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Capítulo 27

Jasón veía preocupado a Emma. Llevaba horas intentando que hablara. Ella se aferraba a él mientras seguía como en trance. Él la abrazó fuerte contra su pecho y le acarició el cabello. Poco a poco, sintió cómo se quedaba dormida.

Suspiró. Alessandro se había ido, como siempre. Había recibido una llamada de su esposa, quien se había enfadado cuando él le dijo que estaba con Emma porque se sentía mal. Jasón se preguntó cuándo sería el día en que su amigo fuera feliz. Su esposa era un martirio, aunque Alessandro se lo tomaba a broma y le encantaba hacerla enojar. Se compadeció de su amigo; no debía ser fácil sobrellevar el genio de Sara.

Se levantó y se fue a la cocina. Le prepararía algo a Emma, que llevaba horas sin probar comida. Abrió el refri y vio con sorpresa que no había nada: ni frutas, ni vegetales, nada. Cerró el refri y abrió la despensa. Tampoco encontró nada. Frunció las cejas.

Sabía que ella rara vez estaba en casa, pero una despensa y refri vacíos eran prueba de que no se estaba alimentando bien. Suspiró y cogió las llaves de su apartamento. Iría a buscar lo necesario para prepararle algo ligero y, de paso, traería a su mascota. Aún no había puesto el pie en la puerta cuando sintió, del otro lado, los ladridos de Andrómeda. La reprendió:

—¡Silencio, cariño! O nos meterás en líos otra vez con la vecina del piso de arriba.

Abrió la puerta y Andrómeda le saltó encima.

Inicialmente, la perra no era su mascota. Había pertenecido a Pierre, quien la tenía bajo su cuidado porque Samantha se la había entregado días antes de irse a solucionar los problemas con su padre. En ese entonces, Andrómeda era solo una cachorra. Tras el secuestro de Pierre, nadie se acordó del pobre animal. No fue sino hasta dos días después que Jasón recordó su existencia y la había llevado con él.

Desde entonces, llevaban seis años juntos. Él confesaba que, al principio, no le gustaban las mascotas, ya que rara vez estaba en casa y no tenía tiempo para cuidarlas. Pero Andrómeda —como la había bautizado su excéntrica dueña— se había convertido en su mejor confidente. Acarició las orejas del animal mientras se dirigía a su cocina y sacaba algunas cosas de su refri.

Con todo listo, decidió prepararle la comida a Emma en su apartamento. No quería dejarla sola en el estado en que se encontraba. Se apresuró hacia la puerta, pero escuchó a su mascota llorar a pocos pasos. Sabía que a Andrómeda no le gustaba quedarse sola. Aunque Celina, su vecina de quince años, tenía las llaves de su apartamento y la sacaba a pasear, e incluso cuando él viajaba, su madre le permitía quedarse con ella en el apartamento. A Emma también le gustaba el animal.

Decidió que, en ese momento, su mascota sería una buena terapia para Emma. Era hora de que uno de los dos dejara su apartamento. ¿Qué sentido tenía tener dos si solo iban a usar uno? Conforme estaban las cosas, no se veía dejando a Emma sola. Temía por ella, y aún no sabía quién, entre los D'Angelo, había sido capaz de semejante atrocidad.

Necesitaba contactar a Sam y contarle. Decidió que lo haría después, cuando Emma estuviera mejor.

—Emma —dijo, pronunciando su nombre en voz alta.

No se imaginaba llamándola de otra manera. Sabía que su matrimonio tendría que esperar; sería un error, ya que, técnicamente, "Emma Bradford" no existía.

Aún tenía sus dudas sobre la manera en que los Bradford habían ayudado a su esposa —porque eso era Emma para él desde ahora: su mujer.

No sabía cómo reaccionarían los padres de Alessandro al enterarse, ni si permitirían que su hija se casara, teniendo en cuenta los años que habían pasado sin ella. Sería una época difícil, pero estaba dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario por ella.

—Vamos, princesa. Hoy visitaremos a tu futura dueña y dormiremos allí —le dijo, poniéndole la correa al animal antes de salir del apartamento.

