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Capítulo 26

Emma veía cómo sacaban a sus hermanos. Estaba confusa; sabía que tenía motivos para estar enojada con ellos, pero no dejaban de ser su familia. Habían cuidado de ella, aunque tal vez no fuera una más de los suyos.

Sin mencionar que, los conocía lo suficiente como para intuir que, si salían por esa puerta, jamás volvería a saber de ellos.

No habían sido, unos hermanos perfectos, pero atesoraba en su memoria recuerdos valiosos. Cuando Omat le enseñó a manejar la daga, o cuando Lucas le mostró cómo sostener un arma, o incluso cuando Osmat la guio en sus primeros pasos de baile. Cada uno le había dejado algo, a su manera peculiar, poco ortodoxa, pero imprescindible. Si no hubiera sido por ellos, habría muerto durante aquel secuestro. Retrocediendo en el tiempo, casi parecía que lo hubieran intuido, como si supieran lo que le esperaba.

Cerró los ojos y sintió el abrazo de Jasón, que la atraía hacia sí mientras besaba su cabeza. Se separó de ella y se dirigió hacia el grupo de seguridad, que intentaba calmar a los Bradford. Ante su llegada, los cinco hermanos formando un muro humano frente a su hermano mayor, y no pudo evitar una sonrisa amarga. Eran unidos hasta la médula, al punto de interponerse ante golpes o balas con tal de proteger a Omat, el rostro visible de la familia en esos días.

Ser seis hombres en una misma familia les confería cierto estatus dentro del clan. Sí, podría considerarse una idea machista para el mundo exterior, pero las leyes y costumbres de su pueblo aún arrastraban resabios de otro tiempo. Entonces, su atención se clavó en Omat, que avanzaba hacia Jasón.

—Empezamos mal —reconoció Omat, con voz serena—. Acepto que tal vez provoqué esta situación, y me disculpo por ello.

Le tendió la mano, pero Omat se limitó a observarlo durante unos segundos, escrutando su rostro. Emma contuvo el aliento. Al fin, Omat estrechó la mano de Jasón, y ella exhaló. Aún quedaban dudas por resolver, y solo su hermano mayor parecía albergar respuestas.

Buscó con la mirada a Alessandro, que hasta entonces había permanecido como un espectador silencioso, y lo encontró de pie, con los brazos cruzados, la expresión tan dura como el acero, avanzando hacia el grupo.

—Sería mejor buscar un lugar adecuado —intervino Alex, con voz fría—. No sé si se han dado cuenta, pero están llamando la atención del personal.

Señaló con un gesto sutil al grupo de curiosos que fingía trabajar.

—Vamos a la sala de juntas —ordenó Jasón a los guardias y a Vincent, que se había unido al grupo.

Minutos después...

—¿Quién de ustedes fue el culpable de alejar a nuestra hermana? —estalló Alessandro, con la voz cargada de ira—. ¿Quién les pagó, y por qué lo hicieron? Quiero respuestas, y las quiero ahora.

El leve temblor de sus manos delataba su furia contenida. Trataba de dominarse, pero era evidente que el control se le escapaba. Emma decidió intervenir. Sus hermanos y su padre no eran santos, pero jamás serían capaces de lo que se les acusaba.

—No sé cómo ocurrió todo —dijo, firme—, pero sé que ellos no me secuestraron. Piensen bien: ¿qué ganarían teniéndome a su lado sin pedir rescate? Les habría resultado más rentable entregarme a ustedes.

Durante mucho tiempo, había sido una carga para ellos. Sí, era cierto que no siempre actuaron como debían, que hubo maltratos, pero ella tampoco les había puesto las cosas fáciles. Nunca quiso aprender, ni asumir sus responsabilidades. Desafió las normas más básicas y llevó a su padre al límite. No lo justificaba, pero ahora lo entendía: con recursos escasos y una hija rebelde, cualquiera habría perdido la paciencia.

—¡Él no era tu padre! —rugió Alessandro—. Deja de llamarlo así, ni a él ni a ellos tus hermanos. Si no te entregaron, fue porque valías mucho más que una recompensa.

—No tuvimos nada que ver con el secuestro —declaró Omat, con una calma peligrosa—. Si hay culpables de la desaparición de su familiar, son ustedes.

