Capítulo 3
El ambiente cálido de la ciudad, golpeaba sus mejillas y le hacía sonreír en la acera en donde estaba en estos momentos. Da un giro sobre sus talones y observa el letrero en neón y su sonrisa se amplía.
Nunca imaginó que le pagaran tanto por trabajar, tampoco que lo iba a disfrutar tanto, pero así era. El Sammy's Haven y sus luces tenues en el atardecer se habían convertido en su refugio y su dueño en lo más parecido a un ángel.
Acomodo su guitarra sobre los hombros y avanzó hacia el club. El ambiente en el interior era el acostumbrado a esa hora de la tarde. Saluda a un par de meceros, al barman y busca a su jefe en medio de los pocos asistentes.
—Está en la oficina —le responde el barman al entender a quien buscaba —Está con el francés. —Emma asiente y empieza a instalarse para dar su primer repertorio.
Empieza la rutina acostumbrada, descansa cada tres canciones o más si el publico lo pide y retoma. Trabaja hasta las dos de la mañana, una hora que Sammy respeta y que ella agradece. Le ha dado la oportunidad de estudiar y hasta le acomoda los horarios, cuando por estudios se le dificulta.
Sammy, es el recordatorio que el mundo no está tan podrido. Ha sido lo más parecido a un hermano, incluso Samantha, su amiga le ha tomado cariño.
Y mira que ella no gusta de nadie.
La guitarra en sus manos le da los últimos acordes de Hallelujah y les lanza una sonrisa a los asistentes de esa noche. La gran mayoría son clientes habituales, lo sabe, porque acostumbra a charlar con ellos en sus descansos. La gran mayoría se acerca para pedirle una canción que le recuerda a alguien o para felicitarla.
Parece que fue ayer y no hace más de dos años, que había huido de Londres, escapando de una familia gitana y de los maltratos de su padre, Gregori, con la ayuda de su amiga Samnantha. Ahora, su vida se dividía entre el escenario del bar y la universidad.
No sabía por qué había elegido la carrera de economía, pero los números y las dinámicas del mercado le resultaban tan naturales como el italiano que hablaba con fluidez desde niña, a pesar de las reprimendas de Gregori.
Dejó que la última nota se desvaneciera, y el aplauso cálido del público la envolvió. Guardó la guitarra y se dirigió a la barra, donde Sammy le deslizó un vaso de agua con un guiño.
—No me canso de escucharte —dijo él, su voz grave cargada de orgullo. —Me gustaría poder ayudarte más.
Ella rio, apartando un mechón de cabello.
—Has hecho más de lo que deberías —le calma. —hago lo que amo y me pagas —se encoje de hombros.
—Si esto esta así de lleno —dice su jefe señalando el lugar y ella sigue el rumbo de su mano —es por ti, vienen aquí atraídos por tu voz.
—¡Exageras! —le dice rumbo al escenario con la copa en la mano.
Estaba a punto de tomar un sorbo cuando un hombre entró. Era alto, y exudaba una elegancia que no necesitaba alardear. En traje azul oscuro abrazaba su figura atlética, una bufanda de seda gris que colgaba con un descuido calculado. Su cabello castaño, peinado con un toque desenfadado, enmarcaba un rostro de rasgos afilados, pero fueron sus ojos azules, profundos como el océano. ¿Por qué le resultaba familiar?
Un reloj de acero pulido asomaba en su muñeca, discreto pero caro, un susurro de riqueza heredada. Todo en él era lujo, pero no del tipo que gritaba; era la sofisticación hecha hombre.
Ocupó una mesa cerca del escenario, cruzó una pierna sobre la otra y apoyó el mentón en una mano, sus ojos fijos en ella. Su sonrisa, sutil pero cálida, le provocó un cosquilleo en el estómago, una atracción que la desconcertó.
—Otro que llega por ti —le dice Sammy y ella afirma en silencio rumbo al escenario.
—Linda, la de siempre —murmura Antwan, y ella afirma con una media sonrisa.
