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Capítulo 36

San Juan de los Vientos

Narrador

Hermes cuelga la llamada y se baja del auto, mientras maldice en voz alta: "Maldito insecto". Con zancadas largas y a toda prisa, cruza la recepción del hospital, llega hasta donde Noah que está apostado con una taza de café en la mano y, al verle llegar, sonríe.

—¿Cuánto tiempo lleva? —pregunta de manera seca, lo que desea saber es si ha tenido tiempo de dañar a la chica.

—Media hora con sus padres —responde, mirando la habitación a varios metros de ellos. —Hace cinco minutos me dijo que le buscara algo de comer. Luego de ello, te llamé; no me he movido de aquí. Di una vuelta y regresé.

—No ha hecho nada —concluye, y Noah niega. —¡Buen trabajo! Recuérdame ese detalle cuando lleguemos a Moscú.

Noah asiente, mientras su Hermes avanza hacia la puerta. Fue él quien descubrió que un oriental vendió a los Seller ese fármaco. También, que Kai tenía un hijo y que se acostó con su prima. Él y Noah eran los únicos dentro de los 48 miembros del grupo que hablaban japonés.

Se queda frente a la puerta de la habitación y empuja lentamente; lo que ve no lo sorprende, ha visto cosas peores. La novedad es que conoce a la víctima; su esposo es como un hermano menor, y ella, como una cuñada. Es lo mismo que ver a Tess, la esposa de Miles, su hermano menor, siendo manoseada por Kai. La chica está desnuda; él acaricia su cuerpo y habla entre susurros. Cuando pone una mano en su cinturón, decide entrar.

—A mí me gustan bien despiertas —dice, y Kai da varios pasos atrás. —¡Porta! —grita, y es la señal que los de afuera necesitan escuchar para no dejar entrar a nadie.

—Este no es tu problema —le aclara Kai, sin la menor vergüenza. —¡Largo! —ríe, mientras camina hacia él.

—Es mi problema, claro que es mi problema —insiste, tomándolo por uno de los brazos y apoyándolo de espaldas a la pared. —¿Te gusta así? —murmura en su oído, y su cuerpo contra el oriental le imposibilita a este liberarse. —Eres un asqueroso gusano; debería aplastarte o someterte...

Apoya todo el peso de su cuerpo sobre él, quedando Kai presionado entre dos murallas. Solo que una de ellas tiene manos fuertes; le quita la chaqueta y desgarra la camisa ante los nulos intentos del hombre de liberarse. Es bastante obvio lo que pretende, y, una vez que nota el miedo en su cuerpo al verlo en total tensión, cede un poco.

Lo libera, y Kai retrocede; saca de su cintura el arma que apunta hacia el griego. Hermes lo observa, divertido; tiene muchos defectos, irrespetar a una dama no es uno de ellos. La mujer que está desnuda frente a ambos es una; toma la sábana y la cubre. Se quita la chaqueta de cuero negra que luce hoy y la deja encima de la mujer.

—Esto es lo que pasará —sigue diciendo, metiendo las manos por debajo de las sábanas y subiéndole las bragas a la chica. —Puedes disparar esa pistola, y no dudo que tengas buena puntería, pero no saldrás vivo de aquí. —continua —No los conozco como impulsivos, aunque sí como tipos cuyas maneras de tener sexo son bastante extrañas.

—¿Tú qué sabes? —dice, y ya su temor ha cedido. —Pueda que contrate a tus hombres luego de matarte; desaparecer tu cuerpo no será problema. ¿Dirás que jamás has visto a Alana con otros ojos? Curvas perfectas, boca pequeña, divertida, perfeccionista, bromista.

Niega y le da la espalda; alza las sábanas y termina de vestir a la mujer, no sin antes pedirle permiso mentalmente.

—Las esposas de mis mejores amigos son asexuales para mí —exclama. —Son como hermanas; no creo que tú sepas de eso. —le mira por encima del hombro — Además, que esté inconsciente... Yo amo escucharlas gemir... Esto es... ¡Estúpido! Hasta para ti.

—Tú no sabes nada; eres otro perro al servicio de otros...

—Soy más que eso, gusano —le interrumpe, y sigue sin mirarlo.

Si Axel supiera todo lo que hizo por ellos hoy y lo que perdió, muy seguramente sería suficiente para crear vínculos fijos. Él no quería dañar una amistad mezclando negocios; Russo era el único amigo que tenía y no estaba mezclado con ningún grupo. Gira y se enfrenta a un Kai que está listo para pelear.

—No me voy a los puños con nadie; lo considero un acto de cobardía de mi parte —le aclara, con suficiencia. —Tampoco deseo dañar mi hoja de vida —dice, y sonríe. —Soy un chef de vacaciones, un ciudadano griego con ciudadanía rusa y miembro importante de la escuela de culinaria moscovita.

