes amplía el sitio donde está el mapa, dejando solamente el papel en la pantalla. Es un mapa del territorio del italiano, más exactamente del puerto cerca de su casa, el negocio familiar que se ha asegurado de que esté limpio de los negocios de su padre y ahora el suyo. Alza la mirada y se encuentra con la ceja cobriza alzada y los brazos cruzados de Hermes.

—Filippo hizo sacar a tu padre del negocio y te proclamó a ti como líder —le recuerda. —Al viejo no le interesa que el negocio quede en familia o que tenga dinero para lanzar por los aires —sigue diciendo.

Él lo sabe más que nadie; a su padre le importa el poder que le fue quitado. Young contribuyó también a que ello sucediera al dar su voto cuando ha estado por fuera todos estos años. Sin embargo, el voto de alguien importante dentro de otra organización y que tiene negocios con los italianos pesa más que el de cualquiera.

Por eso ensuciaron a Young, secuestraron a Axel; Zack solo quería hacerle creer a su padre que solo a él le importaba, cuando la realidad es que iba detrás de su propio beneficio. Dañar las vidas perfectas de los hombres que, por años, ha envidiado, y Caitín... Ella solo quería estar libre y con mucho dinero.

Sin dudas, el error más grande de Alexandre Bern's fue enviar a sus matones a robar ese crucero. El de Filippo fue confiar en que todo quedaría así, luego de que pidiera la cabeza del líder de esa zona, y el de él, creer que Charlotte tomaría a bien cortar esa relación.

Hablar con Moscú tampoco le había ayudado.

—La esposa de Axel es el filtro para que él firme o no los embarques —sigue diciendo Hermes, luego de decirle que su ex trabaja con los Russo desde el secuestro de Axel. —Charlotte ha logrado cierta confianza con el viejo y con la pareja, pero la chica es buena en su trabajo.

—Si es una traba, está en peligro —habla rápidamente Kai, y Hermes se burla abiertamente de él. —Es casi una hermana para mí...

—Uno no se coge a la hermana, pero no los llamé para hablar de eso —le interrumpe. —Resulta, Kai, son tus chicas, es mi droga, y el lugar al que van es tu territorio, Alex. ¿Soluciones?

Los tres se miran entre sí; no es algo que ellos deban decidir, pero, si la fecha en ese mapa es correcta, no hay tiempo de llamar y esperar una orden. Tomaría doce horas reunir a todos en Italia. Kai es el que menos tiene problemas; él puede tomar una decisión, y Young la respaldaría.

—¿Cómo sabes todo esto? —se atreve a preguntar, y el griego ríe una vez más.

—Tengo trabajando a asesinos, Alex; es lo que saben hacer. Han estado casi un año en este lugar, detrás de una chica cuya vida aburrida los tiene estresados —dice. —Es lógico que quieran diversión, y esa diversión los llevó a este grupo. Se acercaron a los míos en búsqueda de algo para hacer a un lado a alguien. —Junta el dedo índice y el pulgar, y hace un guiño. —¿Qué métodos de distracción querrían, de ser ustedes?

—Un muerto, un herido... —responde Kai. —Quieren a los Russo lejos del puerto, y la mejor forma es, quizás, la esposa.

—El mismo Axel puede ser también presa fácil; pienso que el primero que les dé oportunidad, irán por ello —confiesa. —La mercancía está allí, lista para el embarque.

—¿Por qué simplemente no das esa información a la policía? —se queja Alex, y su compañero responde.

—Honor.

—Jamás lo entenderías, Alex; tú llevas poco tiempo en esto, te falta mucho terreno que caminar —dice, en calma.

Lo siguiente que le dice lo deja con la cabeza vuelta un caos. Charlotte Wood, o mejor dicho, Caroline Charlotte Wood, era hermana de Rebeca Wood. Tenía como lugar de residencia Miami, y allí la creía Axel. Rebeca era la mujer que Zack buscó para Axel durante el secuestro. Su Charlotte fue, además, novia de Liam cuando este era adolescente, hasta llegar a la universidad.

