Capítulo 34
Jasón la había dejado plantada. Llevaba dos días sin saber de él, sin que contestara sus llamadas. Se negaba a buscarlo; ella no había hecho nada para enojarlo. Allá él y sus problemas, aunque, en el fondo, confesaba que lo extrañaba.
— ¿Y el señor? — Rachel le echó sal a la herida.
— Un problema de última hora, Rachel. Te pide excusas. — Mentir por él le pareció estúpido. Jasón no tenía ningún problema; lo había visto alejarse después de que Vincent se acercara a ella y le besara la mejilla. El rostro de Rachel se tiñó de carmesí ante el gesto, y a Vincent le arrancó una sonrisa.
— Felicidades, Rachel — escuchó decir a su amigo —. ¿Dónde quieres ir? Hoy eres la homenajeada, así que tú eliges.
— No sé... no conozco bien la ciudad. Además, no planeaba nada especial. Solo quería llegar a casa y dormir.
— En ese caso, elegiré yo el lugar. ¿Tienes algún inconveniente? — Vincent miró el reloj: las doce de la noche.
La idea de ser un estorbo no le agradaba, pero Rachel ya había decidido ir a casa. Necesitaba arreglar las cosas con Jasón, entender su repentino distanciamiento.
— Creo que los acompaño hasta aquí. Tengo un asunto pendiente. ¿Me dejas en el edificio? Ah, y esto es para ti, Rachel. — Vincent la miró con expresión indescifrable. Sabía dónde se dirigía; él mismo le había aconsejado que tomara la iniciativa y hablara con Jasón.
El silencio en el coche era incómodo. El trayecto a casa se le hizo eterno. Al llegar, Vincent la acompañó hasta la entrada. Antes de que ella bajara, la observó con una mezcla de preocupación y complicidad.
— Espero que disfrutes el resto de la noche, Rachel. Nos vemos en la oficina para lo de tus estudios.
— Gracias por todo, señorita. Y gracias por el regalo. Espero que arreglen lo del señor... — Salieron del auto, y su amigo la escoltó hasta el ascensor.
— ¿Hablarás con él?
— Aún no lo sé. — Las dudas la asaltaban. Su actitud la había herido, pero necesitaba entender sus razones.
— Intenta escucharlo. Seguro que tiene motivos. — Vincent la abrazó con fuerza —. Ve por él... y si hace falta, dale un golpe hasta que reaccione. — El ascensor llegó, y con un último gesto de complicidad, se despidió.
Al llegar a su piso, Emma se detuvo frente a su apartamento. Miró hacia la puerta de Jasón, pero todo estaba a oscuras. Entró en su hogar, sumido en la penumbra. Conocía cada rincón, podía recorrerlo con los ojos cerrados. Llegó a su habitación, se quitó el vestido y se puso el pijama. Su mirada cayó sobre el móvil. Decidió enviarle un mensaje; quizá así sabría si estaba en casa.
«Espero que no estés bebiendo. Y que tengas una buena excusa para dejarme plantada».
Esperó una respuesta durante varios minutos. Se tumbó en la cama, intentando dormir, pero el sueño no llegaba. Después de lo que pareció una eternidad, su teléfono vibró.
«No he salido en días, excepto para despedirme de Alex».
Algo en su interior le dijo que Alex tenía mucho que ver con el comportamiento de Jasón. Armándose de valor, salió de su apartamento y se plantó frente a su puerta. Escuchó el ruido del seguro, y luego la puerta se abrió. Ante ella apareció Jasón, con el torso desnudo. La boca se le secó, y sus ojos parecían querer salirse de sus órbitas. Admiró su cuerpo, perdida en aquellos ojos color esmeralda. Lucía agotado; bajo sus párpados pesados se distinguían ojeras marcadas. Sintió una punzada de tristeza, pero también alivio: al menos no era la única que había pasado malos días.
Jasón la observó con la misma intensidad. En su mirada había deseo, pero también amor. ¿Entonces por qué se alejó?
— No me mires así. — Su voz ronca le erizó la piel, encendiendo algo dentro de ella. No hacía falta preguntar a qué se refería; era obvio que lo estaba devorando con la mirada.
Emma se lanzó hacia su cuello. Jasón la levantó, sujetándola por el trasero, y la colocó con suavidad sobre la cómoda de la entrada. Con un movimiento rápido, cerró la puerta de una patada mientras su boca se sellaba sobre la de ella, devorándola. Mordisqueó sus labios hasta arrancarle un gemido. Emma sintió que se ahogaba en aquel beso feroz; su pulso se aceleró hasta volverse loco.
