Capítulo 4
El club vibraba bajo las luces un refugio cálido y acogedor en medio del caos ruidoso de la ciudad. El aire era una mezcla al aroma a madera pulida, cerveza y nicotina. Un leve toque a jazmines le brindaba un toque humano al sitio, opacado por el calor sofocante propio del verano.
La guitarra y el piano las sentía como extensiones de su alma mientras los acariciaba en el escenario. No había un día en que no extrañara a su familia, pero sabía que marcharse había sido la mejor decisión. Una conversación furtiva de Gregori, escuchada por casualidad, le había dado el impulso necesario: al cumplir la mayoría de edad, debía irse, aunque no tenía idea de a dónde. Lo único claro era el llanto desconsolado de su madre, Isabella, y la certeza de que esperar a descubrir el destino que su padre le tenía reservado era insoportable.
Emma ajustó el micrófono, y sacudió sus pensamientos centrando su atención en el momento. Cantó Chasing Cars de Snow Patrol, intentando que cada nota llevara consigo un pedazo de su alma. Mientras cantaba, su mente se llenó de imágenes de su familia en Londres: las risas de sus hermanos en el porche, el rostro de su madre tejiendo bajo la luz de una lámpara, y el silencio hostil de Gregori. El reencuentro parecía un sueño lejano, casi inalcanzable.
Antes de su siguiente canción, Emma revisó su móvil captando una llamada perdida de su madre. El corazón le dio un vuelco. Eran casi las dos de la mañana en Londres, su madre no llamaría sin una urgencia. Con manos temblorosas y la mente inundada de escenarios oscuros —accidentes, enfermedades, tragedias—, se escabulló hacia el callejón trasero del bar. La brisa fría le pegó el rostro, y el hedor a mugre y humedad llenó sus pulmones mientras marcaba el número.
—¿Emma, cariño? —respondió Isabella, en su voz baja y quebrada.
—Hola, mamá. ¿Todo bien? —preguntó Emma, apoyándose contra la pared áspera, intentando calmar el nudo que se formaba en su garganta.
Un silencio pesado le abatió, roto segundos después por los sollozos de su madre. Con el corazón acelerado y miles de teorías conspirativas y catastróficas hizo la pregunta que no deseaba respuestas.
Una parte de ella, sabía que no eran buenas.
—¿Qué sucedió? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Le pasó algo a papá? —insistió, notando que a su madre le costaba responder.
—Tu padre no está bien —dijo Isabella entre sollozos, su voz tan baja que Emma apenas la entendía.
—¿Por qué hablas así? —preguntó, frustrada, mientras el llanto incontrolable de su madre la hacía gruñir y pasearse por el callejón.
—Gregori no quiere que ustedes lo sepan —explicó Isabella—. No desea preocuparlos.
Le Emma le enterneció que, incluso en medio de la crisis, su madre intentara suavizar la realidad, pero conocía el temperamento orgulloso de su padre. Preferiría morir antes que aceptar ayuda de ella, a quien consideraba una traidora.
—¿Dónde están mis hermanos? —preguntó tras inspirar hondo, buscando controlar la ansiedad que le apretaba el pecho.
—Tus hermanos no están en la ciudad, y estoy sola con él —respondió Isabella—. Estamos pasando por una situación crítica. Tu padre... está enfermo.
— ¿Qué tiene papá?
—Hay sospecha de cáncer. —responde entre sollozos —Necesita de unos estudios, son costosos y el dinero es escaso por estos días.
Un nudo se instaló en el pecho u sus manos se cerraron en puños con la impotencia subiendo por la garganta como un grito ahogado. Escuchó el resto del relato con el corazón arrugado y el alma hecha trizas, imaginando a su madre luchando sola.
—No te preocupes. Conseguiré dinero, lo que necesiten —prometió, su voz temblando, pero decidida.
—¡No, cariño! —rogó Isabella—Ya es bastante que estés tan lejos.
—Le pediré a mi jefe un adelanto. No haré nada ilegal. Lo prometo —la calmó con voz firme pero suave, aunque las lágrimas le quemaban los ojos.
Colgó, y el peso de la noticia la aplastó como una losa. Cada paso de regreso al bar era una opresión en el pecho, su mente girando en torno a Isabella y la imagen de Gregori postrado, vulnerable por primera vez.
