Capítulo 31
—Señorita, su cita de las tres de la tarde llegó. —anunció Sofía desde el intercomunicador.
—Que pase Sofía, no me pases llamadas durante la reunión. —pidió.
Recogió el informe que tenía en el escritorio y lo dejó a un lado. Esperaba ansiosa el nuevo logo que llevaría la botella. Los cambios no eran muchos: había decidido que el viejo árbol y la casa seguirían igual. Era el recuerdo de su amigo y el diseño que inicialmente Pierre y Jasón habían escogido.
Esas partes permanecerían en la etiqueta, pero quería añadirle la flor preferida de su amiga. Al fin y al cabo, ella no tendría la última palabra, pues esa era una decisión de Jasón y Samantha. El sonido de alguien tocando la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Adelante —dijo.
Sin embargo, quien entró no fue Josep, el publicista, sino Marshall, de marketing.
—Buenas tardes. —Saludó — Joseph tiene un inconveniente con su equipo y me pidió el favor a mí. Espero que no sea un problema.
Emma miró a la mujer un momento. No era de su agrado, por lo que su presencia en la oficina la sorprendió. La mujer tenía un comportamiento cuestionable con sus compañeros y el trato con Jason era demasiado amistoso para su gusto.
Consciente de que su llegada traería problemas, pero dispuesta a enfrentarlos de raíz, se permitió ser profesional con la recién llegada.
—Imagino que no tendrá problemas en que otro empleado presente el boceto —cuestionó Marshall.
—En esta empresa no tenemos empleados, señorita Marshall. Usamos el término colaboradores. Somos un equipo de trabajo. —Corrigió —Pero tiene razón: no tengo problemas en que sea usted o cualquier otro, siempre que sea lo que pedí —le señaló una de las sillas frente al escritorio y esperó.
Marshall se sentó con elegancia, con ese aire de superioridad que siempre la caracterizaba. Marshall tenía el comportamiento en la empresa de dueña y señora y no perdía oportunidad de atacar a sus compañeros. Había recibido varias quejas del jefe de personal sobre ella, pero ese no era su ámbito: era algo que Jasón debía solucionar. Resopló mientras la veía mirar con desdén la oficina.
—¿Qué tiene para mí, señorita?
Marshall le acercó el boceto, y lo que vio la dejó atónita. No solo no estaba el viejo árbol, tampoco la casona de los D'Angelo, y mucho menos la flor. En su lugar, había un torso de mujer desnuda, sosteniendo una copa.
—Esto no es lo que pedí —comentó con toda la calma que pudo reunir—. Creo que hay un error.
Regresó la mirada al dibujo: la mujer estaba de espaldas, solo se veía parte de su perfil, pero reconoció esa melena negra y esos ojos oscuros. Era Marshall. Todo su cuerpo se tensó. Respiró hondo.
"Quien te enfada te domina, Emma".
Sabía que era una provocación. No tenía idea de qué tipo de relación habían tenido Marshall y Jasón, pero debía ser importante para que ella se arriesgara a hacer algo así.
—Sé que no es lo que pidió —aceptó Marshall—. Sin embargo, estoy segura de que a J le gustará este nuevo boceto.
—Sí —respondió Emma—. Imagino que al personal masculino le agradará ver a una mujer desnuda, más aún si ella se regala. Le recuerdo, señorita, que esta es una empresa seria, no un burdel. Solo quería agregar un pequeño detalle al logo, no un cambio total. Es el recuerdo del anterior dueño, y tanto su esposa como el señor Frederick quieren que así siga.
—No debería tomárselo personal. —la sonrisa que le enviaba le hacía tensar todo su cuerpo y Emma tuvo que hacerse de todo el autocontrol posible para soportarla —Podría ser usted en esa imagen. Es un diseño atractivo para promocionar su vino.
—No es mi vino —corrigió Emma—. Mi nombre no figura en la marca del vino tinto, señorita. ¿Acaso debo recordarle el nombre de los creadores de esta empresa? —siguió diciendo en calma —No es personal. No es usted tan importante.
—Hablaré personalmente con J —replicó Marshall con sorna—. Sé que aceptará este logo
—Llévese esto y la próxima vez quiero al artista original y el diseño que solicité. Esto parece una burla.
— Sus ideas son anticuadas; el mundo ha cambiado, y esta imagen es atractiva. — el maldito discurso la estaba exasperando, pero no deseaba darle motivos para cotillear en los pasillos —Que a usted no le guste no significa que no venda. Fui contratada para vender, parece que se le olvidó. Llevo aquí mucho más tiempo que usted, y me he ganado el puesto por méritos, no acostándome con nadie.
