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FINAL

—Estás preciosa., Jasón se derretirá de amor cuando te vea —dijo María.

Emma, por su parte, miraba su imagen en el espejo. El vestido, aunque hermoso, dejaba ver parte de sus cicatrices.

—Ni siquiera pienses en eso. Te ves perfecta. Olvida eso; tu esposo ya las vio y las curó por mucho tiempo. Eres una guerrera; ellas te recordarán a diario que sobreviviste, que estás aquí con nosotros y que nada ni nadie te venció —dijo Evangeline mientras acomodaba el velo en su cabeza—. Ahora, vamos. Tus hermanos te escoltarán a la ceremonia y te entregarán a tu padre, y él a tu esposo.

Casarse en la casa de sus padres había sido idea de ambos. Era una forma de exorcizar los malos recuerdos que aún se negaban a dejarla en paz. Las pesadillas, aunque menos frecuentes, persistían. Llevaba cuatro sesiones con la psicóloga y esperaba, o más bien deseaba, que tuvieran éxito. Al bajar por las escaleras, vio a sus seis hermanos, los Bradford. Cuando su madre dijo que sus hermanos la escoltarían, pensó erróneamente que se refería a Alex y Pierre. Sonrió feliz al verlos; le habían dicho que no podrían asistir, y se sintió triste, pero los entendió. Habían perdido mucho tiempo con ella; nunca imaginó verlos en su boda. Caminó tan rápido como el largo vestido se lo permitió, lo que le valió una reprimenda de Rey.

—¡Con cuidado! O tu esposo nos matará si te llegas a caer.

—Y hará una enorme grieta en el pasto si no avanzamos —bromeó Omat.

—Qué hermosa te ves. Mis padres estarían felices de verte así; luces, radiante —dijo Lucas, y su mirada se opacó instantáneamente.

—No es momento para sentimentalismos. Hay una boda a la que asistir, y aunque es habitual que la novia llegue tarde, no debemos pasarnos, o les aseguro que Frederick vendrá por ella —intervino Dylan, recibiendo una palmada fuerte en la espalda de parte de León.

—¿Qué esperamos, entonces? ¡Vamos! —dijo Omat.

La caminata fue corta, para alivio de Emma, que no creía soportar más la tortura de los zapatos. Sus damas de honor, una mezcla de sus primas y las de Jasón, estaban al pie del camino de pétalos de rosas. Allí estaba Alessandro, su padre, con los ojos humedecidos. Parpadeó varias veces, manteniendo la vista fija. Era el mejor día de su vida; no quería llorar, ya no tenía motivos para hacerlo. Se casaría con su mejor amigo. ¿Quién tenía ese lujo? Encontrar la amistad y el amor en una misma persona.

—Siempre has sido hermosa, pero hoy eres una diosa. Estaré orgulloso de llevarte al altar. No llores, mi corazón; es el mejor día de tu vida —le dijo, pasando las manos por sus mejillas—. Será mejor que nos apuremos, o tu novio correrá a buscarte y te llevará él mismo, rompiendo el protocolo —añadió, mirando al final del camino, donde su futuro esposo, algo inquieto, los observaba con una ceja alzada.

—¿Qué crees que haga si me ve dar media vuelta y correr? —bromeó Emma para aligerar el ambiente.

—No sé, ¿qué tal si lo intentamos los dos? —respondió su padre. A mitad del improvisado pasillo de pétalos, se detuvieron e hicieron el gesto de darle la espalda al novio.

—¡Fiorella D'Angelo, ven aquí, o juro por Dios que me olvido de esta boda y me voy directamente a la luna de miel!

Los presentes rieron, incluso el padre, que solo observaba la escena sonriente. En efecto, eran una pareja peculiar pero perfecta. Avanzaron riendo; era mejor no tentarlo, porque Emma sabía que Jasón sería capaz de cumplir sus amenazas.

—Te llevas mi mayor fortuna, Frederick. Solo espero que la hagas feliz —dijo Alessandro.

—Todos los días de mi vida, suegro. No se preocupe por eso; puedo firmar donde quiera que la haré feliz siempre.

Emma giró el cuerpo para ver a los asistentes. Brock había llegado con su hijo; el padre de Jasón, con sus hermanas y sus hijas; sus hermanos; María; Alessandro y Pierre, en primera fila con sus esposas; su madre y su padre. Estaban todos, pero notó que el abuelo de Jasón no estaba.

No era el momento de preguntar, pues la ceremonia comenzó. Jasón tomó las manos de su amada y se dispuso a escuchar al padre. Cuando llegó el momento de los anillos, vio al hijo de su amigo, encargado de traerlos, con un trajecito gris de tres piezas. Su sonrisa inmensa los contagió a todos, mientras Brock, a un lado, sonreía orgulloso. "Él puede besar a la novia" llegó justo cuando Emma empezaba a impacientarse. Su ya esposo no esperó a que el padre terminara para lanzarse sobre ella, besándola ante la mirada divertida de todos.

—¿Puedes esperar a la luna de miel? —dijo Pierre.

—¡Hay niños presentes! —gritó Alex, divertido—. Ni modo, hermano, es oficial. Tendré que aguantar tu presencia todas las navidades.

—Seré tu cuñado favorito, ya verás —respondió Jasón.

—Será porque tenemos una sola hermana, animal —replicó Pierre.

*****

Estaba feliz; le parecía increíble que todo lo acontecido hubiera culminado así. Sentada en una de las mesas, alejada de los demás, contemplaba a su familia departir. Su mayor sueño siempre fue casarse por amor, y creyó que ese sueño le había sido arrebatado. Hoy lo veía cumplirse, de la mano del hombre que nunca imaginó.

