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Capítulo 12

Vincent

—Parece que este príncipe pronto anunciará victoria —dijo la doctora a Mark, quien sonreía—. Felicidades a ambos; ha sido una lucha larga.

—Aún no canto victoria. Hay muchas cosas pendientes —respondió Vincent, refiriéndose a la batalla por la custodia.

—¿Puedes esperar afuera, cariño? —la doctora acarició el rostro del pequeño, y este asintió.

Ambos lo vieron salir sonriente por la buena noticia. Con la puerta del consultorio abierta, lo observaron jugar con otros niños, compañeros de lucha.

—¿Aún no se resuelve lo de la custodia? —preguntó la doctora.

—No, y eso me tiene estresado. ¿Hay algún problema si lo llevo de vacaciones? —preguntó con anhelo—. Estoy de vacaciones, y no hemos compartido tiempo juntos. Sabes que tengo todo lo necesario por si sufre una crisis...

—Lo sé, Vincent. No tienes que decirlo —lo interrumpió—. Más que la salud, me preocupaba el proceso legal. Su mamá puede alegar que te lo llevaste a propósito.

—Lo sé. Por eso primero hablaré con Tiffany Evans, mi abogada —la doctora asintió. Tras intercambiar palabras, Vincent salió del consultorio.

—¿Ya nos vamos? —preguntó Mark, ansioso. Pocas veces había estado de vacaciones.

Vincent asintió, sacudiendo la cabellera larga de su hijo, que se negaba a cortar hasta estar completamente sano. Le aclaró que primero visitarían a una amiga. Mark sonrió, satisfecho. Aún no le había dicho que podía quedar con su madre, y esperaba que no ocurriera.

—¿A dónde quieres ir? —le preguntó—. ¿Mar, pesca, campo, la abuela...?

—Mar —dijo Mark, seguro, sonriendo.

—Al mar será...

—No quiero ir más con Tessa, papá...

—Mamá —lo corrigió—. Di: "No quiero ir más con mamá". —Mark negó, cruzándose de brazos. Sus labios formaron una fina línea, y su barbilla tembló.

Estaban frente a las oficinas de los abogados. Vincent sacó la llave y suspiró. No quería que Tessa pensara que él le había inculcado rechazo a su hijo. Mark, por su cuenta, entendió que sus amigos tenían papá y mamá, pero él solo papá. Las preguntas llegaron, y con ellas, excusas. Nunca habló mal de Tessa; Mark lo descubrió solo.

Unos golpes en la ventana los hicieron mirar. Era la doctora. Vincent bajó el vidrio apresurado.

—¿Todo bien? Hola, Mark, tiempo sin verte —Mark sonrió, sonrojándose. Sentía admiración por las mujeres, buscando una madre en cada una.

—Vengo a hacerle una consulta.

—Claro, entren —dijo ella, retrocediendo. Al bajar, Vincent notó que su embarazo había avanzado.

—Ese pequeño ya está por salir.

—Faltan dos meses, pero no te preocupes. Antes de que nazca mi hija, lo tuyo estará resuelto —los condujo a su consultorio, ante la mirada curiosa de Mark al vientre abultado—. Siéntense. ¿Algo de tomar?

—No, gracias. Mark y yo nos iremos unos días —empezó Vincent. Ella asintió, mirando a Mark, que rodeó el escritorio y se instaló frente a ella.

—Es bueno. Necesitas estar sin tensión, y el niño lo merece. ¿Qué sucede, Mark? ¿Quieres tocar a Mauren? —Mark asintió.

—¿Así se llamará? Pensé que llevaría su nombre...

—Mauren Evans. No creo que salude, Mark; pocas veces se mueve —tomó la mano de Mark y la llevó a su vientre.

Para sorpresa de todos, el bebé dio pequeñas patadas. Vincent sonrió con nostalgia al ver el rostro emocionado de su hijo, moviendo los dedos.

—Jamás había hecho algo así —confesó Mark a su padre—. Es floja para moverse, juro que nunca lo había hecho.

—Quiero una hermana, papá —dijo Mark, como quien pide dulces. Ambos adultos rieron.

—¿Antes o después de una mamá? —preguntó Vincent. Mark lo miró, sin dejar de observar el vientre de la abogada.

—Tendré mamá, será de cabello como el mío...

—¿Cuánto tiempo se irán? —preguntó Tiffany, al ver a Vincent bajar los hombros ante las palabras de su hijo.

—Primero quiero saber si no habrá problemas con el viaje.

—Ninguno. La custodia es tuya por ahora. El juez solo pidió que el niño la conozca. Me quedaré; si algo pasa, te llamaré —Vincent asintió, confiando en ambos abogados.

