Capítulo 13
Camila
Para Camila, seguirle el juego a su esposo Dominic había sido difícil, pero todo lo hacía para recuperar a sus hijos y luego irse lejos con ellos. Jamás debió ayudarlo a salir del centro psiquiátrico, pero ahora debía aceptar lo evidente: hacerle daño a Alessandro a través de Sara era una locura. No tenía idea de que su esposo estaba tan mal.
—Saliste libre —dijo Camila, mirando a Dominic con su ropa blanca de centro psiquiátrico.
—No pudieron asociarme. Tuvieron que sacarme. ¿Cómo llegaste aquí? —respondió él.
—Estoy loco —dijo, sarcástica—. Mis hijos contrataron al mejor abogado —siguió sonriendo—. ¿Y tú?
—No pudieron demostrar nada. Ayudar a Alessandro me salvó. Pensaste en todo, hasta en lo del disparo.
—Es una estúpida. Alex tenía que morir ese día, y mi nieto sería el heredero —negó Dominic. No era tan fácil.
Camila guardó silencio, sabiendo que a Henry Dominic le enfurecía que le llevaran la contraria. La historia de hacer pasar al hijo de Anthony, un hijo de Dominic de un primer matrimonio, como un D'Angelo, era delicada. Tenían demasiado dinero para ser engañados así, y solo contaban con que Alex amaba a Sara, algo que, según entendía, ya no era cierto.
—Nunca hablamos de muertos. Ese era el trato —le recordó—. La única que debía morir era Fiorella. Te tomó dos años convencerla...
—Dirás amenazarla. El italiano no sabe que abortó un hijo en Londres —se acomodó en la silla, mirando a su esposa. Camila seguía pensando que todo era una locura.
—¿Nunca te dijo por qué lo hizo?
—Dijo que era muy joven para un hijo, pero no creo que para Alessandro eso sea suficiente. Es italiano; la familia es lo primero, más aún un hijo —pensó Camila, un primer hijo. Eso Alessandro no lo perdonaría.
En esa época, Sara era solo la prometida, convencida por Anthony, su novio entonces, a quien confesó el maltrato de su madre en casa de los D'Angelo. Sara quiso ayudarlo, enamoró al hijo mayor de los D'Angelo, logró ser aceptada como prometida, pero descubrió la enfermedad de Anthony. No quiso seguir, y él, su amante, aceptó que estuviera con Alessandro, esperando que se recuperara. No ocurrió.
—Que hablara con Emma y contara lo que escuchó la dejó fuera de sospechas —le dijo a Dominic—. Jugó con ambos bandos. Además, ella realmente quiere a ese hombre.
—No debió intervenir. Nos arruinó todo. Tenía que hacerse así. Alessandro se negaba a tener hijos, y ella ya estaba embarazada. ¿Has hablado con ella?
—Bastante. Su matrimonio está en crisis. Estoy casi segura de que le es infiel. Su amor no duró para siempre, o los celos de ella lo llevaron a eso —respondió Camila.
—Tal vez mi hijo nunca fue un York según Evangeline, pero mi nieto lo será. Tendrá todo lo que ella le negó a Anthony y a su madre.
Camila guardó silencio, buscando palabras. Se suponía que era una mujer cuerda. ¿Por qué seguía en esto? Por sus hijos, recordó. Suspiró y miró a Dominic, el único que podía convencer a sus hijos para que les devolvieran a sus bebés.
—No sé... Será difícil —dudó—. No te perdona el secuestro. Debiste decirle lo que planeabas.
—Imposible. Así estaría alerta y cometería errores —insistió Dominic, exasperado—. No logró convencer a su marido de tener hijos. ¿Qué clase de mujer es esa? Se obsesionó con esa chica, sabiendo el destino que le teníamos planeado, y al final, cuando pudo dispararle, no lo hizo.
—Hay que entenderla. ¿Cómo convives con la mujer que era el amor de tu esposo? Luego se casa con el italiano, y él hace lo mismo, aunque Emma no les correspondía. La mitad de lo que hizo Anthony fue para evitar que Emma y Alex se casaran. Sara estaba embarazada; pensó en su hijo, Dominic. Nunca contamos con que Alessandro y Emma fueran hermanos.
—Mi hijo tampoco contó con eso, ni con que el otro gemelo viviera. Ese será un problema; es más astuto. Está Jason, y Emma misma —todo lo que decía llevaba a Camila a una conclusión: debían abandonar ese plan—. Si no quiere divorciarse, peor para ella. Si está enamorada, que lo disfrute. No le quedará mucho tiempo con su esposo vivo. Luego, que haga lo que quiera, pero no dejaré que arruine el plan.