Al entrar al de Emma, la escuchó vomitar. Dejó las bolsas en la mesa de la sala y corrió hacia el dormitorio, seguido de Andrómeda, que gemía como si presintiera la situación. La encontró en el baño, arrodillada frente al inodoro, con el cabello suelto.

Cuando Emma alzó la mirada hacia él, lo que vio le destrozó el corazón. Sus ojos estaban rojos, y en su hermoso rostro brillaban pequeñas gotas de sudor. Se arrodilló a su lado y le sostuvo el cabello.

—Todo estará bien, preciosa. Todo pasará, y yo estaré aquí. No me iré —murmuró mientras le acariciaba la espalda.

La ayudó a levantarse, la llevó al lavabo y le lavó el rostro.

—¿Estarás bien? —preguntó, sin querer incomodarla.

Ella asintió con la cabeza.

—¿Te espero en la cocina, entonces?

—Besé a mi hermano, J —le dijo Emma en un hilo de voz—. Si Alex es en verdad mi hermano... significa que besé a mi hermano. ¿Lo recuerdas? Cuando los dos se golpearon...

Jasón recordó ese momento y lo entendió.

—¿Sabes lo que habría pasado si yo hubiera aceptado las propuestas de Alex desde el principio? Si nos hubiéramos juntado como pareja... —dijo Emma, mientras las lágrimas empezaban a caer por sus mejillas.

Se abrazó a él con fuerza, y Jasón sintió cómo su cuerpo temblaba entre sus brazos.

—Pero no pasó, pequeña. Yo no lo hubiera permitido.

Jason la calmaba, asegurándole que —ni en mil vidas— habría dejado que aquel imbécil de Alex o el ridículo de Pierre le arrebataran a la mujer que amaba. Ellos lo sabían. Lo habían sabido desde aquel día en el parque, cuando la vio por primera vez y supo, con una certeza visceral, que la haría su esposa.

—De acuerdo — fue la respuesta de Emma, que lo hizo reír y abrazarla aún más fuerte, apretándola contra él.

—Esa es mi chica — susurró Jason, con una mezcla de orgullo y nostalgia.

Se acercó lentamente, recordando.

—¿Samy te dijo que alguien le había hablado de tu voz? — Los labios se le curvaron en una sonrisa triste. —Fui yo. Le rogué que te ayudara. No podía soportar verte en las calles... Tenías demasiado talento para eso.

—Contigo, nada es sorpresa — admitió ella.

—Nuestro acuerdo era que estudiaras, que tuvieras una oportunidad real.

Respiró hondo, los recuerdos fluyendo como una confesión largamente reprimida, con ella aferrada a sus brazos y feliz por conocer la verdad. Había pasado años agradeciéndole a la persona equivocada.

Antwan nunca fue su ángel guardián. Quien ocupaba ese puesto era Jason.

—La empresa ya existía. En mi locura, imaginé que, al graduarte, Samy te diría que podías trabajar con nosotros...

Su voz se quebró levemente y Emma lamentó haberse dejado embaucar por Antwan, también en confiar en su aparente "Buena fe."

—Esperarte fue una tortura. Anhelaba escuchar tu voz hablando, no solo cantando. Aquel primer día en el parque... tu canto me bastó para saberlo todo.

El dolor regresó con fuerza al recordar al francés arrebatándole su lugar a su lado.

—Fue un golpe bajo que ese maldito...

Se interrumpió al verla limpiarse las lágrimas y alejarse. ¡Mierda! El momento que tanto había temido había llegado.

—Debí decírtelo antes — admitió, levantando las manos en un gesto de rendición. —Pero el mérito es solo tuyo, preciosa. Estudiaste, te esforzaste... solo pagamos el primer año. La beca te la ganaste tú.

Contempló su ceño fruncido, su mirada acusadora, y, aun así, no pudo mentir:

—No me arrepiento de sacarte de las calles, Emma Bradford. Por eso no puedo pedir perdón.

—Próximamente, ese no será mi apellido — Por supuesto que lo sabía: sería D'Angelo. Lo que no entendía era a qué se debía ese arrebato.

—Lo sé — admitió él con tristeza. —Debemos esperar a que esto se solucione. Ni Evangeline ni el señor D'Angelo deben saber quién eres. Imagino que habrá estudios que hacer antes de hacerlo público... querrán corroborar que seas en verdad su hija.