Emma la miró mientras la otra sonreía con descaro. Marshall no tenía idea con quien se estaba metiendo, si bien, el temperamento de Emma era explosivo, estaba acostumbrada a ese tipo de situaciones.
No habría llegado tan lejos en la industria sino supiera sortearlos o enfrentarlos.
—¿Ya terminó su discurso, señorita? —preguntó Emma.
—Me temo que no es posible llegar a un acuerdo —Se levantó abruptamente, pero Emma no le dejaría tener la última palabra.
Le daría una lección de marketing que Marshall parecía necesitar.
—McDonald's vende millones al año, pero eso no significa que su comida sea nutritiva o de calidad. —empezó a decir —Nuestro objetivo no es vender millones, sino ofrecer un producto excelente. Quiero la etiqueta original, no está.
Uno de sus dedos índices viajó al documento entregado y guardó silencio un instante antes de seguir. Estaba segura que este encuentro iba a conocerse en toda la empresa con los hechos y diálogos un poco alterados, pero no le importaba.
—Tiene razón: lleva más tiempo que yo y fue contratada para vender vino, no su cuerpo. —logró sonreírle pese al amargo en su garganta —Si quiere cambiar de carrera, hágalo cuando quiera. Pero no permitiré que experimente con la empresa que Jasón y Pierre construyeron durante años. Mientras yo esté al mando, se hará lo que yo diga. Si cree que Frederick le dará más suerte, resolvámoslo ahora mismo.
—No permitiré que me insulte.
—¡Entonces empiece por respetarse usted misma!
—¿Y se atreve a decir que no es personal? —En respuesta, Emma descolgó el teléfono y marcó a Sofía—. Dile al señor Frederick que venga, por favor. —Tras colgar clavó la mirada en Marshall.
Estaba calmada, pero por dentro quería matarla. No entendía su altanería, pero ya tendría tiempo de averiguarlo. Marshall por su parte, sostenía su y alzaba una ceja, divertida. Era una guerra, y Marshall la perdería.
Su comentario sobre aparecer en el boceto había sido una burla hacia su cuerpo, pero no era la primera vez que alguien se reía de ella. Por eso había optado por cubrirlo y evitar explicaciones.
La puerta se abrió y entró un sonriente J, pero su sonrisa se desvaneció al ver a Marshall frente a Emma.
—Buenas tardes, señorita Marshall —Saludó. — Hola, preciosa.
Rodeó el escritorio y acercándose a Emma. La tomó por la cintura y la atrajo hacia él dejando un beso en su sien, pero Emma tenía todos sus sentidos puestos en Marshall.
—¿Qué necesitas?
Los ojos Sus ojos azules de Emma se tornaron grises, fríos.
—Necesito que te encargues del boceto. —deslizó el documento hacia él sin verle directamente —La señorita Marshall no me considera con derechos a manejar este asunto y pidió que fueras tú quien decidiera.
Jasón la miró confundido y luego tomó los papeles. Su mandíbula se tensó como nunca antes lo había visto, y sus ojos verdes se oscurecieron al posarse en Marshall.
—Te dejo que soluciones esto. Iré a visitar a Sara. —anunció alejándose de él y avanzando hacia la puerta.
—No te vayas sin mí. —pidió — Dame solo un minuto y lo arreglo.
—Creo que para la señorita será más cómodo si no estoy. Te espero afuera. —Salió de la oficina con paso firme.
Estaba furiosa, al borde de explotar, pero no le daría el gusto de verla perder el control. Caminó rápidamente por el pasillo hasta llegar al baño del personal. Una vez dentro, descargó su rabia golpeando la pared con fuerza.
El dolor en sus nudillos fue intenso, pero no le importó. Nunca había sentido tanta impotencia. Ellos debieron tener algo, ¡por supuesto que sí! de otra manera no tuviera ese comportamiento. No había otra explicación para el comportamiento de Marshall.
Aún no entendía por qué Jasón no la despedía, a pesar de las constantes quejas sobre su actitud. Siguió golpeando la pared hasta que vio sangre en sus manos.
Respiró hondo. Jamás imaginé que amar a alguien pudiera doler tanto. Se lavó las manos y observó su reflejo en el espejo. Detrás de ella, la puerta de un cubículo se abrió y apareció Rachel, la chica a quien había ayudado tiempo atrás.
Desde entonces, no habían hablado. Solo la veía a distancia, encargada de las copias. Según Sofía, se adaptaba bien. Ya no lucía tan delgada, y su mirada era distinta. Algo en la chica la intrigaba profundamente.