Entonces lo supo: lo había extrañado más de lo que admitía.
La pelvis de Jasón se insinuó entre sus muslos, la firmeza de su erección presionando contra ella. Cuando por fin separó sus labios, la miró con picardía, sus manos apretándole los costados.
— Te he echado de menos. — Le susurró al oído.
Emma pasó las manos por su cuello, atrayéndolo de nuevo hacia ella sin decir nada. Hundió la nariz en su piel, respirando su esencia, mientras sus dedos recorrían los músculos de su espalda, sintiéndolos tensarse bajo su tacto. Apretó los muslos contra sus caderas, sin dejar espacio entre ellos.
— Creo que estás perdonado. — murmuró, con la voz entrecortada.
— Me encanta tu manera de perdonar. — Jasón respondió, besándola dulcemente.
Sus manos viajaron por su espalda, descendieron hasta sus caderas y se deslizaron bajo la camiseta. Un escalofrío eléctrico recorrió el cuerpo de Emma al contacto de su piel. Cruzó las piernas alrededor de su cintura, impidiéndole alejarse.
Cuando sus dedos rozaron el elástico del pantalón, Emma se tensó. Jasón notó su vacilación.
— No te detengas, preciosa. — Le sonrió, impertinente.
Emma correspondió a su sonrisa mientras intentaba deshacer el nudo de su pantalón. El deseo los consumía; cada prenda era un obstáculo, y solo anhelaban una cosa: sentir sus pieles desnudas, fundirse en uno.
Alzó los brazos, permitiendo que Jasón le quitara la camiseta. Sus labios volvieron a encontrarse, urgentes. Su torso desnudo se aplastó contra su pecho, mientras sus dedos liberaban el sujetador. Un nuevo escalofrío la recorrió al sentir el aire frío y sus manos a la vez, entregándose por completo.
— Quiero besar cada centímetro de tu cuerpo."
La voz de Jasón, grave y cargada de promesas, resonó en sus oídos mientras sus labios trazaban un camino de fuego por su cuello. Emma arqueó la espalda, dejando escapar un jadeo cuando sus dientes rozaron aquel punto sensible bajo la oreja. Las manos de él, firmes en sus caderas, la mantenían cerca mientras ella se aferraba a sus hombros, clavando las uñas en su piel.
— Soy toda tuya. — Las palabras se deslizaron entre sus labios como un susurro ahogado, más un gemido que una confesión.
Jasón se detuvo. Alzó la cabeza, y sus ojos esmeraldas, ahora oscurecidos por el deseo, la miraron con una intensidad que le cortó el aliento. Mordió su propio labio inferior, juguetón, antes de gruñir:
— ¿Mía?
El corazón de Emma golpeó su pecho. Sabía lo que pedía. Lo que necesitaba oír.
— Toda tuya, mi amor.
El aire se espesó. Jasón se tensó bajo sus dedos, y por un instante, vio pasar una sombra de incredulidad en su mirada.
— Repite eso. — La orden salió áspera, mientras sus manos recorrían su espalda, trazando círculos que la hacían temblar.
Emma, traviesa, ladeó la cabeza.
— ¿Qué cosa?
Un gruñido. Sus labios volvieron a su cuello, esta vez mordiendo con justeza.
— Eso último.
Ella sintió el calor subirle al rostro. — ¿Mi amor?
— Otra vez.
— Soy toda tuya, J. — Sus manos se enredaron en su pelo, tirando con suavidad. — Te amo.
Jasón la levantó de un movimiento brusco. Emma enlazó las piernas alrededor de su cintura, sintiendo los músculos de su abdomen contraerse bajo su tacto. Mientras caminaba hacia la cama, sus bocas no se separaban, como si temieran que cualquier distancia fuera demasiada.
— Nunca me cansaré de escuchar eso. — Su aliento era fuego en su piel. — Dilo otra vez, Emma.
Ella rio, un sonido entrecortado por el deseo.
— Te amo, idiota. ¿Crees que me acostaría con cualquiera? — Cada palabra era un latido, un juramento. — Te amo. Te amo.
Jasón la depositó sobre las sábanas con una devoción que la dejó sin aliento. Sus dedos deslizaron el pantalón de su pijama, y por un momento, se detuvo para contemplarla: desnuda, entre jadeos, con los labios hinchados por sus besos.
