Capítulo 10
Minutos después de golpear a Alexis...
Vincent
—Por favor, dime que tienes una respuesta lógica para lo que acabo de ver —dijo Alessandro, mientras Vincent lo miraba, furioso.
—Ya te dije por qué. ¿Por qué todos de repente protegen a ese ruso? ¿Es el empleado modelo? ¿Soy el único que ve que algo raro hay en él? —caminó hacia su auto, sacudiéndose del agarre del italiano que intentaba calmarlo.
—¿Confías en mí, O'Hurn? —la voz de Alessandro lo hizo frenar antes de subir al auto.
—Sabes que sí —respondió, intentando entender por qué todos defendían a ese hombre. Se le había metido en la cabeza; era una obsesión. Quería saber qué escondía, porque algo escondía.
—¿Recuerdas la conversación cuando besé a Fiorella?
—Sí. ¿A qué viene eso ahora? —confundido, giró y miró al mayor de los D'Angelo.
—Me dijiste: "No debiste hacerlo, pero el mal ya está hecho. Ahora solo te falta pedirle disculpas". Sé que Ivannok no pudo sobrepasarse con Rachel. La pregunta es: ¿por qué ella te miente? Confía en nosotros, hermano. Es problemático, y sabemos que hay una guerra silenciosa entre ustedes. Pero de ahí a propasarse con una mujer hay un mundo de distancia. Piénsalo. No mires al chico que te provoca. Conoces a Rachel mejor que yo. No es mi estilo hablar mal de una mujer, pero intenta ver el fondo de esto.
—No me disculparé. Ese maldito ruso —señaló hacia la casa— no ha hecho más que provocarme desde que llegó.
—Lo has puesto a trabajar el doble. El pobre no tiene vida. Estás de vacaciones, pero insistes en que te envíe informes diarios. Llegas a la oficina y supervisas lo que hace. Anoche lo seguiste; estuviste todo el tiempo en ese bar. Por eso sabías que estaba en casa de Rachel. Sabes que no se propasó con ella. Si no supiera que eres heterosexual y cuánto te gustan las mujeres, diría que te gusta Alexis.
Vincent no siguió escuchando. Caminó al auto, azotó la puerta y aceleró hacia su casa. Mejor alejarse de Alessandro antes de que terminara golpeándolo a él también. No sabía qué le pasaba con el ruso. Solo tenía algo que no alcanzaba a distinguir. Algo ocultaba, y tarde o temprano lo descubriría.
—Vamos a ver si, cuando descubra qué esconde, siguen apoyándolo —murmuró mientras estacionaba.
Se quedó dentro del auto, con la cabeza apoyada hacia atrás. ¿Cómo descubrir quién era? Tendría que cambiar de táctica. El hombrecito había sobrevivido al trabajo triple; no se deshizo de él así.
—Seré tu amigo, Ivannok. Veamos qué escondes. Y la pequeña Sofía me ayudará.
Sofía era más inocente; nunca vería que detrás de su cambio había algo más. Solo le diría que quería disculparse.
Alessandro tenía razón: lo había seguido. Vio la conducta de Rachel, nada nuevo. Incluso cuando casi se cayó, el ruso esquivó sus caricias. Pero también los vio entrar a los tres en casa de Rachel y demorar demasiado. Él era el más sobrio; no lo vio tomar. Una conducta sospechosa: un hombre con dos mujeres ebrias en un apartamento por casi 45 minutos. La historia de que se aprovechó de Rachel podía ser cierta.
Pero si no lo era, ¿por qué Rachel mintió? Tal vez porque él la rechazó varias veces.
—Esto me va a volver loco —dijo, saliendo del auto. Cerró con seguro y entró a su casa. El sonido de su celular lo detuvo en las escaleras. —Sofía —dijo, exasperado—. Ahora no, Sofía. Ve a curar a tu novio. Déjame tranquilo.
—Cometiste un error, Vincent. No tienes idea de lo equivocado que estás. Eso jamás ocurrió —ella lo defendería a capa y espada. Era su novio, probablemente el primero—. Alexis es una buena persona y ha sufrido mucho...
—Hablaremos el lunes, Sofía —interrumpió.
—Estás de vacaciones. ¿Por qué sigues yendo?
—Me acabas de decir que le debo una disculpa a Ivannok. Tal vez tengas razón. Iniciamos mal. Es hora de hacer las paces.
—No querrá acercarse a ti. Lo golpeaste, Vincent —suspiró. ¿Desde cuándo Sofía razonaba tanto? Ese ruso era mala influencia.
Intentó que su voz sonara creíble y armoniosa, esperando que funcionara.
—Para eso está su novia, para que acepte mis disculpas. Alex me advirtió que debo alejarme o cambiar de actitud. Como trabajaremos juntos, mejor arreglamos las cosas, ¿no crees, Sofía? —sabía que seguía ahí por su respiración. Esperó.
—Está bien, te ayudaré —sonrió; era el primer paso—. Pero prométeme que no lo volverás a golpear —su sonrisa se amplió. Había ganado una aliada.
—Nos vemos el lunes, Sofía. Gracias.
Colgó, se quitó la camiseta, bajó las escaleras y se sentó, mirando por la ventana. Sacó del bolsillo la nota que encontró en su casa: otra amenaza, la cuarta en menos de un mes.
Solo se le ocurría Tessa. No tenía cómo ganar la custodia de Mark, salvo demostrando que vivir con él era un peligro. Pero no podía asociarla.
