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Capítulo 30

Kai

El trote de la mañana, descalzo por la playa, se ha convertido en una rutina. Tan es así, que de no hacerlo sentía que mi día sería una mierda. Al final de mi jornada, descubría que había hecho todo mal, estaba de mal humor y varios empleados amonestados.

Iniciar el día mezclado con la naturaleza tenía sus ventajas; dejaba en cada paso, respiro y sudor las malas energías, recuerdos y complicaciones que pudiera tener, porque las tenía, y bastante. Una de ellas, y quizás la más importante, el motivo por el que me encontraba lejos de casa, era decirles a mis padres que yo era el padre de Aiko.

Recordar esa noche no es fácil, no cuando llegué a ser el peor hombre sobre la faz de la tierra, una vergüenza para los míos. Detengo mis pasos al sentir mi corazón más acelerado, y encuentro el motivo en los recuerdos de esa noche.

Estaba en el último club; recibía los mensajes y las claves acostumbradas. Esa noche solo tenía que hacer negocios con cinco locales, y ese era el último. Mi trabajo se limitaba simplemente a blanquear el dinero de mis jefes. Era abogado de profesión, tenía a cargo un banco en mi ciudad, uno cuyos dueños eran mis jefes: los Yakuza.

Mis padres no lo sabían; normalmente, no haría nada a espaldas de Ryu Kanoe, pero algo de esa naturaleza no me lo perdonaría. El tratamiento de Aiko: su corazón y el trasplante de hígado fueron gracias a mi trabajo con ellos.

Esa noche visitaría ese club y me iría a casa. Cuando la vi llegar, muchos de los hombres allí gritaron obscenidades al verla entrar. El sitio era uno de los más grandes de la zona; los hombres que asistían, no muy aseados.

Flashback

—Es la estrella del lugar —me mencionan, al ver que la miraba de más.

Supongo que imaginó que mi escrutinio era por interés, y es que Aiko es hermosa; su piel parecía de porcelana, ojos negros e inocentes, y aparentaba siempre menos edad. Llegó vestida con ropa colegial, y, por lo que sabía, tenía más de dos meses sin ir a casa. Ni siquiera Colín, que siempre la hallaba, había logrado ubicarla.

—¿Quieres exclusividad? La casa invita, todo por el preferido de los jefes —insistieron.

Yo seguía observándola, como uno de los guardias la había inyectado no más verla entrar. Hasta el momento, desconocía los alcances de la droga en Aiko, y la vi charlando amena con varias chicas del lugar. Allí pude observar cuán distinta era a las demás; jamás había fijado mis ojos de más en Aiko. Mi padre era celoso de ella y la sobreprotegía, incluso de nosotros. Creo que eso, y la muerte del tío, la llevó a rebelarse de todos y de la peor manera.

Ocurrió entonces lo que jamás la había visto hacer; para mí, Aiko era una niña perdida y sin orientación, hasta ese día en que vi a la mujer. Se montó en una de las mesas y fue avanzando con destreza sobre ellas, mientras hacía movimientos lentos con sus caderas y pelvis. El público (masculino al 100%) gritaba, excitado, y la animaba a desnudarse.

—¿Estás seguro de que no tienes interés? —vuelve a insistir.

Me he quedado con el vaso a medio camino de mi boca, contemplando por primera vez, y de la manera menos decorosa, que la pequeña Aiko era una mujer, capaz de despertar placer en cualquiera. En su paso hacia la pista, a la que iba, tenía que pasar por mi mesa. En casi todas, ella se inclinaba y besaba a alguien, quedando el trasero en el otro lado.

Todos en la mesa disfrutaban; unos, físicamente, y otros lo dejaban todo a la imaginación. Aiko besó a quien estaba en el lugar opuesto a mí. ¿Adivinen quién descubrió esa noche que mi prima no usaba ropa interior para esos shows?

Kai Kanoe.

Como era de imaginarse, su posición le impidió ver quién estaba del otro lado de la mesa, y solo lo hizo una vez que llegó al escenario. Cesó el baile, y sus mejillas se tornaron coloradas; pese a su estado, ella supo en ese instante a quién le había mostrado su trasero. Las protestas de los hombres no se hicieron esperar, y ella se quedó en pie, en lo que parecía esperar una señal de mi parte para continuar. El problema allí era que nadie tenía que saber quién era ella, y, por más que me reventara verla en ese estado, lo mejor era hacer de desconocido.

—¡Continúa! —dije, alzando la copa hacia ella y sonriendo, aunque por dentro estaba explotando en miles de fragmentos, y estos, a su vez, en otros miles.

—Se lo dije, Doe; es la mejor, no encontrarás a nadie como ella en ningún club —dice.

Supe que lo abarrotado del lugar era porque se sabía que ella se presentaría allí toda la noche y todas las tres noches que seguían: viernes, sábado y domingo.