—Sal de aquí y haz como si no hubieras visto nada, griego...

—Tengo una orden que cumplir —responde, en calma, apoyando su cuerpo en la camilla y protegiendo con él a la chica. —¿Sabes por qué mi nombre, Kanoe? "Hermes".

—Porque eres el lameculos de Sergey... —despotrica contra él. —Es lo que haces: limpias la mierda de otro, con apoyo de Moscú.

—Soy el mensajero de los dioses, Kanoe; no tengo jefe, dios o ley. Soy el dueño de mi propio destino; conozco a muchos, y nadie me conoce —réplica. —Hace unos minutos hice una llamada, y tengo tu culo en mis manos; eres mi puta si así lo deseo —le responde, lento, y sin importar que el hombre tiene el arma en sus manos.

Su adversario sonríe y niega, divertido; revisa el móvil y lee el mensaje recibido. Se las arregla para no mostrar emoción, lo guarda nuevamente y no pierde de vista a su adversario.

—Creo que un disparo es mala idea...

—Sin duda —le responde, tranquilamente, y ve cómo guarda el arma.

El griego observa las cuatro paredes, notando que no es un buen lugar para hacer algo. No es buena idea hacer sus actos públicos; las leyendas son buenas cuando solo son rumores y no hay testigos.

—Ya tienes una debilidad, Kanoe; esa lagartija, ¿cómo se llama? ¿Aiko? —pronuncia el nombre del chico, y, en segundos, el hombre se tensa.

Apoya una mano en la pretina de su pantalón y saca de allí una estrella filosa de cinco picos que lanza en dirección a su enemigo, tan rápidamente que cree haberle dado. Es esquivado sin la menor dificultad, y, en segundos, el cuerpo de Kai es derribado por el griego. La ligereza de sus movimientos lo sorprendió; jamás imaginó que alguien tan grande pudiera tener tanta agilidad.

Apoya su antebrazo en su garganta, y todo el peso de su dorso llega a ese lugar. El rostro del asiático se torna rojo; sabe que no puede matarlo, lo que sí puede hacer es dejarle las cosas claras.

—Con mi hijo, no... —le advierte, sin miedo en sus ojos oscuros. —No te gustará ser mi...

—Con tu hijo, todo, Kanoe, —le corrige —no me interesa vengarme, sino causarte dolor —le aclara. —Cuando Axel o su padre se enteren, me dirán: "¡Soluciónalo!". O quizás le digan a Camorra; no importa quién es el protagonista. —Presiona un poco más su pecho y luego lo suelta, sonriente. No se quita de encima suyo y deja una rodilla en el pecho del asiático. —Darán con esa sabandija que has llamado Aiko, y allí sabrás lo que es el dolor, Kanoe...

Presiona la rodilla en el pecho del hombre; desde el suelo, intenta liberarse, sin resultados. Solo cuando ve su cuerpo rojo y la respiración cada vez más pesada, lo suelta. Inspira una gran bocanada de aire y empieza a toser; se levanta con dificultad ante la mirada divertida del griego. "Ya no es tan hombre ahora".

—¿Crees que no sé lo que hiciste? —pregunta. —¡Le vendiste esa droga a los Seller! Y no me digas que no lo sabías.

—Son negocios; tú sabes más de eso que yo —responde. —No tenía idea de que ella tomaría esa pastilla. Solo se dormiría, y ya...

—Tienes dos horas para largarte —le advierte, en calma. —Te estoy dando una oportunidad que nadie ha gozado hasta hoy, y solo porque le debo un favor a tu jefe.

—Nos veremos las caras...

—Cuando estés casado, ¡recuérdame! —le advierte, señalándolo. —Porque yo no me voy a olvidar de ti; buscaré a tu mujer y me la cogeré; me aseguraré de que esté despierta y que goce gritando mi nombre... fue puta, y que esas no dejan de serlo —empuña su mano y besa la cruz que hay en ella para luego apuntar el dedo índice hacia él. —Dalo por hecho. ¡Porta! —vuelve a gritar, y, en segundos, tres hombres entran y sacan al hombre de la habitación.

Da media vuelta y observa a la mujer dormida; realmente es hermosa, pero tiene ese aire inocente que odia en las mujeres. ¿Quién quiere a una monja en la cama? Pregunta para sí, divertido.

—Aunque sí tiene cara de ángel y mente de diabla... Una dama en la sociedad y una puta en la cama —sigue diciendo, entre risas, acercando la silla hacia la cama y sentándose en ella.

Axel

Llego hasta la habitación y me encuentro a Noah apostado en la puerta. Verlo allí me da alivio, más cuando me dice que todo ha transcurrido con tranquilidad y que su jefe ha cuidado de Alana, pues Kai le había salido una urgencia.

