Capítulo 11
Se quedó mirando a Sofía por unos momentos. Era imposible. Él la acompañó a la estación a poner la denuncia por secuestro. Incluso dio nombres de varios proxenetas, parte de una red investigada por años, pero aún no se sabía quién era el jefe. La memoria de Rachel lo había sorprendido en su momento.
Los capturados se mostraban renuentes a revelar el nombre del jefe, ya fuera por lealtad o miedo a represalias. Él lo sabía porque Gabriel Ferrini se lo contó el día que le alertó que su hermano se había divorciado, lo que podía ser un peligro para Emma por su obsesión con ella.
—¿Quién te contó eso, Sofía? Debe haber un error —rogaba que así fuera; era imposible que alguien mintiera tan bien.
—Alfred —murmuró ella. Su primo, que trabaja con Gabriel—. Habló con nosotros. Dijo que yo no entendería los términos y se lo contó a Alexis. También recomendó no intervenir, que podríamos dañar la investigación.
Sofía juntaba las manos nerviosamente. Vincent se dio cuenta de que su actitud era amenazadora, casi acorralándola en su escritorio. Dio varios pasos atrás para darle confianza y guardó silencio, esperando que hablara.
—Estuviste con ella en la estación y dio nombres, pero ninguno era importante. Eso hizo sospechar a Gabriel. Pasó de víctima a sospechosa. Ahí salió el nombre del nuevo marido de Tessa: Charles Roberts.
—¿Charles Roberts, el escolta de Sara? —recordó que nunca lo encontraron, aunque Charles llegó por recomendación de Epson—. ¿Qué tiene que ver mi hijo en todo esto?
—Habla con Alexis. Él sabe todo. Ayer nos mudamos juntos; Alfred nos ayudó. Digamos que lo ayudamos un poco, dándole tragos para que su lengua fuera más dócil —su rostro se cubrió de un rojo carmesí al decir esto.
—¿Tu relación con él es tan sólida para vivir juntos? Hace un mes no sabías que existía, Sofía. Ambos hemos visto cómo confiar en extraños daña. Mira a Sara con Camila, Fiorella con Rachel, Alessandro con Anthony. No quiero que salgas herida; no lo mereces —tomó sus pequeñas manos y las acarició levemente.
—Solo somos amigos, Vincent. Él me ayuda aquí; es como mi protector.
—¿Por qué necesitas un protector? —la voz con acento italiano detrás de ellos los hizo girar. Era Alessandro. Ambos guardaron silencio—. Contéstame, Sofía. ¿Por qué necesitas protección?
Vincent vio a Sofía bajar el rostro, apenada. Algo estaba mal. Sabía que era insegura, algo ingenua, pero al estar con su jefa, evitaba el acoso. No consideró que, con Fiorella de viaje, Sofía quedaría expuesta.
—Será mejor que siga trabajando. Tengo cosas que hacer. Habla con Alexis; él te dará más información —dijo Sofía.
—Sofía, si tienes problemas en esta empresa, necesito saber quién es. Eres la asistente de gerencia, pero, aunque repartieras cafés, todos merecen respeto —la voz de Alessandro sonó dura, pero no contra ella. Vincent conocía a los D'Angelo: además de lealtad, compartían respeto por sus empleados.
—Vamos, Sofía. Alexis no estará siempre para cubrirte. Hay que ponerle fin a esto —rogó Vincent.
—Es Stella —dijo en un hilo de voz.
—¿Stella Write? ¿La secretaria de Josep, el de publicidad? —la voz de Alessandro se volvió más grave.
Ella asintió levemente. Vincent supo que no diría más, al menos no a Alessandro, que la miraba cruzado de brazos, esperando que continuara. Se preguntó por el interés de Alessandro; aunque no toleraba el maltrato a sus empleados, su preocupación por Sofía era extraña.
—Hablaré con ella —dijo Alessandro, dando media vuelta.
—¿Qué? No, señor, por favor —Sofía rodeó el escritorio, poniendo una mano en el pecho del italiano para detenerlo—. Solo me hará quedar en vergüenza. No es más que una tontería. Ella se burlaba de mi soltería. Al principio no me afectaba, hasta que ambas quisimos al mismo chico, y él la escogió. Es increíble que le cuente esto justo a usted —se tapó los ojos. Ambos hombres se miraron, sonriendo—. Luego que la escogió, todo empeoró. No era solo Stella: Josep, Marshall, Rachel... Cuando Alexis entró, se dio cuenta y, como todas querían con él, se le ocurrió que, al estar juntos, las "lobas hambrientas", como las llama, me dejarían en paz.