— Mi diosa. — La voz le tembló. — Mi mujer. Eres mi todo, Emma. No te vayas nunca. Sin ti, estoy perdido.
Ella tocó su rostro.
— Tú te alejaste. Me dejaste sola con Rachel... Era su día especial.
— Ya las compensaré a las dos. — Prometió, mientras su cuerpo se inclinaba sobre ella. — Pero ahora...
El pantalón de Jasón cayó al suelo. Emma tragó saliva al verlo: desnudo, poderoso, suyo. Erecto y palpitante, hacía que el estómago se le contrajera de anticipación. Cuando sus manos rodearon sus caderas, acercándola, un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
— No te detengas, preciosa. — Jasón gruñó al sentir sus dedos cerrarse alrededor de él.
Emma exploró cada pulgada: la piel caliente, las venas que latían bajo su tacto, la manera en que él se arqueaba hacia su mano. Pero entonces sus labios encontraron su pecho, y el mundo estalló.
La lengua de Jasón dibujó círculos alrededor de su pezón, mientras sus dedos repetían el movimiento en el otro. Emma gritó, arqueándose, las manos aferradas a las sábanas como anclas.
— Así... — Jasón murmuró contra su piel, descendiendo.
Sus besos eran fuego lento: ombligo, caderas, el interior de sus muslos. Cuando su lengua finalmente la encontró, Emma vio estrellas. Un dedo, luego dos, se deslizaron dentro de ella, moviéndose al ritmo que su boca marcaba.
— Jasón... — Su nombre fue un rezo, una súplica.
Él respondió subiendo, cubriendo su cuerpo con el suyo. Sus manos se entrelazaron sobre la almohada, y Emma sintió su erección presionando contra su entrada.
— Dime que me quieres. — Exigió, rozando su clítoris con la punta.
Ella, ya al borde, levantó las caderas.
— Te amo. Siempre.
Y entonces, Jasón la llenó por completo.
— Eres deliciosa, preciosa... Ya estás lista para mí."
La voz de Jasón, ronca y cargada de deseo, le recorrió la piel como una caricia mientras sus dedos exploraban su intimidad, encontrándola húmeda y ardiente. Emma arqueó las caderas, un gemido escapando de sus labios.
— Húmeda y dulce, como siempre. No me cansaré jamás de probarte... — Sus palabras se mezclaron con un gruñido cuando ella, impaciente, cerró su mano alrededor de su miembro. — Impaciente y golosa. Una combinación explosiva. Eres perfecta, Emma.
Jasón entrelazó sus dedos con los de ella, fijándolas sobre la almohada mientras se posicionaba a su entrada. Emma contuvo el aliento, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba en anticipación.
— No te haré daño, mi corazón. Solo relájate... — Susurró, penetrándola con una lentitud agonizante, permitiendo que cada centímetro se ajustara a su calor.
— J... — Jadeó, las uñas clavándose en sus hombros.
— Dios... Eres tan estrecha... — Él maldijo entre dientes, deteniéndose cuando ella arqueó la espalda, sus piernas rodeándolo con fuerza para atraerlo más profundamente. — No te muevas...
Pero Emma ya no podía obedecer. Su cuerpo, gobernado por un instinto más antiguo que la razón, comenzó a moverse al unísono con el de él. Dos ritmos convirtiéndose en uno, una danza primal que los llevó al borde y más allá, hasta que el mundo estalló en estrellas detrás de sus párpados.
Sudorosos y jadeantes, se derrumbaron juntos. Jasón la envolvió en sus brazos, depositando besos suaves en su frente, sus pómulos, la punta de su nariz.
— Te amo, mi princesa. Estos días sin ti han sido un infierno... La idea de perderte casi me vuelve loco.
Emma, aun recuperando el aliento, lo miró con los ojos brillantes. — Nunca dije que te fuera. Fuiste tú quien se alejó sin razón.
Jasón suspiró, reclinándose a su lado mientras trazaba círculos en su espalda. Su mirada se perdió en el techo, como si las respuestas estuvieran escritas en el yeso.
— Alex habló conmigo antes de irse... — comenzó, la voz grave. — Sabemos que tu vida está en peligro. Y ahora que eres mi prometida públicamente, eso te convierte en un objetivo aún mayor. Me pidió que... que me hiciera a un lado, si de verdad te amaba. — Una pausa. — No le gustó que tu abuelo nos investigara.
Emma se incorporó bruscamente.
— ¿Cómo se atreve? ¡No es su decisión! —Jasón la silenció con un beso, suave pero firme.