Tan distraída estaba que chocó contra un cuerpo masculino. Retrocedió, alzando el rostro para disculparse, y se encontró con un rostro conocido. Antwan, el francés habitual, estaba cerca de la puerta trasera, observándola con preocupación.
—Te estaba buscando —dijo Antwan en un tono bajo, con una sonrisa que intentaba ser reconfortante—. ¿Todo bien? —preguntó, detallando su rostro—. ¿Por qué lloras, cariño?
Emma lo observo antes de responder, él estaba en un sitio estratégico, pudo fácilmente haberle escuchado. Emma negó con la cabeza, incómoda.
—Estoy bien —mintió—. Llamar a casa siempre me afecta.
—Son las dos de la mañana en Londres —señaló, mirando su reloj antes de fijarse en ella—. No pude evitar escuchar. Si necesitas dinero, puedo ayudarte —ofreció, su tono serio pero amable.
Ella negó de nuevo, retrocediendo un paso.
—Antwan, estoy bien. Puedo solucionarlo.
—No estás bien —insistió, acercándose—. Vas a trabajar para mí cuando termines tu carrera, ¿no? Considéralo un adelanto.
—Encontraré la forma de ayudar a mis padres —anunció, con una seguridad que no sentía—. Pero te agradezco la oferta.
—Creí que éramos amigos —replicó, apoyando una mano en su hombro con una sonrisa—. No hay de qué preocuparse.
Le sonrió, cruzó un brazo sobre sus hombros y la atrajo hacia él. La calidez de su abrazo, sus palabras suaves y la vulnerabilidad que sentía acabaron por quebrar su resistencia.
—Tienes razón —murmuró—. Trabajaremos juntos y somos amigos. ¿Qué puede salir mal?
—Te llamaré mañana a primera hora —prometió, alejándose y dándole un beso en la frente—. Me darás la cifra, y me encargaré de que tu madre la reciba. —Subió a su lujoso auto y se perdió en el tráfico congestionado.
Emma ingresó al club directo al escenario, pero una voz la detuvo.
—¿Qué hablabas tanto con el francés?
La voz de Samantha la hizo girar. Su figura alta y trigueña destacaba bajo las luces, con los brazos cruzados y una ceja arqueada, esperando una respuesta. Emma suspiró, explicándole.
—Mi madre llamó. Mi padre está muy enfermo.
—Lo siento —se disculpó Samantha—. Pero ¿qué tiene eso que ver con Antwan?
—Necesitan dinero, Sam —dijo, y su amiga la interrumpió.
—Obvio. ¿Qué hay de tus hermanos? ¿Por qué siempre tienes que ser tú?
—Ellos no están. Mi madre está sola —explicó—. Antwan me ofreció ayuda. —Samantha frunció el ceño.
—¡Ten cuidado, Emma! —le advirtió —Nadie da nada gratis. El mundo no es tan brillante como crees. —Emma sonrió, con el agotamiento reflejado en su rostro.
—No es tan oscuro como tú lo ves, Sam. Quiero creer que hay gente buena. —Samantha suavizó su expresión, pero su tono siguió serio.
—Me gustaría pensar que estoy equivocada, pero no lo estoy. No te acostumbres a depender de ese francés. No me gusta su actitud.
—Entiendo —dijo Emma—. Pero es por mi familia. Aceptaré la ayuda de Antwan, haremos cuentas juntas y veremos cómo le pago.
—Lo siento. No quería sonar dura. Prometo ayudarte también. Lo resolveremos. —Samantha suspiró, su mirada ablandándose.
—Eres una gran amiga, Sam. —Emma le apretó la mano, agradecida.
El repique de la campanilla anunció nuevos clientes, y ambas miraron hacia la entrada. Dos hombres entraron: uno era inconfundible, su parecido con Alessandro lo delataba. Pero fue su acompañante quien capturó toda su atención. Su presencia que parecía detener el tiempo. Su cabello, de un rubio dorado que atrapaba la luz tenue del bar, caía en mechones desordenados que le daban un aire salvaje.
