Capítulo 30
En el día dos del coma de Sara, Emma y Jason se habían turnado para acompañar a Alex, pues era evidente que necesitaba su apoyo. Sin embargo, ellos tenían una empresa que dirigir, y como Emma de medicina sabía poco o nada, la compañía de Jasón en la clínica resultaba más valiosa.
¿La sorpresa fue el embarazo de Sara? Una noticia con un sabor agridulce para Alex y que supo manejarlo. Ahora solo ansiaba que su esposa despertara; querían regresar a su país natal. Emma esperaba que Sara accediera a vivir allí.
Si lo hizo por el desequilibrado de Anthony, ¿por qué no lo haría por Alex?, pensó.
—Señorita, los señores Dominic y Henry Johnson necesitan hablar con usted —anunció Sofía por teléfono.
—Hazlos pasar —respondió Emma.
Se levantó de su escritorio al ver entrar a los dos hombres. Intentó buscar algún parecido físico con su hermano, pero no halló ninguno. Afortunadamente, pensó, recordando que nunca había conocido a su padre.
—Buenos días. Adelante, por favor.
—Gracias —contestaron al unísono, con rostros serios y trajes oscuros. Emma guardó silencio, los acompañó a la pequeña sala adjunta a su oficina y esperó.
El día que llevó a los niños, no había reparado mucho en ellos, ni siquiera la segunda vez que vio a Henry en la clínica. Pero ahora, en un ambiente más relajado, notó que ambos eran atractivos. Dominic destacaba por su porte distinguido y expresión severa, mientras que Henry parecía más desenfadado.
—No quisimos ir al hospital —comenzó Dominic, el mayor de los Johnson—. Sabemos que están pasando por un momento difícil. Lamentamos todo lo ocurrido y nos avergüenza no haberles advertido a tiempo.
—Nunca imaginamos que nuestro padre fuera capaz de tanto. Intentamos controlarlo, pero... no fue posible. Su voz denotaba pesar. —Se excusó Henry.
—No son responsables por las acciones de otro, señores.
Era imposible predecir cómo terminaría todo, y las lamentaciones ya no sirven de nada. De su mi parte y la de Jasón, no habrá consecuencias. Y cree poder hablar por Alex: él tampoco busca venganzas.
—Solo nos importa la recuperación de Sara. —finalizó.
—Supimos del embarazo de la señora D'Angelo —intervino Henry—. Esperamos que todo marche bien.
—No conozco los términos médicos —respondió Emma con una media sonrisa—, pero sé que evoluciona favorablemente, tanto ella como el bebé. Por cierto, no he vuelto a ver a Ed y a Odda. ¿Están bien?
—Mi padre ya no será un problema; está en un centro psiquiátrico. —Respondió Dominic con rostro apenado— En cuanto a mi hijo, insiste en visitarla a diario, al igual que Odda. No lo consideré prudente, dadas sus ocupaciones.
—Y dudo que a Frederick le agrade que un adolescente de catorce años ronde a su mujer —bromeó Henry, ganándose una mirada reprobatoria de su hermano y una sonrisa de Emma.
—Lamento decirlo —continuó ella—, pero hubiera preferido ver a su padre en prisión. En cuanto a Ed, no es ninguna molestia. Sus hijos tienen... algo especial.
Le gusta su compañía. Prometió salir con ellos, pero estos días han sido complicados, y no solo por lo de Sara. Cuando todo se normalice y Jason y ella se muden a un lugar con más espacios, Le encantaría pasar tiempo con ellos.
—Si ustedes lo permiten, claro.
—Comparten su gusto por la música, según Edward —dijo Dominic—. No tengo inconveniente, siempre que no le cause molestias. Y entiendo su resentimiento hacia mi padre; nosotros también estamos avergonzados.