—El general le exigió dejarla porque era mala influencia, y de hecho es así. Charlotte, o Caroline, como era conocida en esa época... Fue quien le vendió a Liam el negocio perfecto —apaga todos los PC mientras ambos se quedan pensando en lo que van a hacer. —Y le presenta a su hermana; una vez termina con Liam, viaja a Italia y allí te conoce.

Se cree que la persona que fue a visitar a Rebeca fue a su hermana, buscó como pretexto ir a trabajar para dar un motivo de ingreso al país. La realidad es que ella iba directamente enviada por Zack, con quien tenía una relación extraña y solo para tener un hijo de Axel.

Los tres contemplan la pantalla en silencio y ven cómo se reproduce el video hasta que llega a su fin. Saben que la solución debe ser práctica y sin levantar sospechas; de lo contrario, perderían la mercancía. Solo uno de ellos habla.

—Yo me encargo —responde Kai, y todos le miran, curiosos. —Déjenlo en mis manos; yo me encargo.

—Debo partir hoy mismo, pero no confío en ti.

—Ni yo —responde Alexandre. —¿Qué tienes en mente? —le pregunta a Hermes, de quien sabe no dará un problema sin tenerle una solución.

—Dejarlos ejecutar el plan... El resto es nuestro —Hermes sonríe, y su móvil suena; alza el rostro hacia sus compañeros, serio. —Alana Russo fue encontrada inconsciente en el penthouse por su esposo.

—No te veo preocupado; pensé que era tu hermana —se mofa Alex, y Hermes le sigue.

—Todos moriremos alguna vez; eso es algo que tengo claro desde que entré a este mundo —la respuesta deja a ambos burlándose de la veracidad de esas palabras.

—Quizás el amor acabó al ella elegir —habla, divertido, Hermes. —La quiere muerta en la vida real y en su cabeza; yo sé de eso.

Una vez fuera, le preguntan al griego las razones por las cuales la policía le cedió esa ubicación a él y las suyas para trabajar con la policía cuando sus códigos lo prohibían.

—Los tiempos cambian —les responde. —El capitán me dio 24 horas para solucionar esto; luego de ello, él se ocupaba.

—No puedo perder la mercancía; es por lo único que me han dejado aquí un año —termina de decir Kai, y el italiano hace una mueca, mirando al griego.

Ángelo le explica que ese video fue rescatado por uno de sus hombres; estaba encriptado dentro de la PC dejada por Zack. El capitán no tenía ni idea de lo que estaba haciendo o el negocio que hizo con Hermes. Salen de la casa y se dividen hacia sus respectivos vehículos; cada uno de ellos marca un número distinto.

—Tengo el lugar y hora en donde zarparán varias mujeres —habla uno de ellos, luego de que su interlocutor saludara. —Estoy seguro... En mis terrenos... Ya te mando la ubicación —cuelga la llamada y se acerca al auto que lo espera. —Al aeropuerto, por favor.

En una esquina posterior, otro de ellos marca un número y pregunta a quemarropa.

—¿Sabes que alguien nos robó? ... ¡Estoy seguro! ¡Porque lo acabo de ver! —ante todas las respuestas afirmativas, sonríe. —Ya, déjalo; yo me encargo.

Se acerca a su vehículo, entra y arranca con rumbo desconocido.

Hermes, el tercero, toma el móvil y marca a alguien; sonríe mientras le cuenta que era mejor perder la mercancía a caer en manos de la DEA. Sabía que, diciéndoles a esos dos lo que ocurría, ellos solucionarían todo sin que él metiera sus manos. Podría ser un criminal, pero jamás lidiaba con menores de edad o mujeres forzadas a trabajar. Las mujeres que ellos tenían, se aseguraban de que vivieran dentro de los lujos y felices; la gran mayoría era rescatada de proxenetas abusadores o de las calles y eran las amantes de sus hombres. Las únicas mujeres que les eran permitido tener, y no porque estuviera prohibido, era básicamente porque era difícil huir si tenías esposa e hijos.