—Entiendo, pero que no tengas pareja no te hace menos mujer, Sofía. Al contrario, demuestra que te respetas lo suficiente como para no estar con cualquiera. Eso tiene más valor que cualquier reacción impulsiva —Alessandro le acarició el rostro y dio media vuelta sin decir más. Algo andaba mal con él; tal vez era su esposa, pero últimamente parecía triste.
—Dime que no trabajaré con él —rogó Sofía—. No después de esa tontería. ¿Por qué me dejaste hablar? —dijo, enojada. Vincent se acercó y la abrazó.
—Debiste decirme qué pasaba, Sofía. Fiorella habría hecho algo. No te preocupes; él solo vino a esperar a su hermano —se despidió y bajó a hablar con Alexis.
Al llegar a su oficina, tocó. Esperaba encontrarlo calmado, en su tono habitual. El seco "adelante" lo hizo sonreír; no era el único con un mal día.
**Ivanna
—Imagino que habló con Sofía, señor —dije al ver entrar a Vincent—. Y que viene a reclamarme por meterme en lo que no me importa. Pero antes de que diga algo, odio que metan a niños en problemas de adultos.
—En realidad, Alexis, vengo por tres cosas. Primero, a darte las gracias por capturar la placa del auto. Eres bueno, lo reconozco. Sé aceptar cuando alguien es mejor que yo. Ese día no solo cubriste a Fiorella, sino que tomaste la placa y me alertaste.
—No se preocupe, señor. Son reflejos; lo habría hecho por cualquiera —lo miré fijamente. Volvía a ser el altanero de siempre, y me alegró.
—Segundo, quiero que me digas qué tiene que ver mi hijo en todo esto. Sofía dijo que hablara contigo.
—Charles es estéril, y su exesposa quiere formar una familia, pero el karma hizo lo suyo y no ha podido... El resto puede deducirlo, señor.
—Hablaré con Rachel. Tendrá que decirme la verdad —giró para salir, pero mi voz lo detuvo.
—A los gritos no logrará nada, señor. Piense bien su próximo movimiento. Ya sabe quién es su enemigo; tiene eso a su favor —jugué con una moneda, pasándola por mis dedos—. Mi padre me enseñó que a los enemigos hay que conocerlos como la palma de tu mano. Eso no pasará si la ataca.
—¿Qué harías tú, Alexis? Y no me digas que nada —sonreí, lanzando la moneda al aire y atrapándola.
—"Ten cerca a tus amigos, pero más a tus enemigos". Yo redoblaría la seguridad de mi hijo. Obtendría pruebas para que no solo no obtenga la custodia, sino para que no se acerque nunca más. Nadie que abandone a un hijo como Tessa lo hizo merece ser feliz. Y quien quiera dejar a un niño sin su padre es una alimaña —le tiré la moneda—. Es de la suerte; era de mi padre. Cuando solucione su problema, me la devuelve. No intervenga ni se las dé de héroe. Alfred dice que están cerca de capturarlos. Mantenga a su hijo tranquilo. Le quedan 20 días de descanso. Salga, invente un viaje, lo que quiera, pero aléjese.
El consejo era sabio, pero la ira por el engaño era incontrolable. Que yo lo ayudara no facilitaba las cosas. Seguía siendo un misterio para él, y sabía que ocultaba algo. La pregunta era: ¿por qué no podía saberlo? Amaba los misterios.
—¿Qué harás esta noche, Alexis? —alzó los ojos con desconfianza, lo que me hizo sonreír. No sería fácil ganarme su confianza—. Para entrenar. Te llevaré donde los chicos entrenan. Es hora de que conozcan a su nuevo jefe. Paso por ti a las ocho, ¿está bien?
—Me mudé, señor. Vivo en el apartamento que era del señor Frederick. Eso buscaban los D'Angelo ayer en mi casa.
Se sorprendió. No solo ocultaba algo, sino que los D'Angelo y yo teníamos algo escondido. ¿Qué?
—¿Por qué?
—¿Sabe que Fiorella, antes Emma, estuvo comprometida? Y que Frederick y Jason se enteraron de lo que había detrás —lo recordaba.
