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Capítulo 38

Horas antes

—¿Tenemos que quedarnos? —preguntó Emma —Podemos irnos, J. No quiero quedarme en esta casa. —Lo tomó del brazo para alejarlo del grupo—. Por favor, vámonos de una maldita vez.

Jasón rodeó su cintura y la atrajo hacia él. Estaba nerviosa; no le agradaba esa casa.
—No podemos hacer más desaires. Ya han aguantado suficiente con vernos irnos todas las noches. Además —le dijo mientras la besaba en los labios—, es solo hoy, y ya nos faltan tres días. —Besó su mejilla y la abrazó con más fuerza—. Sé que no quieres quedarte aquí, preciosa, pero es solo por hoy. Estás cansada, y yo también. No es seguro manejar de noche; debemos ser prudentes. Ve a descansar. Yo estaré en la habitación de al lado.

—Acompáñame entonces, solo un rato. —Lo miró con ansiedad—. Lo siento, sabes que no soy así, pero esta casa me aterra.

—¿Cómo negarme si me miras de esa forma? —respondió él, sonriendo, mientras la tomaba de la mano y la acompañaba a su habitación—. Volveré en un momento. Solo voy a acompañarla.

Pierre se burló:

—¿No crees que se pierda, sabes? Hasta donde sé, el tal Nick no está por aquí. Así que no tienes motivos para seguirla a todos lados.

—¡Dios! —exclamó Jason, exasperado—. Como si no tuviera suficiente con lidiar con los celos estúpidos de Alex, ahora tengo que aguantar tus chistes. —Miró a su amigo y bufó—. Ella no quiere ir sola. La acompañaré y ya vuelvo... ¡Joder!

Alex intervino:
—Deja la puerta abierta. No quiero que te encierres con ella.

—Hermano —replicó Jason con ironía—, te recuerdo que prácticamente vivo con ella desde hace tres años y que es mi novia desde hace cuatro meses. Tus recomendaciones llegan un poco tarde. Pero no te preocupes, no le haré nada que ella no quiera. —Le hizo un guiño—. Ya regreso.

—Es un idiota —murmuró el mayor de los gemelos, lo que le arrancó una sonrisa a Jason.

Emma se detuvo a mitad de las escaleras para contemplar las fotos familiares. Reparó en varias imágenes; había una que recordaba: Evangeline, los gemelos y ella. Era la misma foto que había visto en sus sueños. ¿Era posible que recordara las fotos? ¿O tal vez el momento en que las tomaron?

Probablemente era lo primero. Quizás las recordaba y las había visualizado en el sueño. Un escalofrío la recorrió. No sabía por qué, pero sentía que no debía indagar demasiado en su pasado. Si su mente había borrado esa parte, era por algo: o era dolorosa o carecía de importancia. De pronto, sintió las manos de Jasón en su cintura.

—Podemos pedirles a tus padres que nos muestren algún álbum familiar —sugirió él—. Así te irás familiarizando. Es difícil que recuerdes algo; eras muy pequeña.

Ella asintió levemente mientras seguían subiendo, hasta que una foto la hizo detenerse en seco. Era una imagen de tres hombres frente a la casa: uno era su padre, otro no se distinguía bien —solo alcanzaba a verle parte del rostro— y, a sus pies, un labrador negro. "Blackie". Cerró los ojos y sacudió la cabeza.

—¿Estás bien? —preguntó Jasón.

—Sí —mintió, intentando calmarlo—. No es nada, solo tengo curiosidad.

No quería preocuparlo más. Él ya estaba tenso por ella, así que decidió dejar pasar esos recuerdos, que, al fin y al cabo, no eran muchos.

—Bien, entonces vamos —dijo él, y continuaron avanzando.

Al llegar a su habitación, Emma encontró un pijama sobre la cama. Miró a Jasón, sorprendida. ¿En qué momento había comprado todo eso?

—Piensas en todo —comentó, haciéndole un guiño mientras él cerraba la puerta tras de sí. Luego, la ayudó a quitarse el vestido.

—Si durmieras conmigo, no necesitarías pijama —murmuró con voz ronca—. Pero como dormirás sola... no quiero exponerte. Aunque estés en familia, tengo mis reservas. Siempre he confiado en tu juicio, y si esta casa te da miedo, sé que no es sin razón. —Se acostó a su lado y la abrazó.

—¿Cuándo nos vamos? —preguntó ella con voz ansiosa. Odiaba sentirse tan vulnerable.

—Tus padres quieren que conozcas a tu familia. Para eso han organizado esta reunión: será tu presentación ante todos.

—Alex y Pierre dijeron que eso no era posible. ¿No se suponía que no podíamos decir nada hasta que supiéramos quién era?

—Al parecer, ellos cerraron este capítulo con lo que Pierre contó. Es decir, que fue Paolo —le respondió Jasón mientras terminaba de vestirla.

—Pero Omat y los chicos dijeron que el que encontraron en ese bosque no fue el mismo que fue a buscarme después, el que le pagó a papá por tenerme. Pierre dice que nunca se supo quién lo ayudó...

