Capítulo 31
Alana
San Juan de los Vientos
Llegamos a la isla hace más de dos meses; por fortuna, logré calmar a mi padre y explicarle las condiciones de salud de Axel. Liam y Pilar se habían casado el mismo día del bautismo del pequeño Liam. A mi hermano le había salido un empleo en América, y lo aceptó; era una manera de que Pilar estuviera en otro ambiente. Las declaraciones las hacía por videollamada; de momento, no se requería su presencia en la isla. Sus padres estaban vendiendo todas sus posesiones y se irían a vivir cerca de su hija. Me sentía feliz por Pilar y hasta por Liam, pues, pese a nuestras diferencias, lo quería. Mi padre decía que era lo mejor; mi hermano había demostrado no ser un buen hombre, sin darme detalles.
En la isla, había un grupo que ayudaba a personas a salir de sus problemas con las drogas, el alcohol, incluso juegos de azar o apuestas. Tenía bastante fama, y muchos aseguraban sanar en ese sitio.
Era una mansión que había pertenecido a un militar y que, al irse de la ciudad, donó las tierras al grupo de hermanas misioneras. En esas tierras tenían la casa hogar, con más de 30 habitaciones, cada una bien equipada para que durmieran tres personas. Lo único que se pedía al entrar era querer sanar; nadie entraba obligado. El 100% de los que allí vivían eran personas conscientes de su problema con la sociedad.
Cada uno tenía un oficio: había huertas, jardines, artesanías, y la fundación contaba con un local en el mercado de la isla donde ellos mismos vendían sus mercancías y lo sembrado. Tuve que admitirlo, me dio vergüenza hacerlo; jamás supe de la existencia de ese lugar, aunque Axel sí. Era uno de los colaboradores de ese y otros sitios.
Los viernes y sábados, de seis a diez de la noche, acudíamos sin falta a nuestra cita acostumbrada, y el domingo, todo el día. Uno pensaría que la mayoría que vivía en ese lugar o acudía a esas reuniones eran personas de escasos recursos, cuya vida empobrecida los llevaba a buscar métodos de escape. Pero no, la realidad es que allí había personas de todas las esferas de la isla y hasta algunos extranjeros, estos últimos en búsqueda de un lugar donde poder limpiarse sin señalamientos.
Tenían mini juegos olímpicos, noches de repostería, cocina, huerta, artesanías, panadería. Si no tenías un oficio o empleo, podías armar tu propio negocio una vez que estuvieras fuera. Los domingos íbamos todo el día porque Axel se apuntó en repostería; cabe señalar que había aprendido su primera receta, y, al igual que con los peces, tenía que comer lo que él preparaba. No lo hacía nada mal, aunque podría hacerlo mejor con mi ayuda, pero se negaba.
Viernes, siete de la mañana, y vestida para irme a trabajar, me calzaba los zapatos cuando el olor a pan recién horneado llega a mi olfato. Desconozco si ese gesto está en los demás; no importa que no tenga o no apetito, ese olor hace que lo tengas de inmediato, por lo que me dirijo a la cocina.
La imagen de Axel, recién afeitado, a medio vestir, pues aún no lleva corbata ni saco, y con la camisa ajustada en sus codos, me recibe. Trae en sus manos una bandeja que ha sacado del horno y ha dejado en la encimera a mi vista. Sonríe una vez que mi humanidad hace contacto con sus hermosos ojos grises y se cruza de brazos.
—¡Vaya! Esto se ve genial. ¿No dormiste? —pregunto con curiosidad, avanzando hacia el grupo dorado y el aroma exquisito.
La noche anterior, lo escuché hablar por teléfono en la cocina con Ángelo, luego con alguien a quien llamó Kurn. Yo estaba en el estudio, dando los últimos retoques a mi maqueta y dejándola lista para la exhibición en la sala, lugar donde iría, según Axel.
—La hermana Carmen me dio la receta privada —dice, y sonríe como un niño que se ha ganado el mejor de los premios— por ser el mejor de la clase.
—Por coquetear con ella, Russo; no creas que no me he fijado —digo, con falsa molestia, acercándome a él y recibiendo mi beso de buenos días.
Cuando desperté, él no estaba por ningún lado; escuché su ruido en la sala y luego en la cocina, pero no llegué a imaginar que estaría en estas. De a poco, ha vuelto a la normalidad, por lo menos es lo que sus padres me han dicho, pues al verdadero Axel, el de adulto, no lo conocía, hasta ahora. El hombre de negocios, decidido y sin rastros de rabia o miedo, me tenía más enamorada que nunca, si es que eso era posible.