—¡Nadie la toque! —ordené. —Le das todo lo que necesite; lo pasas a mi cuenta... Pero nadie la toque.

—Usted ordena —responde.

Salí de allí sin ver al escenario; llegué a casa, me llevé a mi paso una copa y la mejor botella que tenía mi padre en el bar, prometiéndome pagarla a la mañana siguiente. Solo sabía que estaba bastante tomado cuando alguien entré a su habitación; estaba todo oscuro, y avance con las imágenes de ella bailando en ese bar. Recuerdos que me encendían como nadie lo había hecho.

De estar en mi estado racional, habría detenido; Aiko no era una visitante frecuente de la casa, pero esa noche rompió a rutina. Por que al igual que yo, ella quería que esto sucediera. Lo que sentía en esos momentos era tan fuerte que me importaba muy poco que había roto la moral y las buenas costumbres de la casa, solo que me sentía en el cielo.

Aunque ese momento me llevaría al infierno y me mantendría allí hasta el día de hoy.

Nos desnudamos en la semi oscuridad, y, en segundos, estábamos dando rienda suelta a nuestra libido y deseo. En algún momento de la noche desperté de ese letargo. Las imágenes de nuestro encuentro eran distorsionadas, ¡Yo no podía haber hecho algo tan monstruoso! El silencio de mi acompañante me hizo encender la luz de la lámpara de noche.

—¡Maldición! —dije en voz baja.

La realidad me golpeó: ¡Había tenido sexo con mi prima! ¡Sin protección! ¡En casa de mis padres! En mi mente, gritaba, histérico; mi padre me haría pedazos y lanzaría mis restos al mar. Desesperado, busqué mi ropa interior, me vestí rápidamente y luego hice lo propio con ella. La arropé y me quedé observándola dormir, minutos después salí en silencio,

Jamás había tenido un orgasmo igual, y que lo hubiera hecho con ella me hacía sentir el más miserable de todos. ¡Ella estaba drogada! Fui a buscar a Colín y armé el plan al que, en adelante, me ajustaría: "Llegué y la encontré tirada en un parque, el que está cerca; la dejé en la cama".

Su hermano me abrazó y hasta lloró de agradecimiento, y ello contribuyó a que me sintiera más miserable. No dormí ese día; la luz del sol me encontró arreglando mi cuarto y hasta lavando las sábanas de la cama. A eso de las seis de la mañana, salía de casa.

Fin del Flashback

En adelante, me dediqué a esquivar a Aiko; algo bastante fácil, pues su condición empeoró. Ella jamás llegó a tocar el tema, y eso me dijo que no lo recordaba, pero yo no pude olvidarlo. El descubrimiento de su embarazo en España trajo consigo que hiciera cuentas, y que estas coincidieran con mi encuentro con ella.

Treinta días antes de que me llegara la invitación de Liam para trabajar con el tío de su entonces esposa, yo había sacado al pequeño Aiko al parque. Esa fue mi excusa; fuimos a hacernos un examen de ADN que me dijo que era mi hijo, y esa noticia me hizo despertar.

Antes de tomar una decisión y enfrentar a mis padres, quería saber exactamente qué sentía por Lena. La noticia, de parte de Colín y Amaury, de que fue drogada, con la similitud de lo sucedido hace años, me hizo tomar la decisión de enfrentar a mi corazón, porque mi cerebro y sentido común sabían lo que tenía que hacer.

Desconocía si Aiko sentía algo por mí, más allá del miedo, porque esquivaba mi mirada, y, si yo estaba en la casa, ella iba directamente a su habitación. Con el pequeño, sí tenía que admitir que me llevaba bastante bien, al punto de que me llamaba papá, al igual que a mi padre.

Diviso a la figura vestida en ropa deportiva blanca que avanza hacia mí y me detengo un instante al reconocer a Young. La mano derecha de mi jefe; nadie en occidente sabía a lo que se dedicaba, y su porte elegante hacía lo propio. Para todos, era un millonario más; de saber la verdad sobre la procedencia de su dinero, sería enviado a prisión. Vivir en Tel Aviv tenía sus ventajas; podía tener el dinero que deseara sin tener que dar explicaciones sobre su origen.

—¿Qué tal te fue? —preguntó, y se queda viendo mis pies.

—¿Por qué no me extraña?

—Porque eres más oriental que occidental —respondo, y regreso con él en el trote.

Por varios metros, lo hacemos en silencio, y es que la vista a nuestro alrededor permite que guardes silencio. La primera hora de la mañana en ese punto tiene una vista maravillosa. He estado a punto de decir que no regresaré, de hablar con mis padres, traerme a Aiko y al niño a vivir acá. Sin embargo, sé que es una quimera, porque solo tengo un año libre para solucionar mis problemas; después de lo cual, debo regresar a Tokio.

