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Capítulo 37

JASON

Los padres de Emma habían pedido que se quedasen a dormir. Como era de esperarse, los gemelos no dejaron que se quedaran en la misma habitación. Jason no estaba en plan de discutir, ya que su chica andaba con los nervios a flor de piel, así que decidió aceptar.

Eso sí, estaría al pendiente por si algo llegaba a necesitar. Estaba en la planta baja, hablando con el padre de los D'Angelo. La rueda de prensa había acabado muy tarde, y Emma había terminado agotada. Se había quedado con ella hasta verla dormida —a petición de ella— y luego había bajado.

Los cuatro hombres necesitaban hablar sobre la fusión de las dos empresas o la venta de la de ellos. Al parecer, Alex ya había aceptado la relación, y no era que a Jason le preocupara o le importara su aprobación. Pero era mejor si él estaba de acuerdo: así las discusiones disminuirían y Emma estaría más tranquila.

Ella insistía en no querer quedarse en la mansión, algo que Jason no lograba entender. Miraba de vez en cuando hacia las escaleras, sintiéndose nervioso. Tal vez la actitud de Emma lo estaba afectando a él también, y ya quería irse con ella. No le gustaba su comportamiento en esa casa: no era normal. Emma estaba siempre asustada, mirando a todos lados. Las pesadillas habían vuelto desde hacía tres días. Él creía que esa parte de ella ya estaba sanada, pero estaba equivocado.

—¿Quieres dejar de mirar las escaleras? ¡Diablos, nos tienes nerviosos! Estamos en familia, recuérdalo —la voz de Pierre lo hizo girar hacia él. Lo sabía, pero eso no aliviaba la angustia en su pecho. Emma era una mujer fuerte, y verla vulnerable le dolía.

—Pierre tiene razón. Ella está a salvo aquí, más que en ningún otro lugar. Tranquilo —Alessandro miró a Frederick al decirlo. Se notaba inquieto, y lo entendía: su hermana se había comportado últimamente retraída y no se separaba de Frederick. Tanto era así que no había querido ir a dormir sin él.

—No te preocupes, hijo. Esto ya pasará. Es normal que se sienta extraña; es un lugar que conoció hace años, del cual no se acuerda. Era muy pequeña. Ya se le hará familiar con el tiempo —dijo su futuro suegro.

—Sé que está a salvo con ustedes, no lo tomen a mal. No es desconfianza. Es solo que... al principio no quería venir. Deberían haber visto su rostro de terror, cómo temblaba cuando me dijo que no quería venir sola. Luego, en el camino hacia acá —la primera vez y las veces que hemos venido—, no es normal. No es la Emma que conozco. Y las pesadillas han vuelto...

—¿Pesadillas? —dijeron los tres hombres al unísono, justo cuando se escuchó un grito seco y lleno de terror proveniente de Emma.

Jason soltó la bebida que sostenía y corrió escaleras arriba. Fue el primero en reaccionar —quizás porque estaba prevenido—, seguido por sus hermanos y su padre.

Llegó a la puerta de la habitación y la encontró en medio de la cama, sentada con las manos rodeando sus rodillas y la cabeza hundida entre ellas. Se acercó rápidamente, la levantó y la sentó en su regazo.

—Es aquí, J. Es aquí... Él está aquí —le decía entre lágrimas.

Sintió su cuerpo temblar. Emma se aferró a él, pasando sus manos alrededor de su cuello. La abrazó con fuerza justo cuando su familia entraba en la habitación.

—Mi bebé, ¿qué te sucede? —Evangeline se sentó al lado de la cama, mientras Pierre se colocó al otro lado. Alex y su padre se quedaron al frente; Sara y María, en la puerta. Todos lucían asustados.

—Estás bien, preciosa. Yo estoy aquí. Tranquila, nada te pasará —murmuró Jason, acariciando su espalda.

—Esta es la casa, J... La casa de mis pesadillas. Es esta casa —susurró Emma, ahogada por el miedo.

—Esta es tu casa, cariño. Cariño, mírame —le dijo, separándola un poco y tomando su rostro entre sus manos—. Respira conmigo. ¡Mírame! —ordenó al ver que cerraba los ojos y volvía a temblar. — Estás a salvo, soy yo. Tranquila. —Le acarició el pelo mientras miraba a los hombres—. De esto es lo que les hablaba.