El penthouse era inmenso, bastante agradable y acogedor, con grandes ventanales de cristal con vista al mar. Los muebles y el decorado eran sobrios, pero elegantes; no había duda de que todo el lugar era para un hombre. Tonos grises y beis mandaban la parada en todo el lugar, desde los muebles hasta las paredes. No había cuadros familiares o de arte, jarrones con flores, nada de eso.
Lo que sí había eran bustos y estructuras abstractas, negras o en bronce, en el elegante lugar. Si bien era un ambiente netamente masculino y tenía los gustos de su dueño por todos lados, me agrada el lugar, y es que cualquier sitio es perfecto si estás con la compañía adecuada.
—¿Deseas decorar?
La voz de Axel me hace girar la mirada de la estructura en forma humana haciendo yoga; no tiene cabeza a la vista, la misma reposa dentro de las piernas, junto con los brazos; solo está a la vista el busto del hombre. Lo demás es un nudo extraño a la altura de su pecho, de piernas y brazos.
—No, de hecho, pensaba que me gusta este lugar —respondo, sincera, y me encojo de hombros. —Cualquier sitio, tú lo haces perfecto —sigo diciendo.
Corta un trozo de pan, le unta mermelada y me lo pasa; hace lo mismo con el jugo y las frutas. Solemos comer muy poco en el desayuno, por lo que descarto la fruta y solo como el pan y el jugo. Se queda un momento con los codos en la mesa y sus dedos entrelazados, observándome un instante.
—Podríamos buscar algo cerca al mar; los Milani están vendiendo la casa —inicia diciendo. —Lo decoras a tu gusto, y no tienes que vivir en un sitio con solo mis gustos; puedes decorar este —señala el lujoso lugar, y niego. —Te gusta la vista; no tengo problemas en que lo decores —asiento, entendiendo el punto.
Solo que él no ha captado el mío, y me es necesario hacerlo. Aunque la casa de mi amiga es una de las mejores en la isla y tiene playa privada, no es lo que deseo, por lo menos no por ahora.
—De hacer eso, estarías tú viviendo en un lugar con mis gustos, y no deseo eso —le aclaro. —No es el lugar, Axel (que es hermoso); se trata de tu compañía. Me da igual dónde viva o el decorado... Esto —le digo, señalando todo el lugar— es superficial, y esto —señalo a ambos, y en sus labios se asoma una sonrisa— es primordial; no deseo más que tu presencia.
—Me gusta hacerte feliz —dice, tomando una de mis manos.
—Yo soy feliz —le respondo, apoyando una encima de la suya.
—No me estás entendiendo —está la impaciencia en su voz, y decido dar por terminada la discusión.
—¡No! —le corrijo. —Tú no me estás entendiendo —insisto, señalándolo. —Me casé con Axel Russo, mi amigo, mi amante, no con el hombre de negocios o el millonario. Te amo a ti por lo que eres y no por lo que tengas. Me gusta este lugar, y lo amo porque es un reflejo de tu personalidad... ¡Fin!
—Bien, así será, entonces —habla, con resignación.
—Quizás cuando lleguen los niños, necesitaremos un ambiente amplio, aire puro, el mar, etc. Por ahora, somos solo tú y yo, y este sitio es perfecto —sigo diciendo, y esa respuesta parece agradarle. —Pero me llevaré este decorado.
Resopla y niega, divertido, mientras retoma su desayuno. Lo amo por muchas cosas, tantas que podría durar una noche enumerándolas. Me daba el lugar que me correspondía como esposa, y su padre lo había aceptado, al punto de que él personalmente se apersonó de los negocios con Salomé para que su hijo no tuviera problemas conmigo.
—Había olvidado lo terca que puedes llegar a ser —le hago un guiño mientras muerdo un trozo de pan y me encojo de hombros. —Compraré la casa de los Milani —sentencia. —Es un excelente lugar para educar a un niño.
A él se le enseñó que el amor se devuelve con regalos u obsequios; era, quizás, la manera que tenían sus padres de demostrar el amor. A mí y a Liam nos enseñaron el valor de los pequeños gestos y detalles: una cena, una salida a la playa, un fin de semana de pesca, los cuatro juntos. Todo se perdió una vez que estuve lejos de ellos, y eso me llevó a una depresión en la que estuve a punto de morir.
