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Capítulo 2

Los últimos acordes de la guitarra suenan en medio de una multitud en silencio observando a la cantante. Jason y los que la rodean parecen hechizados por la voz angelical. Al igual que las otras decenas de veces no dejó una propina y se mantuvo lejos de los espectadores.

Seguía pareciendo poco y un hasta humillante dejar un billete en ese sombrero, sin importar la denominación. El acto en sí, le resultaba poco para ella, merecía algo más grande y poderoso.

Con una idea en su mente e ignorando los mensajes de su abuelo se aleja de Central Park. Epson Frederick, debió enterarse que se encuentra en la ciudad y quiere exhibirle como su fuera un objeto valioso y no ser humano.

Eso y tener que soportar las provocaciones de su esposa, le asfixiaban. La vos de Steven Tyler resuena en el interior del vehículo y los dedos de Jason golpean el volante tarareando la canción, mientras que su corazón galopa con cada golpe del instrumento.

Veinte minutos más tarde, una sonrisa se dibuja en los labios al detener el auto ante el club nocturno. Sabe que está a punto de cambiar el destino de alguien, pero no le importa. Quizás Pierre, su amigo y socio tenga razón y al final solo desee sexo con ella, es posible que la chica no resulte lo que se imagina. Ninguna de esas dos opciones le molesta, porque al final es mejor decir que no resultó a vivir con la incertidumbre de lo que pudo haber hecho y no hizo por cobarde.

Las luces neón parpadeando señalan que ha llegado al Sammy's Haven, al tiempo que su corazón tamborilea por los últimos acordes de la canción ¿O es la emoción de lo que está por suceder?

No lo sabe con exactitud, es posible que nunca lo sepa, pero de nuevo no importa.

El Sammy's, un bar escondido en una esquina del distrito nocturno esconde muchos de sus secretos. La gran mayoría de las veces ha llegado a él, para huir de su abuelo o evadir la seguridad que le imponen. Es de los pocos escondites que aún se mantiene en el anonimato. Eso le ha generado una amistad con el dueño del local.

Con la melodía aun retumbando en su cabeza y en su corazón empuja la puerta. El tintineo de las campanas anuncia su llegada y varios ocupantes giran hacia la puerta. Saluda a un par de ellos antes de que sus ojos se detengan en el escenario. El piano y la guitarra lucen solitarios, repletos de polvo, como si esperarán que alguien los sacara de la soledad.

Saluda a Sammy, que lustra la barra con una insistencia espantosa y de recarga sobre un costado. Una sonrisa socarrona se muestra en los labios del hombre detrás de la barra al verlo en silencio.

—Pasas demasiado tiempo de civil Frederick —le dice lanzando el trapo sobre la barra —¿Ser nieto de Epson tiene ciertos privilegios?

Jason soltó una risa seca y se sentó en un taburete frente a la barra. Le pide al barban el whisky de siempre mientras busca una respuesta adecuada para el ingenioso hombre.

—Quiero creer que he llegado lejos sin ese beneficio, —responde tras recibir su whisky y darle un sorbo —Tú no dejas de recordármelo.

Sammy sonríe, mientras pule una parte de la barra retirándole un polvo inexistente. Los ojos de Jason de nuevo se posan en el piano y la guitarra. No sabe si la chica toca piano, espera que sí, ha visto hacer maravillas con la guitarra.

—Bueno, algo tienes que heredar del viejo, además de esa cara de amargado. —la voz de Sammy aleja la atención de la pista y lo encuentra viéndolo con una ceja alzada — ¿Qué te trae por aquí? No es tu noche de ronda.

Jason tomó el vaso, girándolo entre sus dedos antes de dar un sorbo. El calor del licor le recorrió la garganta, relajando la tensión que aún llevaba en los hombros.

—Tengo una oferta para ti —empieza a decir en tono serio, pero con un brillo en los ojos—. Tengo a alguien perfecto para llenar ese escenario.

Sammy arqueó una ceja, dejando el trapo sobre la barra.