—Gracias por todo. Tenemos prisa; no creo poder esperar a Rodrigo...

—Yo lo pongo al día. Feliz viaje.

Dos meses después

Ivanna

Todo transcurría con normalidad. La mole, Vincent, se mantenía a distancia. Incluso empezaba a pensar que me evitaba desde el incidente de la moto. No tuvimos tiempo de buscarlo para preguntar por la custodia, ni quería tenerlo cerca, aunque extrañaba sus cambios de humor.

Por rumores de los compañeros, supe que volvió con Rachel. Eso me enfureció. ¿Cómo podía volver con ella tras saber todo? Sofía me explicó que lo hacía para no levantar sospechas. Había hablado con su primo, quien conocía al hombre a cargo de la investigación. De Mark, solo sabía que estaba con sus abuelos en la granja. De la custodia, nada.

Algo cambió en mí ese día al estar cerca de Vincent. No podía evitar pensar en el sueño que tuve con él. Hasta entonces, enojarlo lo mantenía lejos. No me gustaba su cercanía. El vacío en mi estómago, el calor en mi cuerpo al escuchar su voz, eran sensaciones nuevas. No tenía con quién hablarlas. Sofía era buena, pero no creía que pudiera ayudarme. A veces, lo que sentía era tan fuerte que me mareaba. Por eso, me mantenía alejada y lo alejaba a él. El recuerdo de sus manos en mi cintura me perseguía, haciéndome sentir vulnerable. No me gustaba, aunque pensar en sus ojos azules era agradable. Que se mantuviera lejos era un alivio, pero empezaba a extrañarlo.

Suspiré, mirando la hora. Era casi mediodía, pero no quería bajar. Tomé el teléfono y reproduje el audio que mi padre envió a través de su abogado.

«Hola, mi ángel. Quiero que sepas que te quiero; eres lo más importante en mi vida, la razón que me mantiene vivo aquí. Los D'Angelo te ayudarán; solo te pido que te mantengas a salvo. No me gusta ese trabajo, lo sabes; eres impulsiva. Estoy negociando para salir antes de los tres años. Se vienen días duros, pero eres una guerrera como mi Christine. Sé que podrás con esto. Falta poco para estar juntos. Te quiero.»

La puerta se abrió violentamente. Sofía entró, roja y acalorada.

—No voy a trabajar con ese hombre —se quejó, acercándose. Me levanté y la abracé.

—¡Por supuesto que no!

—Es un idiota presumido.

—¡Sí que lo es! —dije, abrazándola—. ¿Quién?

—William, el que reemplazará a la señorita Fiorella mientras está fuera.

—Sofía. Almorzaremos fuera, y me cuentas qué te hizo. Luego buscamos en mis libros de tortura: Cómo joder a mi jefe. Algo debo tener —bromeé para aliviar la tensión.

Decidimos ir a un restaurante lejos de la oficina, evitando murmullos y chismes.

—No puede ser. Este hombre es una pesadilla. Se supone que estoy fuera para no verlo —dijo Sofía, mirando a una pareja que entraba y se sentaba cerca.

Observé al hombre: alto, espalda ancha, cuerpo formado, cara cuadrada, nariz respingada. Notó nuestras miradas y alzó el rostro mientras ayudaba a una mujer delgada, de cabello rojo y porte fino, a sentarse. Alzó una ceja hacia Sofía, que lo miraba apretando los labios. Luego me miró a mí, sosteniendo la mirada. Sus ojos grises, indescifrables, mostraban curiosidad, enojo y hasta nostalgia. Eran como los míos.

—Debo suponer que ese es William —dije, sin dejar de mirarlo—. Me parece conocido, Sofía.

—Tiene ojos grises como tú, pero es un completo patán —respondió, enojada.

—Pidamos para llevar, Sofía. No quiero que te dé una indigestión —aconsejé.

Llamamos al mesero y pedimos la comida para llevar. Sofía intentaba seguir mi conversación, pero noté que William miraba insistentemente nuestra mesa.

—¿Qué te hizo para que estés así, Sofía? —pregunté. Sus manos temblaron. Tomé las suyas y las apreté con fuerza.

—Me llamó torpe. Pidió un archivo; se lo envié. Luego me llamó furioso, diciendo que no era el correcto. Después me dictó un oficio a todas las subsidiarias a la velocidad de la luz —su barbilla tembló.

—No te atrevas a llorar, Sofía Phillips, no delante de ese —me levanté y me senté a su lado, abrazándola—. Me dijo que me cambiaría de puesto, que no daba la talla. Le grité que era mejor y que sabía de una vacante en seguridad, que quería trabajar contigo. Se enojó más; insinuó que quería estar cerca de ti por nuestra relación.