Sus ojos verdes, brillantes como esmeraldas bajo las sombras, se movían con una intensidad que la hizo contener el aliento, como si pudieran ver más allá de su fachada. Fue su espalda, ancha y poderosa, la que realmente la dejó sin palabras; se notaba bajo la chaqueta de cuero que llevaba, un eco de su pasado militar mezclado con una elegancia ruda que la intrigó.
Emma no podía despegar los ojos de él. Lo observó caminar con pasos firmes, su figura imponente abriéndose paso entre la multitud, y cuando su acompañante le susurró algo que lo hizo reír, su rostro se transformó. Esa risa, sincera y profunda, iluminó sus facciones, suavizando la dureza de su mandíbula y dejando entrever una calidez que contrastaba con la cautela que parecía cargar. El sonido de su risa resonó en el aire, y Emma sintió un cosquilleo en el pecho, como si esa alegría la invitara a acercarse, a descubrir qué había detrás de esos ojos verdes que ahora brillaban con complicidad.
—Hola, Emma... Sam —dijo el que estaba convencida era el hermano de Alessandro, esbozando una sonrisa confiada.
Los ojos de Emma se encontraron con los de Jason, y una chispa de reconocimiento cruzó entre ellos. Veía a los dos hombres con una mezcla de curiosidad y cautela, como un felino evaluando si atacar o retirarse. El de cabello castaño podía pasar por Alessandro, pero algo en él —quizá su sonrisa más relajada o su porte despreocupado— lo diferenciaba.
—Tú debes ser Pierre —aclaró Emma, mirándolo fijamente.
La sorpresa fue evidente en todos, incluso en el gemelo. Tal vez para los demás eran idénticos, pero no para ella. Agradeció en silencio a su padre y hermanos por los años de entrenamiento para detallar a las personas y "leerles la buena fortuna" a los turistas, un arte que ahora le servía para distinguirlos. Pese a su desconcierto, Pierre no dijo nada y se limitó a sonreír. Los ojos de Emma buscaron a su acompañante.
—Y de ti no han hablado —continuó, clavando la mirada en Jason—. Hasta donde sé, Alessandro solo tiene un hermano.
—Jason Frederick. Un placer conocerte... por fin —respondió el rubio, con un tono que mezclaba alivio y expectativa—. Soy un habitual por aquí.
—¿Quieres un trago? Creo que aquí estamos de más —le dijo Samantha a Pierre, señalando con un gesto a la pareja que ya charlaba animadamente.
Ambos se sentaron en una mesa libre, el bullicio del bar desvaneciéndose en un murmullo. Ella lo estudió: su porte firme, pero unos ojos verdes que parecían guardar una historia tan compleja como la suya.
—Entonces, ¿habitual? —preguntó, apoyando los codos en la mesa—. ¿Cómo es que no te había visto antes? —Jason sonrió, relajándose.
—Estaba fuera por trabajo.
—¿En qué trabajas? —preguntó ella, curiosa.
—Soy cardiólogo, paso mucho tiempo en hospitales. Pero este lugar... siempre me trae de vuelta.
—¿Asi que el lugar? —repitió, viéndolo afirmar y sonreír—. ¿Por qué nunca hemos hablado si eres cliente de aquí?
—Llevaba un tiempo sin venir —explicó—. Mañana regreso, pero antes quise saludar a un viejo amigo.
—Alzó una mano para llamar al mesero, y Emma no pudo evitar notar sus gestos elegantes—. He oído que hay una cantante aquí. Todos hablan de su hermosa voz. —Le lanzó una mirada divertida—. ¿La conoces?
—Puede ser —respondió con una coquetería que la sorprendió—. ¿Qué le dirías si la tuvieras frente a ti?
—Que deseo averiguar si su voz hechiza como dicen —respondió y Emma rio, sonrojándose.
—Dudo que eso sea verdad —dijo con humildad.
—Tengo planeado averiguarlo —replicó con voz suave—. ¿Crees que tenga suerte y se deje atrapar?
—Algo me dice que no estás acostumbrado a perder —sonrió, notando su gesto de suficiencia—. ¿Planeas pasar la noche aquí por si no aparece?
—Estoy acostumbrado a los desvelos —respondió con indiferencia—. Estoy en la armada.