Les reprochó su ausencia el día en que un hombre armado apuntó contra Emma en el bosque. Les recordó, con amargura, cómo nadie acudió cuando la niña gritó pidiendo auxilio. Les escupió su hipocresía: juzgarlos por protegerla, cuando su padre no había hecho más que salvarle la vida. Dejó claro que el dinero nunca les había importado, y que nadie que ordenara el asesinato de una niña merecía compasión.

El rostro de Alessandro enrojeció como brasa. Se levantó de un salto y se abalanzó hacia Omat, pero una vez más, los cinco hermanos bloquearon el acceso.

—¿De qué demonios hablas? —espetó Alex, con los dientes apretados—. Yo estaba allí cuando se la llevaron y no era uno de los nuestros. Me golpearon, me dejaron inconsciente... y cuando desperté, ella ya no estaba. La sacaron del jardín de la casa.

El rostro de Jason mostraba confusión observándolos discutir. Todos hablaban a la vez, acusándose mutuamente. No llegarían a ningún acuerdo así; terminarían a golpes, de eso no había duda. La actitud de los seis hermanos parecía relajada, pero en realidad estaban lejos de estarlo. Con las manos cerca de la cintura y el cuerpo erguido, transmitían una clara advertencia: estaban listos para atacar o defenderse en cualquier momento. Estaban peligrosamente calmados.

—No llegaremos a ningún lado acusándonos unos a otros —intervino Jasón, intentando calmar los ánimos—. Sé que no soy el más indicado para decirles qué hacer.

Continuó explicando que aquellos eventos habían ocurrido antes de que él los conociera. Le pidió a Alex que entendiera lo extraño de la situación, coincidiendo con Emma en que no había lógica en un secuestro sin demanda de rescate. Con tono firme pero sereno, sugirió que era momento de escuchar la versión de los Bradford, pues la de ellos ya la conocían de sobra.

Solo los cinco hermanos menores se sentaron, mientras el mayor permanecía de pie. Se acercó a Jasón, que estaba junto a Emma, metió la mano en el bolsillo y le entregó un anillo.

—Mi hermana hizo una buena elección —dijo, con voz grave—. Nos alegra saber que por fin tiene a alguien que la cuidará y estará dispuesto a morir por ella. Aún no sé por qué querían matarte —desvió la mirada hacia Emma—, pero fue tu propia familia quien lo intentó.

Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras calara.

—Durante años, papá dedicó su tiempo a buscar a tu verdadera familia. Pensaba que, tal vez, extrañabas a los tuyos. Eras muy pequeña y llorabas sin consuelo, pero solo teníamos este anillo —señaló el objeto que Jasón sostenía entre los dedos índice y pulgar.

Jasón observaba el aro dorado con una ceja arqueada, se lo pasaba a Alex antes de tomar las manos de Emma.

Alessandro intentó hablar, pero Omat se ubicó detrás de él, inclinándose para murmurarle al oído:

—Necesito que guardes silencio —le pidió, con una calma que helaba la sangre—. De lo contrario, saldré por esa puerta y no volverás a saber de nosotros. —Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios—. Y si crees que nos importa lo que puedas pensar o hacernos... —No terminó la frase, limitándose a mantener esa sonrisa inquietante.

Hizo hincapié en la necesidad de mantener la mente abierta. Solo se atrevía a revelar esta historia porque Emma había sido una niña inocente cuando todo ocurrió.

Se acercó a ella y posó sus manos sobre sus hombros temblorosos antes de continuar:

El día del encuentro, Omat tenía quince años. Regresaban del pueblo en el destartalado automóvil de su padre cuando un ciervo cruzó el camino. La pobreza extrema los llevó a perseguirlo, esperando convertirlo en su cena. Fue entonces cuando escucharon los llantos.

Luego de detener el auto y orientarse por el llanto, su padre les ordenó avanzar en silencio hacia una cabaña abandonada. Allí, la escena los heló: Emma —pequeña, con un vestido rosado de flores azules— lloraba frente a un hombre que le apuntaba con un revólver. Cuando el extraño intentó arrastrarla, el padre de Omat intervino. Mientras perseguía al agresor, Omat se quedó a cargo de la niña, que gritaba por su "mamá" y alguien llamado Sandro.