Maldijo por lo bajo. Ese día, por estar pendiente del ruso, se descuidó. No vio las placas del auto, aunque probablemente eran falsas. Sería un inicio.
Mark se negaba a ir con su madre, pero no tenía opción más que aceptar el fallo del juez, por injusto que pareciera. No quería entregar a su hijo; no se veía viviendo solo en esa casa. Desde que Mark tenía dos años, tras dejar el ejército, eran solo ellos dos. Lucharon contra su enfermedad, y ahora que estaba mejorando, Tessa quería quitárselo.
El abogado decía que sería mejor si tuviera un hogar y una esposa. Pensó en Rachel, pero ella quería que entregara a Mark para empezar una vida solos.
Si no quería a su hijo, tampoco lo quería a él. Mark venía en el paquete. Si defendió a Rachel contra el ruso fue porque esa conducta en algunos hombres le enfermaba. Recordar el sufrimiento de su hermana desataba su furia. Pensaba en ella mientras atacaba a Alexis.
Le sorprendió que no se defendiera. Su control, aun golpeado, era admirable. Recordó el momento exacto en que lo golpeó: la sorpresa en su rostro, como si no lo esperara de él. Por un instante, eso lo detuvo, pero el cuerpo lastimado de su hermana volvió a su mente, junto con los cuatro hombres que se aprovecharon de ella.
Sacudió la cabeza y se levantó. Mejor sacarse al ruso de la cabeza o creería que Alessandro tenía razón. ¡Qué disparate, pensar que era gay! Subió las escaleras, riendo.
Ivanna (como Alexis)
El lunes por la mañana, el ir y venir de empleados llenaba el edificio. Recibí un mensaje de Sofía el domingo diciendo que me esperaba el lunes. Aunque no dio hora, me intrigaba saber qué era tan importante.
—Buenos días, señor —dije con mi acento ruso, forzando una sonrisa, al cruzarme con Vincent.
Algo en mí vibró al verlo. Estaba frente a mí, como si nada hubiera pasado, mirándome con desconfianza.
—Buenos días, Ivannok. ¿Todo bien? —respondió.
—¡Oh! Sí, señor, no se preocupe. El médico me recetó reposo, pero me aburría en casa —dije alegremente, caminando al ascensor.
¿Por qué tan alegre? ¿Por qué le hablaba como si nada? Me siguió a prisa y metió una mano para detener el ascensor. Escuchaba algo en mi celular, y él se mantuvo a distancia, dándome privacidad. Pero mis manos temblaban, y un sollozo se me escapó. No suelo llorar, pero la voz de mi padre, tras siete años sin saber de él, me quebró.
Alguien pidió el ascensor en el piso 15. Vincent cerró las puertas.
—Ocupado —dijo.
No quería avergonzarme. Él, más que nadie, sabía lo que era estar lejos de casa sin nadie con quien hablar. Desconocía mis motivos para estar en América; tal vez pensó que buscaba una oportunidad, como todos.
—¿Todo bien? ¿Sucedió algo? —preguntó. No respondí; seguía de espaldas, mirando el móvil. Puso sus manos en mis hombros y me hizo girar—. Sé lo que es estar lejos de casa. No sé qué noticia recibiste. Si quieres hablar...
—Es de mi padre. Tenía siete años sin saber de él —alcé el rostro. Mis ojos rojos y el sollozo que ahogué, mordiéndome el labio, debieron impactarlo.
—Lo lamento. Sé que nada alivia esa sensación de vacío en el pecho cuando escuchas la voz de alguien lejos.
—Estaré bien, señor. Solo me afectó un poco. Gracias —salí del ascensor sin darle tiempo a responder.
¿Por qué su dolor me afectaba? ¿Por qué todo pasó a segundo plano? Quería que estuviera bien, que fuera irreverente, altanero, hasta inoportuno, pero no quería verlo triste. ¿Por qué?
Con esas preguntas, busqué a Sofía. La encontré en su escritorio, rodeada de papeles.
—Buenos días, Sofía —sus ojos verdes me miraron, interrogantes—. Dijiste que tenías algo que mostrarme.
—¡Oh! Cierto, lo siento. Buenos días, Vincent. Espera, lo tengo aquí —buscó en su celular y me lo tendió—. Ten, reprodúcelo. El día que llevamos a Rachel, Alexis y yo vimos esto en su casa y grabamos para mostrártelo. Creo que por eso inventó que se propasó. Supo que lo vimos.
No podía creer lo que veía: fotos mías con Rachel, el día que insistió en conocer a mi hijo. Apreté el celular con fuerza. Mark no quería a Rachel; se negaba a estar cerca de ella. Me pregunté si ella pudo hacerle daño.
—No es todo, Vincent —Sofía parecía incómoda—. ¿Recuerdas la nota que recibiste?
—Sí —dije, reproduciendo el video otra vez—. Alexis tomó la placa, y yo quedé con mi primo en averiguar de quién era. Alexis insistió que era perder el tiempo, que seguro era falsa. Pero decidimos ayudarte. Como no le dijiste nada a la señora... El auto está a nombre de Steven Morris, el padre de Rachel, quien, por cierto, no la vendió a ningún club, Vincent.
—¿Qué estás diciendo?
—Ella es dueña de ese club, Vincent, junto con su padre. Y tiene negocios con Tessa, tu exesposa. Lo siento...
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