Capítulo 1
Años atrás...
Jason
El lujo y opulencia era parte fundamental de la mansión Frederick, pero hoy sobresalía aun más. Sus dueños, se había desbordado en lujos y atenciones para sus invitados, como si necesitasen demostrar su poderío. Eran pocas las veces en que Jason asistía a una de estos de eventos.
La gran mayoría de las veces, lo hacía obligado.
Su abuelo insistía en mantener una relación cercana con él, lo que le incomodaba y no solo porque no era el único nieto. El anciano tenía once más. Su incomodidad se debía a que el hombre intentaba sanar una relación rota hace años.
Se remonta a la época en que los padres de Jason empezaron a tener una relación y se rompió del todo cuando Matthew Frederick —padre de Jason —contrajo matrimonio con ella. Una relación que el viejo Epson siempre vio con malos ojos por el pasado humilde de la mujer escogida por su hijo.
Ser el único hijo le hacía a Matthew llevar el estandarte de ser expandir su apellido, lo obligaba a los ojos de Epson hacer lo que este quisiera y obedecer. Dos cosas con las que Matthew no se llevaba bien y que Jason su único hijo había heredado.
La rebeldía a Matthew le duró poco, pues su esposa murió en un accidente dejando a un hijo pequeño y a un esposo desconsolado. La vida de Jason se redujo a niñeras y tías, todas ellas dispuesta a llenar el vacío dejada por su madre. Su abuelo rara vez estaba y cuando lo hacía traía consigo una infinidad de regalos y trajes. Los primeros años ansiaba la llegada del anciano, con el tiempo esa conducta fue tornándose aburrida. La relación empeoró cuando su abuelo empezó a intervenir en su educación. Las constantes luchas entre padres e hijo, lo obligó a mantenerse al margen del anciano.
No era el único nieto, el viejo tenía a 11 más, pero solo a él lo hostigaba. Sonríe pese la incomodidad que le representa estar ahí. Sus primos morirían por tener un poco de atención del maldito viejo cascarrabias.
—Gracias—le dice al cáterin que le entrega una bebida y toma una segunda para dárselas a su padre.
El salón principal, adornado por arañas de cristal que, iluminaban los rostros de los invitados. Todos ellos dispuestos a alimentar el ego del homenajeado. El gran Epson Frederick, el Magnate petrolero. Los ojos verdes de Jason repasan todo el salón, buscando en medio de ellos a alguien que esté allí sin segundas intenciones.
No lo hay, lo sabe, sin embargo, eso no le quita las ansias de hallarla por lo menos un alma noble. En su búsqueda, choca con ella, Geraldine. Aferra con fuerza la copa de la lleva a los labios y vacía el líquido caliente por su garganta, sin despegar los ojos de ella.
La mujer que meses atrás era su novia y estaba a punto de convertirse en prometida. Cuatro meses por fueron suficientes para buscar a alguien con mejor posición social. Jason jamás se imaginó que detrás de aquel rostro inocente y con sueños se escondía una mujer ambiciosa.
—Recuérdame, ¿Qué hacemos aquí? —la pregunta va dirigida a su padre, quien le acompaña tan aburrido como él en un rincón del salón.
—Cumplir con una cuota social y fingir que todo está bien—responde su padre en el mismo tono agrio que él.
—Iré al jardín —le dice a su padre quien afirma en silencio.
—Solo un poco más —le ruega su padre en voz baja—. Sé que esto es un infierno para ti, lo hace para provocar y hacerte perder los estribos.
Asiente a su padre mientras avanza hacia la salida, no puede evitar darle una última mirada a la figura que dominaba la escena al otro lado de la sala. Geraldine. Su Geraldine, o al menos, la mujer que alguna vez había sido suya. Ahora estaba del brazo de Epson Frederick, su abuelo, el hombre que había destrozado cualquier posibilidad de un futuro juntos.
Estaba lejos de ser la mujer que lo conquistó, envuelta en ese vestido de seda, que costaba más de un sueldo anual se cualquier mortal. Geraldine, estaba lejos de ser una mortal, ahora, era una Frederick. Pensaba con amargura deteniendo sus pasos ante el jardín e inspirando el aroma del colorido rosal de la mansión.