Actualidad

Axel

Papá está a mi lado, y mi madre, al lado suyo. La policía ha emitido una orden de captura contra el tío Leonardo, y es, quizás, una buena noticia en medio de tanta tragedia. Bruno se entregó y no opuso resistencia; él y Zack han colaborado con la policía, señalando a todos los que, de una u otra manera, les ayudaron. Camila y Franchesco (los padres de Caitín) figuran en esa lista; dicen haberles dado dinero al darse cuenta de que empezaban a averiguar sobre su hija. Lógicamente, Caitín también estaba implicada, y hasta Liam, a quien acusó de haber entregado un plano y un CD obsoleto, solo para que su exmujer le cediera los derechos de su hijo. Siendo yo el esposo de Alana, dije que no levantarían cargos.

Liam jamás llegó a robarnos nada, pues eran solo copias; un CD que no sobrepasaba los 5 dólares. Los Parissi y yo sufrimos demasiado como para sumarle otra preocupación más a nuestras vidas. Eso sí, el general le dijo a Liam que no quería verlo en años, y su hijo aceptó la sentencia.

—Debes ir a comer o dormir —murmura Giselle, y niego. —Vamos, hijo; llevas más de veinticuatro horas; todos hemos descansado menos tú.

—Cuando me digan que pueda verla —insisto, porque no me han permitido estar cerca de ella, y solo la veo detrás de un cristal.

—Su padre ha estado haciendo hasta lo imposible, hijo, pero debes ser paciente —mi padre apoya su otra mano en la mía, y la aprieto con fuerza.

Salomé también ha estado allí, y puedo decir que ha sido bastante amable. Casi todos cambian turnos; yo me niego a dejar el lugar. Es ella quien me trae la ropa o comida que mamá me envía. Insiste en que debo comer, porque, cuando Alana despierte, estará viuda si sigo en ese plan. No puedo irme y fingir que nada sucede, que ella no se las está jugando todas en ese lugar. Porque sé que su mayor batalla la está haciendo ahora, y necesito decirle que no está sola.

Kai no está en la ciudad; con sorpresa, recibí que se había ido hace un par de días. Según nos dijeron, tenía asuntos urgentes que solucionar en otro lado. Sus primos, Ryu y su esposa, habían llamado. Me dijeron que estarían pendientes de mi llamada y que entendían que quisiera privacidad. Pilar también había llamado, la hermana Carmen y hasta un grupo de excompañeros de Alana del astillero, diciendo que, si necesitaba relevo para cuidarla, ellos se turnarían.

Para los compañeros de Alana, la persona que hizo aquello podría regresar al saber que ella estaba aún con vida. Tomé nota de su preocupación, pero me dije que nadie más que yo la cuidaría. No me movería de allí; ni al mismo Ángelo le encargaría esa misión, tampoco la de encontrar a quien le había hecho esto.

—Axel —la voz de mi suegro me hace levantarme, como si esa voz me diera la energía que necesitaba. —Puedes verla.

—Gracias —agradezco, acercándome a él y recibiendo su abrazo.

—Su frecuencia cardíaca está bien; si logramos controlar el medicamento en su sistema... Estará de vuelta con nosotros, hijo —me dice al oído, y lo aprieto con más fuerza.

Me alejo de él y limpio mis lágrimas mientras lo sigo, recordando las noches que solíamos pasar en la terraza cuando había luna llena. Porque, de alguna manera, amaba ese estado de la luna; para ella, era la luna de los enamorados. La vida no puede ser tan injusta, pienso, mientras me ayudan a vestirme con un traje azul.

—Te daré el tiempo que desees —dice la doctora, abriéndome la puerta y dándome espacio. —Para que vayas a descansar... No te ves bien.

La mujer afroamericana de rizos y ojos marrones, rostro ovalado y mirada pícara, me sonríe. Debe tener unos 40 años, o quizás más, porque no los aparenta; tiene ese tono de piel perfecto y un cuerpo exuberante. Sonríe al ver que la observo con detenimiento antes de responder.

