Capítulo 9
Moscú, Rusia. Dos días antes.
Dos hombres lo esperaban en el salón de visitas. Vestían trajes caros, dedujo Alexis, pero sus rostros no le eran conocidos. Sin embargo, el tono de sus ojos le trajo a la mente al maldito William York, el padre de Christine.
—Un gusto, Alessandro y John Pierre D'Angelo. Su abogado nos contactó. Sabemos todo sobre su caso, pero hay algo que queremos que nos aclare —dijo uno de ellos, directo al punto.
A Alexis le gustaba ese tipo de hombres: sin rodeos, directos. Seguramente, lo heredaron de su padre, porque los York eran fríos. Solo su Christine había sido diferente.
—Jamás supimos que nuestra madre tenía una hermana. Siempre nos dijeron que era hija única —dijo uno de los gemelos. Eran idénticos; solo el corte de cabello los diferenciaba: uno lo llevaba más largo.
Evangeline no podía admitir eso sin contar la verdad. No solo habían abandonado a su hermana, sino que nunca la ayudó pese a saber que había sido violentada. Alexis nunca le perdonó que lo despreciara, pero amaba a su esposa y era hombre de una sola mujer.
—Iré al punto —dijo, y ambos asintieron—. No tenemos mucho tiempo. Conocí a Christine cuando la enviaron a estudiar aquí. William tenía dos hijas: Christine y Evangeline, la menor. Mi querida Christine siempre fue libre —mintió, porque las razones por las que su abuela la envió lejos no importaban ahora—. Su abuela la alejó del dominio de su padre. Evangeline, en cambio, era dócil. Cuando William descubrió mi relación con Christine, envió hombres a llevarla a casa. Teníamos 22 años; yo no tenía empleo, vivía con mis padres, pero la amaba. Conseguí trabajo; quería demostrarle a William que podía mantener a su hija —una mueca de burla cruzó sus labios al recordar lo que pasó en Londres—. Tardé dos años en ahorrar lo que creí suficiente para hablar con su padre. Nunca imaginé que la mujer que amaba tenía tanto dinero. Su abuelo me humilló, dijo que era un muerto de hambre tras su fortuna. Intenté convencerlo de que estaba equivocado. Me echó en cara que Evangeline se casaría con un empresario italiano, imagino que su padre —los rostros de ambos eran de piedra; solo el de cabello corto asintió. El otro no parecía sorprendido—. Salí sin esperanzas, pero Christine discutió con su padre.
La tenía aislada de su hermana, y solo él podía hablar con ella. Hizo todo para que me olvidara, pero no lo logró. Al final, le dijo que la única manera de aceptar nuestra boda era que perdiera su derecho a ser York. Le rogué que no lo hiciera, que trabajaría el doble, que me instalaría en Londres. Pero fue imposible. Ella quería alejarse de su padre a toda costa. Un año después, se vino conmigo. Su padre le dijo que, al salir por esa puerta, estaría muerta para él; solo tendría una hija —sacó una foto vieja de su bolsillo y se la pasó a los hombres. En ella, estaban su esposa y su hermana.
—El abogado les dijo por qué estoy aquí, ¿verdad?
—Sí, y lamentamos lo ocurrido. ¿Por qué nunca nos dijeron nada? —dijo el de cabello corto, más afectado. El otro miraba la foto con atención.
—Pregúntenselo a Evangeline. Cuando quise retirarme, me dieron esa lista. Viajé a Italia, intenté hablar con ella, pero no pude. No es momento de reprochar. Sé que mi hija trabaja para uno de ustedes. Solo quiero que la cuiden. Me faltan pocos años para salir, menos si logro negociar. Solo deseo saber que estará a salvo mientras estoy en prisión.
Les contó todo lo que sabía sobre Antwan y cómo engañó a su hija. También se enteró de que la chica por la que Ivanna se metió en problemas era su prima.
—Nos encargaremos de ella. No se preocupe. Fiorella ya la adoptó; no dejará que nada ni nadie la dañe.
—Será mejor que no le digan quiénes son. Ella conoce la historia de Christine y mía. Nunca ha querido saber de ustedes.
—Entendemos.