—¿No es mucho pan? —hablo, para alejar los malos recuerdos, y sonríe, señalando una cesta a un lado de nosotros y una hielera portátil.
Me levanto, con duda, y husmeo el contenido de ambos: hay emparedados, frutas y refrescos. También un espacio, que imagino es para lo que ha hecho. Vuelvo la vista a él y lo miro, sin entender.
—La visita al astillero —me recuerda.
La visita al astillero, aquella que he estado aplazando por un motivo u otro. Me acerco a él, quien me recibe en sus brazos. Había dicho que quería llevar merienda y los visitaría a la hora en que les tocara. Él había preparado personalmente lo que llevaría. Era de esos detalles de los que hablaba hace unos segundos: no es el dinero, es la compañía; no son los besos y abrazos, o los te amo; era demostrarlo.
—No necesito más nada que a ti, Axel Russo... Soy la mujer más rica del mundo, y eso es por tu presencia, no por otra cosa —me sienta en sus piernas y me abraza por la cintura.
Sé que, para él, es difícil entender mi comportamiento, y a mí adaptarme a la idea de que él ama los detalles costosos. Pero espero encontrar un punto en el que podamos llegar a entendernos.
—Debí pedir un manual de instrucciones para entenderte, cara —dice, atrayendo mi plato, tomando el trozo de tostada y llevándomelo a los labios. —Creo que aún puedo pedirlo.
—Soy fácil de complacer —digo, sonriendo y pasando mis manos por su cuello. —Tú eres el que complica las cosas.
(...)
Los tacones hacen eco por los pasillos del astillero; la semi oscuridad que recuerdo, las luces intermitentes en algunos lugares y los callejones iluminados en otros. Paso por el sitio donde tuve el incidente con Santana y sonrío al recordarlo: el lugar donde habían dejado esa llanta enorme de tractor o ese maquillaje hecho trizas en otro.
En un costado, está el viejo yate que estaba reparando, y avanzo hacia él. Paso mi mano por los sitios que estuve arreglando y me doy cuenta de que nadie lo ha tocado. No sé si por orden de Axel o si solo era un trabajo X para alguien que querían lejos del mundo. No pude evitar llegar a las tumbas, pese a saber que el grupo estaba hoy en el puerto. De alguna manera, quería agradecer a esos pasillos, porque, gracias a ellos, estoy con quien amo en ese instante.
Alejo mis manos de los hierros viejos y doy media vuelta; llego al lugar donde estaba ese motor, aquel que me dio la oportunidad de demostrar que era más que una cara bonita. El sitio está en soledad; no hay ningún arquitecto o personal, porque todos están reunidos con Axel en ese instante. Cruzo el sitio, y me parece escuchar las voces de ese día haciendo eco en el solitario lugar.
Al final del pasillo, encuentro unas escaleras, y el ambiente allí es distinto, más humano. Axel ordenó a uno de sus hombres llevar las cosas directo al área de soldadores. Recibo la luz del sol y, con ella, el aire puro; alcanzo a ver, a lo lejos, las diez figuras rodeando la cesta y la hielera. Se han quitado los cascos y guantes, animándose entre sí sobre quién debe comer primero, y río, divertida. La risa los hace a todos girar; al verme, saben a quién pertenece las cosas y se amontonan en torno a mí.
—¡Aléjense! Recuerden que es la jefa —murmura Santana, y todos ríen. —Si el jefe llega y los ve en estas, nos tira de patadas a la calle.
—No es para tanto; de hecho, el jefe fue el que preparó personalmente esa merienda —lo que ocurre me hace reír.
Cada uno ha tomado un emparedado y un refresco, que comen con ganas, y, al escucharme decir aquello, dejan de hacerlo y miran ambas cosas con duda.
—¡Imbéciles! Si no les gusta, yo me lo llevo todo —suelta mi excompañero y enemigo número uno en otra época.
Toma un par de cosas de la cesta y la hielera, y, minutos después, me lleva a la banca cercana. Los demás se agolpan bajo la sombra de una carpa, bromean entre sí, diciendo que jamás vieron a su jefe en plan de cocinero y que yo lo tengo bastante dominado.
—¡Así se hace, Parissi! —gritan, mostrándome la botella de refresco, y niego.
