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Capítulo 35

Se habían alojado en un hotel del centro de la ciudad, pese a los reproches de Alessandro y Evangeline. Emma se había negado rotundamente a quedarse en la mansión familiar, una decisión que a Jasón aún le parecía extraña. Sin embargo, optó por respetar su voluntad, comprendiendo que necesitaba un espacio donde sentirse segura. Los D'Angelo habían enviado su automóvil privado para recogerlos, y ahora avanzaban por el camino arbolado que conducía a la imponente mansión. Jasón observó cómo Emma se frotaba las manos con nerviosismo antes de entrelazar sus dedos con los de él. Al mirarla, vio el miedo reflejado en sus ojos.

—Todo estará bien, preciosa. Y si algo sale mal, siempre podemos irnos a América. Tenemos una casa que buscar y amueblar... eso sí decides vivir allí. Si no, viviremos donde tú elijas —susurró, acariciando su mejilla con el pulgar.

—Gracias por estar aquí conmigo, J. Viviré donde sea, siempre que sea contigo —respondió ella con voz temblorosa.

La sinceridad de sus palabras lo conmovió hasta el punto de atraerla hacia su pecho y dejar un beso protector en su frente. Mientras el automóvil cruzaba los imponentes portones de hierro forjado, Jasón recordó que esta era su segunda visita a la residencia de sus amigos, pero para Emma significaba enfrentarse a un mundo completamente nuevo.

Al detenerse el vehículo, Jasón bajó primero y extendió la mano para ayudarla a descender. En ese momento, Alessandro y Evangeline aparecieron en la escalinata principal, avanzando con sonrisas cálidas hacia su hija. Jasón se preguntó si ya conocerían la verdad sobre Emma y rogó internamente que fueran prudentes. Vincent tenía razón: Emma poseía un espíritu libre, y si se sentía acorralada, no dudaría en huir sin mirar atrás. Detrás de los esposos apareció Samantha, quien al ver a su amiga corrió a abrazarla con efusividad. Era notable la conexión que las unía desde su primer encuentro.

Jasón intentó soltarse del agarre de Emma, pero ella apretó su mano con fuerza. Comprendía su temor, aunque le resultaba incómodo permanecer así frente a todos. Con suavidad, se separó del grupo y se situó cerca de un ventanal, sintiendo el peso de las miradas que lo evaluaban. Sabía que su presencia allí era una concesión, no una bienvenida. Solo había acudido porque Emma lo exigió; de otro modo, nada lo habría hecho abandonar su país.

—Jasón, cariño, ¿qué haces ahí parado? Entra, eres como de la familia —exclamó Evangeline con una sonrisa forzada—. Aun no entiendo por qué se negaron a hospedarse con nosotros. Me parece una descortesía de parte de ustedes.

Jasón contuvo un suspiro. ¿Qué podía decirles? ¿Que su hijo lo consideraba indigno para su hermana? Miró de reojo a Alex, quien mantuvo una expresión impasible. La ironía no escapaba a Jasón: cuando Emma era solo la hija de un gitano, su relación era aceptable, pero ahora que llevaba el apellido D'Angelo, él se había convertido en un pretendiente inadecuado. El riesgo era el mismo; solo había cambiado su procedencia.

Al entrar al majestuoso salón principal, Jasón se apoyó contra un ventanal que ofrecía una vista panorámica de los jardines. Desde allí, vigiló a Emma mientras esta saludaba a los invitados, notando la tensión en sus hombros. Asumió el papel de guardaespaldas silencioso, manteniéndose a una distancia prudente mientras la observaba. Cuando los guiaron hacia el comedor, contuvo el aliento al ver las diez mesas decoradas con arreglos florales que incluían las no me olvides y camelias blancas que Pierre solía regalarle a Samantha. Era un detalle conmovedor, un guiño al pasado que aún los unía.

Alessandro padre se acercó con dos vasos de whisky y le ofreció uno.

—He notado la tensión entre tú y mi hijo. ¿Hay algún problema que deba conocer? —preguntó con voz grave.

Jasón dudó. No sabía cuánto había revelado Alex, pero antes de que pudiera responder, la voz de Emma cortó el aire como un cuchillo:

—A su hijo no le agrada mi compromiso con Jasón. De hecho, lo excluyó de la lista de invitados. Si está aquí, es porque me negué a venir sin él —declaró con firmeza, desafiando a todos con la mirada.