Nada calmaba sus sollozos hasta que, por instinto, Omat comenzó a cantarle una canción gitana y a bailar. Cuando su padre regresó —sangrando por una herida en el brazo, pero blandiendo un anillo robado al atacante—, decidieron llevársela consigo. Investigaciones posteriores revelaron que el sello pertenecía a los D'Angelo, un linaje italiano.

Eso convertía al agresor en familiar de la niña y temiendo que volvieran a hacerle daño, decidieron buscar más información. Transcurrieron siete años, sin que le llegara alguna información diferente a la hallada.

Omat recordó con nitidez el día en que, al cumplir ella los diez años, un forastero apareció en la aldea...

—A todos nos sorprendió su llegada.

Al hacer una pausa, Omat estudió el rostro de Emma. Ahora adulta, reconocía en sus propias facciones —la nariz respingada, la barba cuidadosamente recortada— los rasgos de su padre muerto. Cuando intentó sonreírle, ella desvió la mirada hacia el suelo.

Emma sintió un nudo en la garganta. Ahora entendía que, tal vez, su rebeldía había empeorado su situación. Jasón, quien observaba a cada uno de los hermanos en silencio. La deferencia que mostraban hacia la mayor era evidente; nadie había osado interrumpirlo.

Omat caminó hacia sus hermanos y se sentó junto a ellos. El parecido entre los seis era innegable.

—Ese día solo estábamos nosotros seis —retomó Omat—. Papá, mamá y Emma habían salido al pueblo. Yo ya tenía veinticinco años, no era un niño, y estaba en la universidad. El hombre que llegó no era el mismo que intentó matarte, pero llevaba un anillo similar. Preguntó por Gregory Bradford o por quien estuviera a cargo. Le dije que era yo. Nos dijo que teníamos algo que les pertenecía.

Guardó silencio y miró a su hermano Rey, indicándole que continuara. Con un gesto casi imperceptible, Rey asintió y comenzó a hablar.

Raymond relató cómo aquel hombre había llegado afirmando que ellos tenían algo que le pertenecía. En un principio, ninguno entendió a qué se refería —habían pasado siete años sin que nadie preguntara por Emma, a pesar de que nunca ocultaron su presencia—. Recordó cómo su padre había intentado llevarla al orfanato, pero al encontrarlo saturado, las autoridades les permitieron quedarse con la niña bajo la falsa promesa de revisiones periódicas que nunca ocurrieron.

El visitante se instaló en la sala con aire de superioridad. Osmat, reconociéndolo por el anillo en su meñique, esperó fuera para advertir a los padres. Raymond siguió sus instrucciones al pie de la letra: avisó que había "un hombre reclamando lo suyo". El padre de Emma —nervioso pero decidido— le ordenó que arreglara su cuarto y entrara por la parte trasera de la casa.

Emma asintió al escuchar a Raymond, recordando que en realidad había desobedecido: en lugar de ir a su habitación, se había refugiado en el granero entre sus libros escondidos, hasta que los gritos de la discusión entre su padre y el extraño la sacaron de su escondite.

—Recuerdo al hombre —confesó Emma—. No fui a mi habitación, sino al granero, y escuché a mi padre discutir con él. Le decía que a los dieciocho años regresaría por mí.

León la interrumpió:

—Le agradeció a papá por haberte cuidado durante siete años y le dio un cheque, que papá rompió —dijo, fijando los ojos en los presentes—. Exigió que te entregaran, afirmando que te devolvería a tus padres.

A Leónidas le resultó inquietante la situación. Después de siete años con Emma bajo su cuidado, siempre habían esperado que sus padres biológicos aparecieran, preocupados por su bienestar. Sin embargo, quien finalmente llegó fue un mero familiar lejano, y su actitud fue todo menos afectuosa.

Con gesto indignado, Leónidas recordó cómo el hombre ni siquiera había preguntado por la salud de Emma, si estaba herida o enferma. No mostró el mínimo interés en verla de inmediato. En cambio, procedió con frialdad, entregando el dinero como si se tratara de una transacción comercial, como si Emma fuera una mercancía en lugar de una persona.