—Leí la prensa —habla Santana, lo que me hace despegar la vista de los chicos y mirarlo. —La de esta mañana; todos hemos estado pendientes de ella.
Su rostro bronceado tiene un tinte preocupado, y sonrío. Zachary aún está en el hospital; se dice que la droga que le suministraron dañó su riñón. Está siendo evaluado por personal especializado, enviado por su padre. Esta mañana, la prensa había escrito sobre un medio hermano de Zack, a quien todos creían estaba detrás del secuestro de Axel.
El hombre había llegado directamente a la policía con documentos, tiquetes de viaje que lo ubicaban en otro lugar. Vivía en Tel Aviv, Israel, con su esposa y una niña. Trajo las mejores referencias de ese país e incluso una carta firmada por parte de un miembro de ese gobierno, acreditándolo como un ciudadano ejemplar.
—Será trasladado a prisión —le digo, y Santana suelta el aire, aliviado, lo que ocasiona que sonría. —¿Te alivia?
—Ese tipo era raro; llegaba aquí en búsqueda del señor Bruno —dice, mirando a sus compañeros y llevándose la botella de refresco a sus labios. Se limpia el exceso con la manga de su camisa, cierra la botella y luego me mira. —Me sorprendió que fuera amigo tuyo.
—Lo conozco de adolescentes; era amigo de mi hermano —le digo, y asiente.
—Eso sí lo sé; llegó en un par de ocasiones con él aquí —dice, de manera inocente, pero crea en mí cierta alarma. —Incluso después de que Bruno fue despedido.
—¿Estás seguro? —me mira y asiente.
—Frank —llama a un compañero; alza el rostro del emparedado que muerde con ganas y nos mira. —¿Recuerdas cuando llegó el hermano de la jefa aquí?
El hombre moreno parece pensar un poco, mira a sus compañeros, y murmuran entre sí. Alza de nuevo la vista y niega, antes de hablar.
—La fecha exacta, no, pero sé que fue un día antes de encontrar a Bruno herido —dice, y todo mi cuerpo empieza a sudar frío.
—Llevaba en sus manos un portaplanos colorido; fueron directo a ver a Oscar —dice Rubén, seguidamente. —Todos lo vimos ese día, jefa.
—Sí, era rojo y naranja; tenía forma de dragón —sigue diciendo Frank, y empiezo a sentirme mal.
Mi portaplanos, ese que contenía todos mis planos hechos en el estudio, el lugar donde Colín decía que había metido mi plano piloto. Desconozco cómo llegué a reír de las locuras de esos diez; quizás fue el tema neutro que toqué. La visita de mi hermano fue olvidada, y no quise seguir hablando al respecto. Solo tenía presente que él fue capaz de entregar el tesoro más grande que yo tenía y de querer culpar a los Kanoe. Evadir su responsabilidad siempre fue su especialidad.
—Ese es el rostro de un hombre domado —dice Santana, al ver llegar a Axel, lo que ocasiona que lo golpee por los hombros. —Tendré con él una charla de hombre a hombre.
—¡No le dañes el oído! —me quejo, y todos ríen, menos yo.
El recuerdo de lo que he descubierto llega a mí, y, con ello, la certeza de que esconde mucho más que el robo de un simple plano. Que se hubiera ido de la isla, creí que era para alejar a Pilar de lo sucedido. Ahora tenía mis dudas; el miedo a perder a Axel me embargó. Jamás había sentido tanto miedo como ese día.
—¿Todo bien? —me pregunta, una vez que salimos del astillero, y asiento. —No parece. ¿Te hicieron algo los chicos?
—Todo está bien; es solo que tengo dolor de cabeza —miento, y besa mi frente, acercándome a él antes de llegar al auto.
—¿Quieres ir al médico? —niego, pegándome a él, lo que lo hace suspirar. —Te llevaré a casa; descansas, y paso por ti en la noche.
Narrador
El sitio estaba en la oscuridad; Alana había cerrado todas las ventanas. Encerrada en la habitación, con la única luz del móvil iluminándose una y otra vez. Ha discutido con su hermano, luego de que él aceptara haber entregado su plano. Sin embargo, no haber entregado el digital; en cambio, entregó un álbum del grupo Queen.
No recibió dinero y solo lo hizo porque era la única manera de que Caitín se alejara de su hijo. Era consciente de que nada de lo que entregó carecía de validez, pero Zack y Caitín lo desconocían. De Bruno, nunca supo nada, pues quien lo buscó fue su exmujer.