—¡No! —levantó la voz—. No entienden. Si mi ángel descubre quiénes son, huirá otra vez, y será difícil encontrarla. Jamás debe ver a Evangeline, porque lo sabrá. Denle esto; así sabrá que hablaron conmigo —sacó una pulsera de oro blanco con el nombre de su esposa grabado.
—Entendemos su frustración. Sabemos lo que es perder a un ser querido. Ivanna es nuestra familia; la cuidaremos como tal.
—Tiene mi palabra: no dejaré que nada ni nadie la dañe.
Alexis suspiró, aliviado. No tenía más opción que confiar en ellos.
—Gracias. Solo prométanme que, pase lo que pase, mi hija estará a salvo.
—Veremos su caso. Somos abogados; aunque no podemos litigar aquí, asesoraremos al suyo. Estaremos en contacto.
—Cuando salga, podrán establecerse con Ivanna en América o donde prefieran.
—Gracias, pero con que cuiden de Ivanna mientras estoy en prisión será suficiente. Después, lo mejor será alejarnos de todo por su seguridad.
—No puede huir toda la vida, señor Ivannok. Ivanna merece un hogar sólido. Intentaremos resolver esto para que tengan una vida plena.
Tras unos minutos, los hombres se despidieron. Alexis estaba dichoso de saber que su hija tendría el apoyo de una familia. Solo rezaba para que no descubriera quiénes eran, porque entonces se alejaría de ellos y de él. No le perdonaría que la dejara en manos de la familia que llegó a odiar.
John Pierre y Alessandro D'Angelo
—¿Por qué crees que nuestra madre nos ocultó todo esto?
—Es extraño, pero solo ella podrá responder. Lo difícil será que Ivanna no vea a nuestra madre —Pierre pensaba lo mismo, pero ese era el menor de los problemas.
—Todavía nos toca convencerla de que acepte nuestra ayuda. Por un momento, me vi en esa cárcel, Alex. El caso de Ivannok es más complicado. Yo tuve ciertas libertades por seis años y casi me vuelvo loco. ¿Imaginas cómo estará él?
—Lo único que veo, y que me enferma, es que nuestra madre pudo ayudarlos antes de que él entrara en esa maldita lista, Pierre. ¿Cómo duermes sabiendo que tienes una hermana que tal vez está sufriendo? Cuando el abuelo murió, ¿por qué no la buscó? Ivanna tiene razón en odiarnos.
—Tienes razón, aunque nosotros no sabíamos de su existencia.
—Ella no lo sabe, Pierre. Nos toca ganarnos su confianza para que, cuando sepa la verdad, nos escuche.
—Jamás querrá hablar con mamá, Alex. Escuchaste a su padre: ha vivido sola mucho tiempo.
Pierre lo sabía. Solo confiaba en que Ivanna fuera lo bastante madura para escucharlos, aunque si no quería, él lo entendería.
New York
Ivanna (como Alexis)
Miraba a Sofía atentamente tras contarle toda la verdad. Esperaba sus reacciones. Una lágrima rodó por su mejilla, y fruncí el ceño. No era lo que esperaba.
—Lo siento mucho, Alexis. Jamás pensé que tu historia fuera tan triste. ¿Cómo pudiste creer que te juzgaría? No fue tu culpa.
—Porque cuando todo ocurrió, todos me dieron la espalda, hasta mis amigos más cercanos, Sofía. Esperaba algo igual o peor de ti, considerando que apenas me conoces. Entonces, ¿te mudarás conmigo?
—¿Estás loca? ¿Crees que te dejaré vivir en este palacio sola? Aquí caben como tres o cuatro apartamentos de Alfred. Deben estar muy agradecidos para darte todo esto.
Sabía que detrás de ese agradecimiento había algo más, pero me negaba a pensar en ello. Era como vivir un sueño tras tanto caos. Si ellos no sabían que yo conocía todo, mejor, al menos por ahora.
—No hay nada para comer. ¿Salimos a cenar?
—Debes guardar reposo.
—Lo sé, pero tengo hambre, Sofía.
—Sí, pero mira cómo te dejó ese idiota. Si te golpeó fuerte, cuando la señora Fiorella se entere, le saldrá caro.
—Dejemos esto, Sofía. No quiero problemas. Además, sus hermanos ya se enteraron y no hicieron mucho.