Por eso insistió en que Alessandro aceptara el matrimonio de Emma y Jason, para alejarlos. Eso los mantendría apartados, dejando a Sara el camino libre para que el niño tuviera el apellido.
—Espero que cumpla lo acordado: esperar a que nazca, registrarlo y luego pedir el divorcio. Pero teme que Alex le quite al niño —o que descubra el engaño.
Sara insistía en que su cuñado, el gemelo de su esposo, desconfiaba de ella. Desde su regreso, parecía vigilarla, y cada día le era más difícil seguir. A veces quería huir, pero el amor por su esposo la detenía. Era lo único con lo que Dominic contaba.
—Ningún juez le quita un niño a una buena madre —aseguró Dominic, aunque esa familia era poderosa—. Que se asegure de serlo, o que aguante a ese maldito. Si se lo quita, lo recuperará cuando muera. Ahora dime, ¿cómo están los niños?
—Mañana me los entregan. Después, no esperes mi ayuda. Ya hice mucho.
—Hasta que el niño esté registrado, ese fue el trato. Es una suerte que sea varón —sonrió Dominic.
—Es demasiado. ¿Por qué tanto odio? La que debe pagar la humillación es Evangeline, no sus hijos —dijo Camila. Conocía a Alex; era un buen hombre. Sara era la arpía; era una lástima que él pagara por algo que no hizo—. Eso la tiene pensando. Ahora que es madre, entiende las cosas. Alex se ha portado bien con ella, y lo quiere...
—Humilló a mi hijo. La única forma de que pague es dañando al suyo —la interrumpió. Camila intentó hacerle ver que asesinar a un inocente era demasiado—. Que lo quiera, no lo creo. Tal vez se alejó de ella. Nada molesta más a algunas mujeres que su marido busque a otra, aunque no lo quieran. "No lo quiero, pero no te lo cedo" —dijo, imitando gestos femeninos.
—Si no sabe que no es su hijo, ¿cómo sufrirá? No tiene sentido, Dominic.
—Espera, Camila. Esto es solo la punta del iceberg. Lo que tengo planeado para el mayor de los D'Angelo es más grande que su abuela eduque a mi nieto.
—Hay otro problema —dijo, viendo que no entraría en razón.
—¿No puedes darme buenas noticias? ¿Todo tiene que ser malo? —se quejó Dominic.
—Me mandaste a investigar en la empresa, y eso hago —le recordó—. Sara oculta algo. Hay un nuevo empleado, contratado por la menor de los D'Angelo, un ruso. Cuando pregunté quién era, fue evasiva. Dijo no saber mucho, pero fue obvia. Sé que sabe quién es y que no ayudará más, Dominic. Estamos solos.
—¿Qué tiene ese hombre que ver con nosotros? Es normal que entre o salga personal en ese lugar, Camila. Es un imperio.
—El misterio es que lo contrataron antes de que saliera la vacante del jefe de seguridad.
—Averigua su nombre y dáselo a Charles. ¿Aún tienes el contacto en la empresa?
—Charles me dijo que el tipo es de cuidado. Es el nuevo jefe y, al ser nuevo, barre bien. No se lleva con O'hurn; cree que puede ser nuestro aliado.
—Perfecto. Averigua quién es, de dónde viene, si tiene esposa, hijos, cuándo, cómo y por qué respira. Si entró sin filtro, fue por algo —guardó silencio y luego siguió—. Mejor acércate tú a él. Espero que no hayas perdido tu toque conquistador. Vete, no pierdas tiempo.
Camila salió del centro hacia el edificio. Cerca había un restaurante con vista perfecta. Vio al hombre alto salir solo hacia un café. Pagó la cuenta, cruzó la calle, asegurándose de no ser vista.
El lugar era pequeño, sin mesas libres. Tendría que compartir. Él estaba solo. Ajustó su escote y caminó hacia él, que parecía distraído leyendo un periódico.
—¿Está ocupado? —preguntó. Él alzó el rostro y la miró fijamente—. Lo siento, no hay sillas disponibles.
—No se preocupe, está libre —respondió, volviendo al periódico. Sería difícil.
El mesero llegó, y pidió lo mismo que él comía, buscando un tema de conversación.
—Te noto nerviosa. ¿Te están siguiendo? —dijo él.
Se sorprendió. Creyó que podía engañarlo. Ni la miraba, no había tocado su postre, parecía inmerso en la lectura. ¿Cómo lo supo?
—La verdad es que mañana me darán a mis hijos. Eso me tiene ansiosa —notó que captó su atención cuando alzó el rostro y la miró en silencio.