Jasón se masajeó las sienes. Emma estaba decidida a incendiar todos los puentes.

—¿Es esto cierto? —preguntó Alessandro padre, frunciendo el ceño—. ¿Qué clase de locura es esta? Jasón es como un hijo para nosotros.

—Alex tiene sus razones, señor —intervino Jasón con diplomacia—. Mi relación con Emma conlleva riesgos. Aunque mi padre ha garantizado su seguridad personalmente, como usted sabe, aún existe una amenaza latente.

—¡Son excusas! —replicó Emma, encendida—. Desde que supo de nuestro compromiso, se ha comportado como un tirano. Si esto continúa, me alejaré tanto de esta familia que ni siquiera podrán rastrearme.

Tras lanzar esa advertencia, giró sobre sus tacones y se marchó con la cabeza en alto, dejando un silencio incómodo a su paso.

—Vaya carácter —murmuró Alessandro entre risas—. ¿Estás seguro de poder manejar ese temperamento?

Jasón sonrió al recordar los diez años que llevaban juntos. La naturaleza indomable de Emma era precisamente lo que amaba de ella, tanto en la vida cotidiana como en la intimidad.

—Tiene sus... ventajas —respondió con un guiño, tomando un sorbo de whisky—. Dentro y fuera de la cama, resulta bastante estimulante. Espero haberme explicado bien.

El patriarca soltó una carcajada que resonó en el salón y le dio una palmada en la espalda.

—Capisco molto bene, figlio mio —dijo, divertido.

La risa atrajo miradas, especialmente la de Alex, quien abrazaba a su esposa sin apartar los ojos de su hermana. Jasón vio cómo Samantha se retiraba discretamente hacia el interior de la casa, mientras Emma regresaba a su lado. Él extendió los brazos y ella se refugió en su pecho, como buscando cobijo.

—¿Todo bien? —preguntó, aunque notaba su incomodidad.

—Por ahora, sí —susurró—. Deberíamos haber alquilado un auto. ¿Cómo huiremos de aquí si es necesario?

Jasón rio entre dientes.

—Hablas como si estuviéramos en una misión de rescate. Tranquila, tu padre me prestó las llaves de su auto para que exploremos la ciudad. Podríamos considerarlo una luna de miel anticipada. ¿Qué opinas?

—Suena tentador —respondió, relajándose un poco—. ¿Es esto parte de tus misteriosos "negocios"?

—Podría ser —murmuró él, acercándose hasta rozar sus labios en un beso fugaz—. ¿Sigues sin adivinar la sorpresa?

—No, y lo peor es que hasta María lo sabe, pero se negó a decírmelo —protestó haciendo un puchero que a Jasón le resultó irresistible.

La voz de Alessandro padre interrumpió su intimidad:

—Creo que esta pareja está demasiado impaciente para esperar. Antes de que decidan escapar, mejor procedamos. Hijo —se dirigió a Alex—, te pido que escuches con mente abierta. Lamentamos cómo se dieron las cosas, pero era necesario.

Emma se tensó en sus brazos. Jasón siguió la mirada de Alessandro y entonces lo vio: la figura que emergía del corredor principal, aquella que hacía llorar a Emma en silencio mientras el mundo parecía detenerse alrededor de ellos.

Giró la vista hacia Alex, cuyo rostro había palidecido como el mármol de los escalones. Cuando volvió a mirar al recién llegado, el tiempo pareció detenerse. Era John Pierre, de pie en el umbral como un espectro materializado. Jasón fue el primero en reaccionar. Una ira primaria, acumulada durante años de culpa y duelo, le incendió las venas. Pierre había sido su primer paciente perdido, la herida que lo hizo colgar su bata de médico para siempre. Avanzó como un torrente, y antes de que nadie pudiera intervenir, su puño se estrelló contra el estómago de Pierre.

¡¿Cómo pudiste hacernos esto?! —rugió, mientras el cuerpo de Pierre se doblaba como un árbol en la tormenta. Los gritos de protesta de los D'Angelo quedaron ahogados en el estruendo de su propio corazón.

A su lado, Emma se abalanzó hacia su hermano resucitado, repitiendo entre lágrimas:

—Eres tú... Dios mío, eres tú...