Se quitó los zapatos que la torturaban y los dejó a un lado. En un rincón, un grupo de músicos tocaba. De pronto, sus seis hermanos se retiraron los sacos y corbata. Todos caminaron hacia ella. El vals ya había pasado; había bailado con todos, le dolían los pies, y solo quería irse. De repente, la música cambió a una muy conocida, y supo lo que ocurriría. Bailarían para ella.

No pudo ocultar su emoción. Aunque ya no llevaba su apellido, ellos la querían como una de los suyos. Las lágrimas rodaron por su rostro al ver a sus seis hermanos bailar. No era lo habitual, pero eso no le restaba felicidad al sentirse parte de ellos. Buscó con la mirada a su esposo, que observaba la escena a pocos pasos, sonriéndole, mientras hablaba con uno de los músicos. Cuando terminaron, se acercó y los abrazó.

No había palabras para describir la felicidad de saberse aún parte de ellos. No le importó estar descalza ni que todos la vieran bailar con ellos. No era la costumbre de sus padres, pero era la que aprendió durante 18 años, y quería compartir ese momento con quienes le enseñaron a cuidarse a sí misma.

Contrario a lo esperado, los presentes siguieron el ritmo que marcaban los siete hermanos. Se sorprendió al ver que incluso su esposo, los gemelos, sus padres y el padre de Jasón bailaban divertidos una música que no sabía cómo los músicos conocían. Al final, agotada y feliz, se lanzó a los brazos de sus hermanos. No necesitó palabras; el abrazo que le dieron habló por sí solo.

Intentó acercarse a su esposo, pero él caminaba hacia los músicos. Esta vez tocaban una canción que ella conocía muy bien, la que marcó el inicio, sin que lo supieran, de una historia de amor que culminaría seis años después en un matrimonio con su ángel. Cerró los ojos y se apretó con fuerza a su hermano mayor, que solo sonreía mirando hacia Jasón.

—Se preguntarán qué hago aquí. —empezó a decir — Hace más de diez años, decidí dar un paseo. Tenía muchos problemas, o eso creía entonces.

Decidió caminar sin rumbo, llegó hasta un parque y allí la vio: la mujer más hermosa que jamás hubiera conocido, cantando con una voz que le robó el aliento. Hoy, podía decirlo con orgullo: era su esposa. Con los años, se había convertido en su mejor amiga, su apoyo inquebrantable y su ancla en los momentos más difíciles. Recordó entonces aquella llamada, después de aquel parte médico que ambos preferían olvidar —hizo una mueca, provocando sonrisas cómplices alrededor—. Mientras hablaba, de fondo, una canción sonaba en la radio, como si el universo quisiera recordarles que, incluso en la oscuridad, había melodías esperando ser escuchadas.

—Me pareció tan acertada, describía tanto lo que sentía y quería para nosotros, que desde entonces no puedo escucharla sin pensar en ti. —dijo con emoción —Así que, sin más palabras, señora Frederick, nuestra canción.

Empezó a interpretar las primeras líneas de la canción:
Podría permanecer despierto solo para escucharte respirar,
Mirar cómo sonríes mientras duermes.

No podía ser objetiva. Si alguien le preguntaba, diría que era la voz más hermosa que había escuchado, no por cómo sonaba, sino por los recuerdos que evocaba. Decidió unirse a su amado y cantarla juntos ante el júbilo de los asistentes. Lo vio sonreírle al verla caminar hacia él. Se levantó el vestido como pudo y avanzó. Jasón la tomó por la cintura y le pasó el micrófono.

Terminaron la canción entre aplausos y silbidos de los gemelos. Emma se preguntó cuándo sería el momento de darle la sorpresa. Decidió que sería al llegar a París; si sus hermanos y familia sabían de su estado, seguramente no la dejarían partir.

Varias horas después...

—¿J, sabes por qué tu abuelo no vino a nuestra boda?

Estaban abrazados en la cama, tras el vuelo.

—Hubiera sido raro que asistiera. Por Geraldine, le pedí que no viniera. Papá me dijo que se le presentó un problema, pero fue mejor así.

—J... —dijo en un hilo de voz, cansada, con los ojos cerrándose solos, pero quería saberlo, necesitaba escucharlo de sus labios.

—¿Dime? —preguntó, acercándola más a él.

—¿Para siempre?

—Para siempre, preciosa —selló la promesa con un beso en los labios. Sonrió al ver cómo se quedó dormida tras escucharlo.

Aunque a los ojos de todos era una mujer de carácter fuerte y algo extraña, amaba cada parte de ella y tenía toda una vida para hacerla feliz. Miró el sobre que llevaba consigo desde que salieron de la boda, el que no le dejó ver, y lo tomó entre sus dedos. Tenía el logotipo de una clínica. La miró dormir. ¿Y si estaba enferma?

Abrió el sobre y sacó el papel que contenía. Miró de nuevo a la mujer que yacía dormida en sus brazos y la abrazó con más fuerza. No podía gritar, pero mentalmente lo hacía. ¡Iba a ser papá! No solo había conseguido a la mujer que había amado por años, sino que lo haría padre. Apretó el papel con fuerza y miró nuevamente a su esposa. Le dio un beso en la frente y se pegó a ella. Una vida juntos les esperaba. Al final, había logrado todo lo que anhelaba, y aunque su madre no estaba, supo que, de alguna manera, ella tenía algo que ver con esa felicidad.

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