Capítulo 36
Se despertó en la habitación del hotel, sola. Miró el costado donde había dormido Jasón, rodó su cuerpo y tomó la almohada, apretándola contra ella. Aún conservaba su olor. Se sentía feliz, amada. Por primera vez en toda su vida, sintió que pertenecía a un lugar y a alguien. Amaba a Jasón. Y esa verdad hinchaba su corazón de emoción.
Se levantó de la cama y entró al baño, preguntándose, dónde estaría. Aunque el lugar resultaba maravilloso, ya quería regresar. El ambiente con Alex estaba cada vez más tenso; aún no entendía su comportamiento. Él había insistido en hablar con ella, pero se había negado. Le resultaba extraño llamar papá y mamá a Alessandro y Evangeline. Los quería, ¡sí! Ellos habían ayudado mucho en su recuperación y siempre habían estado pendientes de ella. Jasón decía que era cuestión de tiempo, pero si Alex continuaba con esa actitud, sería mejor regresar.
Con Sara, el ambiente era igual. Aún guardaba en su memoria la imagen de ella jalando el gatillo. Sacudió la cabeza para borrar esa escena. Ya no importa el pasado, se dijo mentalmente mientras salía de la ducha y se envolvía en la toalla. Importaba el presente y el futuro que quería construir, la familia que anhelaba tener al lado de Jasón. Una familia que le había sido negada y que ahora deseaba formar. Quería hijos, una casa con jardín y muchas flores. Cerró los ojos y sonrió solo con imaginarlo. En algún momento, había creído que todo eso era imposible para ella, pero ahora lo tenía al alcance de la mano.
Se puso la ropa interior y observó su reflejo en el espejo de cuerpo completo. Acarició sus cicatrices; aún le dolía recordar, aunque no tanto como antes. Las pesadillas habían ido disminuyendo poco a poco desde que Jasón dormía con ella. Estaban desapareciendo.
Unas manos conocidas rodearon su cintura, y sintió unos besos en su cuello. El calor de su lengua la hizo estremecer.
—Te fuiste sin mí —le reclamó.
—Te vi tan hermosa dormida que no quise arruinar ese cuadro. Te traje algo. Cierra los ojos.
—¿Más sorpresas? Me estás mimando demasiado. Vas a crear un monstruo.
—Shhh —le susurró, besando su cuello—. Silencio, señora mía. Solo cierra los ojos.
Divertida, obedeció. Sintió su aliento recorrer su espalda.
—Levanta las piernas, una por una.
Las órdenes le parecieron extrañas, pero fue obediente e hizo todo lo que él le pidió. Una prenda de vestir le rozó las piernas y luego se ajustó a sus caderas. La estaba vistiendo. Sonrió al pasar sus manos por lo que parecía ser un vestido. Él la tomó de las manos y se colocó detrás de ella.
—Abre los ojos —le pidió mientras cerraba el cierre de su espalda.
Los abrió lentamente y su reflejo en el espejo le hizo contener el aliento. Llevaba un vestido blanco, que le llegaba hasta las rodillas con un escote en V discreto. Aún se distinguían algunas de sus cicatrices, y pasó las manos por ellas. Desde el secuestro, no se había puesto un vestido; era su manera de evitar preguntas incómodas o comentarios morbosos de quienes querían detalles de lo ocurrido. Gracias al reflejo del espejo pudo ver a Jason sacar algo de una bolsa: unas sandalias planas.
—Con esto, estará completo —dijo, tomándola de la mano y sentándola al borde de la cama. Se arrodilló frente a ella y le colocó las manos en las pantorrillas, lo que la hizo estremecer. Su cabello rubio, algo largo, brillaba bajo el reflejo del sol. Terminó su labor y se quedó de rodillas, sonriéndole—. ¿Nos vamos?
—¿A dónde?
—Primero, a casa de tus padres. Después, una sorpresa.
—No sé si sea buena idea ir así —le dijo, señalando las heridas en sus brazos y cuello.