— Ella vivió conmigo y jamás la vi así. —Alessandro frunció el ceño, confundido.

— Era porque no dormía, Alessandro. Dormía solo dos o tres horas, y luego en la oficina. Lo supe por casualidad. —Jason suspiró, recordando—. Una vez nos quedamos viendo un documental, se quedó dormida. Yo me quedé para terminarlo, pero el sueño también me venció. A mitad de la noche, se despertó gritando. Entonces me contó todo. Su temor a las arañas venía de un sueño recurrente: una voz que le gritaba que se callara, mientras ella lloraba en la oscuridad. Siempre era el mismo. Con el tiempo, me quedaba a dormir con ella, o ella llegaba a mi apartamento a medianoche porque no quería estar sola.

— Jamás me dijo nada. —Su hermano parecía herido.

Evangeline acariciaba la espalda de Emma, intentando calmarla, mientras su padre la observaba con preocupación.

— Vendrá por mí... Me querrá meter en ese lugar. Hay arañas. —Emma estaba en shock, incapaz de distinguir entre sueño y realidad—. Tienes que guardar silencio, mocosa, o mataré a tus hermanos. —Su voz era un susurro aterrado—. Me quedaré con todo. —De pronto, miró a Jason y le acarició la mejilla—. Luciano vendrá por mí. Él vendrá. Sácame de aquí, J. No quiero estar acá.

La tensión en la habitación se disparó al mencionar ese nombre. Jason era lo bastante astuto para notar el cambio en los rostros, pero en ese momento, su única preocupación era Emma.

— Luciano... ¿No es ese el hermano mayor de tu padre? —María le preguntó a Pierre, quien miraba a su hermana con horror.

Pierre se arrodilló frente a Emma, tomó sus manos entre las suyas y las apretó con fuerza.

— Repite eso, cariño. —Pero ella tenía la mirada perdida. Se aferró de nuevo a Jason, sollozando.

— ¿Crees que esté recordando algo? —preguntó Alessandro, pálido.

— Luciano vendrá por todos... Nos matará. —siguió diciendo ella ajena a la realidad —Tengo que irme con Paolo. Gregori es mi nuevo papá, él me cuidará. Isabella es mi nueva madre. Extraño a Sandro y a John... Pero no están. La voz me dice que oculte todo, que guarde silencio, así todos estarán a salvo.

Jason no pudo soportarlo más. La abrazó con fuerza, meciéndose con ella en un intento por calmarla. Vio las lágrimas de Evangeline y al padre de los D'Angelo, que parecía paralizado por el shock.

—Todo este tiempo, él estuvo entre nosotros. Comió conmigo. Él destruyó la vida de mi hija, la de mi esposa... Mi familia. —La voz de Alessandro temblaba de rabia.

— Aún hay mucho que aclarar. Algo no cuadra en todo esto. —Alex intervino, cauteloso—. Debemos ser cuidadosos.

Se acercó a la cama, se sentó al otro lado de Emma y le puso una mano en el hombro. Jason intentó separarse para darle espacio a la familia, pero ella no lo soltaba.

— Será mejor que le den espacio. —Sara habló por primera vez, su voz firme.

— Sara tiene razón. En este momento, solo confía en Jason. —María se mantuvo a distancia, con el corazón apretado—. Es duro, lo sé, pero es mejor eso a que se aísle del todo.

— Todo está bien, preciosa. Ya pasó. Estás en casa. —Jason le susurró al oído.

— Quiero ir a casa... Quiero regresar, no quiero estar acá. —Emma lloraba sin consuelo.

— ¿Alguien puede prepararle un té, por favor? Necesito que se calme de alguna manera. —pidió Jason, desesperado.

— Podríamos llevarla al hospital... —sugirió alguien.

— ¡No! —lo interrumpió—. Llamaría demasiado la atención. No quiero que esto la perjudique más. Solo necesito que se calme. Está claro que empezó a recordar algo, y eso la tiene así. Pero hablará. La conozco: esto no la vencerá. —Le secó las lágrimas con suavidad—. No estás sola, mi amor. Yo estoy aquí. Nada te pasará.