—Sí —confirmó Jasón con voz calmada—. Yo también lo recuerdo. Aún hay cosas que no concuerdan. Detrás de todo esto hay algo mucho más poderoso y turbio. No creo en una simple venganza de un empleado. Un solo hombre era incapaz de hacer todo eso. Debió tener ayuda, y de alguien interno. Está ese anillo, el que solo tiene el mayor. Por ahora, estaremos pendientes el uno del otro. Te cuidaré. Solo serán tres días. En casa es diferente; podré protegerte como se debe. Aquí es imposible. Es tu familia, y tengo que aceptar que estoy en sus dominios. Solo sé paciente, preciosa. Hazlo por mí.

—Bien, pero hay algo raro en esta casa. Es una sensación extraña.

—Tranquila, todo estará bien —le susurró, acostándose a su lado y abrazándola con fuerza.

****

—¡Camina, Maldita Mocosa! ¡Tú Pagarás Por Mi Deshonra!

Su cuerpo era arrastrado brutalmente por las escaleras de la casa. Mientras caía, alcanzó a distinguir las fotos de sus hermanos en las paredes.

—¡John! —gritó con desesperación—. ¡Quiero a papá! ¡Quiero a mi papá!

—¡Cállate! —rugió una voz cargada de odio—. ¡Nadie te escuchará! Él está conmigo. Ni se te ocurra decir algo, ¡o mato a tus hermanos!

—¡No! —chilló, aterrada—. Eres malo... Se lo diré a papá... —balbuceó entre sollozos.

—¡ENTRA AHÍ! Y será mejor que no digas nada, o la próxima vez será peor.

Sintió cómo la arrojaban al sótano. Ese lugar la aterraba: oscuro, lleno de arañas, sin un solo rayo de luz. Solo quería a su papá, a John, a Sandro...

—¡Quiero salir! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Quiero a mi papá! ¡Luciano, sácame de aquí! ¡NO!

El grito la despertó de golpe.

Era el mismo sueño, pero esta vez había visto el rostro de quien la perseguía: su padre. Sin embargo, sus ojos eran distintos, su mirada, ajena... llena de odio. Se abrazó las rodillas, temblando. Era esta casa.

En ese momento, Jasón irrumpió en la habitación y ella se lanzó a sus brazos. Él era real. Él era el único en quien podía confiar.

Actualidad

Alguien le acariciaba la mejilla. Sintió unos labios en su frente y abrió los ojos lentamente. Se encontró con una mirada oscura y familiar: su amiga.

—¿Estás bien? —preguntó la joven.

—¿Jasón? —murmuró Emma, ignorando la pregunta. Odiaba ese trato delicado, como si fuera a quebrarse en cualquier instante.

—Salió un rato. Me pidió que te cuidara —explicó su amiga—. No esperábamos que despertaras tan pronto. No respondiste... ¿Cómo estás?

—He tenido mejores días —replicó, sin poder disimular el amargor en su voz.

—¿Quieres hablar de lo de anoche?

—Ahora no. —No confiaba en nadie más. Guardaría silencio hasta que Jasón regresara—. ¿Va a demorar?

—Puedes hablar conmigo, cariño —insistió su amiga, con ese tono condescendiente que tanto detestaba—. Soy yo, tu amiga. Por favor, solo quiero ayudarte. Tenemos que aclarar esto antes de que...

—¡NO! —María retrocedió al ver la ira reflejada en los ojos de Emma. Su rostro estaba enrojecido, sus pupilas dilatadas. Nunca la había visto así.

—Está bien. Se hará como tú quieras... —dijo, levantándose de la cama.

—¿Qué sucede? —Alex entró en la habitación y encontró a su hermana sentada en la cama, alejada de su amiga.—Hola, nena. ¿Cómo te sientes?

—¿J?

—Debe estar por venir. Está con Pierre...

—Ok —lo interrumpió.

—¿Necesitas algo? —Se levantó bruscamente de la cama y los miró a ambos—. Que dejen de tratarme como si estuviera loca o enferma. Eso estaría perfecto.

—Jamás hemos dicho eso, nena —respondió Alex—. Nos preocupamos por ti. Anoche te veías asustada, pero si dices que todo está bien, te creemos. Ven, te traje algo de comer.

—Los dejaré solos. Más tarde hablamos, Emma —dijo María señalándola con determinación—. No creas que me asusta tu mal humor.

—Como quieras —replicó ella con sequedad.

—Ven acá —intentó Alex, acercándose, pero ella se apartó—. Deja los conflictos para otro día. No estás entre enemigos. María te quiere como a una hermana, y tú a ella.

—Me quiero ir de aquí —insistió, clavándole la mirada.

—Jasón y Pierre están arreglando eso. Volveremos mañana a América. Mi padre se encargará de la investigación, pero primero necesitamos que nos digas qué pasó anoche.

