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Capítulo 29

Emma

Se aventuró sola en la calle, con los consejos de Jason resonando en su cabeza y la duda anidando en sus entrañas. Al final de todas sus inquietudes, una verdad prevalecía: lo hacía por Alex y su felicidad. Se detuvo en el sitio acordado y esperó. No tardó en aparecer un taxi. Dio varios pasos hacia atrás y se mantuvo alerta. Dudó un instante, observando al hombre tras el volante. ¿Cómo saber si era el correcto?

—Una linda mañana para despejar la mente, ¿no le parece? —dijo el taxista tarareando, y Emma supo que era él.

—Depende del sitio que busque para hacerlo —replicó, entrando al auto con la confianza que le daba haberlo reconocido.

—¿Dónde la llevo, ricura?

En respuesta, Emma le mostró la pantalla del móvil. El taxista leyó —o fingió hacerlo— y asintió en silencio, sin soltar la paja que mordisqueaba.

—Usted manda —replicó, arrancando el vehículo—. ¿Quiere música? —sugirió—. Se le ve tensa. Será mejor que se relaje: suelte los hombros y respire profundo —aconsejó sin apartar los ojos de la carretera—. Su prometido le dijo qué hacer —continuó, clavando la mirada en la calle. Emma imaginó que era para asegurarse de que no los seguían.

—Sí —respondió en un susurro—. El disparo no me dañaría, pero sí golpearía. Debo permanecer quieta y esperar la orden.

El hombre asintió.

—Tiene sus ventajas que su prometido haya sido de la Marina —comentó con una sonrisa que Emma no supo devolver—. Dicen que fue de los mejores en su grupo. Lástima que se retirara.

Luego, le explicó lo que sucedería: saldría del lugar en camilla y debía permanecer inmóvil hasta estar dentro de la ambulancia. Después, sería libre. Las autoridades esperarían que el móvil sonara de nuevo para triangular la llamada.

—Es muy probable que eso ocurra antes de que usted llegue —añadió—. De ser así, no será necesario exponerla.

—Espero que así sea —confesó.

Escuchó las instrucciones en silencio, tomando nota mental de cada palabra.

—Estamos por llegar. Será mejor dejar la cháchara para una cita —dijo el taxista.

Esta vez, Emma alzó la vista para observarlo en el espejo: ojos y cabello oscuros como la noche, tez pálida que contrastaba con su melena negra. Le recordó a Omán, su hermano, y no pudo evitar sonreír ante la osadía del hombre.

—Ya puedo morir en paz —susurró él—. Emma Bradford me acaba de regalar una sonrisa —bromeó—. Será mejor que el mayor Frederick no se entere, o me declararán hombre muerto.

Al decirlo, frenó el auto. Emma le extendió un billete antes de bajarse.

—Guarde el cambio.

—Que tenga buen día, preciosa —respondió él, acelerando.

El sitio asignado era una capilla de un colegio abandonado. En otros tiempos, ambos lugares habían estado llenos de vida. Se detuvo frente a una enorme puerta entreabierta y respiró hondo. Estaba sola: ni autos, ni peatones, nada.

Pero están ahí, en algún lugar, se reconfortó.

Alzó la vista hacia los edificios decadentes, sin hallar respuestas. Inspiró profundamente, apoyó la mano derecha en la madera rugosa y empujó suavemente. El crujido de las bisagras rompió el silencio. El interior estaba cubierto de publicidades antiguas y polvo.

Su corazón latía con fuerza. Algo anda mal, le advertía su instinto. Aun así, avanzó con paso firme, hasta que una voz en su cabeza la detuvo en seco.

—Despacio —advirtió la voz al otro lado del micrófono—. Necesito que evalúe su entorno.

Le pidió identificar salidas y posibles rutas de escape. Le aseguraron estar a dos minutos de distancia, pero cada segundo era crítico. Si algo fallaba, Emma debía refugiarse hasta que llegaran los refuerzos.

Dio un suspiro largo y cruzó la edificación hasta llegar a un claro que en el pasado había sido una cancha de baloncesto. El suelo agrietado y la maleza que brotaba entre las grietas testimoniaban el abandono. A lo lejos, distinguió la figura inconfundible de Sara, sentada en las gradas, a unos cien metros de distancia.

El ambiente cambió cuando Sara alzó la mirada y la encontró en mitad de la cancha.

—Esto está muy retirado para una sorpresa, Ricitos —le dijo, en un intento de suavizar aquel presentimiento que le helaba las entrañas—. ¿Qué estás tramando esta vez?

Los ojos agudos de Emma escudriñaban cada rincón del lugar desolado mientras esperaba una respuesta. Su instinto de cazadora le advertía que no había ningún sitio cercano para ocultarse. En medio de su búsqueda, comprendió algo: por primera vez, no era la cazadora, sino la presa. Esa revelación le hizo subir la bilis por la garganta.