—No te preocupes, Rachel. No es contigo. Solo un mal día.
—Es Marshall, ¿verdad? —Rachel alzó una ceja mientras sacaba un pañuelo de su bolsillo.
Tomó la mano de Emma y la ubicó bajo el chorro de agua, limpiando con cuidado los nudillos heridos antes de envolverlos con el pañuelo.
—Hace unos días, la escuché hablar con otras chicas. No me vieron; estaba buscando papel para la impresora. Decía que tenía fotos del señor desnudo. Que se encontraron en un bar, terminaron en un hotel, pero él estaba tan borracho que solo repetía tu nombre. Aprovechó para tomarle fotos. —Emma guardó silencio mientras Rachel terminaba de vendarle la mano—. Le hace creer que sí estuvieron juntos y lo amenaza con enseñarte las fotos. Intenté avisarte antes, pero es difícil conseguir cita contigo.
Lo dijo todo rápidamente y sin detenerse, al final de lo cual soltó un largo suspiro y cerró los ojos, como quien tiene un peso encima y se lo liberan. Emma guardó silencio saboreando esa información, con el odio creciente hacia Marshall y la decepción hacia Jasón.
—Gracias, Rachel. Por curarme... y por contarme esto. —Emma la miró con curiosidad—. ¿Has tenido problemas con ella? ¿O con alguien más aquí?
Rachel se encogió de hombros.
—Lo normal en un ambiente así. Pero de ella se quejan todos. Dice que nadie puede echarla y se aprovecha de eso.
—Aún no me has dicho qué quieres estudiar.
—Justo... quería hablar de eso. —Rachel bajó la voz—. El domingo es mi graduación. No tengo a nadie con quien ir. Pensé si... quizá querrías acompañarme. Y no te preocupes, me pagan bien; puedo costear mis estudios. Ya has hecho demasiado por mí.
—Será un placer. —Emma sonrió—. Pero dime, ¿no tienes más familia aparte de tu padre? Y lo de los estudios, no te preocupes: la empresa da becas. Si quieres, puedes trabajar aquí al terminar, siempre que elijas una carrera que necesitemos.
—No tengo a nadie más. —Rachel desvió la mirada—. Papá nunca quiso hablarme de la familia de mi madre.
Algo en su tono sonó falso, pero Emma no insistió.
—Puedes llamarme Emma. —le pidió —Habla con Richard; él te dirá qué papeles necesitas para la beca. Pásale a Sofía la hora y lugar de tu graduación, y tu dirección.
—Gracias... señorita. Perdón, Emma.
—Gracias a ti. —Le entregó una tarjeta—. Si necesitas algo, llámame cuando quieras.
Se despidió y se dirigió a los ascensores, aún procesando lo que Rachel le había contado. En el pasillo, se topó con Jasón, que buscaba algo —o a alguien— con expresión preocupada. Al verla, su rostro se suavizó.
—Te estaba buscando. ¿Estás bien?
—Divinamente. —Su voz sonó gélida.
—¿Qué te pasó en las manos? ¡Vamos, déjame ver!
—No es nada. Me revisaré en la clínica.
—¡Emma, por Dios! ¿Qué te pasa?
No respondió. Ni siquiera ella entendía su enojo. ¿Era porque él no confiaba en ella? ¿Porque la creía demasiado frágil para saber la verdad?
No podía reprocharle su pasado. Conocía mejor que nadie a las mujeres que habían pasado por su vida, y jamás le habían importado. ¿Por qué ahora sentía ese nudo en el estómago al pensar en Jasón y Marshall?
Él la tomó de la mano cuando quedaron solos en el ascensor.
—Algo te afecta, cariño. ¿No confías en mí?
—¿Y tú, J? ¿Confías en mí? ¿Me lo has contado todo?
La duda cruzó su rostro.
—Hay cosas que no necesitas saber.
—¿Besaste a Marshall? —Emma vio cómo presionaba el botón para detener el ascensor.
—¡No! —respondió con firmeza.
—¿Te gustó hacerlo? ¡Respóndeme!
—¡He dicho que no, maldita sea! —Jasón apretó los puños—. No recuerdo qué pasó. —susurró cerrando los ojos y pasando una mano por su cabello —Desperté en un hotel, desnudo y con ella. —empezó a decir —Me disculpé, aunque eso no me justifica. Jamás lastimaría a una mujer. Le dije que amaba a alguien más y, al principio, pareció aceptarlo. Pero cuando supo de nuestro compromiso, empezó a amenazarme. ¡Me mostró fotos!