Antwan es un francés asiduo visitante del bar, es propietario de una empresa y tiene bastantes contactos. Le ha prometido un empleo cuando ella termine sus estudios. Emma esta emocionada con esa idea, por fin tiene un objetivo claro. Le sonríe sentándose en la banca y empieza a cantar la canción de su nuevo amigo, mientras intenta ignorar al desconocido, pero cuando levantó la vista, él la estaba observando.
******
—Ha sido una noche larga —le dice Sammy entregándole su bebida y ella afirma. —¿Necesitas un taxi al terminar? —le pregunta y niega.
—Sam, no tarda en llegar —le calma y Sammy afirma viendo por encima del hombro de ella.
—¿Lo conoces? —le pregunta su jefe y no es necesario que le dé detalles.
—No. ¿Por qué? —responde dándole un sorbo a su bebida.
—No deja de mirarte. —comenta con cautela —y viene directo hacia ti. —dice fingiendo limpiar la barra, antes que pueda decir algo, él ya estaba a su lado, apoyado en la barra con una desenvoltura increíble.
—Cuando me recomendaron el sitio por la cantante, pensé que estaban exagerando. —su acento italiano suave se asemejaba a una caricia. —Se han quedado cortos.
—Gracias. —responde y el desconocido afirma extendiendo su mano hacia ella.
—Disculpa mi falta de cortesía, Alessandro D'angelo —se presenta —¿Cómo te llamas querida?
—Emma Bradford.
—¿De Londres? — preguntó, inclinándose ligeramente.
—Si. —dijo, jugueteando con el borde de su vaso.
—¿Qué haces por estos lados?
Le pide al barman un vino tinto y ese gesto y su cercanía le permiten detallar las facciones del desconocido. Intenta no parecer acosadora al verle de manera tan descarada. No tiene claro por qué, pero siente que lo conoce de algún lugar.
«¿De qué sitio desquiciada? ¿Del rancho Bradford?»
—Buscaba nuevos horizontes —se escucha mentir y el hombre afirma —¿Y usted?
—Soy de Italia, —responde con una sonrisa mientras enarca una ceja y ella chasquea la lengua divertida.
—Si no lo dices, jamás lo sospecharía —bromea viéndolo a él reír.
—Piamonte —le aclara.
—¿Qué haces lejos de casa? —afirma recibiendo su bebida y pensando un poco.
—Mi hermano vive aquí desde hace un par de años—le responde —tuvo un accidente.
—¿Grave? —niega y ella se siente aliviada sin saber por qué.
—Mis padres deseaban verificar que estaba bien. — Hizo una pausa, su sonrisa tornándose juguetona.
—¿Único hermano?
—Gemelo. —comenta sonriente —Tu turno. —le señala con el dedo índice de la mano que sostiene la copa —¿Qué haces lejos de casa?
—Creí responderlo...—el chasquido de lengua y la sonrisa le hace reír a ella.
El tipo la está intentado ligar, usando sus mismos gestos. «Mal por él, soy una Bradford educada para cazar y no ser cazada»
—Es una larga historia.
Alessandro asintió, como si entendiera el peso de sus palabras.
—¿Te conozco de algún lugar, Emma?
—Solo si has ido a Londres —responde con el corazón dándole un vuelco.
—Estudié en Londres —responde tras pensarlo un poco.
—Yo estuve allí hasta los 18.
—¿Hace cuanto fue eso?
—Dos años. —responde y él la mira fijamente.
—¿La larga historia? —ella afirma, viéndolo ver el reloj y sonreír —tengo tiempo de sobra. —le comenta —solo si deseas narrarla.
—¿Por qué tanto interés? —pregunta curiosa y él le da otro sorbo a su bebida, mientras parece pensar.
—¿La verdad? —la observa un instante y ella afirma —no tengo idea.
Ella tampoco sabe el motivo por el cual, se escucha asi misma narrándole su infortunada vida. El corazón de Emma dio un vuelco. Había una familiaridad en él que no podía explicar, como si sus almas se reconocieran.