Jasón no quería explicaciones. No ahora. No cuando el dolor de aquellos años —las noches en vela de Emma, la desesperación silenciosa de Samantha, la transformación de Alex en un fantasma de sí mismo— aún le quemaba la garganta. Miró a Alex, que contemplaba a su hermano con la incredulidad de quien ve un milagro.

El mundo pareció reiniciarse cuando Alex caminó hacia Pierre con pasos trémulos. Emma se separó de su hermano y se refugió en Jasón, quien le rodeó el cuello con sus manos, murmurando:

—Todo estará bien, nena. Yo estoy aquí.

El estrépito de una copa estrellándose contra el piso los sobresaltó a todos. En la entrada, Samantha se desplomaba como una muñeca de trapo. Pierre, Emma y Jasón corrieron hacia ella —los tres la conocían demasiado bien para saber que aquello no era un simple desmayo.

—Mi amor, despierta —Pierre acariciaba sus mejillas con urgencia—. ¿Qué sucedió?

Cuando Samantha abrió los ojos, su voz sonó frágil, como llegando desde muy lejos:

—Mi padre murió en la cárcel... en una riña. Delató a todos. El abogado me informó que ayer le dictaron sentencia. Fue un ajuste de cuentas... —Apretó los puños—. Dejó una nota diciendo que ahora era una mujer libre.

El silencio que siguió fue cortado por su propio gemido:

—¿Es horrible sentir alivio? Luché tanto por no ser como él... y hoy... hoy su muerte me da paz.

Pierre la abrazó con fuerza, mientras Evangeline se acercaba para envolverla en otro abrazo:

—Nunca fuiste como él. Gracias a tu rebeldía, nuestra hija volvió a nosotros. Gracias a tu valor, mi hijo encontró el amor. Eres nuestra familia, y espero que nos des más razones para celebrar... como nietos, por ejemplo.

Alex, que había permanecido en segundo plano, avanzó con voz ronca:

—Sé que me he distanciado... pero siempre te vi como una hermana. Cuando Pierre "murió", no buscaste venganza ni olvido. Te dedicaste a encontrar a quienes lo dañaron y a proteger a Emma.... incluso arriesgando tu vida. Eso no lo hace alguien como tu padre. El destino se construye, María, y tú elegiste un camino de luz.

—Gracias... —susurró Samantha—. Pero ahora... necesitamos oír a Pierre.

Alessandro padre asintió con gravedad:

—María tiene razón. Los invitados llegarán pronto, y debemos hablar. Exijo silencio hasta que terminemos.

Fue entonces cuando Alessandro (hijo) lanzó su ataque:

—Será mejor que te vayas, Frederick. Esto es un asunto familiar.

Jasón lo miró atónito. ¿En qué momento había dejado de ser "Jason" para convertirse en "Frederick"?

Pierre intervino con firmeza:

—¿De qué hablas? Él es el prometido de Emma. Tiene tanto derecho a estar aquí como mi esposa.

—No hay problema —Jasón levantó las manos en gesto pacífico—. Esperaré afuera.

—No lo entiendes —Alex espetó—. Ya llegamos a un acuerdo. Tú te alejarías de ella.

Emma explotó. Agarró la mano de Jasón con fuerza de huracán:

—¡Nos vamos!

—¡Tú no irás a ningún lado, Fiorella! —rugió Alessandro.

—¡No me llames así! —Emma gritó, sus ojos cambiando del Azul celeste a un gris tempestuoso—. Si Jasón no es bienvenido, yo tampoco pertenezco aquí. Vine solo porque él insistió.

Pierre intentó mediar, pero la tensión era un cable a punto de romperse. Alex se acercó a Emma, y Jasón contuvo el aliento, preparándose para lo peor. Pero en lugar de golpes, Alessandro intentó separarlos a la fuerza:

—Déjalo ir. No puedes casarte con él. Quédate con nosotros hasta que esto se aclare.

Emma se plantó como un muro entre ambos hombres, su voz gélida cortando el aire:

—¿De qué Jasón me hablas exactamente? —increpó — ¿Del que me rescató cuando vivía en las calles? ¿Del que trabajó turnos dobles para pagar mis estudios? ¿O del que me sostuvo cada noche que lloré por esta familia que ahora me rechaza? —Cada palabra era un latigazo—. Gracias a él estoy ante ustedes. Sin él, nunca habrías encontrado a tu hermana perdida. Sin él, María no estaría casada con Pierre.