—Eso crees tú. Que espere las consecuencias —no quería problemas. Tendría que decirle a mi jefe el lunes que dejaría todo en paz, siempre que Vincent hiciera lo mismo.
—La señora quiere mucho a Rachel, con toda esa historia de que su padre la vendió de pequeña —abrí los ojos ante esa revelación. Mi padre estaba preso por protegerme; nunca me trató mal ni vi que maltratara a mi madre. Todo lo contrario.
—Qué miserable. ¿Cómo es eso?
—Dice que, cuando se escapó, durmió frente al edificio, esperó a la señora y se le acercó. Creo que tuvo problemas con Vincent porque no la dejaba hablar con ella. Al final, la ayudó, pero la historia oficial fue distinta. Dijo que su padre la había violado y que tenía 19 años.
—No creo que importe. Igual sufrió, pero ¿por qué mentir? ¿No te parece raro? —Sofía se encogió de hombros—. A mí no me da buena espina, y mi intuición nunca falla.
—Dice que, si contaba la historia original, no la habrían ayudado —sentía que algo no cuadraba. Rachel no se comportaba como víctima. Tenía la actitud de una abeja reina, no de una mujer sumisa y sufrida.
—No sé, ángel. Aquí hay algo más. No me saco de la cabeza la cara del niño que cortó. Es terrorífico.
—¿Qué piensas? —Sofía se levantó conmigo de la enorme cama, y salimos del apartamento.
—Está siendo amenazado, recuérdalo. Y quedaste en averiguar la placa.
—Sí, y su ex quiere la custodia del pequeño Mark.
—¿Por qué Rachel lo llama "niño enfermo"?
—Porque está en tratamiento. Tiene leucemia. A Vincent le tocó dejar la armada porque su esposa dejó al niño con sus padres. Llevándolo, se encontró con el señor Frederick, cuando sus amigos estaban secuestrados.
—Conozco esa historia; la oí en el comedor. No sabía lo del niño enfermo.
—Ofrecieron una recompensa. Como Vincent los encontró, se la dieron, pero no la quiso. Con ese dinero, Frederick creó la empresa que él dirige.
—Sí que ha tenido una vida dura el jefe.
—Bastante. Su hermana fue violada, y meses después se suicidó.
Me quedé de piedra. Recuerdos borrosos de hace años volvieron, por mucho que quisiera borrarlos. Los malditos la habían dañado, pero querían más, destrozarla física y moralmente. Yo la salvé, y vivía. Saberlo me ayudó a soportar lo que vino después.
—¿Estás bien, Alexis?
—Solo pensaba. ¿Por eso actuó así esta mañana?
—Tal vez. Es sensible a esos actos. Días después de lo de su hermana, encontró a la señora y a su hermano. Desde entonces, la cuida como si fuera su hermana. Creo que es su forma de evitar el dolor.
—Tendría sentido. Técnicamente, tiene razón. Recuerda que sí desvestí a la felina, pero nunca la toqué.
—Ella solo quiere que la perdone y sabe cómo manipularlo. Es una lástima. Vincent es un gran hombre.
Eso lo ponía en duda. Desde que lo conocí, no ha hecho más que atacarme.
—¿Cómo desenmascaramos a la felina, Alexis? —Sofía caminaba inocente por la acera.
—¿Cómo cabe tanta maldad en un envase tan pequeño? —le reñí —No haremos nada, Sofía. Tarde o temprano, todo caerá por su peso. Además, Rachel y la mole se reconciliaron, lo que significa...
—Que dejará de acosarte —dijo Sofía, satisfecha.
—Eres una chica lista. Y si lo hace, él lo sabrá, porque me encargaré de que lo sepa. Entonces verá que la historia de que la acosé es mentira.
—Tienes razón, Alexis.
—Hay que ser inteligentes, Sofía. Nunca actúes con ira. Si te calmas, tendrás mejor puntería. La rabia te ciega y te hace cometer errores.
—¡Lo que hizo Vincent! Si hubiera llegado en buen plan, le habrías mostrado el video de las fotos de su hijo.
—Y las placas del auto que lo amenazó. Pero como no ha hecho más que hacerme la vida imposible, solo le pasaré el video. Y no se lo daré yo; lo harás tú. A mí nunca me creerá.
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