—Papá se enojó —continuó Leónidas—. Dijo que solo te entregaría a quien demostrara ser tu madre, a nadie más. Fue entonces cuando mostró su verdadera cara.

El hombre les había planteado un trato frío: dejarían a Emma bajo su cuidado ocho años más, con una compensación económica por su manutención. Pero añadió una condición inquietante: a sus dieciocho años, la joven ya no sería útil como niña, y las "alternativas" serían distintas. Solicitó mantenerla bajo su control, aunque omitió detalles sobre qué implicaba aquello.

Leónidas hizo una pausa, palpablemente incómodo ante el recuerdo. Fue entonces cuando Dylan, quien hasta ese momento había permanecido en silencio, intervino con voz grave:

—Mantenerla pura era la condición. Así valdría el doble o triple. Nos lo advirtieron claro: "Ni un dedo sobre la niña".

El visitante les había ofrecido dejar a Emma con ellos durante ocho años más, con una compensación económica por su cuidado. Pero sus palabras escondían una oscura intención. "Una niña no puede disponer de sí misma", había dicho el hombre, "pero a los dieciocho años... las alternativas son otras". La insinuación era clara: querían mantener control sobre ella incluso después de su mayoría de edad.

Dylan hizo una pausa, notando la incomodidad que generaban sus palabras. Podía sentir el peso del secreto que llevaban años cargando. Antes de que el silencio se volviera insoportable, continuó con la historia.

Emma agachó la cabeza y cerró los ojos, intentando recordar lo del bosque, pero ningún recuerdo llegó a su mente. La mano de Jasón se posó sobre la suya y la apretó con fuerza.

—Tranquila, esto se resolverá —la reconfortó.

—¿Están intentando decirme que un miembro de mi familia intentó dañar a mi hermana? —intervino Alex—. ¿Es esta su manera de querer salvarse de la cárcel?

—¡En absoluto! —replicó Lucas con firmeza—. Tenemos pruebas de que fue uno de los tuyos: ese anillo que tienes en la mano, los dos hombres que podemos identificar fácilmente o describirte, la herida que debe tener uno de ellos si aún vive, el maldito.

—Tú decides. Por eso te advertimos que debes tener la mente abierta. Por el bien de Emma, es mejor que siga llamándose así hasta que encontremos al culpable —dijo Omat esta vez, con voz grave.

Emma vio cómo su hermano se levantó y se posicionó detrás de ella. Apoyó su mano en su cabello con ternura antes de continuar.

Omat respiró hondo, su voz cargada de una mezcla de nostalgia y urgencia:

—Lamento seguir tratándote como a mi hermana, pero para mí siempre lo serás —confesó—. Puedes creer que vinimos por dinero, pero no es así.

Hizo una señal a Lucas, quien se levantó y entregó a Jason un recorte de periódico amarillento. Junto a él, deslizó sobre la mesa una hoja con letras recortadas que formaban un siniestro mensaje:

'El ave jamás debió dejar el nido. Debieron ocultarla mucho más tiempo. Se escapó de la jaula una vez y con ello murió desplumado el gorrión... pero faltan muchos más.'

Omat observó a Emma fijamente, permitiendo que las palabras actuaran por sí solas. El periódico anunciaba su compromiso, pero aquel mensaje anónimo revelaba que alguien más la vigilaba... y que la muerte del hombre al que llamaban 'gorrión' solo era el principio.

—Convocamos un consejo familiar. Esposas incluidas. La decisión no era fácil... Sabíamos que al acercarnos a ti cruzábamos una línea, pero era necesario que conocieras la verdad. —Hizo una pausa amarga—. Primero intentamos con tu prometido. Cuando nos tachó de cazafortunas... ese insulto todavía arde. —Gruñó, mientras Jasón esbozaba una sonrisa—. Y luego llegaste tú.

Se hizo un silencio mientras Alex examinaba la nota de prensa, la amenaza y el anillo. Para Jasón, la amenaza podía ser una broma o no, pero que hablaran de Emma como el pájaro que dejó el nido, mencionaran su escape y la muerte de Pierre... eso no era coincidencia.

En algo coincidía con el mayor de los Bradford: Emma debería seguir llamándose así.