El silencio fue sepulcral. Hasta Alessandro pareció retroceder ante el fuego en sus ojos.

—Vete al infierno, Alessandro D'Angelo. Tú y tu maldita familia. No los necesito.

Jasón le tomó el rostro entre sus manos, obligándola a mirarlo:

—Respira, nena. No me voy sin ti. Te espero afuera.

—¡Emma! —Alessandro extendió la mano, pero ella retrocedió hasta esconderse tras Jasón, un gesto que pareció atravesar al hermano como una daga—. Por tu bien...

Fue María quien finalmente intervino con voz clara:

—Déjala ir, Alex. No es momento. Emma no es una niña. Y si insistes, perderás lo que tanto luchaste por recuperar.

—Alex, por favor, déjalos tranquilos —rogó Sara, intentando calmar a su esposo, pero él estaba tan cegado por la ira como su hermana.

—Tú no quieres mi bienestar —espetó Emma, clavando sus ojos grises en Alex antes de volverse hacia Pierre, quien se interpuso entre los hermanos como un muro.

—Dios, esto no está saliendo como lo planeé... —Pierre frotó su sien con frustración—. ¿Por qué no los dejas en paz? Siempre supiste que acabarían juntos. ¿Qué cambió ahora?

—¿Ya les contaste a tus padres lo que me pediste cuando Sara fue secuestrada por Dominic Johnson? —Emma ardió de rabia, su voz resonando como un látigo—. ¿Les dijiste que te obligaron a elegir entre tu "supuesta hermana" y tu esposa... y que me sacrificaste? ¿No fue Jasón quien te ayudó a recuperarla? ¡Eres un hipócrita!

—¡No tuve opción! —rugió Alex, los puños temblorosos.

—¡Siempre hay una opción! —Emma gritó con tal fuerza que el eco retumbó en los altos techos de la mansión. Jasón la envolvió en sus brazos al sentir su cuerpo temblar—. ¡Ella me disparó! No dudó en apretar el gatillo. Tú decidiste que yo debía morir para que Sara viviera. ¡Así que no me hables de amor fraternal! ¡Es mentira!

—Eres mi hermana. Llevas mi sangre. Y te quedarás en esta casa, te guste o no —Alex avanzó, pero su padre lo detuvo con un grito que heló la sangre en las venas de todos.

—¡Basta! ¡guarda silencio, Alessandro! ... ¿Qué demonios pasó aquí? —El patriarca rara vez alzaba la voz, y el hecho de que lo hiciera ahora hizo retroceder incluso a sus hijos—. ¿Dejaste que tu hermana caminara hacia su propia muerte? ¿Eso fue lo que ocultaste?

Evangeline, al borde del llanto, miró a su hijo con ojos desolados:

—¿Permitiste que se sacrificara así?

Alex bajó la mirada, incapaz de sostenerla.

—Tú no tienes derecho a decidir con quién comparte su vida —continuó Alessandro padre, con una calma que contrastaba con la tormenta en sus ojos—. Tu madre y yo estamos agradecidos de tenerla viva. Si eligió a Jasón, lo respetamos. Él siempre la ha protegido. Ahora, todos adentro. Necesitamos hablar. Y tú, Alessandro... más te vale tener una explicación.

****

Dentro de la biblioteca, con las puertas cerradas y el peso de años de secretos aplastando el aire, Pierre comenzó su relato:

—Mucho antes de casarnos, María me contó cómo conoció a Emma. Su historia me pareció extraña, así que investigué por mi cuenta. Ya entonces, veía en ella rasgos de nuestra madre.

Durante meses, estuvo atrapado en un callejón sin salida... hasta que una noche, en el apartamento que compartían, encontró una foto de Emma a los seis años. No hubo duda. Le preguntó por marcas de nacimiento: le mostró una en el costado, pero se negó a revelar la del muslo... demasiado íntima. Ahí supo que era mi hermana.

Decidió averiguar quién quería matarla... y por qué. Me infiltró. Se hizo amigo de Sebastián, compró drogas, ganó su confianza. Hasta que un día le habló de un "negocio mejor": el tráfico de mujeres. Participó en algunas transacciones —levantó la mano al ver el horror en los ojos de Emma

—¡Nunca las lastimé! Muchas eran engañadas. Contacté a la policía, pero... había un traidor entre ellos.

James Parker le dijo que se retirara, pero él necesitaba respuestas. ¿Quién quería a su hermana muerta?

