Capítulo 45
Habían llegado a la casa de sus padres hacía tres días. Se alojaron en ella, muy en contra de su voluntad. Jasón insistió, aunque Emma aún sentía temor hacia ese lugar. Esperaba que, a fuerza de visitarlo, terminara acostumbrándose a la inmensa y poderosa edificación, demasiado ostentosa para su gusto. ¿A quién se le ocurría construir algo tan grande? Su padre debió amar profundamente a su madre para hacer esa casa tan enorme y, en su opinión, horrorosa. Ella amaba lo sencillo, lo cómodo; no importaba la casa en sí, sino quienes la habitaban.
Caminaba por el jardín cuando vio a Jasón en una de las mesas, distraído, mirando algo que sostenía en sus manos. Se acercó a paso lento para sorprenderlo, tapó sus ojos y le susurró al oído:
—¿Quién soy?
—La mujer de mi vida —respondió, pero algo en su voz sonó extraño. Quitó las manos y lo abrazó por la espalda.
—¿Todo bien? —dijo, acercando su rostro a su cuello. Pudo ver que lo que tenía en las manos era una fotografía de una chica. Para no incomodarlo, se alejó un poco, pero él la tomó por las manos, la hizo rodearlo y sentarse en su regazo.
—Es mi madre —su voz sonó melancólica y triste. Emma miró la fotografía y percibió un leve temblor en sus manos.
—Nunca hablas de ella. Sé que murió, pero jamás he visto fotos suyas en tu apartamento. —Alzó la vista de la foto que él acariciaba, y sus ojos se encontraron.
Estaba sufriendo, y, por extraño que pareciera, si contar la historia de su madre lo afectaba tanto, no quería saber más.
—Murió cuando yo tenía seis años, en un accidente de auto —dijo tras unos minutos.
—No tienes que contarlo si no quieres. —Bajó la vista a la foto que él le pasó. Era una mujer hermosa, joven, pensó al observarla.
Estaba sentada en una roca rodeada de vegetación, sonriendo a la cámara. Había algo de Jasón en esa sonrisa. Al conocer a su padre, pensó que el cabello rubio venía de él, pero ahora, al ver a su madre, notó cuánto se parecían. Acarició la foto con los dedos y sonrió—. Te pareces a ella.
—Serás mi esposa; no quiero que tengamos secretos. Un conductor borracho le cerró la vía. Ese día debí ir con ella, pero quise quedarme con papá. Me lo contaron muchos años después, cuando creyeron que podía soportar esa verdad.
Su cuerpo se tensó, y pasó las manos por el cuello de Emma, apretándola con fuerza contra él. Sabía lo dolorosos que podían ser los recuerdos; ella lo había vivido.
—Todos dicen que fue un milagro que yo viviera, pero el milagro habría sido que ella se quedara conmigo.
Había crecido con sus tías, quienes la llevaban a la escuela, la abrazaban tras sus pesadillas y le contaban cuentos para dormir. Pero ninguna de esas caricias lograba llenar el vacío que dejaba su madre. Por más que intentó conformarse, en el fondo siempre anheló algo más: quería a ella. Sin embargo, su vida transcurrió solo entre su padre y ellas, una dinámica que nunca permitió que Epson interfiriera en sus decisiones. Sabía que su madre no había estado allí, que no la había visto crecer... y esa ausencia, aunque dolorosa, la había moldeado.
—Joder, cariño, cómo duele. —alzó la cabeza de su cuello y la miró a los ojos—, Me gustaría compartir con ella mi boda, que viera a mis hijos, a la maravillosa mujer que tengo a mi lado. Su ausencia nunca dejará de doler.
No supo qué decir. Mordió su labio inferior para evitar el llanto y soltó un fuerte suspiro. Le dolía verlo así y no poder ayudarlo.
—¿Por qué no dejabas que tu abuelo se acercara? —preguntó mientras acariciaba su espalda.
—Epson nunca estuvo de acuerdo con ese matrimonio.
Según sus tías, Epson había hecho la vida imposible a su padre para que abandonara a Georgina, su madre. Pero él nunca cedió; seguía enamorado de ella, incluso después de que él naciera. Epson insistió entonces en que pidiera la custodia y dejara atrás a Georgina, pero su padre se negó. Con el tiempo, Epson aceptó la relación a regañadientes, aunque se aseguró de mantenerlos al margen de su vida. Cuando Georgina murió, intentó llevárselos bajo su techo, pero su padre volvió a rechazarlo. Fueron sus tías quienes la cuidaron esos primeros años, llenando el vacío que dejó una madre ausente y un hombre que nunca dejó de ser un extraño.
Él se soltó del abrazo y la miró a los ojos, deslizando los dedos por su rostro con una mezcla de culpa y ternura.
—Siempre preguntaste por mi experiencia con tallas de mujeres, cocina y demás. —le recordó —Mis tías me enseñaron eso. Imagina a un niño en medio de cuatro adolescentes locas: peinados, cremas, rímel, lápiz labial, todo eso. Viví rodeado de eso.