Nos detenemos en los límites del hotel, y hago los ejercicios de estiramiento de siempre. Young se quita la ropa y se lanza al mar. Niego, divertido; cada quien se relaja como se lo han enseñado. Supe que él era a quien querían implicar por Alana. Ella le había contado a Colín la recaída de su esposo en América, y cómo él recordaba que alguien le dijo que buscara a Young cuando necesitara mercancía.

El suceso en ese metro también me pareció sospechoso, más aún cuando el italiano se encontraba en la ciudad en la misma época que ellos. No tenía idea de qué problemas tenía con su padre o sus hermanos, solo que se llevaban terriblemente mal. Sale del mar y sacude su cabello, mientras empieza a vestirse.

—Alex fue el de la idea de mencionarme —dice, y sé que con "Alex" se refiere a su padre. —Zachary no tuvo contacto con los del secuestro; todos eran hombres de mi padre. Los detalles de lo que se hizo ese día, los sabe Franchesco y su esposa.

—¿Todo eso te dijo tu hermano? —pregunto, incrédulo, y sonríe. —¿Por qué te teme?

—¡Porque es un marica! —responde con vehemencia, y "tú un sádico", parece decir mi sonrisa. —¿Hablaste con la chica? —niego.

Se viste rápidamente y se queda observándome; sé que es algo difícil de hacer, y es importante que ella sepa la verdad. No obstante, no deseo que Lena sufra más de lo que ya lo ha hecho ni destruir ese hogar.

—¡Debes! —dice, y percibo una orden que rara vez me han dado. —A ti no debe importarte si destruyes ese hogar o no; tu deber aquí es decir la verdad.

—Espero y confío en que la policía lo descubra —digo, y el viaje de regreso es caminando. —Sin tener que develar quién soy; recuerda que el anonimato forma parte de nuestro trabajo.

—Su hermano es, quizás, un ladrón; posiblemente, está implicado en el hurto de esos planos y lo entregó a Caitín... De seguro, para que le dejaran la custodia del niño —me recuerda, y sigo en silencio. —Puede que esté involucrado en el secuestro de Axel Russo...

—No puedo decirle la verdad sobre su hermano sin decirle que yo saqué a Pilar de esa casa —le recuerdo. —Que, siguiendo a Leonardo, vi cómo mataron a Caitín. ¡No puedo tirar abajo todo lo que hemos construido porque el hermano de una amiga es ambicioso! —grito, desesperado.

Young niega, fastidiado, y me acerco al mar en búsqueda de calma. Me habían pedido seguir a Leonardo; se creía que él y Alexandre Bern's estaban implicando a uno de los nuestros. En ese momento, se desconocía que era a Young, y solo eran sospechas. No solo seguí a Leonardo, también a los Russo, Conti, Parissi, Mancini y, sobre todo, a Pilar, quien veía que se reunía seguido con Zack. La fuente decía que estaba en la ciudad, en búsqueda de su hijo. Ese día, lo seguí por disfrute, al igual que seguía a Axel el día en que casi atropello a Lena.

Conocía el sitio de las llaves, así que, mientras esos tres entraban por la principal, yo lo hacía por la cocina. Escuché todas las acusaciones, de parte y parte; Leonardo Conti era tan culpable como su hijo, y Caitín se lo tiró en cara. Amenazó, además, con decirle a los Russo que tenían al enemigo trabajando con ellos, señalando a su acompañante, una mujer cuyo rostro me fue imposible ver, pues estuve oculto todo el tiempo. Fue Caitín quien, entre llantos y ruegos, señaló a Liam como la persona que le dio los planos y un CD.

Escuché cómo mataron a la mujer, y a otro hombre ayudar a crear la escena. Escondido, escuché los pasos subir y bajar escaleras; eso me dio una idea de lo que sucedía. "Debemos dejarlo todo listo dentro del auto; llamaremos a la policía en cuanto lo veamos entrar", decía la voz de la mujer desconocida. De esa manera, se deshacían del doctor, y su padre, Hermes, lo haría cuando llegara al final de las investigaciones.

—Ella rogaba por su vida —le digo, por fin, a Young. —Narró todo lo que hicieron, ella y Zack; culparía a cualquiera con tal de no ser asesinada.

—El tipo tiene su pasado —me recuerda. —No es de extrañar que lo hiciera.

—¿El que tengamos un pasado oscuro nos hace culpables sin una investigación? —pregunto, y guarda silencio. —Hasta ahora, solo Zack tuvo los medios para entrar al apartamento de Lena y robar —insisto. —Liam no tiene un motivo... Por más que se diga que odia a su hermana, sé que no es así.

Es lo que espero, porque sé que el general no soportaría otro golpe, y Lena podría sufrir una recaída. Su padre, muerto por la impresión, y su hermano en prisión sería demasiado. Ya antes había intentado suicidarse, y, aunque en teoría se creía que había superado el pasado, yo estaba seguro de que no era así.

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