—¿Por qué no me lo contaste? ¿Por qué me lo ocultaste? —La sujetó por un brazo y la presionó contra la pared del ascensor, acercando su cuerpo al de ella mientras besaba su cuello con avidez.
—Y a ti, Emma, ¿te gustó que Nick te besara?
Sus labios trazaron un camino ardiente por su piel mientras frotaba su pelvis contra ella, dejándole sentir lo excitado que estaba. El cuerpo de Emma respondió al contacto, sus manos se aferraron a su cuello para atraerlo más cerca.
—¿Te hizo sentir así? ¿Lo deseaste, Emma? ¿Por eso lo ocultaste?
Ella no respondió. En lugar de eso, cerró la distancia entre sus bocas en un beso que lo hizo gruñir de placer. Sus manos recorrieron su cintura, fundiéndola contra él en un abrazo que parecía consumirlos a ambos. La magia se rompió cuando Emma habló entre jadeos:
—¡Te quiero a ti, J!
—Eso no fue lo que pregunté —replicó con voz ronca, acariciándole los labios hinchados con los dedos—. ¡Respóndeme! Esto me está volviendo loco, Emma. Saber que te besó... que quizás le correspondiste. —Separó su cuerpo del de ella con brusquedad y pulsó el botón para reanudar el ascensor—. Contrario a lo que muchos creen, jamás me acostaría con Marshall ni con nadie más. Desde que aceptaste ser mi prometida, solo tú existes para mí. No recuerdo qué pasó esa noche, pero te juro que no hubo nada. Y tú, Emma —su mirada se volvió intensa—, ¿te gustó su beso?
Emma guardó silencio unos segundos. ¿Cómo se había enterado? Seguramente sus hermanos le habían contado, siempre tan unidos en su código de honor.
—¡No me gustó! —exclamó finalmente, alzando la voz—. Fue solo un beso. No sentí nada, por eso no vi necesario mencionarlo. —Maldijo entre dientes al ver su expresión contrariada y decidió ser completamente honesta—. ¿Quieres la verdad? ¡Solo pensaba en ti! Ni siquiera escuché lo que me decía. Solo recordaba tus labios, tu cuerpo sobre el mío... —Cerró los ojos con frustración y golpeó la pared del ascensor—. ¿Estás satisfecho ahora?
Jasón se acercó y le acarició la mejilla con los nudillos, suavizando el gesto.
—Si sigues lastimándote las manos, tendré que tomar medidas drásticas —musitó—. Y sí, eso me alivia, preciosa. Estar contigo ha sido lo más maravilloso que me ha pasado. Nunca imaginé que fuera tu primera vez... estabas tan entregada, Dios... —Hizo una pausa, frunciendo los labios—. Soñé tanto con ese momento, pero lo arruiné. Tu primera vez debió ser perfecta. Por eso estoy esperando ahora: quiero compensarte. Dormir a tu lado es una tortura deliciosa, Emma. Anhelo tocarte, besar cada centímetro de tu piel, oír cómo gimes mi nombre... Pero quiero que esta vez sea perfecto. Nunca dudes del efecto que tienes en mí. Eres lo único que importa. Solo temo que si esas fotos salen a la luz... —El ascensor se detuvo en el primer piso con un suave tintineo—. Debemos irnos. Continuaremos esta conversación en casa, ¿de acuerdo?
—¿Confías en mí? —preguntó Emma, buscando sus ojos.
—Sabes que sí, preciosa.
—Entonces haz que me muestre esas fotos. Del resto, yo me encargo.
Caminaron de la mano hacia la salida, bajo las miradas curiosas de los empleados. Aunque su compromiso aún no era oficial, el cambio en su relación resultaba evidente para todos.
—Hablaremos más tarde —murmuró Jasón al oído de Emma.
—Por cierto, no hagas planes para el domingo. Acompañaremos a Rachel a su graduación. ¿La recuerdas?
—La recuerdo. La conocí en el ascensor hace unos días. Es... peculiar —respondió mientras Emma sonreía al subir al auto.
—Sí, yo también lo noté. Quizás sea por su pasado. Necesita ayuda, J.
—Entonces no hay más que hablar. Apadrinaremos a Rachel, y a quien tú quieras —dijo entre risas, antes de añadir con tono pensativo—: ¿Has considerado crear una fundación? Podrías ayudar no solo a ella, sino a muchas más.
La idea quedó flotando en el aire, sembrándose en la mente de Emma con promesa de futuro.
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