—Dejemos eso atrás. Sobre Ed, repito, no es molestia. Yo también fui una niña difícil. Mis padres intentaron de todo para encauzarme, hasta que descubrieron que la música me calmaba. Aunque éramos pobres, se esforzaron por ayudarme. Ahorraba dinero para la academia vendiendo joyas que hacía con mi madre en la plaza. Fueron tiempos duros —calló un instante.
—Nunca la imaginé como gitana —confesó Henry—. Físicamente no parece una.
—Dominic tiene razón —añadió Henry—, aunque yo no creo en esas cosas. Pienso que somos dueños de nuestro destino.
—Aprovechaba la curiosidad y la necesidad ajena —explicó Emma—. Algunas personas delatan sus preocupaciones con solo mirarlas. El resto es lógica y observación. Nunca aprendí más que lo básico, aunque mis hermanos son distintos, especialmente Omat, el mayor. Puedo jurar que él sí tiene don.
La reunión transcurrió en calma. Los Johnson se disculparon nuevamente y pidieron hablar con Alex para visitarlo, a lo que él no se opuso.
Emma intentó contactar a Jasón, pero no respondió. Alex aseguró no haberlo visto. ¿Dónde estaría? Se suponía que debía estar con él. Llamó de nuevo, pero el teléfono estaba apagado. Algo olía mal. Miró el reloj: las cuatro de la tarde. No había almorzado, y su estómago protestaba. Apagó el portátil y salió, despidiéndose con un gesto a Sofía, quien atendía una llamada.
—Señorita, espere —la detuvo Sofía—. Llegó esto para usted.
Sobre el escritorio había un pequeño ramo de flores rojas.
—¿De quién es?
—Trae tarjeta. Vincent ya lo revisó; no hay peligro.
Emma tomó la tarjeta y, al leerla, la hizo trizas. Ni siquiera miró el paquete que acompañaba al ramo. Lo agarró todo y salió furiosa, ante la mirada preocupada de su asistente.
Maldito hombre. No la dejaría en paz. Tomó el ascensor privado hasta el piso de seguridad y buscó a Vincent.
Entró sin anunciarse, consumida por la ira. Vincent alzó la vista de sus papeles y, al ver su expresión, se puso en pie de un salto.
—¿Qué sucede? —preguntó Vincent.
—Necesito devolver esto —le lanzó el arreglo floral y el obsequio sobre el escritorio, con un gesto brusco.
Su amigo miró los objetos y luego a ella, desconcertado.
—¿Por qué? ¿De quién es?
—Encuentra a alguien que localice a Nicolás Ferrini y le devuelva esto. No quiero sus patéticas flores ni su regalo.
—Yo mismo me encargaré —respondió Vincent, firme.
—Y de ahora en adelante, a menos que el obsequio lleve el nombre de Jasón, no quiero que me suban nada. Menos si es de Nicolás.
—Queda claro, Emma. ¿Puedes calmarte, por favor?
Ella soltó el aire, frustrada, y se dejó caer en una silla.
—Lo siento. Es que he intentado hacérselo entender por todos los medios, pero parece que no hablamos el mismo idioma.
—Ya se cansará, Emma —la voz calmada de Vincent, que en otros tiempos la aliviaba, ahora no surtía efecto.
—¿De dónde saca que estoy interesada en él? Me asusta que la paciencia de Jasón se esté agotando. No quiero que tenga problemas por esto.
—Vamos, no has almorzado, y yo tampoco. Dejaré esto aquí; luego me ocupo.
Bajaron en silencio. Emma intentó llamar a Jasón de nuevo, pero seguía sin responder. Fue el peor almuerzo de su vida: la insistencia de Nick, la desaparición de Jasón, su distancia... Todo se le acumulaba.
—Jamás pensé que los sentimientos afectaran tanto. De haberlo sabido, me hubiera mantenido soltera.
La risa estruendosa de Vincent la sobresaltó.
—¡Por Dios, Emma! Nick no es un problema a menos que le correspondas. Jasón está en la clínica; lo confirmé. Llamé a los chicos, y me dijeron que Alex lo pidió para que se quedara con Sara...