—No pareces militar —le dio señalándole su cabello y el paso una mano sobre su cabellera rubia antes de responder.
—En mis descansos finjo ser un Frederick—Al ver su confusión, aclaró—: También soy cardiólogo. Cuando le dije a mi padre que quería ser oficial, mi abuelo puso el grito en el cielo. Papá lo aceptó, pero el viejo, no.
—¿Por qué? —preguntó, intrigada.
—Epson Frederick no está acostumbrado a perder ni a que le lleven la contraria y un nieto al servicio de su país, era para él denigrante. —explicó con amargura.
—¿Epson? —repitió, asociando el nombre con alguien importante, y él afirmó en silencio—. ¿Es broma?
—¡Ojalá! —dijo con un tono amargo.
—¿Tan mal es ser su nieto? —preguntó, y él se encogió de hombros, quedándose en silencio unos segundos.
—Es complicado —admitió al fin, suspirando—. Pero no hablemos de mí. Tu voz es como si detuviera el tiempo.
—¿Siempre eres tan poeta?
—Soy un poco de todo —respondió, haciéndole un guiño y Emma sintió que la tensión se disolvía en una camaradería cálida.
Hablaron de música, de la ciudad, de las pequeñas cosas que los hacían reír. Jason le contó una anécdota de un paciente que cantaba ópera en el quirófano, y Emma rio hasta que le dolió el estómago.
—Tienes que venir más seguido si vas a contar historias así —dijo, aun riendo.
—La próxima vez que nos veamos no será aquí. —respondió Jason, su sonrisa más amplia—. Reservaré un día en mi agenda y lo llamaré "Día de Emma Bradford".
—¡Prometido! —dijo ella, estrechándole la mano, divertida por sus ocurrencias.
En el fondo de su mente, Emma no podía ignorar la preocupación por su padre. La noticia de su enfermedad la seguía como una sombra. Aunque la risa con Jason aliviaba el peso. Cuando Jason y Pierre se despidieron, prometiendo volver, Emma se quedó en la mesa, mirando el vaso vacío. La tarjeta de Jason y Alessandro en su bolsillo, la calidez de la conversación con Jason se mezclaban con el dolor de su familia. El mundo, como decía Samantha, podía ser oscuro, pero esa noche, entre risas y nuevas conexiones, sintió que aún había luz por encontrar.
Meses después...
Emma se colgó el morral al hombro y se despidió de sus compañeras de la universidad. Las vacaciones comenzaban, y con ellas llegaba su eterno dilema: ¿qué hacer durante el día? Estaba considerando aceptar la oferta de Antwan. Trabajar medio tiempo en su empresa sería una forma de ocupar su tiempo y pagar la deuda que había acumulado con él. El francés se había convertido en una especie de hada madrina, aunque su ayuda venía con un precio que aún no estaba segura de querer pagar.
—¡Oh, por Dios! —exclamó una chica cerca.
—Nadie lo mire, es mío —dijo otra.
—¡A callar, plebeyas! Ese príncipe viene por esta princesa —proclamó una tercera.
Tanta palabrería la hizo buscar la causa del alboroto. Se detuvo en medio del campus, rodeada de estudiantes que murmuraban, y vio a un hombre de pie entre la multitud. No parecía inmutarse por las miradas lujuriosas de las mujeres. Jason Frederick, con el porte de un príncipe y una seguridad que llenaba el espacio, buscaba algo —o alguien— con ojos verdes que brillaban bajo el sol.
Emma cruzó los brazos, observándolo. Lo había visto un par de veces y compartían mensajes y llamadas. Era tan perfecto que, a veces, sospechaba de su caballerosidad, pero no podía negar su atractivo. Cuando la vio, le señaló con una sonrisa y avanzó hacia ella con pasos lentos y decididos. Emma eliminó la distancia, y al acercarse, él le quitó el morral del hombro y señaló hacia la salida.
—¿Adivina qué día es hoy? —preguntó con una sonrisa traviesa.
—¿Vacaciones? —respondió ella, cerrando un ojo y mirándolo un instante.
—Casi —admitió—. Es el "Día de Emma Bradford".
Ella no pudo más que reír con ganas, recordando su primer encuentro.
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