—Te ves hermosa. —le calmó— Confía en mí. Solo mirarán tu rostro. Además, no tienes por qué avergonzarte de ellas. Están ahí para recordarle al mundo que eres una sobreviviente, que no te destruyeron, que sigues viva.
—Sí me dañaron. —corrigió — No soy la misma de antes. Me quebraron por completo.
—Te equivocas. —tomó su rostro entre sus manos y lo siguiente que dijo lo hizo sonriéndole — Te doblaron, pero lograste levantarte. Aún te queda mucho camino por recorrer, pero a partir de ahora no lo harás sola. Estaré contigo. Juntos lo lograremos, preciosa. Están tus papás, Pierre y, cuando se le pase el coraje, hasta Alex.
Aquellas palabras tuvieron un efecto tranquilizador en ella y logró lo esperado, sacarle una sonrisa genuina. Era tan hermoso estar al lado de alguien que te amaba con todo y tus defectos.
—Gracias, J —le dijo, lanzándose a sus brazos.
—Ahora vamos, tus papás nos están esperando.
****
El ambiente en casa de los D'angelo fue cómodo, a pesar de la tensión entre Jasón y Alex. O más bien, de Alex hacia Jasón, pues su prometido se mantenía al margen.
—Tendré que viajar a recoger el cuerpo de papá —anunció María, rompiendo el tenso silencio.
—Iremos juntos. ¿Has sabido algo de los que faltan por capturar? ¿Ya encontraron al Diablo? —quiso saber Pierre.
—Solo falta él. Me dijeron que debemos tener cuidado y reforzar nuestra seguridad. Las investigaciones apuntan a que irá por ti —le respondió, mirando a su amiga.
—¿Hay algo que podamos hacer? —preguntó Sara.
—Cuidar de ella, por el momento —dijo su esposo.
—Recibe el tiro por mí rizos, y estaremos a mano. —replicó Emma en tono amargo.
—¡Emma! —reprochó Jasón, mientras Alex arrojaba los cubiertos con rabia y los demás guardaban silencio.
—¿No puedes simplemente pasar la página? —le retó —¿Tienes que recordarme constantemente eso? Sara se siente mal por lo que hizo, ¡tiene pesadillas por ese maldito secuestro! Y eso puede afectar al bebé...
—¡Qué pena! ¡Pobrecilla! —se compadeció Emma en tono sarcástico —Estuvo menos de veinticuatro horas; nosotros estuvimos casi seis meses, y nunca me has visto pedir lástima. —le recordó.
—Por favor, estamos en la mesa. —Rogó Evangeline —Olvidemos por un momento nuestras diferencias. Sé que Alex no quería hacerte daño, mi princesa.
—Ya hablamos de eso, él y yo. —comentó Alessandro padre, quien se notaba bastante incomodo por la situación —Podríamos intentar llevarnos bien. Somos una familia... una que necesita restauración, es verdad, pero todos tenemos que poner de nuestra parte.
Pierre observó a su hermana lanzarle una mirada furiosa a su hermano, quien se la devolvió con la misma intensidad. Demonios, cómo extraño a mi familia, pensó, soltando una carcajada en medio de la mesa.
—No saben cuánto extrañé estos momentos. —habló a todos y luego señaló a su hermana. —Fiorella... eres única. Sabes cómo lastimar. —acto seguido se dirigió a su hermano —No te dejará en paz hasta que dejes de mirar a Frederick como si quisieras matarlo.
—Pongámonos de acuerdo, por el momento, en algo —intervino Jasón—. Emma o Fiorella... Bradford o D'Angelo, necesito saber con cuál de esos nombres se casará mi mujer.
—Fiorella —respondieron casi al unísono, excepto Alex, que permaneció en silencio, con las manos sobre la mesa, clavando la mirada en los novios.
—Lo haremos público esta tarde. Los periodistas vendrán. Todos deben saber que Fiorella ha vuelto —dijo Alessandro, el padre, mientras pasaba un sobre a Jasón—. Aquí tienes todos sus documentos. Es oficial: Fiorella D'Angelo York. Solo falta que fijen la fecha de la boda...