—¡Ese infeliz me dijo que no lo había visto! —Vincent sonrió y alzó una ceja.
—Y dijo la verdad: no se vieron. Y teniendo en cuenta que Jasón se burlaba de él cuando Sara lo celaba... Imagino que se desquitó. —explicó —No recibirás más regalos; yo me encargaré. Y no te ha llamado porque o tiene el teléfono en silencio o se le agotó la batería. Después de lo de Pierre, no se alejará de ella. Sabes a qué me refiero.
Emma asintió. Sabía que la muerte de Pierre lo había afectado profundamente. Era el primer paciente que perdía, y no pudo prever el fallo cardíaco. Decidió comer tranquila y luego iría a la clínica. De paso, acompañaría a Alex un rato.
—¿Vas a devolver eso a la clínica, cierto?
—Sí. ¿Por qué?
—Iré a ver a Jasón. Iré contigo.
—¿No deberías ir a ver a Sara? —Vincent alzó una ceja.
—Ella estará bien, y Alessandro también. Pero sé que estar ahí le trae recuerdos a Jasón. No quiero dejarlo solo.
—Jamás pensé ver a la gran Emma Bradford enamorada. Me alegra que sea correspondido.
Ella guardó silencio. Tampoco ella imaginó que se enamoraría, ni que el bienestar de Jasón le importaría tanto. No había caído en cuenta: lo que Jasón y Alex vivían era un déjà vu.
El trayecto a la clínica transcurrió en silencio. Al llegar, Emma se apresuró a buscar a Jasón. Lo encontró en una banca, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas. Se sentó a su lado y cubrió sus manos con las suyas. Él se aferró a ellas al instante.
Al levantar la vista, sus ojos revelaban tristeza. No era por Sara: estaba recordando a Pierre.
—Lamento no contestar. Hubo un problema con Sara, pero ya está estable. Por un momento pensé en Pierre... ¿Qué habría pasado si me hubiera quedado con él?
—Si no me hubieras acompañado ese día, si no hubieras investigado quién quería venderme, si no nos hubieran separado a los tres años... Ya no importa, J. Estamos aquí. La vida sigue, y él no querría verte así. ¿Almorzaste?
—No tuve tiempo. Y la comida aquí es horrible.
—Vamos a que comas algo —dijo ella, levantándose. Intentó hacer que él la siguiera, pero era como mover una montaña.
—Quiero comer, pero otra cosa —murmuró él, con una mirada pícara hacia sus labios, atrayéndola hacia sí.
—¿Ah, sí? ¿Qué podría ser? —Ella se acomodó entre sus piernas, a punto de besarlo cuando una voz femenina los interrumpió.
—Gracias por indicarme el camino.
Emma giró la cabeza. Seguía sentada en las piernas de Jasón, quien la sostenía por la cintura. Reconoció a la mujer: Wanda, la esposa de Nick, que llevaba de la mano a su hijo.
—Fue un placer ayudar —dijo Jasón, forzando naturalidad—. Campeón, te presento a mi novia. ¿Recuerdas que te dije que tenía una?
El niño la miró fijamente y extendió su manita.
—Soy Nicholas. ¿En serio eres su novia? Tenía razón, Doc. Es hermosa.
Emma sonrió. El niño le resultó encantador. Pero al alzar la vista, el rostro de Wanda había cambiado.
—Hola, cariño. Soy Emma Bradford.
La sonrisa de Wanda se desvaneció.
—¿Tú eres Emma Bradford? —increpó la desconocida con desdén —Soy la esposa de Nicholas Ferrini... y tú eres la causante de todos mis problemas.
—Cuidado con sus palabras, señora —advirtió Jasón con firmeza—. Es su esposo quien no ha hecho más que acosarnos. He sido prudente por respeto a su familia, pero no toleraré insultos.
—¿De qué está hablando? ¿De su mujer? —replicó Wanda, confundida—. Acaba de pedirme el divorcio porque asegura que se casará con ella.