— Tu familia te ha buscado durante 28 años. Ahora que te tienen, querrán protegerte. Alex cree que... que yo solo soy un obstáculo. — Tragó saliva. — Y cuando supe que Nick estaba divorciado, pensé... quizás ya no me necesitabas. Ahora tienes una familia. Y al hombre que una vez amaste.
Ella se separó de él como si lo hubiera quemado.
— ¿Dónde está tu teléfono?
Jasón frunció el ceño.
— ¿Qué vas a hacer? Emma, solo será un tiempo. Prometo visitarte cuando pueda...
— ¡No pienso quedarme sola en una casa que no conozco! — Las lágrimas brillaban en sus ojos, pero su voz era acero. — Si tú no puedes entrar, yo tampoco lo haré. Gregori Bradford no crio a una cobarde.
La preocupación nubló los ojos de Jasón.
— No quiero que te enfrentes a tu familia por mí...
— ¡No me estás escuchando! — Emma lo interrumpió, la voz quebrada. — Antes que ellos, estabas tú. Tú me salvaste. Tú me encontraste. Y si realmente me quieren, será contigo a mi lado... o no será. — Un sollozo escapó de su garganta. — No quiero ir sola, J. Por favor...
Jasón la atrajo contra su pecho, enterrando el rostro en su cabello.
— No llores, cariño... — Susurró, besando sus lágrimas. — Odio verte así. Ya encontraremos una solución.
— No iré. — Emma se aferró a él, como si temiera que desapareciera.
— Iremos juntos. Hablaré con tu hermano. — Prometió, acariciando su espalda hasta que su respiración se hizo lenta y regular.
Cuando estuvo segura de que dormía, Jasón se deslizó fuera de la cama. Se vistió en silencio y salió al balcón, donde las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas terrestres. El teléfono pesaba en su mano, una barrera entre él y la difícil conversación que tendría con Alex.
¿Cómo explicarle que su hermana se negaba a ir sin él?
Unos brazos cálidos rodearon su cintura. Emma, descalza y con el cabello revuelto, apoyó la mejilla en su espalda.
— Deberías estar durmiendo... — Jasón murmuró, girándose para abrazarla. — En unas horas tomas el avión.
— No iré. — Su voz era firme, pero había una sombra de inquietud en sus ojos. — Algo me dice que no debo hacerlo...
Jasón levantó una ceja cuando ella le arrebató el teléfono y lo desbloqueó con un movimiento experto.
— ¿Desde cuándo sabes mi contraseña? — Preguntó, mitad sorprendido, mitad admirado.
Emma esbozó una sonrisa traviesa, la primera de la noche.
— ¿Eso es lo que te preocupa ahora? —inquirió— Eres muy obvio, J. Es mi cumpleaños.
Emma marcó el número de Alessandro con dedos temblorosos. Eran las 3 de la mañana; en Italia, las 9. Esperaba que ya estuviera despierto.
— ¿Has visto la hora que es? — La voz de Alex sonó áspera por el sueño.
— Sé qué hora es. ¿Quién te dio potestad para decidir sobre mi vida? — Emma espetó, los ojos brillantes de furia. — ¿Desde cuándo necesito tu permiso para estar con Jasón?
— Emma... — Jasón intentó calmarla, alcanzando el teléfono, pero ella lo esquivó.
— Solo quiero tu bienestar. — Alex insistió.
— ¡Vete a la mierda, Alex! ¡Aléjate de nosotros!
Jasón le arrebató el móvil, atrayéndola contra su pecho.
— No iremos a tu casa. Nos quedaremos en un hotel. — Advirtió con voz era firme.
— ¿Desde cuándo mandas tú? Ella es una D'Angelo. Vendrá a su casa.
— Lo siento, hermano. Antes de que supieras que era tu hermana, ya era mi mujer. Aceptas nuestras condiciones, o no iremos. — Colgó antes de que Alex pudiera responder y miró a Emma —Será mejor si controlas ese vocabulario...
Emma alzó la barbilla, desafiante.
— ¿O qué?
Jasón la atrajo hacia sí, mordisqueando su oreja.
— Creo que tenemos algo pendiente.
— ¿Quieres hacerme callar? — Emma susurró, rozando sus labios.
— Es el único método efectivo. Cambio tus groserías por gemidos. — La levantó, colocándola a horcajadas sobre él.
— Me gustan tus negociaciones
— Y esto es solo el principio.— Capturó su boca en un beso que borró todo rastro de ira, convirtiéndola en puro fuego.
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