Solté una risa fuerte. Así que eso era. Miré a William, que nos observaba disgustado, y le alcé una ceja.

—Te dije que te ayudaría a cambiar, ¿recuerdas, Sofía? —me separé y le limpié las lágrimas—. La primera lección: nunca, escúchame, nunca demuestres enojo. Mantén la calma, insiste que somos pareja y que me respetas. No dejes que se acerque más que a nivel laboral.

—¿Qué quieres decir? —sonó confundida.

—Sofía, eres muy inocente. Ese tipo es un lobo; te comerá sin masticarte. Solo te provoca.

—No es el que me gusta, Alexis —dijo. Una frase quedó en mi mente: "él no es". Entonces, alguien "sí era".

—¿Quién es el que sí, Sofía?

—No importa. Es imposible; está casado —suspiró, decepcionada.

Me entristecí por ella. Nunca había estado enamorada, pero conocía el amor de mis padres, que hicieron lo imposible por estar juntos. Respeté su silencio. El mesero llegó, y nos levantamos bajo el escrutinio de William.

Ya en la oficina, tras muchos chistes, Sofía se relajó, lo que me alivió. Disfrutamos el almuerzo, bromeando sobre cómo vengarnos del tipo.

—Mejor me voy. No quiero que se enoje el príncipe William.

—Ven, te acompaño. Así sabrá que no estás sola y que tu novio te quiere mucho.

No era tonta; conocía las intenciones de William hacia Sofía. Su mirada era de odio hacia mí, pero de deseo hacia ella. Si creía que le entregaría a mi amiga, estaba equivocado.

—¿Crees que sepa quién eres? Es familia de los D'Angelo por su madre.

—No, Sofía. Nadie puede saber quién soy; eso lo tenemos claro —entramos al ascensor y llegamos al piso de Sofía—. No te preocupes. Hablaré con Alessandro para que te trasladen conmigo.

No pasó desapercibido que mencionar a Alessandro la perturbó. Supe quién era su amor imposible. Lo tenía difícil; sabía lo enamorado que estaba Alessandro de su esposa.

Por el pasillo, vi a William acercarse, hablando por teléfono. Lo noté primero.

—Lo siento —dije.

—¿Por qué te disculp...? —empecé a decir, dándole un beso rápido en los labios, suficiente para que William lo viera.

—Cuídate. Pasaré por ti en la tarde.

—Ella tiene cosas pendientes. Usted no decide su horario —dijo William, de pie detrás, con una mano en el bolsillo.

—Tiene razón; no pongo el horario. Vendré a ayudarte para que salgas temprano. No quiero llegar a una casa vacía —dije, para que entendiera: "Con ella no, imbécil"—. Nos vemos, cariño. Buenas tardes, señor.

Sonreí, alejándome ante la mirada perpleja de William. A lo lejos, escuché un "¿Vives con Alexis?". Nunca dejaría a Sofía en manos de un York. Eran mala semilla.

Recordé cuando, tras la ausencia de mi padre, mi madre y yo pedimos ayuda a su tía. Encontramos a Evangeline humillando a una señora del servicio. Su hijo había sido sorprendido usando juguetes o en el cuarto de uno de los hijos de Evangeline. Aunque el niño insistía que eran amigos, ella golpeó al pequeño frente a su madre. Yo tenía ocho años. Ahora sabía que fue cuando le dieron a mi padre esa lista. El chico, de unos catorce años, tenía ojos grises, cabello oscuro, piel blanca.

El llanto de ese niño al ser golpeado, y su madre en el suelo abrazándolo, me persiguió. Recordaba las palabras de Evangeline: "Tu hijo Anthony jamás será un York. No eres más que un muerto de hambre al que mi hijo ayuda por lástima."

Luego miró a mi madre igual, diciendo que solo ayudaría quedándose con su sobrina mientras ella buscaba a mi padre. Lo dijo como si fuera una mascota. Eso llenó de enojo a mi madre. Desde entonces, nunca mencionó a su hermana. Cuando mi padre volvió, fue un mal recuerdo que no compartí con él, por pedido de mi madre.

Me pregunté qué sería de ese niño. El trato fue humillante, más con su madre presente. Cuando pedí ayuda a Emma, no asocié los apellidos. Lo sospeché después, al escuchar sobre la madre de los D'Angelo, y lo confirmé con su llegada a mi casa, la ayuda extraña y el mensaje de mi padre sobre este trabajo. Ocultar que sabía la verdad era mejor; evitaba sonrisas hipócritas de supuestos familiares.