La única parte rescatable de la mansión.
Un poco más allá detrás de los unos setos y un espeso bosque se encuentra la antigua mansión Frederick. Antes que el anciano hiciera pacto con satanás y amasara una gigantesca fortuna. El hogar de la primera de las cinco esposas que tubo. La madre de Matthew, el único hijo varón dentro de los ocho hijos que tuvo el anciano.
Matthew, ostenta el orgullo título de ser hijo único y el encargado de expandir el apellido. Un legado que Jason heredó y el motivo por el cual el anciano lo asfixie con escoltas e intente controlarlo cada que tiene oportunidad. Salir con una mujer formal es verse obligado a conocer todo de ella, el viejo se encargaría que así fuera. Ese es el principal motivo por el que no se tome una relación en serio.
—¡Aquí estás! —se tensa al escuchar la voz de su abuelo, pero no gira hacia él, ni responde a su saludo.
Ha hecho demasiado con acudir a esa endemoniada reunión y fingir que todo está bien, cuando es evidente que no es así. Ninguna mujer estará a la altura del anciano, quien se encargará de lo que sea para salirse con la suya y hacer que así sea.
—Se que ahora no lo ves así, pero te hice un favor. —le habla —Eres mi heredo, todos quieren un poco de ti.
Jason sigue de espaldas a él y no tiene pensado girarse. No hay manera de que ambos tengan una relación de abuelo nieto, no después de lo que hizo.
—Y te casaste con ella para protegerme. —réplica con una sonrisa en los labios.
—En resumen —habla llegando a su lado y observando el horizonte —Mi intención, aunque no lo parezca es protegerte. —señala a su alrededor y se ubica ante él —todo esto te pertenecerá a futuro, debes saberlo y actuar como de debe.
Jason divisa la figura de la mujer acercándose hacia ambos. Fija sus ojos en su abuelo, con la mandíbula tensa y un brillo peligroso en sus ojos.
—Si vas a protegerme, hazlo bien— le pide con una sonrisa que no llega a sus ojos —Asegúrate de alejarla de mí.
A pasos rápidos y decididos baja los escalones de a dos y llega hacia la zona de parqueo. Retira la alarma de su auto alcanzando a divisar a los escoltas impuestos por el anciano.
—Jason —le llama su padre.
—Me largo —respondió Jason, en voz baja pero cargada de advertencia—. No pienso quedarme aquí un minuto más.
Su padre había construido una clínica de prestigio con esfuerzo y sus propias manos. La relación entre ellos estaba rota desde que Jason tiene memoria, pero empeoro con el matrimonio entre Epson y Geraldine.
—No vale la pena, hijo —le dijo Matthew con vos cansada —. Si Geraldine eligió eso... —hizo un gesto vago hacía la mansión— entonces no era la mujer para ti.
—¿Crees que no lo sé? —exclama retirando su saco y lanzándolo al interior del auto junto con su pajarita —¿Cómo puede sanar una herida si siempre están lanzándole sal o lastimándola?
Su padre baja el rostro y lanza a un largo suspiro, sus manos viajan a su cuello y tira de la pajarita. Cuando alza de nuevo el rostro, sus labios se han perdido y en sus ojos se muestra una enorme tristeza. Por un instante, Jason se lamenta de darle problemas y se promete en adelante, mantenerse al margen de Epson. Si la relación va a morir, no será por algo que Jason haga.
—Fue un error venir, lo siento. —se excusa su padre —Fuiste muy rápido con Geraldine, para la próxima ve lento y sin prisa.
—No tienes que excusarle.
—Papá es culpable —le interrumpe. —Cuando conocí a tu madre quería ir a prisa —empieza a decir y sus ojos brillan vivaces, lo que le saca una sonrisa. —Ella quería ir lento, me decía que así se disfrutaba más.
—Da igual, al viejo no le gustara. —dice cansado de pelear con lo mismo.
—Cuando llegue la indicada, nada ni nadie va a separarlos —le advierte — La madre de tus hijos, la mujer que realmente importa, está ahí afuera.