—¿Llegaste sola? —La voz de Sara la obligó a apartar la mirada de su inspección y centrarse en ella.

Lucía tranquila, sin marcas visibles de daño, aunque eso no significaba que no las hubiera. Emma volvió a suspirar, mientras el miedo daba paso a la exasperación.

—Como lo pediste —le recordó, viéndola asentir—. ¿Quieres dejar el misterio y decirme qué diablos te pasa?

—Lo siento, no tengo opción —murmuró Sara, sacando un arma y apuntándole a la cabeza.

Emma alzó los brazos sin perderla de vista. No iba a negar que estaba asustada. Lo que estaba presenciando era parte del plan, pero algo en Sara le hacía dudar. Ella era una tiradora experta, pero podía errar... por accidente o a propósito. Decidió seguir el juego y confiar en la promesa de Jason: él no permitiría que le hicieran daño.

—¿Tienes o debes, Ricitos? —increpó, desafiante.

—¡Cierra la boca!

Antes de que terminara la frase, Sara cerró los ojos y apretó el gatillo. El estruendo del disparo retumbó en sus oídos, y el impacto seco del proyectil contra el chaleco antibalas la impulsó hacia atrás. Logró recuperar el equilibrio, pero cayó de rodillas. Mientras Sara disparaba, un pensamiento cruzó por su mente: Si muero ahora, no le habré dicho a Jason que lo amo. Y se lamentó por ello.

Aturdida por el golpe y con el pecho en llamas, creyó escuchar el clic de la pistola vacía. Se lanzó al suelo, segura de que Sara había apretado el gatillo por segunda vez, pero, por alguna razón, el arma no disparó. Agobiada por la falta de aire y la revelación de que algo andaba mal, cerró los ojos.

Minutos después, alguien le tocó el hombro. Al abrirlos, se encontró con un par de ojos verdes llenos de preocupación. Con movimientos rápidos y precisos, le soltó las correas del chaleco y se lo quitó. Lo siguiente que sintió fue ser abrazada con fuerza.

—Te amo —logró decirle cuando recuperó la voz.

—¡Dios! Mira el momento que eliges para decírmelo —le reprochó Jason, aunque el alivio en su tono era evidente.

—Hubiera muerto sin decírtelo —se defendió—. No quería cometer ese error otra vez.

Calló abruptamente. Jason notó el cambio en ella, pero no dijo nada cuando la separaron de sus brazos. La subieron a una camilla y la levantaron. Seis hombres rodearon a Jason, y cuando alzó la vista, reconoció rostros familiares: sus futuros cuñados ya no lo miraban con antagonismo, sino con una incipiente simpatía.

—Llegan tarde...

—Estábamos ocupados —lo interrumpió el menor de ellos—. Encontramos a tres hombres apostados alrededor del lugar.

—¿Emma no corre peligro afuera? —quiso saber, necesitaba asegurarse.

—Ninguno. Te dije que éramos buenos —lo tranquilizó otro con suficiencia—. El resto le corresponde a su familia, aunque ya hay prensa afuera.

—Ella estaba bien —comenzó a explicarle al mayor del grupo—, pero de repente algo cambió...

Mientras llevaban a Emma en la camilla, los seis hombres formaron un muro humano alrededor de ellos. Omat, el mayor, habló:

—La chica le disparó, pero en el fondo guardaba la esperanza de que le pidiera ayuda —aclaró tras un largo silencio—. Siempre hay otras opciones. A veces no las vemos porque el miedo nos ciega.

—¿Qué sucederá ahora?

El hombre asintió con un rostro impenetrable.

—Emma sabe actuar en tiempos difíciles. Fuimos entrenados por mi padre para ello. Estará bien... sobre todo porque te tiene a ti.

Al llegar a la ambulancia, los seis hombres se dispersaron, bloqueando el acceso a la prensa. Jason lo agradeció. Sabía que, al pedirle ayuda a su abuelo, había hecho un pacto con el diablo. Sus vidas ya no serían las mismas.

Mientras subía a la ambulancia, tomó la mano de Emma y la ayudó a sentarse. Luego, la rodeó con sus brazos, apoyando la frente en su cuello mientras respiraba con dificultad.

—Ella me disparó —apretó sus manos en su cintura y la atrajo hacia sí.

—No tenía opción, cariño.

—Siempre hay otra opción —el hecho de que repitiera las palabras de su hermano hizo que Jason la apretara con más fuerza—. Disparó dos veces.

—Estamos por llegar. Será mejor que ocupen sus puestos —advirtió el supuesto paramédico.

*****

Sara había sido encontrada en la parte trasera de la capilla, con tres impactos de bala. En estos momentos estaba en cirugía. Alessandro caminaba como león enjaulado, visiblemente desesperado. Jason apretó con más fuerza la cintura de Emma, atrayéndola hacia él. Ninguno se atrevía a hablar.