—Si desea que duerma, déjenme aquí con ella —digo, y me mira sin decir nada. —No me iré de aquí, y, de todas maneras, la policía dice que es peligroso que esté afuera.

—Hablaré por ti; no te preocupes, hoy podrás quedarte aquí —agradezco con una inclinación de cabeza y entro a su habitación.

Lo primero que escucho es el sonido insistente del aparato al lado de ella, ese que me dice que no está muerta. Mi respiración sale pesada al entrar; tiene el respirador artificial, sonda y varios cables en su pecho. Su rostro pálido y pestañas largas cerradas, ocultos a mi vista sus hermosos ojos, aquellos que amo ver y en los que podría perderme. Me quedo al pie, a la altura de su cabeza, y acaricio con mis nudillos su rostro.

—No estás sola, cara... —murmuro, quedándome un poco más en su mejilla y delineando sus labios. —No sé en qué espacio de tiempo o lugar estás; solo que aquí se te extraña mucho. —No siento algún cambio en la máquina que controla su corazón, algo que me diga que me está escuchando. —Te necesito, cara; regresa, por favor.

Me quedo un instante contemplándola, busco una silla y me siento frente a ella, tomando entre mis manos una de las suyas. Allí me quedo por varias horas, hasta que me dicen que es momento de salir, y eso hago. Una vez fuera, no hay nadie de mi familia; solo encuentro a Salomé.

—El capitán Jules ha llamado a tu padre y al general —aclara, al verme mirar a todos lados.

—¿Qué sucedió? —pregunto, y muerde sus labios.

—Hay una denuncia por droga dentro de un viejo yate en el astillero —junto las cejas, intentando hallar algo con esa descripción, y no encuentro nada así. —También dentro de la casa de los Seller; ellos están también desaparecidos.

Con lo de Alana, había olvidado lo que Ángelo me dijo. Le intento marcar a mi padre, pero el móvil se va a buzón. Salomé me cuenta que el capitán encontró material para creer que los Seller pretendían traficar con drogas y mujeres dentro de mis cruceros.

—Creen que lo hicieron un par de veces, cuando estabas... bueno, ya sabes —dice, y mira mi rostro. —Deberías dormir un poco; el señor Parissi te adecuó ese cuarto. —Giro mi espalda y veo el lugar donde me ha señalado, pero, a lo lejos, llega Noah, y eso me hace acercarme primero a él.

—¿Qué sucedió? —Noah sonríe antes de explicarme.

Todo está bajo control; la policía no encontró nada ilegal dentro del puerto, pero sí en la que fue mi antiguo hogar. Por lo menos quince chicas, menores de edad, en su gran mayoría latinas, y que irían a parar a Tokio o Tel Aviv. Los Seller fueron capturados cuando estaban a punto de abordar un avión rumbo a Buenos Aires. Solo hacía falta Leonardo; a los demás, les estaban tomando la declaración.

—Volveremos a casa —me dice, con una sonrisa, y solo asiento. —Cuando la señora despierte, su padre está ubicando a su nuevo esquema de seguridad; viene de Sicilia. Descanse; yo cuido a la señora; nadie entra o sale.

Asiento y camino hacia la habitación; una camilla y un sillón me esperaban. En la mesa, al lado de la cama, una nota y una 9 mm. Tomo la nota en mis manos y la leo con atención.

"Lo que yo enseño jamás se olvida. Siempre lamenté que fueras un niño rico y no un huérfano; ambos haríamos maravillas de ser así. Si vas a cuidar de tu mujer, hazlo como se debe."

Sin firma, tal cual suele hacer, y tampoco hacía falta. Tomo el arma, verifico que esté cargada y la dejo debajo de mi almohada. Me acuesto, mirando la lámpara encendida. No esperaba quedarme dormido, pero supongo que 30 horas sin hacerlo eran más poderosas que cualquier fármaco.

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