Acepté el apartamento, pero Sofía y yo lo pagábamos. Trabajaba duro y ganaba mi dinero; no les debía nada. Boris me envió dinero para reponer lo usado y cubrir gastos, así que no tocaba mi sueldo. El temor de mi padre era que me encontrara con Evangeline York. Esperaba ese momento desde hace años, en otras condiciones. Pero hoy, solo era un nido de problemas con un padre en prisión.

La tarde transcurrió tranquila. Decidí bajar a hablar con los chicos; tenía cosas pendientes, y el cambio de turno estaba cerca. El ascensor privado se abrió al mismo tiempo que el mío. Vincent salió con Sofía en brazos.

—Andando, Ivannok. A la clínica. Sofía perdió el conocimiento.

Corrí detrás sin preguntar, tomé el volante sin comentarios y me dirigí a la clínica de Frederick, que conocí hace un mes.

En urgencias, no nos dejaron pasar. Dejamos a Sofía con los médicos y nos sentamos a esperar. Vincent estaba incómodo, su enorme cuerpo en esa silla pequeña, cabeza apoyada en la pared, ojos cerrados. Grabé esa imagen en mi mente. Tras unos minutos, rompí el silencio.

—¿Qué le pasó a Sofía?

—No sé. La encontré en el suelo. No reaccionó, así que la traje —otro silencio. Algo tenía que ver el nuevo jefe; estaba segura.

—¿Cómo va lo de la custodia?

—Aún no hay avances. Tengo muchas probabilidades de ganar. Confío en que las investigaciones den frutos antes del veredicto.

—Espero que sí, señor —lo vi abrir los ojos y mirarme fijamente. Minutos después, habló.

—Conocí a Tessa en la escuela. Tu primer amor esperas que sea el único. Viví para hacerla feliz. Me enlisté para darle un mejor futuro. Pero al volver de descanso, se quejaba de estar sola, que no quería esa vida, que buscara otra cosa. Me gustaba servir a mi país. Mark no fue planeado; me asusté al principio. Luego, al nacer, adoré cada parte de él. Supe que no podía seguir saliendo; debía trabajar para su futuro. Cuando enfermó, fue el peor día de mi vida. Lejos, con mi hijo enfermo y Tessa sola, planeé mi retiro. Mi esposa y mi hijo me necesitaban. Pero Tessa dijo que no podía manejar la enfermedad de Mark, que nunca quiso un niño, menos enfermo. Lo dejó con mis padres. Viví un infierno esos meses, esperando volver. Desde entonces, somos solo nosotros dos.

—Lo siento, señor —no sabía qué más decir. Era el comportamiento de una mala madre—. Es curioso. Mis padres sufrieron juntos por mantenerme. Jamás pensé escuchar algo así, menos de una madre.

—¿Dónde están tus padres?

—Mi madre murió. Mi padre, en Moscú.

—Lo siento.

—Yo también —respondí.

—Familiares de Sofía Phillips —dijo un doctor. Ambos nos levantamos.

—¿Quién es familiar?

—Él es su pareja —dijo Vincent. Lo miré; era la única forma de saber qué tenía mi amiga.

—La señorita sufrió una baja de tensión, probablemente por estrés. Estará en observación. En unas horas, podrá volver a casa. Pueden pasar.

Entramos y la encontramos en la camilla. Al vernos, sonrió, con los ojos iluminados.

—De saber que desmayarme los haría estar juntos sin pelear, lo habría hecho antes —dijo, riendo. Puse los ojos en blanco.

—¿Cómo te sientes, Sofía?

—Bien, un poco débil, pero estoy bien.

—¿Qué te pasó, Sofía? —preguntó Vincent, preocupado.

—No sé. Lidiar con William es estresante. Devolvía todo lo que le enviaba. Luego quiso... Olvídenlo. ¿Puedes pedir mi traslado, Vincent? Eres amigo de los señores; pueden ayudarme.

—No puedes ser cobarde, Sofía. Un día con William, ¿y sales corriendo?

—Es en serio. El tipo es un cólico —dijo, y ambos reímos—. Para ustedes es fácil; seguro eran los populares en la escuela.

—Te equivocas. Era demasiado alto y flaco —dijo Vincent—. ¿Por qué crees que mi padre me alentó a practicar? No para pelear, sino para ganar seguridad y disciplina. Así evitó muchos dolores de cabeza. Pasaba entrenando.

—Y yo era el gordo del salón, Sofía —dije—. Nadie me miraba; solo era hermoso para mi mamá.

Reímos, contando anécdotas estudiantiles. Para mí, era difícil sin revelar mi identidad. Era la calma antes de la tormenta.

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