—Canta en central park —explica con la mirada atenta de su amigo —Solo tienes que escucharla y me darás la razón.

—¿Otra conquista, Frederick? —le acuda —Porque si es así, ya conozco tus tácticas. Primero el encanto, luego el whisky, y después...

— No es una conquista. No es eso —lo interrumpió Jason, aunque una sonrisa traicionera se dibujó en su rostro—. Solo quiero ayudarla. La calle no es lugar para alguien tan joven y con tanto talento. Tiene algo especial. Si la escuchas, lo entenderás.

Sammy cruzó los brazos, claramente divertido.

—¿Tú, jugando al buen samaritano? Esto sí que es nuevo. ¿Qué tan hermosa es esta "ángel" para que estés tan inspirado?

Jason negó con la cabeza, pero no pudo evitar que su mente regresara a la imagen de la chica: su cabello castaño ondeando con la brisa, sus dedos deslizándose por las cuerdas de la guitarra, esa sonrisa que parecía iluminar el parque entero.

—Es hermosa, sí. —acepta —Pero no es por eso. Quiero que tenga una oportunidad. Y estoy dispuesto a pagar el equivalente a su sueldo para que empiece aquí.

Sammy soltó una carcajada.

—¿Pagarle un sueldo? ¿Y qué más? —se mofa —¿Una limusina para llevarla a casa? ¿O es que quieres una candidata a la altura para que el viejo Epson no te critique?

El comentario dio en el blanco, y Jason guardó silencio por un momento. Pensó en su abuelo, en Geraldine, en la forma en que el poder de los Frederick corrompía todo lo que tocaba. Quizás, en el fondo, una parte de él quería demostrar que podía hacer algo bueno, algo que no estuviera manchado por el apellido que cargaba. Pero la verdad era más simple: quería que esa chica estuviera a salvo, lejos de las calles y de los peligros que él conocía demasiado bien.

—Solo quiero sacarla de ahí —dijo al fin—. Y que esté segura. Pero no puedo ofrecérselo directamente. La vi rechazar a un par de tipos que intentaron acercarse. Ella y su amiga, una especie de guardaespaldas, no aceptan cualquier cosa. No quiero ser otro idiota en su lista.

Sammy lo observó con atención, la burla en su rostro dando paso a una expresión más seria.

—Está bien, Frederick. Supongamos que te creo. ¿Cuál es el plan? Porque no pienso contratar a alguien sin saber si vale la pena.

—Hazlo creíble —respondió Jason—. Invéntate una beca, algo que no suene a caridad. A futuro, quiero que estudie, que tenga una vida mejor. Pero por ahora, solo necesita un escenario. Tu escenario—. Sammy suspiró, rascándose la barba.

—Esta aventura te va a salir cara, amigo. Pero está bien, iré a verla. Si canta como dices, tenemos un trato. Ahora, dime, ¿cómo se llama esta diosa del parque? —Jason se encogió de hombros.

—No lo sé. Todavía no. Pero no te arrepentirás.

Sammy soltó otra carcajada, sacudiendo la cabeza. —Eres un caso perdido, Frederick.

Emma

En el corazón de Central Park, Emma recogía sus cosas con movimientos rápidos pero gráciles, su guitarra ya guardada en el estuche y el sombrero lleno de monedas y billetes a sus pies. A su alrededor, las últimas personas del público se dispersaban, algunas intercambiando comentarios sobre su actuación. Emma tarareaba una melodía suave, sus ojos azul-grisáceos brillando mientras ordenaba las monedas con cuidado.

Recogiendo el producido y sorprendida por la tardanza de su amiga, recordaba a su familia. No existía un día en que no los recordara y pensara en sus padres. Conocía el carácter irresponsable de su hermano y el orgullo de su padre.

Estaba segura que estaban faltos de dinero, por eso, enviaba con regularidad una suma que, aunque poca, podía mitigar la escasez. Las cosas iban a mejorar, estaba convencida de ello. No pretendía quedarse cantando en las calles eternamente. No, ella iba a levantarse y ayudaría a sus padres. Mientras ordenaba las monedas, su teléfono vibró. Era su madre, Isabella, su voz cálida al otro lado de la línea.