—¿Tus tías no vivían con Epson?
—No, vivían con Penélope, la segunda esposa de Epson. Se ha casado cinco veces; Geraldine es la quinta —dijo con amargura—. Pero la vida lo golpeó fuerte.
El único hijo varón de Epson se negaba a aceptar la empresa familiar, y a él la habían educado para rechazarla también. Era el deseo de su padre: crecer lejos de la influencia de aquel hombre, sin ataduras a su legado. Un silencio denso se instaló entre ellos, solo roto por el leve roce de sus dedos al acariciar la foto que Emma aún sostenía. Ella, sentada en su regazo, sentía el peso de aquellas decisiones ajenas que habían marcado su vida.
—Por eso me ayudó a ingresar al ejército; dudaba de mi hombría por crecer rodeado de mujeres.
—¡Qué estupidez! —lo dijo sin pensarlo—. Lo siento.
—No lo sientas, cariño. Es la realidad. Contigo no tengo que aparentar lo que no soy. Te amé así y no pienso cambiarte, ni permitiré que otro lo haga. —Enredó sus manos en su cabello, atrayéndola hacia él, y la besó apasionadamente. Sabía que él la necesitaba, así que se dejó llevar.
—¿No pueden esperar al menos siete días para la luna de miel? Están pervirtiendo mis castos ojos. ¡Quita las manos de mi hermana, Frederick! —Jasón sonrió ante el reproche de Pierre—. Ustedes no pueden mantener las manos alejadas el uno del otro, ¿cierto? Parecen adolescentes.
—Deberías buscar a tu esposa y hacer lo mismo. Andas muy amargado últimamente, ¿qué tienes, hombre? —dijo Jasón a su amigo, que se sentó junto a ellos, quitando a su hermana del regazo de su prometido y colocándose en medio de ambos, ante la mirada divertida de Emma.
—Jamás pensé que estar casado fuera tan complicado. —miró a uno y a otro antes de seguir —deberías venir a vivir con nosotros estos seis días que faltan, hermano. Estás a tiempo; no te cases.
Su hermana le lanzó un codazo, que él esquivó con destreza.
—¿Alex te envió, ¿verdad? No lo niegues, eso tiene su sello. —Alex insistía en que era demasiado pronto para casarse, que acababan de recuperar a su hermana y quería pasar más tiempo con ella, algo que no sería posible si se casaba con Frederick y se mudaban a América, lejos de ellos.
—No, solo no quiero ver otro soldado caído en combate —dijo Pierre en tono jocoso—. Por cierto, ¿cuándo viene tu amigo Vincent?
—En dos días. Quiere venir con Mark; de hecho, viene con mi padre y mis tías.
—¿Tu abuelo no vendrá? —preguntó el gemelo, algo extrañado.
—Si lo hace, tendría que venir con Geraldine, y queremos mantenerla alejada de mi mujer.
—¿Seguro que esa mujer no es peligrosa para Fiorella?
Jasón suspiró y tomó las manos de su prometida.
—Epson me dijo que tenía eso controlado, que se encargaría de que no se acercara a ella.
—Perdona mi franqueza, pero yo no confiaría en el hombre que se acostó con tu novia —dijo Pierre, ganándose una mirada asesina de su hermana—. Lo siento, nena, pero sabes que es verdad. ¿Quién le cree a ese hombre? Si fue capaz de acostarse con la novia de su nieto...
—Ella también tiene algo de culpa, no solo Epson —respondió Jasón con seriedad; aún le costaba hablar de eso.
—De todas maneras, visto ahora con otros ojos, Epson me hizo un favor. Se casó con la hermana de Lucifer, y dos años después, yo encontré a un ángel de ojos azules, mirada intensa y salvajemente sexy.
—Tienes razón, pero no bajes la guardia con eso, hermano.
—Me encargaré de mantenernos alejados de la mansión de Epson. Le prometí a mi padre que mis hijos crecerían independientes de él, como lo hice yo.
—Pero él te ayudó de alguna manera, con la prensa, y cuando Alex y Sara... No es muy cruel tenerlo alejado, eres su único nieto, J. —Emma apretó las manos de su amado. No quería distancia entre ellos, no por ella. Quería una familia unida, aunque eso significara soportar a su abuela.
—Se van a divorciar, o eso me dijo mi padre. Mientras Geraldine esté con Epson, no te acercarás a esa casa. Lo de mis hijos ya habrá tiempo para decidirlo. Espera a conocerlo; es controlador, y tú misma querrás estar lejos. —Esa respuesta hizo que Pierre soltara una risa fuerte.
—Creo que Epson tendrá una cucharada de su propia medicina. Quiero estar en primera fila cuando tu abuelo pretenda meter las narices en cómo educar a tus hijos. —Emma guardó silencio; en eso, su hermano tenía razón. Nadie les diría cómo educar a sus hijos.