—No seas idiota, J. Hablo de tu apellido, Frederick. El otro no me interesa — escupió, de mal humor. —He sido Bradford por mucho tiempo, y dudo que me acostumbre al otro.

—Se que debí decirte esto hace mucho tiempo. —se excusas —Jamás hubieras aceptado mi ayuda.

—Tienes razón —admite —no podría estar enojada contigo. —J, le debe más que la vida. —Lo que hiciste... ayudarme a salir de las calles, no solo a mí, sino a Samantha. Luego curarme, tener la paciencia que has tenido con mis cambios de humor... Y espero poder llenar todas tus expectativas.

Jason sonrió aliviado al escucharla decir que llevaría su apellido.

—Sé que sí, Emma. Y créeme, cuento los días para eso. Pero debemos esperar a que todo se solucione. Mira lo que le pasó a Alex por dejarse llevar por los impulsos.

Sus palabras resonaron con una firmeza que dejaba claro que no había lugar para dudas. Con los ojos fijos en los de ella, continuó:

—Construiremos un hogar sólido, pero debemos hacerlo bien. —Una pausa, casi como si midiera el peso de cada sílaba—. Casarte como Bradford sería un error; nuestro matrimonio sería nulo.

El aire parecía cargarse de tensión mientras ella absorbía sus palabras. Él, sin embargo, no cedía, porque esto no era una simple advertencia, sino una promesa.

—Necesitamos estar seguros de quién eres... —Su voz se suavizó apenas, pero no perdió intensidad— porque quiero casarme contigo con todas las de la ley, no a escondidas.

Y entonces, con una convicción que brotaba desde lo más profundo, añadió:

—Quiero que el mundo sepa que eres mi esposa... la madre de mis hijos.

Era más que una declaración: era un juramento, un futuro que ya estaba labrando con sus propias manos.

La miró con intensidad.

—Te amo, Emma. Eres lo más hermoso que la vida me ha dado después de tanto tiempo. Pero quiero esperar para hacer todo como debe ser. Ese anillo que llevas hoy es solo una promesa... la promesa de que pronto serás mi prometida oficialmente. Sé que te debo una pedida de mano como mereces, pero esto era solo para alejar a Nick.

Emma no podía guardar rencor, no hacia él. Jason —su J— le había dado más que la vida: la salvó a ella y a Samantha de las calles, la curó cuando nadie más lo habría hecho, y soportó sus cambios de humor con una paciencia que solo el amor verdadero podía brindar.

—Si alguien merece ser amado... eres tú — susurró, sintiendo cómo el peso de sus palabras aliviaba la tensión en sus hombros—. Y espero estar a la altura de todo lo que sueñas.

Una sonrisa frágil pero genuina iluminó su rostro al mencionar que pronto llevaría su apellido. Jason no pudo evitar corresponderle, aunque su expresión pronto se tornó grave.

—Lo sé, mi amor — respondió, acariciando su mejilla con ternura—. Cuento los minutos para ese día... pero debemos esperar. Mira lo que le pasó a Alex por actuar sin pensar.

Su voz se llenó de determinación mientras continuaba:

—Quiero que todos sepan que eres mi esposa, la madre de mis hijos... Eres lo más preciado que tengo después de tantos años de espera. Pero debo hacer esto correctamente.

Tomó su mano, rozando el anillo que brillaba en su dedo.

—Esto es solo una promesa, mi amor. La verdadera propuesta llegará cuando pueda darte el momento que mereces. Hoy solo era necesario... mantener lejos a Nick.

—¿Crees que lo lograremos?

Andrómeda, que hasta entonces había sido un espectador silencioso, saltó a la cama y metió su cabeza entre los dos, obligándolos a separarse entre risas.

—El espíritu de Sara acaba de poseer a nuestra mascota — dijo Emma, riendo.

Jason se quedó mudo ante su sonrisa. Era la primera vez en más de seis años que la veía reír así. No había mejor recompensa para él que verla feliz. Y, como si fuera poco, había dicho "nuestra mascota". Esas dos palabras lo convirtieron en el hombre más feliz del mundo.