—Mamá —saluda en tono animado a la mujer que del otro lado sollozaba.

—Mi vida. —le responde su madre —¿Cómo estás? ¿estás comiendo bien?

—Estoy bien mamá. —le calmó —¿Recibiste el dinero?

—Si —respondió en un hilo de voz —No necesitamos el dinero que envías, cariño.

Emma rio ante las palabras de su madre, lo decía para calmarla, pero ella conocía las limitaciones en casa. Gregori Bradford, cuidaba más a esos, pura sangre que cuidaba con ahínco que a su familia. Lo repetía constantemente, sus animales eran más importante que cualquiera de sus hijos o esposa.

—No tienes que mentirme mamá, no a mí.

—Tus hermanos están trabajando con Kurn, el turco. —Emma tuvo una idea fugaz de aquel chico amigo de sus hermanos —Ahora tienen dinero.

—¿Cómo es eso? —ríe ante la absurda mentira de su madre —su padre tenía una joyería en Estambul ¿Cómo es eso posible?

—No tengo idea —aclara su madre —pero tiene dinero.

—Necesito saber qué tipo de trabajo tiene —le dice a su madre con la risa de ambas como fondo.

—¡Seguro fue la lotería! —Su tono cambió, más suave.

—Seguro —repitió ella —¿Puedo hablar con papá? —Un silencio pesado cayó.

—No está, cariño —dijo Isabella tras una pausa, su voz cargada de tristeza.

Emma bajó la mirada, la culpa apretándole el pecho. Su padre no le perdonaba haber huido. Había dejado atrás Londres, su familia, todo por escapar de sus golpes. Pero la voz de su madre la reconfortaba, aunque el dolor seguía allí.

—Debo colgar, cielo. —la voz de su madre le saca de su letargo. —Te quiero.

—Y yo a ti. —responde y por largo tiempo permanece en silencio viendo la pantalla del móvil en sus manos.

—¿Disculpa? —la voz masculina le hace sobresaltar y retroceder asustada.

Un hombre con chaqueta en cuero, piel bronceada y de unos cuarenta años estaba ante ella. Con una sonrisa que iluminaba su cara y que, en resumen, debería hacerle bajar la guardia, pero no era así. Había estado demasiado tiempo en las calles para estar a la expectativa y desconfiar de todos.

—Tranquila. —le calma el desconocido alzando su mano —Soy Sammy.

—¿Qué desea? —pregunta con recelo y la sonrisa del hombre se amplía, pero retrocede al verle sacar una daga de su bolsa.

—Tengo un club nocturno. —responde en voz baja con la vista fija en la daga —Me hablaron de tu talento, pero no les creí. Hasta hoy. Tu voz es increíble.

Emma parpadeó, su sonrisa tornándose cautelosa. Había oído demasiadas promesas vacías.

—¿Y qué quiere? —preguntó, su tono firme.

— Necesito un cantante para mi bar. —respondió Sammy con una sonrisa.

—Se ha equivocado de chica...

—Solo cantar, nada más. —le interrumpe —¿Qué dices?

Emma dudó, sus ojos azul-grisáceos estudiándolo. ¿Cantar? ¿Qué puede haber de malo? Tendría un sueldo fijo, si era en las noches podía seguir en el parque. Una entrada extra, siempre caía bien, sobre todo para sus padres.

—No puedo decidir ahora. —dijo luego de pensarlo un poco —Necesito pensarlo.

Sammy asintió, entregándole una tarjeta.

—Tómate tu tiempo. Estaré esperando. —le dijo dando media vuelta no sin antes sonreírle.

Espero hasta que el individuo se alejara para ver la tarjeta y leer su contenido. Una chispa de esperanza encendiéndose en su pecho. Mientras Sammy se alejaba, miró el horizonte, donde el sol se hundía tras los árboles. La vida, por primera vez, parecía abrirle una puerta. Con su guitarra y su sonrisa, estaba lista para cruzarla.

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