El dolor de cabeza se acrecienta cada vez más, al punto de que no soporta las luces de ninguna clase; por ello, ha cerrado las ventanas y apagado las luces. Axel la llamó a eso de las seis; le calmó, diciéndole que estaba bien, pero solo lo hizo para que fuera a la reunión tranquilo.
Llega hasta la cocina, con las manos en la sien; no quería tomar pastillas, pero no le queda de otra. El timbre de la puerta la detiene, y se regresa a abrir. El penthouse está ubicado en el último piso (23); es el único que tiene un ascensor independiente, que los deja directamente dentro de la casa. Sin embargo, la persona que llega de visita tiene que entrar por la puerta acostumbrada y pasar por la seguridad del edificio. Mira por la mirilla, ve quién es, y le abre a la mujer que está del otro lado, y sonríe.
—No digas nada... Estoy horrible —habla, entre murmullos, porque hasta la voz alta le afecta.
—Axel me dijo que tenías migraña —habla la dama, vestida de negro, entra y sigue a Alana a la cocina. —No podías llegar, pero estos documentos son urgentes que los firmes. ¿Has tomado algo? —sigue, al ver a la chica, en silencio, rebuscar dentro de las gavetas de la cocina.
—Sé que hay algo por aquí; Axel lo dijo hace unas semanas —murmura.
Su acompañante entra, abre el refrigerador, saca una jarra con un líquido amarillo. Abre un estante, de donde saca un vaso de vidrio, con tanta familiaridad que, en otras circunstancias, habría alertado a Alana. Sirve un vaso del mismo, de espaldas a Alana, y, aún en esa posición, vierte el contenido de un frasco dentro del vaso. Esconde el objeto en el bolsillo de su pantalón y gira, con una sonrisa.
—¿Por qué estás así? ¿Problemas con Axel? —pregunta, extendiéndole el líquido, viendo cómo la chica se toma la pastilla y el jugo en su totalidad.
—Lo de siempre, discusiones con mi hermano —le responde, distraída. —Es un egoísta que solo piensa en él.
La recién llegada sabe que es cuestión de tiempo para que caiga inconsciente, por lo que debe hacerla firmar. No cuenta con suerte, porque, segundos después, la mujer empieza a caminar en zigzag.
—Llama a Axel; no me siento bien —es lo último que dice.
Maldice una y otra vez; le dio la bebida muy rápido, debió esperar a que firmara. Con dificultad, la lleva a la habitación, la deja en medio de ella y pone el frasco en sus manos. El móvil vibra en su pantalón, y lo toma rápidamente.
—¡No firmó! —le dice, al escuchar la voz del otro lado. —¡No me grites! ¿Qué quieres que haga?
—Abre la puta caja fuerte. ¿Por lo menos eso puedes hacer bien? —resopla, fastidiada.
No cuelga y, aún con el móvil en la oreja, se dirige al cuarto que está dentro de la habitación, donde se encuentra la ropa del millonario. Abre un espejo, saca un papel dentro de su bolsillo y, con cuidado, marca los números escritos allí.
—Esta no es la clave —le dice, al ver que en la pantalla aparece una imagen diciendo "error". —¡No me jodas! ¿En serio me has convertido en asesina por nada?
—¡Esa es la clave! —insiste el hombre del otro lado.
—¡No lo es! Lo he intentado varias veces —insiste. —Por lo menos, tú y Leonardo se han desquitado con Filippo Russo.
—No me voy a ir con las manos vacías —la voz del otro lado es cada vez más alta, pero a la mujer con la que hablaba no le importaba. —Verifica que esté muerta —sigue diciendo. Regresa a la habitación, mira el pulso de su jefa y habla.
—En unos minutos lo estará.
Regresa al cuarto e intenta nuevamente, pero sale el mismo mensaje. Sin saber que, al móvil de Axel, le llega la noticia de que alguien intenta entrar al cuarto de seguridad.
—Filippo verá sufrir a su hijo por la muerte de su segunda esposa —dice, entre cánticos, y ambos sonríen. —Él les quitó el mando, y ustedes le quitan a su hijo —sigue. —Fue un placer hacer negocios contigo, porque yo me largo.
Antes de salir, mira una última vez a la mujer que está en la cama y sonríe.
—No aprendiste de los errores, Alana, ni siquiera me recordaste... Eres una estúpida —diciendo esto, sale de la habitación.
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