Unos golpes insistentes en la puerta interrumpieron el momento. Los tres se separaron y fueron a ver quién era, con Andrómeda siguiendo de cerca a Emma, como si hoy estuviera más unida a ella que nunca.

Al abrir, se encontraron con Alessandro, cargando varios paquetes. El hombre los apartó con un movimiento brusco y entró al apartamento, mirando a Emma con visible incomodidad.

—Imaginé que no habías comido y te traje algo — le dijo, mostrándole los paquetes—. Yo... recordé aquel beso — dudó—. Tú sabes.

La culpa lo corroía por partida doble: no solo había besado a su hermana pequeña, sino que además había disfrutado de ese pecado.

—Perdóname, — murmuró, hundiendo el rostro en las manos—. Me siento como la peor basura... No pude ni mirar a mi esposa estos días. Cuando debía estar compartiendo con ella la alegría de haberte encontrado, solo podía pensar en... en ese maldito beso. Dios, qué idiota fui.

Jason cerró la puerta con un golpe seco, conteniendo un suspiro. La escena ante él era un campo minado: los dos hermanos en extremos opuestos de la habitación, el aire tan denso que podía cortarse con un cuchillo. No envidiaba la posición de su amigo; sabía demasiado bien cómo un solo beso había estado a punto de dinamitar su propio compromiso con Sara años atrás.

"La sangre llama", recordó amargamente. Quizás ese viejo dicho explicaba la atracción prohibida que ahora amenazaba con destruirlos a todos.

Decidió dejarlos solos. Ambos tenían mucho de qué hablar. Tomó las cosas que había traído de su apartamento y se dirigió a la cocina.

—¿A dónde crees que vas? — le espetó Alessandro.

—A prepararle a Emma algo de comer. No sé qué trajiste ahí, pero no ha comido nada en todo el día. Y algo me dice que ayer tampoco, porque no ha salido de casa y el refri está vacío. Además, eso que tú llamas comida no es más que grasa, y no quiero quedar viudo antes de tiempo. Pretendo llegar a viejo con mi mujer — respondió, saliendo de la sala y entrando a la cocina, con Andrómeda pisándole los talones.

—¿Desde cuándo sabes cocinar? — le gritó Alex desde la sala.

—Desde que me tocó vivir con ustedes. Eso que llaman "comida" es asqueroso — replicó.

—No voy a comer semillas y frutas, Frederick. Tengo un cuerpo que mantener — protestó Alessandro.

—Como sea — respondió Jason, encendiendo la estufa.

Se tomó su tiempo en la cocina, dándoles espacio para hablar. Escuchó el murmullo de sus voces, pero, tras unos minutos, el silencio lo inquietó. Aunque ahora sabían que eran hermanos, el temperamento de ambos era igual de explosivo.

Eran hermanos, después de todo. Tenían el mismo genio de mierda, pensó, mientras salía de la cocina.

El silencio no le gustó, así que, orgulloso de su preparación, regresó a la sala... y se encontró con una escena para la que no estaba preparado.

Emma estaba sentada en un sillón, acariciándole la cabeza a Alex, quien, arrodillado a sus pies, tenía los brazos alrededor de su cintura.

Si hubiera visto esa imagen unos meses atrás, habría agarrado a Alex por el cuello y lo habría golpeado hasta alejarlo de ella. Pero ahora, con todo lo ocurrido, solo sintió alivio al ver que su amigo ya no estaba solo... y que Emma, por fin, había encontrado el calor de un verdadero hogar.

Decidió dejarlos un rato más, pero Andrómeda no compartía su opinión. Con un ladrido amenazante, se acercó a Alex, claramente convencida de que estaban lastimando a Emma.

Jason no pudo evitar soltar una carcajada al ver cómo Alessandro se alejaba rápidamente, con los ojos desorbitados por el miedo, mirando los colmillos de la perra.

—No temas, hermano. Ella no come porquerías — dijo, sonriendo, mientras Emma le lanzaba una mirada de reproche y Alex le arrojaba un cojín.

De repente, los móviles de Emma y Jason sonaron al unísono. Era un mensaje de Sara: había activado el botón de pánico. Emma miró a Jason, preocupada, y luego a Alex. Era hora de decirle la verdad.

—¿Qué sucede? — preguntó Alex, mirándolos alternativamente, expectante.

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