—Alexis, un placer —su acento y el arrastre de las palabras le daban un toque exótico. Era atractivo, aunque algo delgado, con dedos largos y uñas impecables—. Si fuiste una buena madre, no será un problema.
—Camila, un placer —asintió. Su mirada fija la ponía nerviosa.
—¿Qué edad tienen?
—Ocho y nueve años. Son bebés. ¿Llevas mucho tiempo por aquí?
—Minutos en el café, creo que lo notaste. Te vi seguirme. En el país, no mucho —le dio una media sonrisa nerviosa. Maldito hombre, no era fácil. Tendría que usar otra táctica.
—Es imposible que te dieras cuenta —dijo, coqueteando.
—Te crecerá la nariz, Camila. La cuestión no es si te vi. Me intriga saber por qué me sigues.
Iba a responder cuando vio a la secretaria de Emma. Se levantó apresurada; no podía ser vista con él, arruinaría todo.
—Debo irme. Tal vez otro día sigamos esta conversación.
—Tal vez, Camila —lo escuchó decir, retomando la lectura. Salió por la puerta contraria, huyendo de Sofía.
Ivanna
Camila salió apresurada. La vi seguirme, pero le seguí el juego. Quería saber qué quería de mí la esposa de Dominic Johnson. Conocía la historia de los hermanos; Sofía me mantenía al tanto, con fotos incluidas. Del primer esposo de Sara no tenía registro; su nombre parecía prohibido en la familia.
—Hola, Alexis. Lo siento, el príncipe William quiso que le buscara un café, no del edificio, sino de uno cerca de su casa. Es inglés —dijo Sofía con disgusto, ganándose mi burla.
—Sofía, ¿has buscado la foto del primer esposo de Sara?
—Aquí está —me mostró una foto en su teléfono.
Era extraño, pero se parecía al chico del incidente con Evangeline. Tenía esos ojos grises. Recordé el nombre; demasiada coincidencia. La huida de Camila al ver a Sofía también era extraña.
—¿Cómo dijiste que se llamaba, Sofía?
—Anthony Johnson.
—Sofía, cuéntame otra vez esa historia.
Sofía era feliz contando historias, más si eran sobre Alessandro, su amor imposible. Escuché atenta. Al terminar, solo tenía una duda.
—¿No se supo por qué el odio hacia Alessandro?
—No, jamás escuché nada. Anthony Johnson es un tema prohibido.
—¿Quién vive en esa casa que dices construyó igual a la de Alex?
—Nadie. Dijeron que la venderían, pero Sara se negó.
—No creo que Alex estuviera feliz con eso —Sofía me miró, apenada.
—Tienen problemas. Se habla de divorcio. Pobre niño, será el que sufra —dijo, triste. Era increíble que, a pesar de querer a Alessandro, le doliera por él. Otra saltaría de alegría al saberlo libre.
—¿Puedes conseguir la llave de esa casa, Sofía? Necesito saber algo. Prometo contártelo todo cuando lo tenga claro. Es una sospecha.
—No sé. Fiorella y Jason tenían las llaves, pero las entregaron. Debo tener una copia que me dio Fiorella por si Frederick perdía las suyas.
—Búscala. Esta noche iremos de espías.
—¿No tienes suficientes problemas para meterte en los ajenos?
—¿Sabes, Sofía? Creo que, al querer que cambiaras, la más perjudicada he sido yo —la vi poner los ojos en blanco y sonreí.
—Es cierto, Alexis. Quédate quieta. Te meterás en líos con Sara; no la conoces. Recordar lo que Fiorella sufrió por ella me da coraje —negué, riendo.
Podría comerme a dos Sara sin masticar, y ella debería saberlo. Curiosamente, nunca se metió conmigo ni le hizo escenas a su esposo.
—Cuando la creía rival, sin saber que la rival estaba en otro lado —dije, alzando las cejas.
—Cállate, Alexis. No debí decirte nada —se levantó, enojada, y salió a toda prisa hacia la oficina.
—Vamos, cariño, era una broma. Ven —corrí tras ella, pero cerró el ascensor, dejándome fuera.
—Es la segunda vez que lo dices.
—Rencorosa —murmuré.
—¿Qué le hiciste? Deja de jugar con ella; no es tu maldito ratón de laboratorio, Ivannok —suspiré. Vincent, otra vez.
—Sabe, señor, es muy aburrido. Debería hacer algo con esa barba. El barbero también tiene derecho a comer. Y ese cabello necesita un corte urgente.
El ascensor se abrió, dejándolo de pie, sorprendido, mirando al ruso.
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