—¿Asi que lees la buena fortuna? —dijo, casi en un susurro —¿Quieres leer la mía? —continúa diciendo extendiéndole la mano y ella se queda viendo un instante sus largos dedos, la ausencia de callos y lo delicada de esa parte de su cuerpo.
—Nunca me gustó hacerlo —confiesa recordando las veces que fue amonestada y golpeada por negarse a engañar a los turistas y él parece notar su incomodidad por que afirma en silencio retirando sus manos.
Alessandro habló de su familia, dueña de un viñedo en Piamonte que producía un vino tinto exclusivo, Dan'York. Emma arqueó una ceja, sonriendo.
—Conozco esa marca —dijo—. Pero nunca podría pagar una botella. Esas cosas no son para mí.
Alessandro inclinó la cabeza, su sonrisa adquiriendo un matiz travieso.
—Es solo cuestión de pedirlo, Emma. Alguien tan hermosa puede tener cualquier cosa. --Ella rio, sacudiendo la cabeza.
—Seguro se lo dices a todas.
—Solo a las que son hermosas —replicó él, y ambos rieron, la tensión inicial disolviéndose en una camaradería que la hizo sentir ligera.
Emma se sorprendió al contarle cosas que rara vez compartía. Habló de su huida de Londres, de los maltratos de Gregori, de cómo Samnantha la ayudó a empezar de nuevo. Alessandro escuchaba con atención, sus ojos azules nunca abandonando los de ella, como si cada palabra importara.
—Hablar contigo es como hablar con alguien que ya conozco. Emma asintió, sintiendo lo mismo. —Como si nos hubiéramos encontrado en otra vida—insiste —es como hablar con Pierre. Aunque por estos días no seamos tan unidos.
—¿Tu hermano? — el afirma dejando la copa sobre la mesa. —¿Te llevas mal con él?
—Tiene problemas para aceptar a Sara. Mi prometida —confiesa. —Por lo demás, nos llevamos bien.
La conversación giró hacia el futuro. Alessandro mencionó que su familia estaba expandiendo su negocio a América, con una fábrica de vino en ciernes.
—Podrías trabajar con nosotros—dijo, medio en serio—. O con Pierre, él y su socio están montando algo aquí. Mi padre también está haciendo planes de expansión, necesitaré personal. ¿Hablas italiano?
Ella sonrió, sorprendida de que lo notara.
—Sí. —comenta con orgullo —Ya tengo una oferta. Un amigo francés me prometió un trabajo cuando termine mi carrera de economía.
Alessandro alzó una ceja, impresionado.
—Economía. Si ese francés no cumple, recuerda mi oferta. —Ella rio, asintiendo.
—Lo tendré en cuenta. —responde dejando el vaso en la barra. —te regalaré esta última canción.
—Por esta noche —le aclara y ella detiene sus pasos para verle a los ojos —¿Te molesta si regreso? —ella alza sus hombros fingiendo indiferencia.
—Solo si vienes con amigos dispuestos a dejar sus dólares aquí —bromea avanzando hacia el piano en el escenario dejándolo a él sonriendo ampliamente.
La canción escogida se llamaba "pensando en voz alta" sobre el por qué la escogió, la respuesta simple y en nada tenía que ver el desconocido o los sentimientos tan contradictorios que sintió al hablar con él.
La canción le trasportaba a Londres, a su casa, con sus hermanos y padres. Los nueve en el porche del rancho y esa canción sonando en la radio. La nostalgia la invadió en algunas partes, haciéndole derramar varias lagrimas que los espectadores confundieron con mal de amor.
Y quizás lo era, solo que no era un amor carnal. El sentimiento era más fuerte.
La noche avanzó, y Alessandro pidió un Dan'York para compartir. Mientras brindaban, Emma pensó en su familia en Londres. Seguía enviando dinero a su madre, Isabella, aunque ella siempre insistía en que no lo necesitaban. Emma sabía que lo hacían, pero también sabía que la renuencia de Isabella venía del orgullo de su padre, quien no le perdonaba haber huido. El dolor de su rechazo aún la seguía, pero el bar, la música y esa noche lo mantenían a raya.
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