Con cuidado, la recostó en la cama y cedió espacio para que su familia se acercara.

— Iré abajo a prepararle un té. —Se levantó, agotado pero decidido.

— Iré contigo. —Sara se acercó, ofreciéndole apoyo.

Jasón bajaba las escaleras de manera mecánica, sin mirar en ninguna dirección. Aún no entendía qué sucedía. Esperaba que Emma, al calmarse, pudiera explicarle. Y, sobre todo, por qué si su suegro tenía un hermano mayor, este no estaba a cargo de los viñedos, como era lo adecuado.

—¿Conoces al tal Luciano? —preguntó, mientras buscaba la tetera. Sara, a su lado, revisaba las hierbas para el té.

—Sí. Es mayor que el señor Alessandro —respondió Jason distraído — lo conocí una vez en Londres. Es el que tiene a cargo la sucursal allá.

—Aun no entiendo... ¿Por qué no está al frente de las empresas? —Su voz sonaba áspera por la tensión.

—Las tuvo, pero las estaba llevando a la quiebra. Cuando el papá de Alex las recibió, estaban prácticamente en la ruina. Fue el vino creado por Don Alessandro el que las hizo levantarse. —Sara suspiró mientras negaba en silencio —Desde entonces, todos se refieren a Don Alessandro como "el mayor", aunque Luciano solo es mayor por escasos minutos.

—¿Cómo?

—Son gemelos.

El silencio se extendió. Jasón no conocía a toda la familia, pero le habían mencionado ese detalle Gracias a Pierre. Aunque entendía por qué Sara lo desconocía: no era algo de lo que se hablara en reuniones de negocios. Ni de lo que uno pudiera sentirse orgulloso.

—Vamos. —La voz de Sara lo sacó de sus pensamientos—. Solo espero que logres que lo tome.

—Lo tomará, no te preocupes. —Miró la infusión con duda—. ¿Estás segura de que esto la calmará?

—Muy segura. Es el que María trajo de América, el único con el que lograba dormir. No tiene efectos secundarios. A mí también me ha servido.

—Bien, entonces vamos.

Al llegar a la habitación, encontraron a los tres hermanos abrazados y a sus padres tomados de la mano. En otras circunstancias, la escena habría sido perfecta. Pero Emma seguía llorando. Al verlo entrar, alzó el rostro: su nariz enrojecida, los ojos hinchados por el llanto, la mirada perdida en un dolor que lo atravesó.

No soportaba verla así. La mujer que amaba era fuerte, indomable. Nada ni nadie la había doblegado antes.

Emma se levantó de la cama y se acercó a él. Jasón dejó la taza en la cómoda y extendió los brazos.

—No quiero recordar... —su voz era apenas un hilo.

—Es necesario. —La abrazó con firmeza—. Los que te hicieron esto tienen que pagar. No podemos vivir con miedo a perderte. Tienes una familia que te quiere, y otra a punto de formarse. Le acarició el pelo. Te amo, y estamos dispuestos a todo por ayudarte. Ven, toma esto para que puedas dormir. Mañana hablaremos y aclararemos las cosas.

Uno a uno, todos salieron, dejándolos solos. Después de lo ocurrido, difícilmente le pondrían objeciones a que durmiera con ella.

Se acostó a su lado y le dio pequeños masajes en la espalda, como siempre hacía para calmarla.

—Te amo, preciosa... —le murmuró al oído, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba.

—Y yo a ti... —respondió Emma, ya somnolienta.

Era su ritual, su manera de protegerla. Ojalá nunca más tuviera que verla así, vulnerable, rota. Le partía el corazón.

La observó hasta que su respiración se hizo lenta y profunda. Su nariz seguía roja, las lágrimas secándose en sus mejillas. Acarició su rostro con ternura.

Parecía un ángel dormido: el rostro sereno, las pestañas largas sobre sus mejillas, los labios entreabiertos. Era su mujer. A veces aún le costaba creer que lo hubiera elegido después de tanto tiempo.

Se consideraba un hombre afortunado. Y por verla feliz, era capaz de todo.

Incluso de hacerse a un lado, si con eso ella lograba serlo.

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