Jason sacude la cabeza, él no lo ha entendido y duda que alguien lo haga. Es más poderoso que una esposa, sabe que Geraldine no era la indicada, pero duele la traición de su abuelo.
—Voy a salir de aquí —dijo, su tono definitivo—. Necesito estar solo.
Sin esperar respuesta, le lanza las llaves al hombre que está a pocos pasos ante la mirada preocupada de su padre.
—Llévate el auto. Caminaré.
El hombre, asintió sin protestar, aunque lanzó una mirada de preocupación a Matthew, quien se limitó a encogerse de hombros. Jason se alejó con pasos firmes.
—No los quiero cerca. —advierte al resto de los hombres en un tono que no admitía discusión.
La ciudad lo recibió con su bullicio habitual, un contraste bienvenido con el ambiente asfixiante de la mansión. Jason caminaba sin rumbo fijo, dejando que el aire fresco de la noche calmara el fuego que aún ardía en su interior.
Sus pasos lo llevaron a Central Park, mientras cruzaba los senderos flanqueados por árboles, los recuerdos de Geraldine lo acosaban. Su risa, sus ojos brillantes, la forma en que solía cantar en voz baja mientras cocinaban juntos. Todo eso parecía pertenecer a otra vida, a otra mujer.
Una melodía lo sacó de sus pensamientos. Era suave semejante a una caricia sobre esa herida que se mantenía sangrante. Let It Be de The Beatles, interpretada por una voz femenina sonaba tan mágico e irreal, tanto que se vio obligado a buscar a la dueña de esa voz.
Los pasos lo llevaron a un claro del parque en donde una multitud le hacía círculos a una mujer que con guitarra en manos entonaba la canción. La voz era angelical, profunda, cálida, con un matiz ronco que envolvía el corazón como un abrazo.
Cada nota resonaba en su pecho, aliviando la tensión que lo había acompañado desde la mansión. Como si la dueña de esa voz hubiera encontrado las grietas de su alma y las estuviera llenando con algo nuevo, algo que no podía nombrar.
Un sombrero en el suelo, lleno de monedas y billetes, era el premio para la chica. No pudo evitar ver con desdén y un poco de contrariedad las escasas monedas que lanzaban. La dueña de esa voz y ese físico merecía tener mucho más que simples centavos.
La chica era de piel blanca, casi translúcida bajo la luz de los faroles una larga cabellera casta caía en ondas sobre sus hombros y alrededor de su rostro ovalado. Sus ojos, de un azul grisáceo cambiaban con la luz, brillaban con una mezcla de intensidad y serenidad mientras cantaba. Sonreía al público, una sonrisa genuina que contrastaba con la falsedad que Jason había visto en la mansión.
A su lado, una mujer alta, de piel trigueña y postura firme, vigilaba a la multitud como un guardia pretoriano. Jason la asoció de inmediato como una escolta, alguien entrenado para mantener a raya a cualquiera que se acercara demasiado. Él no podía apartar la vista de la chica con la guitarra. Había algo en ella, en la forma en que sus dedos danzaban sobre las cuerdas, en cómo su voz parecía hablarle directamente a él, que lo mantenía clavado en su lugar.
Cuando los últimos acordes de Let It Be se desvanecieron, el público estalló en aplausos, algunos coreando pidiéndole otra canción. Jason no pudo evitar sonreír, una reacción instintiva que lo sorprendió. La chica inclinó la cabeza, agradeciendo con una risa suave
El recuerdo de las palabras de su padre resonó en su mente: "La madre de tus hijos está ahí afuera. Quizás a la vuelta de la esquina". Sacudió la cabeza, una sonrisa irónica curvando sus labios.
No creía en las casualidades ni en los destinos predeterminados, pero por primera vez en mucho tiempo, sintió que el peso en su pecho se aligeraba. La chica de la guitarra no lo había visto, no sabía de su existencia, pero algo en su voz le decía que, tal vez, el mundo aún tenía sorpresas guardadas para él.
Jason cerró los ojos por un momento, dejando que la música lo llevara lejos de la mansión, de Geraldine, de las cicatrices que cargaba. Por ahora, solo existían él, la noche y esa voz que, sin saberlo, estaba empezando a sanar algo en su interior.
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