EPSON
—Señor, me dijo que lo mantuviera al tanto si su esposa se salía de la rutina.
Epson alzó la vista y vio a Fred, su hombre de confianza. Con el dedo índice, ajustó sus gafas. Geraldine lo estaba llevando al límite; su terquedad por dañar la vida de su nieto lo desesperaba.
—¿Qué hizo esta vez, Fred?
El hombre moreno no pronunció palabra, lo que hizo que Epson levantara la vista de los documentos que revisaba. Notó su incomodidad.
—Suéltalo ya, hombre. A estas alturas, nada de lo que ella haga me sorprende.
—Contrató los servicios de Charlie para la señorita Fiorella. —Epson se levantó rápidamente de la silla y rodeó el escritorio.
—¿Cómo sabes esto? Espero que estés seguro de lo que dices.
—El mismo Charlie me ubicó y me entregó esto —dijo, sacando una grabadora de su bolsillo. El hombre mayor escuchó la voz de su esposa y entró en cólera.
Conversación:
Geraldine: Me dijeron que hacías trabajos especiales.
Charlie: Todo depende. ¿Cuánto pagarás? Y ¿Qué trabajo quieres?
Geraldine: El precio es lo de menos. Quiero desaparecer a esta mujer.
Un silencio se escuchó entre ambos.
Charlie: Es hermosa. ¿Qué trabajo quieres?
Geraldine: Me tiene sin cuidado. Solo no quiero que vea la luz jamás. Tú decides qué hacer.
Charlie: ¿Emma Bradford? ¿No es la hija perdida de los viticultores italianos? La he visto en la prensa; está fuertemente custodiada. Esto te saldrá caro, preciosa.
Geraldine: Tú solo has el trabajo. El precio no importa; Epson paga.
Fred apagó la grabadora y miró a su jefe.
—Después de esto, Charlie me buscó. Averiguó que la chica era la prometida del señor Jasón y que está prohibido acercársele. Se le considera su nieta, señor. Ustedes dirán cómo debemos proceder.
Epson resopló y se quitó las gafas con un rostro fastidiado.
—¿Dónde está Charlie?
—Está afuera, señor.
—¿Y qué esperas para hacerlo pasar, hombre? —dijo en un tono fuerte e imponente, el que todos estaban acostumbrados a escuchar.
Era un hombre temido, que sabía cómo tratar a sus enemigos, caminando al filo de la legalidad e ilegalidad, tanto como su dinero se lo permitiera.
—Enseguida, señor.
—Eres una estúpida, Geraldine. Pudiste seguir como hasta ahora, rodeada de lujos, pero lejos de mi nieto. Ese era el trato: te daba todo lo que quisieras, pero no te volverías a acercar a Jasón. Tu ambición es más grande que tu cerebro.
El hombre que entró a la oficina vestía completamente de negro: piel pálida, estatura media, ojos oscuros como la noche y cabello negro impecablemente peinado y recogido en la nuca. Se detuvo frente al escritorio y miró de frente a Epson.
—Tú dirás qué debo hacer.
—No le tocarás ni un pelo a mi nieta. No quiero que la mires ni que te acerques a la mujer de mi nieto —gritó con fuerza—. ¿Te ha quedado claro?
—Perfectamente. Lo supe en el momento en que descubrí quién era —respondió el hombre con calma—. Pero yo hablo de tu esposa.
—¡Es una maldita pesadilla! —escupió de mal humor.
—Con una llamada, quedas viudo y libre de todo cargo. Sabes que los conductores borrachos abundan en esta ciudad, y no sería la primera vez...Epson miró a su acompañante, y una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro.
—Esta vez no quiero fallos, sin errores. —advirtió —La quiero lejos de mi vida y de mi nieto cuanto antes.
—Sus deseos son órdenes, señor.
Pocas horas después, el sonido de su móvil lo sacó de su ajetreada agenda. Era un mensaje de un número desconocido:
«Oficialmente viudo desde hace 10 minutos».
«Gracias por tus servicios. En media hora tendrás lo acordado».
«Siempre es un placer hacer un trato con usted. Espero la próxima orden»
«No habrá más órdenes. Esta será la última. Quiero ser un abuelo modelo, Charlie. Necesito limpiar mi imagen, y ya estoy algo viejo para esto.»
«Es una lástima, pero me alegra. Disfruta tu nueva vida. Adiós, Epson.»
Tomó el teléfono que siempre usaba para esos trabajos, le sacó la SIM, la partió en pedazos y la arrojó junto con el móvil. En unos años, su nieto tomaría las riendas de la compañía. Tenía el tiempo necesario para limpiar todo y no dejar rastro. Su nieto tenía otra mentalidad, y de saber los negocios que él manejaba, nunca tomaría la empresa familiar, la única capaz de mantenerla a flote. Él y su esposa. Sonrió mientras veía su otro teléfono iluminarse; era una llamada del jefe de policía. Conocía la noticia que recibiría.
—Es hora de actuar, Epson —dijo, contestando la llamada.
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