Entonces conoció a Paolo. Le resultaba familiar, pero no sabía por qué. Con el tiempo, le confesó la verdad: Su padre había trabajado para viticultores... los D'Angelo. Su madre, embarazada de una niña, perdió al bebé por el estrés de la ausencia de su marido. El matrimonio se derrumbó. Y su padre... culpó a sus empleadores.

La esposa de su jefe estaba embarazada al mismo tiempo. Dio a luz a una niña: Fiorella —Alex miró a Emma, que apretaba las manos de Jasón como un ancla—. Para él, esa niña era un recordatorio de lo que perdió. La hija que nunca tuvo. El hogar destruido. Y planeó su venganza.

Tenía acceso al joyero familiar. Ideó el secuestro... pero algo salió mal. Dos gitanos lo interceptaron. Logró huir, pero quedó marcado. Años después, intentó recuperarla, enviando a alguien con un anillo idéntico al que los gitanos le habían robado... pero falló.

Paolo, sin saber la verdad, cayó en el mismo mundo para salvar a su padre. Perdió a su familia. Y cuando su padre, abrumado por la culpa, se suicidó... se llevó el nombre de su cómplice a la tumba. Dejando a su hijo atrapado en las sombras.

Pierre se levantó de su asiento, acercándose al ventanal que enmarcaba los viñedos infinitos de la propiedad D'Angelo. El sol de la tarde teñía de oro las hojas, un contraste cruel con la pesadilla que estaba revelando.

—Regresé a la policía. Ese fue mi segundo error. —Su voz sonó áspera, cargada de culpa—. No logré contactar a Parker, así que fui directamente a la estación... donde me reconocieron. Sebastián ató cabos: descubrió que era el esposo de María y el hermano de la chica que le había costado tanto dinero. Y así caímos. Ese día debían secuestrarnos a los tres, pero Alessandro estaba en el hospital por Anthony. Solo Fiorella y yo... fuimos capturados.

Hizo una pausa, los nudillos blanquecinos al aferrarse al marco de la ventana.

—No fue fácil tomar esa decisión. Alejarme de todos... traicionar a quien me ayudó al llegar a América. —Miró a Jasón directamente—. Sabía lo que mi "muerte" haría contigo. Que dejarías la medicina. Que te culparías. Pero no había otra forma de protegerlas. Le conté todo a mis padres. Alessandro... todos supieron quién era ella desde el principio.

Jasón se levantó, colocando una mano firme en el hombro de Pierre. Por un momento, los dos hombres se midieron en silencio, años de dolor y lealtad no dicha fluyendo entre ellos. Luego, se abrazaron con la fuerza de quienes han sobrevivido a lo impensable.

—Lamento el golpe. —Jasón murmuró—. Fue el shock de verte vivo... Pero con o sin bendiciones, Emma será mi esposa.

—Lo sé. —Pierre sonrió, cansado pero genuino—. Y no podrías hacerme más feliz. Sé lo que has esperado... lo que has sufrido por ella.

Emma se levantó entonces, su figura esbelta erguida como un desafío.

—No pueden aparecer ahora y dictar mi vida. —Su voz, aunque calmada, vibraba con intensidad—. He estado sola. He sangrado, he luchado... y ahora que tengo felicidad, ¿pretenden encerrarme en una jaula dorada? El dinero no me importa. Nada me ha sido regalado... y por eso valoro lo que tengo. Soy libre.

Evangeline avanzó, las manos temblorosas extendidas.

—Cielo, no queremos cambiarte. —Sus ojos brillaban—. Solo... un lugar en tu vida. Tu hermano actúa por miedo, pero...

Se detuvo cuando Emma se puso de pie, revelando su estatura —tan imponente como la de su padre y hermanos—. La habitación contuvo el aliento: ¿rechazaría el abrazo que Evangeline anhelaba darle desde hacía décadas?

—Necesito tiempo. —Emma suspiró—. Esto es... demasiado.

—¿Podemos al menos abrazarte? —preguntó Alessandro padre, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.

Emma no respondió con palabras. Se lanzó hacia su padre, enterrando el rostro en su pecho como la niña que nunca pudo ser. Evangeline no se inmutó; Fiorella siempre había sido más de Alessandro. Pero cuando su hija extendió un brazo hacia ella, arrastrándola al abrazo, una lágrima escapó por su mejilla.

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