—¿Ya la presentaste a tu abuelo Epson y a su esposa Geraldine? —quiso saber Alex —¿Sabe esa mujer que vas a casarte? ¿Le has contado a mi hermana sobre esa mujer? —Alex se levantó de la silla, furioso.
—¿Todo esto que haces es por ella? —reclamó Jason — ¿En serio montas este circo por esa mujer? —siguió diciendo con rastros de humor en su voz —Amo a tu hermana, y no necesito más que su aceptación para convertirla en mi esposa. El resto no me importa. —declaró a los asistentes con firmeza —No hemos hablado de Geraldine... ni de nuestro pasado.
—Ella aún cree tener derechos sobre ti, y sabes de lo que es capaz. —insistió Alex y Emma lanzó los cubiertos sobre la mesa —Es la esposa de Epson; tiene influencia. Tu deber es informarle.
—Será mejor que nos vayamos. —pidió Emma —No te preocupes por Geraldine; ya tuve oportunidad de conocer parte de esa historia. Y no soy tan frágil como crees —dijo, levantándose—. Nos vemos más tarde.
Jasón se despidió de los D'Angelo y salió de la mansión tomando a Fiorella de la mano. Había llegado el momento de contarle todo a su novia.
—Tenemos que hablar...
—No tienes por qué contarme nada, Jasón. Conozco esa historia; Vincent me la contó. Solo necesito saber una cosa... el resto no me importa. —
Se detuvo frente al auto y lo miró a los ojos, clavando en ellos una pregunta que le quemaba el alma:
—¿Aún la quieres?
—¿Qué? ¡No! ¿Cómo puedes preguntarme eso? Pensé que era obvio lo que siento por ti.
La tomó por la cintura y la alzó hasta su altura, acercando sus labios a los de ella mientras hablaba, urgente:
—Geraldine no significa nada para mí. Creo que nunca la amé en realidad. La superé fácilmente.
Sus manos se aferraron a su rostro, como si temiera que no comprendiera.
—Unos ojos azules y una mujer inteligente me cautivaron... y desde entonces no hay manera de que salga de mi cabeza.
Emma sintió el aliento de él en su piel cuando susurró:
—Te amo. Eres lo mejor que la vida me pudo dar, y nada ni nadie me impedirá hacerte feliz.
Ella esquivó el beso con una sonrisa pícara.
—¿Así que quieres jugar? —rugió Jasón, sentándola sobre el capó del auto.—Juguemos, entonces.
Sus dedos encontraron sus costillas, haciéndola reír con sacudidas involuntarias, hasta que los sollozos de risa resonaron en el jardín.
El estruendo atrajo a la familia. Alessandro, Evangeline y hasta Pierre asomaron, encontrando a la pareja enredada en abrazos y carcajadas. Aquella escena —Emma radiante, Jasón devolviéndole cada sonrisa— les cerró la garganta a todos.
Todos menos Alex.
El hermano mayor se mordió el labio hasta hacerlo sangrar. Ella es feliz, se repitió, pero el remordimiento le quemaba el pecho. Dio un paso hacia ellos, decidido a disculparse, pero Pierre lo interceptó con un brazo en cruz.
—¡Déjalos en paz! —le reprochó su hermano —¿No ves que es feliz con él? ¿Qué más pruebas necesitas?
—Necesito disculparme. —habló en tono bajo.
—Pues elige otro momento. ¡Ahora no! —y con eso Pierre dio por terminado el asunto.
Sara se acercó, deslizando una mano en el brazo de Alex.
—Entremos, cariño. Hablarás con él después... Yo también le debo una disculpa a tu hermana.
Pero Alex no podía apartar la vista. Jasón abría la puerta del auto para Emma, mientras ella se volvió hacia la casa y le hizo un leve movimiento de cabeza —un perdón silencioso—. Y Jasón, al notarlos, levantó el puño en un gesto de camaradería antes de partir.
La sonrisa de Alex fue amarga, pero genuina.
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