Emma mantenía cierta distancia. No mentía cuando advirtió que era lo último que haría por él. Sus hermanos conversaban con Vincent en un rincón, pero no la perdían de vista.

—Iré al lavabo —anunció.

Jason se levantó con ella, pero lo detuvo colocando las manos sobre su pecho.

—Estaré bien. Quédate aquí —lo calmó—. Alex te necesita —añadió, señalando al mencionado.

Caminó por el pasillo hasta llegar a los baños e ingresó sin prestar atención a nada. Abrió el grifo y se lanzó agua al rostro, reviviendo la imagen de Sara disparándole. No entendía por qué le afectaba tanto que Sara le hubiera disparado, pero lo hacía. Era algo difícil de explicar.

—¡Dios! ¿Estás bien? —una voz conocida la hizo tensarse—. No sabes cuánto me preocupé cuando vi la noticia.

Era Nick. Otra vez Nick. Últimamente, siempre Nick.

Estaba agotada física y moralmente. Había elegido el peor momento.

—Gracias por preocuparte —le agradeció con tono amargo—. En serio, te lo agradezco, pero no es el momento.

—Solo quiero hablar contigo —rogó—. Necesito que conozcas mi versión de la historia. No pido nada más. Sé que cuando sepas cómo ocurrió todo, cambiarás de opinión.

Se acercó a ella, y Emma giró el cuerpo. Tal vez si lo dejaba hablar, él entendería que no lo quería y se alejaría. Ignorarlo no había dado resultado; era hora de cambiar de táctica. Cruzó los brazos y lo miró fijamente.

—Te busqué por todos lados —comenzó—. Incluso fui donde Antwan. Me dijo que te habías casado.

—Lo sé —respondió entre dientes—. Ve al grano.

Lucía apenado. Sus ojos avellanos, que en otro tiempo le habían gustado, ya no le parecían atractivos. En su mente aparecieron unos ojos verdes de mirada pícara. El recuerdo de esas manos sobre su piel desnuda la hizo cerrar los ojos, intentando concentrarse en lo que Nick decía.

—Fue un error de una noche. Ella quedó embarazada y, como pensé que tú ya no estabas... —escuchó decir, pero su mente seguía recordando a Jason—. Wanda era una buena mujer. Me amaba, o eso creía, así que nos comprometimos...

Dejó de escuchar el resto. Solo tenía en su mente a Jason y el hecho de que no la había tocado desde aquella vez. Sí, dormían juntos, pero eso era todo.

Se alejó de Nick y avanzó hacia la puerta, solo existía un sitio en el que deseaba estar. Con su futuro esposo y esa mención le sacó una sonrisa.

—Lo amas, ¿verdad? —una pregunta que no esperó que respondiera.

De pronto, se lanzó sobre ella y la acorraló contra la pared. La sensación de su erección presionando su entrepierna la hizo entrar en pánico. Hasta ese momento, Nick había sido solo un hombre molesto, pero la idea de que quisiera hacerle daño la obligó a buscar en lo más profundo de sí un último resto de energía para defenderse.

Intentó quitárselo de encima, pero no pudo. Estaba demasiado cansada, emocional y físicamente. Era como si Sara Reynolds le hubiera absorbido toda la energía, y ahora no tenía fuerzas para defenderse.

Inmovilizó una de sus manos y su boca se apoderó de la de ella. El acto no duró mucho. Alguien la separó de Nick, quien, en cuestión de segundos, acabó en el suelo. Eran sus tres hermanos mayores.

—¿Quiénes son ustedes? —reclamó Nick, incorporándose y enfrentándolos—. ¿Los perros de Frederick?

—Te estabas demorando —dijo Omat, ignorando a Nick—. Tu prometido está preocupado. La chica ya salió de cirugía; estará en coma inducido por unos días.

Emma asintió, incapaz de hablar.

—Ve con Jason. Nosotros tenemos algo que hablar con este hombre... a solas.

Miró a sus tres hermanos y luego a Nick.

—Sin violencia—les pidió—. Estamos lejos de casa, y sus esposas y mis sobrinos los esperan.

—Tu prometido te espera —le recordó Omat.

Emma salió del lugar y, en el pasillo, vio a Jason aproximarse. Al verla, aceleró el paso.

—¿Qué sucedió?

—Nick, otra vez...

—¿Te hizo algo? —preguntó, intentando dirigirse hacia los lavabos.

—Solo confirmó lo que ya sabía —respondió distraída—: que te amo y que no hay nadie que pueda cambiar eso.

Lo sintió exhalar y atraerla hacia sí.

—Yo también te amo, cariño. Más de lo que imaginas. Pero saber que volvió a tocarte... —vio cómo apretaba los puños y daba media vuelta.

Tomó su mano y lo detuvo.

—Mis hermanos hablarán con él. Déjalo. Después de hoy, le quedó claro que no tiene oportunidad.

—Eso espero, Emma. Estoy siendo paciente, pero ese hombre está poniendo a prueba mis límites.

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