—Se fue; pidió excusas por no quedarse —me sorprendo un momento, y el hombre me mira un instante. —Era mejor, jefe; ese tipo era raro. Nadie que coma insectos es normal.

Sonrío, entrando a la habitación, y me encuentro a Ángelo leyendo lo que parece ser un libro en voz alta, tan ameno que me quedo un instante viéndolo. Jamás se me había ocurrido algo así; al escuchar algunos apartes, me doy cuenta de que le lee Orgullo y Prejuicio, la novela preferida de mi esposa.

—¿Practicas? —le pregunto, y alza su rostro del libro, observándome, divertido. —Cuando tengas hijos...

—No le leeré a mis hijos esto, aunque tiene buenas frases —sonríe y ojea un poco; se detiene en una hoja y apunta su dedo hacia ella. —"Cuanto más conozco al mundo, más me desagrada, y el tiempo me confirma mi creencia en la inconsistencia del carácter humano y en lo poco que se puede fiar de las apariencias de bondad o inteligencia." ... Acertadísimo; yo lo acabo de comprobar.

—Gracias por cuidarla, hermano —agradezco, y se levanta, entregándome el libro.

—Te cedo los honores; me han dicho que es buena idea. Davis, el cuñado de Sergey, estuvo en coma por mucho tiempo, y fue una hija de... —se detiene bruscamente y niega, divertido. —El punto es que la chica acostumbraba a leerle y a contarle todo cuanto le sucedió a ella. Estuve buscando un buen libro de romance; la chica de la librería le dijo a Noah que era el mejor.

—Y es el preferido de ella —recuerdo, alzando el libro hacia él, y sonríe.

—Buena suerte, entonces —responde.

—Tenemos que hablar de negocios, pero, en el momento, no tengo cabeza —digo, y asiente.

—Con el tío William; yo viajo en un par de días...

A Londres, a ese restaurante que insiste en comprar. Lo acompaño a la puerta y regreso con ella. Me quito la chaqueta, los zapatos y decido que, si le leeré, lo haré cerca.

—Solo espero que las enfermeras no me insulten —hablo, acostándome a su lado y besando su cabeza. —Creo que deberé empezar de nuevo.

Empiezo a leerle y me doy cuenta de que me relaja; estoy cerca de ella, puedo fingir incluso que ella está allí, disfrutando de mi lectura. No sé en qué momento sucede, pero me quedo dormido abrazado a ella.

Abro los ojos rápidamente al sentir los gritos y me encuentro con Alana sentada en la cama, manoteando en el aire, gritando una y otra vez que no la toquen. Me pongo en pie y la abrazo con fuerza, murmurando que soy yo y que no tiene que temer.

—Soy yo, cara —le digo, al ver que golpea con los puños cerrados mi pecho. —Tomo su rostro entre mis manos y la hago verme, pero sigue con los ojos cerrados y golpeándome. —¡Mírame!

Y lo hace; por Dios, no hay nada más perfecto para mí en ese instante que ver cómo sus ojos celestes me miran, asustados. Sonrío, y veo que sigue asustada, porque su mirada va a todo el lugar, como quien busca a alguien.

—¡Quiero irme a casa! —suelta, sin más, y empieza a llorar, pegándose de nuevo a mí.

Repite una y otra vez que quiere irse; siento su corazón latir apresurado, y me recuerda el corazón de un pájaro cuando se le atrapa. Intento alejarla para verla a los ojos, pero no me lo permite.

—Sácame de aquí... por favor...

—Nos iremos, cariño; solo cálmate —le ruego, besando su mejilla. —Llamaré a tus padres y a los míos; les diré que has despertado...

—Y que nos iremos a casa... —interrumpe, y sonrío, besando su cuello.

—Y que nos iremos a casa —digo. —¿Puedo dejarte aquí? —Niega y se pega a mí con fuerza.

Me quedo allí con ella en brazos, sin poder creer que la tenga de nuevo en mis brazos. Aún no sé por qué está asustada, pero imagino que es por todo lo ocurrido ese día. Busco dentro de mi pantalón el móvil, con algo de dificultad, y me las arreglo para llamar primero a sus padres. El señor Parissi contesta al primer tono, y no me voy con rodeos.

—¡Despertó!

—Iremos enseguida —dice, y le pido, antes de colgar, que llame a mis padres. —No te preocupes; lo haré.

—Ya vienen tus padres... No tienes por qué temer; estás con nosotros —le aclaro.

—¿Quién cuidaba de mí hoy?

—Ángelo; antes de él, Kai y tus padres —empiezo a nombrar. —Ángelo hasta compró Señor Darcy —intento fingir su voz; me sale fatal; sin embargo, logra lo esperado: escucho su risa leve. —Eso es; no hay nada que no podamos vencer juntos. Te quiero, no solo por lo que eres, Alana, sino por todo lo que he cambiado a tu lado.

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