También que un miembro de la seguridad de Antwan fue quien... Me miró, sorprendido. Yo alerté a Frederick del engaño. Sonreí abiertamente, no con mi burla habitual, sino con sinceridad, y eso lo desarmó. De pronto, no parecía tan sospechoso, aunque sabía que ocultaba algo.
Había visto esa sonrisa, estaba seguro, aunque nunca nos habíamos visto antes. ¿Por qué sentía que ya la conocía?
—Es todo lo que puede saber por ahora, señor. No escarbe en mi pasado; puede que no le guste lo que encuentre. Nos vemos a las ocho —seguí escribiendo en el PC. Él salió con más dudas que respuestas. ¿Qué significaba eso? ¿Qué no le gustaría encontrar?
**Vincent**
A las ocho exactas, estaba en el edificio. Imaginó que Alexis llegaría tarde, y en el camino pensó cómo se desquitaría. Pero no fue así. Al estacionar, lo vio salir con Sofía, riendo. No le preguntó por el trato entre ellos. ¿Por qué un hombre no querría ser acosado? ¿Estaría enamorado? Tal vez dejó una novia en su país. O era gay. Esto último tendría sentido. Aunque era ágil y con cuerpo formado, era más delgado de lo habitual, con ademanes extraños y trajes anchos. ¿Qué ocultaba bajo esas ropas? Se preguntó al verlo abrirle la puerta a Sofía.
—Buenas noches, señor —dijo Alexis, sonriente—. ¿Qué tal su día?
—Vincent, buenas noches. ¿Todo bien? —dijo Sofía. Vincent se quedó mirando a Alexis, sacudiendo la cabeza para quitarse esa sonrisa de sus pensamientos.
—Todo bien, Sofía. Buenas noches, Alexis —respondió, cortés—. Te presentaré al grupo. Mañana viajaré con Mark; no estaré en la ciudad. Ya no tendrás que enviarme informes. En adelante, esperarás el día del mes que se reúnan los jefes de área para entregarlos.
**Ivanna
El cambio de actitud de Vincent me dejó muda, al igual que a Sofía. No esperaba que se rindiera tan fácil. Pero tenía mis reservas; era terco, obstinado y desconfiado. Ese cambio podía ser una treta.
Llegamos al gimnasio. La mole, como lo había bautizado, se dirigió a un grupo de chicos que hablaba animadamente en la acera. Sofía y yo, apoyadas en su auto, mirábamos sus traseros.
—Mira, Sofía, carne fresca —le dije, y ella soltó su risita nerviosa.
El sonido de una moto acelerando me hizo girar. Me separé del auto y miré en su dirección; iba hacia Vincent. Dos figuras venían en ella.
El instinto actuó primero. Tiré a Sofía al suelo y corrí hacia mi jefe. No alcancé a gritarle que se protegiera. Vi al parrillero desenfundar un arma. Corrí, pero él se había dado cuenta también. Caímos al suelo, yo encima, él sosteniéndome por la cintura.
Por un momento, olvidé quién estaba debajo o mi disfraz. Sus brazos rodeaban mi cintura, apretándome fuerte. Nunca había sentido ese cosquilleo al tocar a alguien, menos a un hombre. Nuestros ojos se encontraron, ajenos a las ráfagas de disparos entre los guardias del gimnasio y los motorizados.
Reaccioné y me di cuenta de que estaba encima de Ivannok. No debía sentir lo que sentía. Para Vincent, pareció una eternidad, aunque fueron segundos. La magia acabó cuando me apartó con violencia.
—Quítate de encima, Ivannok —gritó, furioso.
—Creo que ya van cinco que me debe, tal vez más, si contamos que me lastimó las costillas. De nada, señor —respondí, altanera.
—¿De que estas hablando?
Si no fuera por el caos en mi mente, lo habría golpeado, no porque hubiera hecho algo mal, sino para desahogar mi frustración. Me alejé, perturbada, pero no más que él, que solo me veía en silencio y sin decir nada.
—Alexis —el grito de Sofía, corriendo hacia nosotros, rompió la incomodidad—. ¿Están bien?
—Sí. El entrenamiento queda para cuando regrese. Mejor los llevo a casa. Esperen en el auto —dijo Vincent.
Sonaba enojado, tal vez por el estrés de saber que querían hacerle daño, pensó Sofía. Lo vio hablar con los guardias, luego acercarse y ladrar.
—¿Qué esperan? Vámonos...
Ese era el Vincent que conocía: Olafo, el vikingo amargado. Puse los ojos en blanco.
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