—Si con eso logro largarme de esta casa endemoniada y olvidar todo, está bien —dijo, cruzando los brazos—. Pero quiero esperar a Jasón.

La respuesta pareció disgustar a Alex, pero asintió.

—Bien. Si es así, come —le mostró la bandeja, que ella miró con desdén antes de sentarse junto a la ventana, ignorándolo. —Nena... —su voz se quebró—. Vamos, por favor, dime algo. Odio verte así...

—Anoche, cuando subía las escaleras —interrumpió Emma, prefiriendo hablar antes que soportar más palabras vacías—, vi las fotos y las reconocí de un sueño. Hay lugares que recuerdo... El sótano es uno. Lo conocí el primer día que llegué.

Desde entonces, todo ha sido una sensación extraña. El sueño siempre es igual: alguien la arrastra, ella llora, la arrojan a un cuarto y luego... oscuridad. Nunca vio el rostro del hombre hasta anoche. Era Alessandro, su verdadero padre, pero sus ojos eran distintos.

—No como los de ustedes... —siguió diciendo —Eran azules, pero con tonos grisáceos. Y en su mirada había odio, mucho odio. Lo llamé "Luciano". Me gritó: "¡Tú pagarás por mi deshonra!". Desperté como siempre: cayendo en la oscuridad del sótano.

—Entiendo... —Alex dio un paso hacia ella, pero ella levantó las manos para detenerlo. —Pero anoche mencionaste a Paolo —continuó él—. Dijiste que tenías que irte con él...

Intentó recordar más, pero un dolor punzante en la cabeza se lo impidió. Se aferró a su propia cabeza, presionando con fuerza. Tenía que recordar. Lo necesitaba. Pero solo encontró más oscuridad: nada más allá del sueño y ese rostro.

—No te esfuerces —dijo Alex con suavidad—. Poco a poco lo sabremos todo. Si no es por ti, será por nuestro padre. Pero esto queda entre la familia. Nadie más debe saber lo que recordaste.

—¿Ya consideras a Jasón parte de la familia? —preguntó, arqueando una ceja.

Vio cómo una sonrisa genuina iluminaba el rostro de Alex, haciendo aparecer dos hoyuelos en sus mejillas. Era la primera vez que lo veía sonreír así.

—Sí, nena. Ya lo es —admitió—. Solo espero que te haga feliz y que maneje bien lo de Geraldine... o se las verá con Pierre y conmigo.

—¿Dudas de que me quiera?

—No dudo de su amor —respondió, serio—. Pero hemos visto lo que la envidia y el amor ciego pueden hacer. El daño que causan... Solo quiero que al menos seas feliz.

—Es diferente. Yo no soy Sara, y Jasón no es como tú.

—¿Debo sentirme halagado u ofendido? —preguntó con ironía.

—Todo depende de tu perspectiva, querido cuñado —intervino Jasón, entrando en la habitación con una sonrisa—. ¿Cómo está la mujer de mi vida?

—Desperté sola —le reprochó Emma.

—Mil disculpas, mi corazón. Pero necesitábamos organizar todo para el viaje. No queremos que te quedes aquí ni un minuto más. Seguirás tu reposo en casa.

—Tenemos una casa que buscar —dijo ella, levantándose y aceptando su abrazo.

—¿De qué están hablando? —preguntó Alex, mirándolos alternativamente.

—Queremos mudarnos a una casa —dijo Jason, mirando a su cuñado—. Ya no queremos vivir en un edificio. Andrómeda necesita espacio, y nosotros queremos un hogar de verdad. —Hizo una pausa dramática antes de añadir—: ¡Solos!... antes de que sugieras que vivamos los seis juntos.

—No tendría nada de malo... —comenzó a decir Alex.

—¡No! —interrumpieron al unísono Jason y Emma, haciendo que Alex no pudiera contener una sonrisa.

—Fiorella —dijo Alex ya en la puerta, volviéndose por última vez—, jamás serás como Sara, y eso me alivia. Los dejo solos. Haz que coma, yo no lo logré.

Al verlo salir, Emma miró a Jason con expresión confusa.

—¿Sabes qué le pasa? —preguntó.

Jason negó con la cabeza, tan desconcertado como ella.

—No. Intenté que Pierre me dijera algo cuando salimos, pero solo me recordó que mi deber es cuidarte y planear la boda.

—Se están comportando raro —murmuró Emma mientras Jason la guiaba de vuelta a la cama—. Él y Sara... Ya no está cerca de ella, y eso me desconcierta. Hasta hace unos días estaba emocionado con el bebé.

Jason acercó la bandeja del desayuno y se sentó junto a ella.

—Esa mujer es histérica —dijo mientras le ofrecía un trozo de pan—. No me extraña que lo haya celado con alguna chica del servicio.

Emma intentó apartar la mano, pero Jason fue más rápido y logró que diera un mordisco.

—Podría ser... Hay chicas muy bonitas... —musitó entre bocados—. Mmm, esto está delicioso. —Le devolvió el gesto, llevando otro pedazo a la boca de Jason.

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