—Debería medir lo que dice delante de su hijo —intervino Emma, manteniendo la calma—. No soy culpable de lo que me acusa. —Hizo una pausa y añadió con claridad—: Sí, voy a casarme, pero no con su esposo. No sé de dónde saca Nicholas esa idea absurda. Jamás le he dado motivos para creerlo. Le he dejado claro en todo momento que estoy comprometida y que amo a Jasón, pero parece que no entiende.
Se levantó y miró al niño, que observaba a los adultos con ojos perdidos.
—¿Qué te parece si damos un paseo por la capilla mientras tu mamá habla con J?
—El pequeño asintió y buscó aprobación en su madre, quien accedió con un gesto cansado.
Emma besó a Jasón en la mejilla y tomó la mano del niño.
—Nada de lo que su esposo le ha dicho ocurrirá, señora —aseguró—. No tiene de qué preocuparse; soy la primera interesada en que él lo entienda. Hasta ahora, su acoso no ha afectado nuestra relación, pero esto ya roza los límites.
Caminaron hasta la capilla en silencio. Emma ayudó al pequeño a sentarse y lo vio juntar sus manos y cerrar los ojos. ¿Sabrá rezar?, pensó. A sus cuatro o cinco años, probablemente imitaba lo que había visto.
—Si me como todas las verduras y hago mis deberes... ¿volverá papá a casa? ¿Dejarán de pelear mami y papi? —La voz temblorosa del niño le apretó la garganta. ¿Cómo responder a eso?
—No es tu culpa, cariño —dijo Emma, buscando palabras—. A veces los adultos discuten, pero todo se resolverá. ¿Quieres que oremos juntos para que así sea?
Permanecieron allí varios minutos, dándole tiempo a Jasón para hablar con Wanda. Emma había delegado en él una situación que, en rigor, le correspondía a ella manejar, pero sabía que su paciencia tenía límites.
Al regresar tras treinta minutos de vagar por los pasillos, encontró a Wanda despidiéndose de Jasón.
—¡Mami! Emma y yo rezamos para que papá vuelva —anunció el niño, radiante—. ¡Y me enseñó una oración nueva!
Wanda miró a Emma y asintió con un gesto de agradecimiento.
—Gracias. Y.... lamento el malentendido.
—Ya nos vamos, Doc. —dijo el pequeño, abrazando a Jasón—. Te devuelvo a tu novia.
—Cuídate mucho, campeón —respondió Jasón, acariciándole el pelo—. Y cuida a tu mamá.
Observaron cómo se alejaban, madre e hijo agarrados de la mano. Era una imagen incompleta, pensó Emma. Ningún niño debería cargar con los problemas de sus padres. Aunque lo protegieran de los conflictos, el pequeño era lo suficientemente listo para saber que algo andaba mal.
—¿Estás bien? —preguntó Jasón, rompiendo el silencio—. Todo este asunto me abrió el apetito.
—¿Sabes lo que me preguntó el niño? —Emma tragó saliva—. Que, si se portaba bien y comía sus verduras, ¿volvería su papá a casa?
—¿Qué le contestaste?
—Que no era su culpa. No soy experta en emociones, J, y mucho menos en niños... pero ese pequeño está sufriendo y se siente responsable.
—Es una lástima. Tiene buen corazón —susurró Jasón—. Ojalá solucionen sus problemas.
—Dime una cosa —Emma lo miró de reojo—. ¿Dónde estaba Alex? Cuando le pregunté por ti, el muy descarado juró no haberte visto.
Jasón se detuvo en seco y la miró a los ojos.
—He estado aquí todo el tiempo. Él tuvo que salir y me llamó. Iba a buscarte para almorzar, pero tuve que volver.
Emma le tapó la boca con los dedos, sonriendo.
—No te estoy reprochando, cariño. Pero Alex me las pagará. Ya verá cuando Sara se recupere y vuelva a ser la víbora de siempre.
Ambos rieron, aliviados, mientras salían del hospital.
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