—No puedo ocultar esto a mis padres. Es absurdo; ellos no deben permanecer más tiempo sin saberlo —argumentó Alex. Omat lo miró preocupado.

—Ellos querrán verla —admitió, bajando la voz—. Querrán estar con su hija, y eso levantará sospechas. Nosotros nos encargaremos de investigar. Ustedes deben seguir con sus vidas como si nada ocurriera. Si descubren algo importante, nos avisan. Para el resto del mundo, solo somos unos hermanos sobreprotectores que vinieron a cuidar de su hermana.

Tomó la mano de Emma con suavidad, ayudándola a ponerse de pie. Cuando quedaron frente a frente, su mirada se tornó intensa, casi desesperada.

—Pero entre nosotros... esto es mucho más que eso.

No intentaba justificarse. Sabía que habían actuado como bestias acorraladas, con una ferocidad que ahora le avergonzaba. La pobreza los había obligado a usar métodos brutales —eran lo único que conocían—. Durante años se mantuvieron al margen, respetando su independencia... hasta que la amenaza llegó a su consultorio, manchando con sangre su falsa tranquilidad.

—No era solo por la promesa a nuestros padres —susurró, los nudillos palideciendo al aferrar el borde de la mesa—. Una promesa de un Bradford...

—Vale más que cualquier papel firmado —lo interrumpió Emma, tomándole ambas mejillas—. Eres idéntico a papá...

—Solo en físico. Aprendí de él una cosa: cómo no debo tratar a mi esposa. No sería capaz de dañar a mi mujer; eso aprendí de él. —Abrazó a su hermana y luego miró a Alessandro—. Habrás notado que esta historia se la hemos contado al futuro esposo de nuestra hermana.

Omat fijó su mirada en Alex con la intensidad de quien entrega un peso inevitable:

—Jason es quien la protegerá al casarse —declaró, cada palabra medida como un paso en un campo minado—. El único en quien podemos depositar nuestra fe en estos momentos.

Hizo una pausa deliberada antes de continuar:

—No es asunto personal, pero entre los D'Angelo hay quienes prefieren ver a Emma muerta. Y tú, Alex, podrías equivocarte. La lealtad familiar nubla el juicio. Todos hemos elevado a ídolos a quienes no lo merecían, cegándonos a sus verdaderas naturalezas.

Sus manos se cerraron en puños involuntarios al pronunciar el siguiente juramento:"

—Te mantendremos informado de todo. Pero debes entender una cosa: hicimos una promesa sagrada. Cuando encontremos al culpable, morirá... sin importar nombres, títulos o lazos de sangre."

El silencio que siguió fue tan espeso como la resolución en sus ojos. Finalmente, con un atisbo de compasión, añadió:

—Si decides apartarte, lo comprenderemos. Pero nuestro camino no cambiará.

Dicho esto, salió de la sala llevándose consigo a sus hermanos. En el lugar quedó un silencio pesado. Emma permanecía de pie, su cabeza convertida en una maraña de sensaciones contradictorias y miedos internos. El malestar que había logrado contener durante las intensas emociones del momento comenzó a resurgir con fuerza.

Alessandro se acercó a ella y le tomó las manos con cuidado:

—¿Cómo te sientes? ¿Estás bien? Estás muy pálida —su voz era suave pero preocupada—. Sé que todo esto es difícil para ti, pero no estarás sola. Nos tienes a nosotros para ayudarte. Siempre ha sido así, y ahora mucho más.

Jasón se posó a su lado y la rodeó con un brazo por la cintura. Emma no pudo contenerse más: rompió a llorar y se aferró a él con desesperación, enterrando el rostro en su pecho mientras sus manos se aferraban a su cintura como un náufrago a un salvavidas. Alessandro, viendo su estado, comenzó a acariciarle suavemente la espalda en un intento de calmarla.

En un movimiento fluido, Jasón la alzó en brazos como si fuera una niña pequeña, protegiéndola contra su pecho. Los tres abandonaron el edificio bajo las miradas curiosas de los presentes, formando una imagen a la vez conmovedora y desgarradora: el hombre sosteniendo a la mujer quebrada por la emoción, y el otro protegiéndolos ambos con su presencia.

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